Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 28
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CAPITULO 28

Tres semanas después.

Dicen que se necesitan exactamente veintiún días para crear un nuevo hábito o para desengancharte de una adicción.

Como con el tabaco o el azúcar. Supongo que con el vicio de huir de uno mismo funciona igual, porque mi vida ha cambiado tanto en las últimas tres semanas que, si me cruzo con la Lara de hace un mes por la calle, dudo mucho que nos reconociéramos.

De Gatonegro no he vuelto a saber nada. Ni una sola palabra.

Cero. Después de aquel último mensaje kamikaze en el que le envíe mi número de teléfono y borré Tinder, el silencio al otro lado de la línea ha sido sepulcral.

Y, para qué nos vamos a engañar, la decepción me ha hecho plantearme muchas cosas.

Ha habido noches en las que me he estado tentada a volver a descargar la maldita aplicación solo para buscarle y decirle: «Oye, ¿qué pasa?

Sigo esperando, ¿eh?» . Me moría por volver a hablar con él, por recuperar esa complicidad que me hacía flotar.

Pero, afortunadamente, el orgullo —o la vergüenza— me frenaba a tiempo.

Me obligaba a apagar la pantalla y a recordar lo obvio: él tiene mi número de teléfono.

Sabe perfectamente cómo encontrarme. Si no me ha escrito en todo este tiempo, la conclusión es tan simple como dolorosa: es porque no ha querido. Así de claro.

Por supuesto, como la dramática que siempre he sido y seré, también he tenido días de auténtica angustia intentando justificar su ausencia.

Mi cabeza se ha llegado a montar películas dignas de un Oscar en las que a Gatonegro le atropellaba un autobús o perdía el móvil en mitad del océano.

Cualquier excusa con tal de no asumir que, sencillamente, había pasado de mí.

Tras pasar la fase de la negación y de las teorías absurdas, me he encontrado de frente con la realidad. Ahora sí que estoy sola de verdad.

Pero oye, ni tan mal. Tampoco me puedo quejar.

El trabajo me ha tenido lo suficientemente ocupada como para no pensar demasiado.

De hecho, el puesto de supervisora me exige mucho más de lo que pensaba y, aunque al principio tenía miedo a que la oficina se convirtiera en un campo de minas con Bruno, el destino decidió solucionar el problema por la vía rápida.

Bruno se ha mudado a Valencia.

Tal cual. Al final resultó que la directiva de la cadena Blue Horizons quedó tan impresionada con su propuesta que decidieron ficharle directamente.

Le ofrecieron un puesto de jefazo para gestionar la identidad del grupo desde dentro, coordinando todo el proyecto desde el hotel de la costa valenciana.

Acompañado por un sueldazo, por supuesto.

Y Bruno, al que le gusta más el éxito y un despacho con vistas que a un tonto un lápiz, aceptó el contrato sin pensárselo dos veces.

A mí, desde luego, la jugada me ha dado un respiro monumental, pero lo de ser su jefa me duró solamente una mañana.

Concretamente, el tiempo que tardó en empaquetar sus cosas y mandar un correo de despedida con copia a todo el departamento.

Aunque bueno, de mí sí que se despidió en condiciones.

Admito que al principio me sentó fatal la noticia, me pareció una espantada en toda regla, pero en cuanto estuvo instalado, me tuvo media hora pegada al teléfono para contarme cómo era su nuevo despacho, presumir de sus vistas al mar y explicarme el plan estratégico que había pensado.

Desde entonces, me escribe de vez en cuando para pincharme con algún meme sobre jefes tiranos, para pedirme mi opinión profesional sobre algún diseño que le trae de cabeza o, sencillamente, para recordarme con chulería que en Valencia la luz sigue siendo mejor que en Madrid.

El resto de mi rutina también ha ido encontrando su propio ritmo.

Nuria sigue siendo mi refugio; me paso por La Resistencia casi todos los días al salir de trabajar, cuando el bar está tranquilo y nos dedicamos a arreglar el mundo entre risas, confidencias y alguna que otra ración de patatas fritas.

Ella insiste en que me ve cambiada, «más centrada y menos revolucionada» , aunque no pierde la oportunidad de vacilarme cada vez que me pilla mirando el móvil de reojo.

Pero el piso se me hace demasiado grande por las noches.

