CAPITULO 27
Llevo veinte minutos plantada frente al espejo, alisándome por enésima vez el vestido y retocándome un maquillaje que ya estaba perfecto hace cuarto de hora.
El satén negro se pega a mi cuerpo, realzando mis caderas y el escote de la espalda, deja al descubierto toda mi columna hasta la cintura.
No sé si me he pasado. Pensé que el vestido tenía el equilibrio perfecto entre la elegancia y la sensualidad.
Pero, tras dar la décima vuelta frente al espejo y mirarme desde todos los ángulos posibles, ahora me parece una provocación directa.
Me tiemblan los dedos al abrocharme la tira de las sandalias. Es absurdo. Soy la nueva supervisora de la agencia y me he atrevido a afrontar mi pasado. Debería sentirme invencible. Pero el corazón me golpea en el pecho con una fuerza salvaje.
Quedar con Bruno me altera. Soy consciente de que la cena de esta noche no es solo la celebración de mi ascenso; eso solo es la excusa perfecta para saldar la deuda que dejamos a medias.
Y encima, el señorito se ha empeñado en cenar en su casa porque quiere cocinar.
Por supuesto. Porque Bruno no podía conformarse con reservar en un restaurante; tiene que demostrarme que también domina los fogones con la misma soberbia con la que diseña estrategias publicitarias.
Bajo al portal y me subo al taxi que me espera en la acera.
—A la calle Velázquez, por favor —le digo al conductor, apoyando la cabeza contra el cristal frío de la ventanilla mientras el coche se adentra en el corazón del Barrio de Salamanca.
Las luces de Madrid desfilan frente a mis ojos como un reguero de chispas doradas difuminando con la velocidad.
Me miro las manos entrelazadas en el regazo.
Sé perfectamente cómo va a terminar la noche si dejo que la inercia siga su curso.
La tensión entre nosotros ha llegado a un punto en el que ya no hay margen para seguir jugando.
Y una parte de mi cuerpo —la más traidora— se muere por resolver esa tensión.
El taxi frena frente a un edificio de fachada clásica, balcones de hierro y un portal de roble que impone ya desde la calle.
Tras pagar al taxista, salgo al aire fresco de la noche y me ajusto el vestido antes de cruzar la entrada.
Es inútil. No sé para qué me lo he puesto. Voy provocando claramente.
El ascensor antiguo me sube despacio hasta el cuarto piso y cada segundo que pasa es una pulsación más en mi garganta. Me detengo frente a la puerta de madera. Respiro hondo, me coloco un mechón de pelo detrás de la oreja y, armándome de valor, llamo al timbre.
No pasan ni tres segundos hasta que se abre la puerta y me quedo sin aire.
Bruno está de pie bajo la luz cálida del recibidor.
Se ha puesto un pantalón chino beige y una camisa de lino celeste con las mangas arremangadas, dejando al descubierto sus antebrazos morenos.
Va descalzo. El primer botón de la camisa le tiene desabrochado y de la casa se escapa un olor que me atrapa, una mezcla de su perfume y ajo salteado con hierbas aromáticas.
Me recorre de arriba abajo con una lentitud descarada, deteniendo sus ojos oscuros en la línea de mi cuello, bajando sin prisa por el vestido y volviendo a mis labios, haciendo que la temperatura de mi cuerpo se dispare de golpe.
—Llegas puntual, jefa —murmura sonriendo— Me gusta ese vestido. Te queda espectacular.
Se hace a un lado para dejarme pasar, rozándome la espalda desnuda con la palma de la mano al guiarme hacia el interior y, el contacto directo de sus dedos contra mi piel expuesta, envía una descarga eléctrica directa a mi vientre que me hace contener el aliento.
El piso es espectacular. Los techos son altos con molduras antiguas, tiene cuadros de arte moderno en las paredes y un ventanal enorme que da a los tejados de Madrid.
Pero lo mejor no es la casa. Es él. Bruno moviéndose por su terreno con seguridad, mientras me sirve una copa de vino tinto mirándome fijamente, como si el plato principal de la noche no estuviera en la cocina, sino frente a él.
Para mi sorpresa—y desgracia de mi orgullo—, la cena esta realmente buena.
