Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 25
82%

CAPITULO 25

El despertador ni siquiera ha tenido la oportunidad de rematarme esta mañana; ya me he adelantado yo solita a su pitido estridente.

Abro los ojos de golpe y me quedo mirando las sombras del techo con las sábanas enredadas entre las piernas.

Vaya nochecita. Apenas he podido pegar ojo por culpa de los nervios, me he pasado media noche dando vueltas en la cama.

Hoy es el gran día.

Me incorporo apoyando la espalda en el cabecero de la cama y me paso las manos por la cara, resoplando.

Sé que tengo que ir a por todas, si pensar en nada más.

Quiero ese ascenso, lo deseo con todas mis fuerzas porque me lo he currado como nadie.

Es el puesto de mi vida y no pienso regalárselo a nadie.

Pero la incertidumbre me reconcome, arañándome por dentro y quitándome el aire por momentos.

Si gano yo... ¿qué va a pasar con Bruno?

Le conozco. Sé lo competitivo que es. ¿Cómo va a reaccionar si ve que el ascenso es para mí?

Me muerdo el labio, con la mirada perdida en la ventana por donde empieza a clarear el día.

Tengo miedo de que nuestra historia se vaya al cuerno antes de haber empezado siquiera por culpa del orgullo.

Arrugo las sábanas entre los dedos apretando los puños y me obligo a salir de la cama. Venga, Lara, céntrate. Hoy me la juego a una sola carta.

El ambiente en la sala de juntas se podría cortar con un cuchillo.

Pero, al menos, el aire acondicionado está al máximo, aunque juro que yo noto gotas de sudor resbalando por mi espalda.

El director creativo está sentado al fondo, repanchingado en su silla con los brazos cruzados y la cara de póker que pone cuando quiere intimidarnos.

A su lado, el gerente de la cadena hotelera Blue Horizons revisa su Tablet con un gesto serio, imponiendo respeto solo con la mirada.

Bruno y yo estamos uno enfrente del otro a los lados de la gran mesa de cristal. Nos hemos saludado al entrar con un frío «buenos días» que me ha dejado con ganas de más. Está imponente, con un traje azul marino y la seguridad arrolladora que le caracteriza.

—Bien —arranca el director creativo, dando un golpe con el capuchón del bolígrafo sobre la mesa para captar nuestra atención— No tenemos toda la mañana. Bruno, empiezas tú.

Bruno asiente con tranquilidad, se levanta sin dudar y conecta su Tablet a la pantalla de la sala. En cuanto se apagan las luces, empieza su despliegue. Y, joder, tengo que reconocer que es un auténtico espectáculo verle trabajar.

Su propuesta es puramente visual, una delicia estética que entra por los ojos desde el primer segundo.

Ha capturado la luz de la costa de Valencia de una forma magistral: tonos arena, azules profundos que evocan el mar y tipografías minimalistas que resaltan la elegancia del lujo.

Su presentación está tan cuidada en lo que respecta al diseño y a la imagen de marca, que veo cómo el gerente de Blue Horizons se inclina hacia delante, completamente hipnotizado por los renders que desfilan ante él.

Se nota que se ha pateado el hotel, ha analizado los espacios y ha sabido plasmar el envoltorio perfecto para un público selecto.

Sin embargo, a medida que avanza por las diapositivas, mi pulso se va estabilizando y el miedo del estómago empieza a transformarse en un subidón de adrenalina.

Su propuesta es preciosa. Pero se ha centrado tanto en la estética y en el diseño exterior, que ha dejado de lado el alma de la campaña.

Falta la historia que conecte con la gente, falta esa chispa que haga que la campaña funcione en el día a día de las redes sociales y los medios.

Su idea es brillante para el diseño del hotel, pero no tiene la fuerza comercial y el impacto que tiene la mía.

Bruno termina su exposición con una sonrisa y apaga la pantalla, ganándose un asentimiento muy convencido por parte del gerente de la cadena.

—Excelente trabajo, Bruno. Una línea visual impecable —dice el director creativo, anotando algo en su libreta antes de girar la cabeza hacia mí con una ceja levantada— Lara, tu turno. A ver con qué nos sorprendes hoy.

Doy un paso al frente con paso firme, conecto mi portátil al proyector y espero a que la pantalla reaccione, respirando hondo.

Miro al gerente de Blue Horizons , después al director creativo y, por último, permito que mis ojos se crucen con los de Bruno.

Está recostado en la silla, de lo más relajado, con los brazos cruzados sobre el pecho, observándome con una sonrisita de suficiencia que está suplicando a gritos que le baje los humos.

—Bruno nos ha presentado un envoltorio precioso, eso no se puede negar —arranco, con la voz firme, paseando la mirada con seguridad por los asistentes— Sus renders muestran unas instalaciones idílicas.

Es el típico anuncio impecable que hacen todos los hoteles del mundo.

