Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 25 #2
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CAPITULO 25 #2

—Bueno —arranca el director, rompiendo la tensión con una voz que no admite réplicas ni debates— No os voy a mentir. Hacía años que no veía un nivel tan alto. Bruno, tu propuesta ha sido impecable. De verdad. De lo mejor que has hecho hasta ahora.

Noto cómo Bruno suelta aire por la nariz, pero no se mueve. El director gira la cabeza despacio hacia mí, mirándome a los ojos.

—Pero Lara ha ido un paso más allá. Te has arriesgado mucho rompiendo los moldes, pero el cliente manda. Así que no le voy a dar más vueltas a este asunto. Lara, a partir del lunes eres la nueva supervisora. Enhorabuena, te lo has ganado.

Un subidón de adrenalina me recorre la columna, haciendo que por un segundo me olvide de respirar. ¡Lo he conseguido! Todo el esfuerzo ha valido la pena. El ascenso es mío.

—Muchas gracias —consigo decir, intentando mantener una voz profesional y serena que oculte que por dentro estoy haciendo la ola.

Sin embargo, el subidón me dura solo unos segundos. Los mismos que tarda el director creativo en girarse de nuevo hacia mi izquierda.

—Bruno —dice, entornando los ojos y adoptando un tono mucho más serio—, espero que no haya ningún tipo de problema con esto. A partir de la semana que viene vas a estar bajo las órdenes de Lara. Necesito que reméis en la misma dirección y que dejes a un lado vuestras diferencias. ¿Está claro?

Miro de reojo a Bruno, conteniendo el aliento. Ese orgullo que lo define y que tantas veces nos ha hecho chocar, está siendo puesto a prueba de la forma más cruda posible.

Veo cómo se le marca una vena en el cuello y cómo aprieta la mandíbula antes de tragar saliva con dificultad.

Levanta la cabeza despacio. Forzar una sonrisa en este momento debe de costarle lo mismo que arrastrarse por cristales rotos, pero responde con una profesionalidad impecable.

Se recoloca con calma los puños de la camisa y asiente con una tranquilidad premeditada.

—Por supuesto —responde Bruno, con una voz demasiado neutra que lucha por no dejar traslucir la tormenta que debe llevar por dentro— Ningún problema. La campaña de Lara es brillante, hay que reconocerlo. A partir del lunes, remaremos juntos en la misma dirección. Cuenta con ello.

El director da una palmada al aire, visiblemente aliviado por zanjar el asunto y se levanta de la silla recogiendo sus carpetas.

—Perfecto. Así me gusta. Buen trabajo a los dos —remata, caminando hacia la salida.

La puerta de la sala de juntas se cierra tras él con un golpe seco y el silencio regresa de golpe, cayendo sobre nosotros como una losa de hormigón. Nos hemos quedado a solas.

Me quedo totalmente quieta, aguantando la respiración a duras penas, preparada para el estallido, el reproche o, como mínimo, un ataque de su ego herido.

Sin embargo, Bruno se pasa una mano por la nuca, exhala un suspiro y los hombros se le relajan de golpe, perdiendo toda esa rigidez con la que ha encajado la noticia.

Se gira hacia mí y me mira fijamente. Por primera vez en toda la mañana, las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba en una sonrisa auténtica. Es lo último que me esperaba, pero el gesto consigue que el aire vuelva a entrarme en los pulmones.

—Bueno —dice, rompiendo la tensión del momento— Enhorabuena de verdad, jefa.

—Gracias —respondo mientras me levanto intentando que no note el temblor de mis piernas— Pensaba que ibas a pelear un poco más.

Bruno suelta una risita meneando la cabeza con deportividad, mientras se levanta también, abrochándose el botón de la americana.

—A ver, me jode no haber conseguido el puesto, no te voy a engañar —admite mirándome a los ojos con una sinceridad aplastante— Pero no soy un hipócrita. Tu concepto es mucho mejor que el mío. Te lo has ganado a pulso, de verdad. Me alegro mucho por ti.

Que reconozca su derrota con esa elegancia me parece lo más sexy que ha hecho desde que lo conozco.

Bruno da un paso hacia mí, acortando la distancia entre los dos. El aroma de su colonia me envuelve, haciendo que la temperatura de la sala suba de golpe. Se mete las manos en los bolsillos del pantalón y se inclina hacia delante, hasta que su aliento me roza los labios.

—Si no trabajáramos juntos y no hubiéramos empezado con tan mal pie, te aseguro que las cosas entre nosotros habrían sido muy diferentes —murmura erizándome la piel de los brazos— Pero las cosas son como son. A partir del lunes vas a mandar sobre mí en la oficina….

Hace una pausa adrede, sacando una mano del bolsillo para rozarme la cintura con la yema del pulgar.

—…pero afortunadamente para los dos, el sábado no estaremos en la oficina, jefa.

Se me corta la respiración. El roce de su mano me quema a través de la tela del vestido.

—¿Eso significa que la cita sigue en pie? —le pregunto, intentando sonar casual.

—Por supuesto. ¿De verdad pensabas que te ibas a librar tan fácilmente de mí?

—su sonrisa se vuelve descarada, recuperando ese magnetismo que me vuelve loca y me desestabiliza— Hay que celebrar ese ascenso como se merece.

Además, si quieres que nos conozcamos fuera de estas cuatro paredes, yo estoy más que dispuesto.

Su respiración se entrelaza con la mía y por un instante estoy convencida de que va a besarme. Pero se incorpora despacio, rompiendo el hechizo, me guiña un ojo sonriendo con picardía y camina hacia la puerta con seguridad. Pero antes de salir, se gira un instante para mirarme de arriba a abajo.

—Disfruta de tu primer día de gloria. Nos vemos mañana.

La puerta se cierra de nuevo y yo me quedo sola en la sala, apoyada contra el borde de la mesa para no caerme, hiperventilando y con una sonrisa boba dibujada en la cara mientras mis hormonas empiezan a preparar la fiesta para el sábado.

Menudo giro de los acontecimientos. Y qué larga se me va a hacer la semana hasta entonces.