Bruno ha preparado un risotto de boletus y trufa que demuestra que realmente se le da bien la cocina.
No era un farol para impresionarme. Cenamos en los taburetes altos de la isla, entre risas, vino tinto y una complicidad tan fluida que por momentos se me olvida que estoy en su territorio.
Bruno se muestra cercano, divertido y extrañamente relajado. Me sirve más vino, me escucha hablar de mis proyectos con atención y se ríe de mis ocurrencias con los ojos brillando bajo la luz tenue de las lámparas de suspensión.
Cuando terminamos de cenar, Bruno se levanta, rodea la isla sin dejar de mirarme y me coge de la mano. No dice nada, pero no hace falta. Me guía despacio hacia el ventanal, donde la luz de la ciudad entra tamizada, dibujando sombras suaves en el suelo de madera.
Se coloca detrás de mí, pegando su pecho a mi espalda desnuda. El contraste es brutal. Siento el calor a través de la tela de su camisa, sus brazos rodeándome la cintura con posesión y su aliento tibio acariciándome la nuca. La piel se me eriza, provocándome una descarga directa entre las piernas.
—Te sienta bien el ascenso, Lara —susurra, apoyando la barbilla con suavidad sobre mi hombro mientras contemplamos las luces de la ciudad— Aunque odie perder, verte sonreír estos días ha merecido la pena cada segundo de frustración.
Dios, es lo más bonito que me ha dicho hasta ahora.
Me giro despacio entre sus brazos para mirarle directamente a los ojos, apoyando las manos sobre su pecho.
Puedo sentir los latidos desbocados de su corazón retumbando bajo la camisa.
Sus manos bajan con una lentitud desesperante por la curva de mi espalda, trazando el recorrido de mi columna, vértebra a vértebra, hasta detenerse en el hueco de mis caderas, presionándome hacia él con firmeza.
—Pensaba que te costaría más encajar el hecho de que ahora mando yo—murmuro, enredando mis dedos en los puños arremangados de su camisa.
—Me cuesta —admite con sonriendo contra mi boca— Soy difícil, Lara. Muy difícil. Odio perder. Pero si tengo que rendirme ante alguien, prefiero que sea ante ti. Eres la única que se atreve a desafiarme, que me lleva al límite. Me vuelves loco.
—Mmmm me gusta… Puedes seguir.
—Pero no te lo creas tanto —me susurra al oído rozándome la oreja con los labios— que estés por encima de mí en la agencia, no implica que siempre vaya a ser así…
Bruno inclina la cabeza y me atrapa los labios en un beso hambriento cargado de deseo.
Su lengua entra en mi boca con una exigencia brutal que me deja sin aire, fundiéndonos en una danza caótica que me hace perder la razón.
Mis manos suben desbocadas por sus brazos hasta enredarse en su pelo, tirando de él para pegar su rostro más al mío.
Se le escapa un gemido ahogado contra mi boca y mueve una de sus manos hasta la parte baja de mi espalda, apretándome contra su cuerpo con tanta fuerza, que mis piernas amenazan con ceder.
Bruno se separa un poco, respirando agitado sobre mi boca y me sostiene el rostro entre sus manos, acariciándome los pómulos con los pulgares, atrapándome sin escapatoria con sus ojos oscuros que brillan por el deseo.
—Vamos a ser imbatibles—dice en un susurro ronco, pegando su frente a la mía— Me encantas. Nos parecemos mucho más de lo que crees. Tienes la fuerza de un huracán y no pienso dejar que te apagues jamás. Juntos, vamos a arrasar con todo.
Vuelve a buscar mi boca con la misma vehemencia, deslizando la mano por mi costado hasta rozar el lateral de mi pecho por encima del vestido y comienza a bajar los tirantes por mis hombros, rozándome la piel desnuda con la yema de los dedos.
La electricidad me recorre la espina dorsal como una descarga.
Pero el eco de sus palabras, resuenan en mi cabeza.
Arrasar con todo.
Siento una sacudida fría que se abre paso a la fuerza a través de la niebla de placer que me nubla la cabeza.
Abro los ojos y miro a Bruno. Guapísimo, apasionado, completamente entregado a mí. No hay una sola gota de malicia en su mirada; me está ofreciendo lo mejor que tiene, su forma de entender la vida y el amor: como un desafío apasionado, un incendio sin freno donde chocamos para mantenernos vivos.