El problema es que vende una mentira. Y el consumidor actual ya no compra mentiras.

El gerente de la cadena levanta las cejas al escucharme, visiblemente sorprendido.

En la pantalla se proyecta mi primera diapositiva: una fotografía a pantalla completa, con una luz espectacular y colores saturados, de una pareja sonriendo en una tumbona frente al mar.

La típica foto con tres mil filtros de Instagram que todos hemos visto mil veces.

—Todo el mundo vende la costa así —continúo mi discurso, dando un clic al mando— Pero la realidad de las vacaciones... es esta otra.

La imagen cambia de golpe y, en su lugar, aparece una fotografía gamberra y divertidísima de un padre de familia de mediana edad, con una quemadura de sol en forma de tirante de camiseta, intentando clavar una sombrilla doblada por el viento, mientras al fondo se intuye a un niño pequeño embadurnado de arena de arriba abajo intentando pegarle con una pala amarilla a su hermana mayor.

El director creativo suelta un bufido que intenta camuflar como una tos y al gerente de Blue Horizons se le escapa una sonrisa espontánea. Bingo. He tocado fibra.

—Señores, el público está saturado del postureo.

La perfección satura, cansa y, sobre todo, ya no conecta —digo, aumentando mi seguridad a cada palabra que sale de mi boca— Las vacaciones tienen niños gritando, sombrillas que se vuelan, arena incrustada en la toalla y madrugones para poder coger sitio en la orilla.

Por eso mismo, mi propuesta rompe por completo con lo que se ha estado haciendo hasta ahora.

Les presento la campaña: Vacaciones Sin Filtros .

Paso a la siguiente diapositiva, donde se despliegan los copys de la campaña en gráficas espectaculares. El contraste es brutal.

—La estrategia se basa en una contraposición de conceptos.

Vamos a reírnos del caos del verano español bajo un único lema: «El verano real es mejor» .

Imaginad marquesinas con fotos de situaciones caóticas que todos hemos vivido alguna vez en la playa.

Y justo debajo, el mensaje de marca: «Sabemos que tu día de playa va a ser un caos.

Por eso nos aseguramos de que tu estancia al volver al hotel sea perfecta» .

Hago una pausa dramática para dejar que el concepto cale y muestro los ejemplos visuales.

En la pantalla se ve, a la izquierda, la foto de la sombrilla volando y, justo al lado, una imagen espectacular del spa termal de última generación del hotel de Mallorca, con una iluminación impecable que invita al relax.

El contraste es salvaje y magnético. En la siguiente imagen, una familia está atrapada en un chiringuito masificado bajo el sol y, al lado, la infinity pool del hotel con un camarero sirviendo un cóctel helado sonriendo.

—Utilizamos el humor y la empatía como caballo de Troya —sentencio, clavando mis ojos directamente en los del cliente, sin pestañear— Mientras la competencia de Blue Horizons sigue diciendo mira qué bonitas y qué cómodas son mis camas , nosotros le decimos al cliente: sabemos la paliza que te vas a dar en la arena, ven aquí a que te cuidemos como te mereces después .

Es un posicionamiento gamberro que se va a hacer viral en redes desde el principio porque la gente se va a ver reflejada en cada escena.

Termino la exposición, apago la pantalla y las luces de la sala de juntas se encienden de golpe. El silencio en la sala dura unos segundos que se me hacen eternos, en los que puedo oír mi propio pulso retumbándome en los oídos.

Miro de reojo a Bruno y descubro que ya no tiene la sonrisita de suficiencia.

Se ha descruzado de brazos, tiene el cuerpo inclinado hacia delante y me mira fijamente, con los ojos muy abiertos y una expresión indescifrable que oscila entre el shock de quien sabe que le acaban de pasar por encima y una especie de admiración que intenta reprimir sin mucho éxito.

Sabe que acabo de romper las reglas del juego.

El gerente de Blue Horizons da un par de golpecitos lentos con el bolígrafo en su tableta, rompiendo la tensión, y mira al director creativo con una sonrisa enorme de oreja a oreja que me devuelve la vida.

—Lara —dice el cliente, rompiendo el protocolo y soltando una carcajada— Me has dejado sin palabras. En mi última tarde en la playa se me voló la sombrilla. Me encanta. Es brillante.

El gerente se levanta de la silla con un entusiasmo que no ha mostrado en toda la mañana, nos da la mano y nos felicita efusivamente a los dos antes de salir por la puerta.

En cuanto el eco de sus pasos desaparece por el pasillo, el silencio regresa a la sala, cargado esta vez de una tensión insoportable.

El director creativo apoya los puños sobre la mesa de cristal, mirándonos fijamente a Bruno y a mí.

Bruno está tenso, con la mirada fija en sus propios apuntes y la mandíbula apretada.

Intento serenarme y respirar, pero siento que se me va a salir el corazón por la boca de un momento a otro.

Se acabó. Ha llegado la hora de la verdad.