Como decidí dejarle a Torrija a Marcos unas semanas más para que disfrutasen el uno del otro, no tengo a mi oso gigante babeándome los cojines ni reclamando mi atención a base de lametazos.

El tiempo que me ahorro por no tener que andar recogiendo todos los estropicios que me preparaba, lo invierto en el placer de pasear sin prisa, de ver las series que me apetecen sin necesidad de compartir el mando con nadie y de saborear el silencio de mi salón sin sentir la necesidad de llenarlo con nada.

Un panorama aparentemente idílico de paz y tranquilidad... hasta esta noche.

Para celebrar mi tercera semana de desintoxicación, decido regalarme un baño relajante de película y monto el escenario perfecto.

Lleno la bañera de agua caliente con una montaña gigante de espuma aromática, música de jazz suave sonando de fondo, una copa de vino tinto apoyada en el borde y me sumerjo hasta el cuello, disfrutando de la lectura en mi Kindle. Mi nuevo plan favorito.

Pero el karma, que ha debido de decidir que ya había tenido tiempo más que suficiente para encauzar mi vida, decide volver a tomar el control.

Mi móvil, que está apoyado sobre la banqueta de madera que he colocado estratégicamente al lado de la bañera a modo de mesita, empieza a vibrar.

Giro la cabeza perezosamente, estiro el brazo chorreando agua y lo cojo tranquilamente.

Pero al ver el resumen del mensaje en la pantalla bloqueada, me incorporo de golpe en la bañera, golpeando con el codo la copa de vino que cae dentro del agua, tiñéndola por completo de rosa.

Es un número desconocido, pero las primeras líneas me hacen contener el aliento.

«Hola, Tormenta. Siento haber tardado tanto tiempo en dar señales de vida...» .

¡Gatonegro!

Intento desesperadamente desbloquear el teléfono, pero el reconocimiento facial se niega a cooperar.

Pruebo a meter el código en la pantalla, pero nada.

Entre las manos mojadas y la espuma que no consigo quitarme de encima por muchos aspavientos que haga, presiono la pantalla con saña para que reconozca los números e inevitablemente el teléfono se me escurre de los dedos y cae con un sonoro chof directo al fondo de la bañera. Mierda.

—¡No, no, no! —grito, lanzándome a buscarlo en el agua turbia.

¡Maldita sea! Entre la enorme capa de espuma y el vino que ha teñido el agua, es imposible ver nada. En buena hora se me ocurrió la brillante idea de añadir tres bombas de baño. Una me parecía poco pero…

Empiezo a remover el agua de forma frenética, con el corazón latiéndome a mil por hora.

Noto el cristal del teléfono rozándome los dedos en el fondo, pero al intentar agarrarlo, el maldito jabón hace que se me escape de las manos, directo hacia mis pies.

«Por favor, que es el iPhone 17, se supone que resiste la inmersión pero…

¡tiene que resistir! ¡Que me ha costado un ojo de la cara y la mitad del otro!

» , pienso histérica mientras chapoteo como un pato mareado.

Por fin logro pescarlo por una esquina y lo saco a la superficie feliz.

La pantalla sigue encendida, pero gotea agua por todas partes y, si intento deslizar el dedo por el cristal mojado, el sensor táctil se vuelve loco abriendo y cerrando aplicaciones al azar.

Estiro la mano en busca de la toalla para secarlo y…

¡joder! Con las prisas por meterme al agua, se me ha olvidado dejar una toalla cerca y el toallero del baño está en la otra punta.

No me queda más remedio que salir de la bañera a la desesperada.

Cruzo el baño corriendo y chorreando agua, dejando un reguero de gotas y espuma rosadas a mi paso y me abalanzo sobre la toalla.

Me seco las manos a toda prisa, froto el teléfono y me siento desnuda en la tapa del váter, temblando por los nervios y el frío.

Desconocido (22:15): Hola, Tormenta. Siento haber tardado tanto tiempo en dar señales de vida pero, antes de que decidas ignorarme, tiene una explicación… si aún quieres escucharla, este es mi número. Buenas noches, Lara.

Una sonrisa gigante e inevitable se me dibuja en la cara, haciendo que me olvide por completo del frío y de que sigo desnuda. Desbloqueo el teléfono y entro directa al chat. No me puedo quedar con la duda. Necesito saber qué ha pasado.