Pero en su mundo no hay paz. En su mundo nunca se descansa. Él necesita la pasión, la tensión constante y la adrenalina, para sentirse vivo. Para Bruno, el amor y el trabajo son un deporte de alto rendimiento, donde nunca se puede bajar la guardia.
Y yo... yo acabo de salir de un infierno por intentar complacer a un hombre. Si me dejo arrastrar por Bruno, me pasaré la vida compitiendo, justificándome y alimentando un fuego que terminará por consumirme otra vez.
La mano con la que le acariciaba su nuca se detiene. La piel me sigue ardiendo con sus caricias, pero mi cabeza, se aclara con una lucidez casi dolorosa.
Deslizo suavemente las palmas de mis manos sobre su pecho, empujándolo despacio para marcar algo de distancia entre los dos.
Bruno se frena en seco y parpadea sorprendido, con los labios todavía entreabiertos y su respiración agitada rozándome la mejilla. Se queda con los brazos suspendidos a los lados de mi cintura, congelado.
—¿Qué ocurre?—me pregunta descolocado.
—Bruno yo…
—Pensaba que ambos lo estábamos deseando —me interrumpe, frunciendo el ceño mientras busca en mis ojos una explicación.
—Y así es. Nos deseamos hasta volvernos locos, Bruno —le respondo con honestidad, manteniendo la voz firme— Y me encanta. Pero si cruzamos esta línea, lo vamos a destrozar todo: tu carrera, la mía, y sobre todo la paz que me ha costado mucho recuperar.
Bruno me observa fijamente, totalmente fuera de juego. Observo como intenta recomponerse, recurriendo a esa sonrisa irónica que siempre utiliza para recuperar el control. Sin embargo, la rigidez de sus hombros y la tensión de su mandíbula lo delatan por completo.
—¿Me estás diciendo que te das por vencida antes de empezar? —pregunta con un tono mordaz, aunque sus ojos oscuros reflejan la decepción que siente— Pensaba que te gustaban los retos.
—Esto no es un reto, Bruno —respondo con suavidad, rozándole el brazo antes de dar un paso atrás para aumentar la distancia que necesito— No tengo que demostrarte nada.
Ni a ti, ni a Marcos, ni a nadie. He luchado por este ascenso porque me lo merezco, no para ganarte.
Y no quiero una relación que sea una lucha diaria, por muy tentador que sea el premio.
Las palabras flotan entre los dos, claras y rotundas.
El silencio nos envuelve y veo cómo su orgullo procesa la frustración mezclada con el deseo que aún siente.
—Es una pena… —murmura Bruno esbozando una sonrisa amarga. Da un paso atrás y se mete las manos en los bolsillos, forzándose a no tocarme— Juntos podríamos haber visto el mundo entero arder.
Sostengo su mirada con la cabeza alta, sintiendo que por fin tengo las cosas claras.
—Ya no necesito que el mundo arda, Bruno. Ahora solo quiero disfrutar de él.
Me apoyo en el respaldo del taxi, echando la cabeza hacia atrás mientras dejo que el aire fresco que se cuela por la ventanilla, se lleve el rastro de su perfume de mi piel.
Contemplo las luces del Barrio de Salamanca alejándose por el retrovisor y me toco los labios con la yema de los dedos.
Todavía los siento hinchados y aún guardan el recuerdo de sus besos.
Durante demasiado tiempo he pensado que ganar la campaña o acostarme con Bruno sería la victoria definitiva, la prueba irrefutable de que había dejado atrás la sombra de Marcos y de que volvía a ser una mujer independiente, fuerte y deseada.
Vivía convencida de que necesitaba un gran fuego que arrasara con las cenizas de mi pasado para poder empezar a construir algo encima.
Pero la verdadera victoria no era acostarme con él. Ha sido ser capaz de mirarlo a los ojos, sentir cómo me derretía ante él, desearlo con cada fibra de mi ser, y aun así haber sido lo suficientemente fuerte como para decir «no».
No necesito que Bruno me valide como mujer ni que la agencia me valide como profesional. La única aprobación que necesitaba era la mía... y por primera vez en mucho tiempo, la tengo.