Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 26
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CAPITULO 26

Me bajo en la estación de Atocha y camino por el Paseo del Prado con un nudo en el estómago que me produce tanta presión que soy incapaz de andar deprisa.

Pero al cruzar la verja del Real Jardín Botánico, el aire se vuelve de repente más fresco, con un olor intenso a tierra mojada y a hiedra que rebaja mis pulsaciones.

Avanzo despacio por el Paseo de los Olivos, arrastrando las sandalias por la grava, que cruje rítmicamente bajo mis pies como una cuenta atrás.

A mi alrededor hay parejas de turistas que pasean tranquilamente disfrutando de la tarde y jubilados sentados a la sombra de los árboles leyendo el periódico.

Solo se escucha el graznido lejano de algún pájaro escondido entre las ramas.

El silencio de este sitio me envuelve como una tregua antes de la tormenta que sé que se me viene encima.

Al final del sendero de los almendros, junto a una fuente circular de piedra, está la terraza de la cafetería.

Es un rincón precioso, escondido entre maceteros gigantes de terracota llenos de flores silvestres y rodeado de enredaderas que cubren las vigas de madera del porche.

Hay apenas cuatro mesas de hierro forjado pintadas de verde oscuro, separadas lo suficiente entre sí como para mantener la intimidad.

Marcos está sentado de espaldas a la entrada, en la mesa del rincón, justo al lado de un arbusto de hortensias azules.

Lleva una camisa de lino blanco con las mangas remangadas hasta los codos y tiene la mirada perdida en el fondo de un vaso que mueve en círculos, donde una rodaja de limón flota entre los hielos casi derretidos.

A su lado descansa su inseparable cámara de fotos; la lleva a todas partes como una extensión de su propio cuerpo.

Al escuchar el crujido de mis pasos sobre la grava, se gira despacio y, al verme, se le dibuja en la cara la sonrisa tierna que tantas veces me ha protegido del mundo.

Pero la rigidez de sus hombros y el cerco oscuro bajo sus ojos azules delatan que él tampoco ha pasado una buena semana.

—Hola, Lara —dice con timidez, levantándose a medias para saludarme.

—Hola —respondo con una sonrisa, mientras me siento en la silla de frente a él.

El camarero se acerca al instante y le pido un café con hielo.

Realmente no me apetece, tengo el estómago cerrado, pero necesito tener algo entre las manos.

En cuanto nos quedamos solos de nuevo, Marcos estira la mano sobre la mesa, rozando apenas mis dedos y me mira fijamente a los ojos. Ha llegado el momento de hablar.

El camarero deja el café sobre la mesa con un tintineo que rompe nuestro silencio.

Rodeo el vaso de cristal con las manos, mientras observo a Marcos de reojo.

Está visiblemente nervioso. Se recoloca las mangas de la camisa mirándome con expectación.

No quiero hacerle daño, de verdad, pero no puedo darle falsas esperanzas.

—Marcos, gracias por el libro. Ha sido un detalle precioso —arranco, forzando una voz suave pero firme, decidida a controlar la conversación antes de que los nervios me jueguen una mala pasada— Me lo leí entero en Mallorca.

Me encantaron las notas que escribiste en los márgenes.

Y la dedicatoria del final... es preciosa.

Él asiente despacio, entrelazando los dedos sobre la mesa, y una chispa de esperanza le ilumina la cara por un segundo.

—Era lo mínimo que podía hacer, Lara. Sé que tenías muchas ganas de leerlo y pensé que cómo tendrías tiempo…

. —no termina la frase. Deja las palabras flotando entre nosotros y baja vista hacia sus manos, retorciéndoselas nervioso— El otro día…

en la cafetería de abajo de casa, yo estaba desesperado y te reproché cosas que no venían a cuento.

Lo siento. No quiero volver a repetir lo mismo de nuevo.

Solo... solo quiero que sepas que me arrepiento de verdad.

Miro la cucharilla que llevo un rato dando vueltas en el café. Escucharle tan arrepentido, hace que me escuezan los ojos por las lágrimas que intento con todas mis fuerzas retener.

—Te perdono, Marcos —le digo, estirando la mano sobre la mesa para rozarle los dedos con cariño— De verdad. Ya no te guardo rencor. Necesitaba decírtelo mirándote a los ojos.

Marcos suspira, aliviado, como si le hubiera quitado un peso enorme de encima y su mano gira instintivamente para intentar entrelazar sus dedos con los míos. Pero yo los retiro con suavidad, devolviéndolos a mi regazo. Tengo que mantener la distancia si no quiero que se confunda.

—Pero eso no significa que vayamos a volver a estar juntos, Marcos —continúo obligándome a no apartar la vista de sus ojos— No puedo volver a la vida que tenía antes. En realidad, no quiero.

La sonrisa que empezaba a dibujársele en los labios se le borra de golpe y se queda rígido en la silla, mirándome desconcertado.

—Lara... —murmura en un hilo de voz— ¿Ya no sientes nada?