Lara (22:25): Casi ahogo el móvil en la bañera por tu culpa, que lo sepas. ¿Se puede saber dónde te habías metido? Pensaba que habías pasado de mí en cuanto te di mi número.

El «Escribiendo...» aparece casi al instante, haciéndome contener el aliento.

Gato Negro (22:26): No he pasado de ti, ni mucho menos.

Me dijiste que borrabas la aplicación para retomar el control de tu vida.

Y quise darte espacio. Quería que tuvieras tiempo para ti y que descubrieras que no necesitas a nadie.

Me ha costado mucho contenerme, no te voy a engañar.

He echado mucho de menos nuestras charlas…

pero dime que ha merecido la pena. ¿Ya has conseguido averiguar lo que quieres?

Lara (22:25): Conocerte.

Respondo sin pensar y no soy consciente de lo que he puesto hasta que lo leo en la pantalla.

Me tapo la boca con las manos conteniendo el aliento, pero ya es tarde.

Los dos tics azules confirman que ya lo ha leído.

¿Pero qué acabo de hacer? Acabo de destrozar mi fachada de tía independiente con una sola palabra.

El indicador de «Escribiendo...» aparece de golpe. Desaparece. Y vuelve a aparecer. Mi respuesta no solo me ha alterado a mí, por lo que se ve.

Gato Negro (22:28): Vaya…pues sí que has recuperado el control. Eso sí que no me lo esperaba. Me dejas sin palabras y mira que es difícil.

Lara (22:29): Bueno, la espontaneidad es lo que tiene. Pero hablo en serio. Te di mi número para salir de esa dinámica. Me apetece tomarme un café contigo y poder hablar mirándote a los ojos. ¿Qué te parece la semana que viene?

El corazón me va a mil por hora mientras espero la confirmación del sitio y la hora. Sin embargo, cuando llega el mensaje, la respuesta me deja más helada de lo que ya estoy.

Gato Negro (22:32): Me encantaría, Lara. No te imaginas cuánto. Pero... creo que aún no es el momento. Vayamos despacio.

Arrugo el entrecejo, ofendida por el rechazo. ¿Perdona? ¿A estas alturas?

Lara (22:33): ¿Despacio? Llevamos semanas hablando casi a diario, me conoces mejor que mucha gente que me ve la cara todos los días. ¿A qué tienes miedo?

Gato Negro (22:35): A que cuando me veas te decepciones. Me gusta demasiado lo que tenemos aquí. Fuera, todo es más ruidoso y complicado. No quiero estropearlo.

Me bajo al suelo y me siento en la alfombrilla, con la espalda apoyada en la bañera. Leer que tiene miedo de decepcionarme me da mucha ternura, me lo imagino como un chico tímido e inseguro detrás de la pantalla. Pero no pienso volver a las andadas.

Lara (22:38): En estas semanas he tomado decisiones muy duras y he cerrado muchas puertas. Sé perfectamente quién soy, sé lo que valgo y, sobre todo, tengo clarísimo lo que NO quiero en mi vida.

Gato Negro (22:39): ¿Y qué es lo que no quieres?

Lara (22:42): No quiero más juegos. Quiero cosas reales, de las que se pueden tocar y mirar a los ojos. Y precisamente eso, no puedo seguir confiando en alguien que se empeña en esconderse detrás de una pantalla. Si quieres que sigamos hablando, es hora de conocernos en persona.

Me quedo esperando una respuesta. Los tres puntitos bailan en la pantalla, apareciendo y desapareciendo varias veces seguidas. Pero la respuesta no llega.

Lara (22:42): Te espero mañana a las 20.00 en La Resistencia. Trae la novela de Gaiman para saber que eres tú. Si no vienes, entenderé que para ti solo era un juego. Buenas noches.

Dejo el móvil sobre las baldosas y me cruzo de brazos, tiritando un poco por el frío pero firme con mi decisión. La pelota está en su tejado.

Pasan dos minutos eternos en los que el silencio del baño solo es interrumpido por el goteo constante del grifo. Hasta que el teléfono vibra con fuerza entre mis manos, asustándome.

GatoNegro (22:44): Jamás jugaría contigo. Allí estaré.