—Lo que siento es que yo ya no soy la misma persona, Marcos —le respondo, notando una lágrima traicionera resbalar por mi mejilla, aunque intento mantenerme firme— Cuando te marchaste, me pasé semanas hundida, intentando entender qué había hecho mal para que me dejaras atrás tan fácilmente.

Y me di cuenta de que esa seguridad que yo sentía cuando estaba a tu lado se esfumó en cuanto cruzaste la puerta.

Me dejaste sola. He aprendido la lección, Marcos.

Ha sido un proceso muy duro, pero ahora sé que no quiero volver a depender de nadie para sentirme a salvo.

Esa seguridad tengo que dármela yo misma.

Él baja la mirada hacia la mesa, encajando el golpe en silencio.

Veo cómo traga saliva con dificultad, aprieta los puños sobre sus piernas y cómo la culpa le reconcome, tensando su mandíbula.

Se pasa una mano por el pelo, despeinándoselo frustrado e inspira hondo.

Me preparo mentalmente para la réplica, para los reproches de siempre, para que intente justificarse diciendo que era el contrato de su vida.

Pero no lo hace.

Cuando levanta la cabeza despacio y sus ojos azules se detienen en los míos empañados, descubro que ya no queda rastro de esa necesidad egoísta de salirse con la suya. Solo veo una mirada terriblemente triste que me parte el alma.

—Tienes toda la razón, Lara — admite en un susurro apenas audible— Fui un egoísta y un imbécil. Estaba tan cegado con la oportunidad que se abría ante mí, que no supe valorar lo que dejaba atrás.

Tengo la vista borrosa por culpa de las lágrimas, pero me obligo a sostenerle la mirada. No puedo flaquear. No ahora.

—No puedo darte otra oportunidad solo porque ahora seas el hombre que necesitaba que fueras entonces, Marcos —le digo en un susurro, sintiendo que la pena me oprime la garganta, pero manteniéndome fiel a mi propósito— Te quiero muchísimo, siempre vas a ser una parte fundamental de mi vida, pero no puedo volver a lo mismo. Ya no.

Él asiente despacio aceptando mi negativa con dignidad. No insiste. Fuerza una sonrisa amarga, intentando disimular como le tiemblan las comisuras de sus labios y coge su cámara de la mesa, colgándosela del hombro con un movimiento lento.

—No pretendo que me des otra oportunidad, Lara. Lo último que quiero es forzarte a nada—dice en un susurro, abatido— Solo... solo necesitaba que supieras que por fin entiendo por qué te perdí. Me alegro mucho de que te estés encontrando a ti misma.

Se levanta de la silla y me dedica una mirada que no logro descifrar.

—Cuídate mucho —murmura, dándome un beso suave en la cabeza— Cuando me digas, te acerco a Torrija a casa… Sé que le echas de menos.

—Vale, yo…

—Una última cosa—me interrumpe, y a esta distancia puedo ver cómo le brillan los ojos— Alguna vez, cuando estemos más tranquilos, me gustaría pasar tiempo con él… No quiero perderle a él también.

— Claro, sin problema. —consigo articular, tragándome el nudo de la garganta— Estará encantado de verte.

Me dedica una última sonrisa triste y se da la vuelta enfilando el paseo de los almendros, dejándome sola en la mesa, con el corazón roto en mil pedazos, viendo cómo su silueta se va alejando por el sendero arbolado hasta desaparecer tras la vegetación. Se ha ido. Se ha marchado de verdad.

Me había mentalizado para tener que rebatirle, para ponerme a la defensiva, para pelear y hacerle entender que no quería arriesgarme de nuevo. Pero para lo que no estaba preparada, era para que lo aceptara. Para que me respetara por encima de él. Está claro que ha cambiado. Pero llega tarde.

Me limpio con el dorso de la mano una lágrima que me corre por la mejilla y me quedo mirando fijamente el vaso vacío. Yo también me he quedado vacía.

Una hora después, meto la llave en la cerradura y empujo la puerta de mi casa. Apoyo la espalda contra la pared de la entrada, escuchando el silencio que invade mi piso. Por fin siento que vuelvo a ser dueña de mis pasos. He sido valiente y he cerrado el pasado.

Dejo las llaves sobre el mueble con un tintineo y me dirijo hacia la cocina, pero al apoyar el móvil en la encimera para coger un vaso, veo que tengo una notificación de hace un rato.

Bruno (20:15): Espero que estés descansando. Acuérdate de que mañana tenemos una cita y algo que celebrar por todo lo alto. Estoy deseando verte.

No respondo. Intento coger aire agobiada, atrapada entre el deseo de terminar lo que empezamos y una sensación de vértigo que me corta el aire.

Con Marcos aprendí lo peligroso que es dejarse arrastrar, lo mucho que duele entregarse a alguien hasta desdibujarte por completo.

Y ahora que Bruno está a punto de saltar a mi vida fuera de la oficina, me doy cuenta de que arder junto a alguien puede ser igual de destructivo.

Pero lo peor de todo es que no sé si quiero salvarme.