Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 23
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CAPITULO 23

Cruzar la puerta de salidas del aeropuerto de Barajas ha sido como despertarse de un guantazo a mano abierta.

Adiós a las calas de agua turquesa y a la brisa fresca que te acariciaba la cara; hola de nuevo al aire viciado del metro y al ritmo frenético de Madrid.

Tras dejar la maleta tirada de mala manera en mitad del salón —con la firme intención de que se deshaga ella sola—, me he cambiado con lo primero que he pillado en el armario y ya estoy saliendo otra vez por la puerta.

Aprovechando que Torrija se va a quedar con Marcos unos días más, me voy a La Resistencia, necesito ver a mi gente.

Pero de camino al bar, los nervios empiezan a jugarme una mala pasada.

Me muerdo el labio mientras camino por la acera, esquivando a las parejas que pasean tranquilamente.

Hoy es la primera vez que voy a ver a Hugo desde el beso .

Madre mía, el beso . Vaya chasco. Lo bueno es que los dos somos lo bastante maduros como para haberlo hablado estos días y decidir que nos queremos con locura, pero como amigos y nada más.

Aun así, reconozco que estoy nerviosa. Una cosa es hablarlo por teléfono y otra muy distinta mirarse a la cara después de haber intentado meterle la lengua hasta la campanilla sin sentir nada. Madre mía, que vergüenza.

Respiro hondo, empujo la puerta de La Resistencia con decisión y luz tenue me da la bienvenida como un abrazo.

—¡Pero bueno, si ha vuelto la reina de las islas! —la voz de Nuria resuena desde detrás de la barra antes incluso de que mis ojos se acostumbren a la penumbra del interior.

Está espectacular, como siempre, con un delantal negro de cuero sobre una camiseta de tirantes y el pelo recogido en un moño alto del que se escapan varios rizos.

Al lado de la barra, apoyado en un taburete y con una cerveza en la mano, está Hugo.

Al verme entrar, se le ilumina la cara con esa sonrisa enorme que siempre le acompaña.

—¡Lara! —exclama, dejando la cerveza sobre la barra y abriendo los brazos de par en par en mi dirección.

Me lanzo a su encuentro sin pensarlo dos veces.

Nos achuchamos tan fuerte que el abrazo espanta cualquier fantasma que pudiera quedar entre nosotros.

Al separarme, le miro fijamente a los ojos buscando algún rastro de tensión, pero solo encuentro al Hugo de siempre.

El alivio que siento es tan grande que casi me pongo a bailar allí mismo. Estamos bien. Seguimos siendo nosotros.

—Madre mía, que asco das, de verdad te lo digo —suelta Nuria, saliendo de detrás de la barra para darme otro achuchón— Estás súper morena. Te ha cundido, ¿eh?

—Bueno, entre comillas —me río, dejándome caer aliviada en la banqueta que me acaba de ceder Hugo— Que también he trabajado como una loca para la presentación, no te vayas a creer.

—Ya, ya... —Nuria me mira con una ceja levantada y una sonrisa canalla— Has trabajado muchísimo, seguro. ¿Y el rubio de la playa qué? ¿No nos vas a contar nada del espécimen escandinavo? No te hagas la sueca. Nunca mejor dicho.

Resoplo exageradamente y apoyo los codos en la barra, dejando caer la cabeza entre las manos de forma dramática.

—Por favor, no me lo recordéis. Qué soberano coñazo de tío, os lo juro —Nuria y Hugo se miran de reojo y se echan a reír a la vez, un gesto que me llama la atención, aunque decido seguir con mi drama— Al principio tenía un pase, ¿vale?

Al reírse, noto que Hugo busca la mirada de Nuria con una complicidad que me resulta nueva. Ella le guiña un ojo mientras le desliza por la barra un cuenco de patatas fritas.

Me quedo mirándolos un segundo con la Coca-Cola a medio camino de la boca.

Hay algo en el aire que ha cambiado estos días…

una forma de mirarse sin hablar, de reírse de las mismas cosas con una sintonía que antes no estaba ahí.

O a lo mejor es que yo estaba demasiado cegada con mi propio cacao como para enterarme de lo que pasaba a mi alrededor.

Nuria termina de agitar la coctelera, vierte un líquido rosado y espumoso en una copa ancha y la desliza hacia mí con una sonrisa radiante.

—Toma. Para olvidar a los vikingos de pacotilla y celebrar que estás de vuelta —dice, guiñándome un ojo.

—Eres mi salvadora —le digo, agarrando la copa por el tallo y dando un trago. Está espectacular: ácido, dulce y con el punto justo de alcohol para hacerme olvidar las tres horas de retraso del vuelo.

—¿Sabéis lo que os digo? Que se acabó —sentencio, dejando la copa sobre la barra con un golpe seco— De verdad os lo digo. Estoy tan harta de dar tumbos y de perder el tiempo acumulando citas horribles, que hasta aquí hemos llegado. He tomado una decisión.

Hugo levanta las cejas, divertido, mientras se mete una patata frita en la boca sin perder detalle.

—A ver, sorpréndenos. ¿Te vas a meter a monja de clausura para purificar tus pecados o vas a adoptar otro perro para hacerle compañía a Torrija?

— Voy a borrar Tinder—le respondo con firmeza, sacando el móvil del bolso y desbloqueando la pantalla— Pero vamos, ahora mismo.

Nuria frena en seco el trapo con el que está secando una copa y me mira fijamente, entre sorprendida y orgullosa.

—¿En serio? ¿Y con qué te piensas entretener ahora?

—Tranquila, que bastante tengo encima—digo, clavando la mirada en el maldito icono de la llama que lleva meses trayéndome de cabeza— Me he pasado meses saltando de un perfil a otro a la mínima que las cosas se ponían serias.

Cada vez que necesitaba evadirme, ¿qué hacía?

Pum, cita de Tinder. Convenciéndome de que un clavo saca otro clavo, o al menos te distrae un rato para no pensar.

Pero la experiencia ha dejado mucho que desear, para qué nos vamos a engañar.

Decirlo en voz alta delante de ellos hace que suene fatal.

—Estoy cansada —admito en voz baja— Estoy cansadísima de esconderme detrás de tíos que no me importan nada solo para no estar conmigo misma. Para no tener que sentarme a solas en el salón de mi casa a escuchar el silencio y a decidir qué coño quiero hacer con mi vida.

Hugo me mira con una ternura infinita y estira la mano sobre la barra para darme un apretón cariñoso en los dedos. El calor de su mano me tranquiliza. Mientras, Nuria asiente en silencio.

—Ya era hora —dice Nuria en un susurro— No sé lo que te ha abierto los ojos, pero me alegro muchísimo.

Asiento con la cabeza, firme y decidida. Mantengo el dedo pulsado sobre el icono de Tinder y los cuadraditos de las aplicaciones empiezan a bailar en la pantalla, listos para ser eliminados de mi vida. En la esquina del icono, la cruz de borrado parpadea como una invitación a la libertad.

Pero justo cuando voy a pulsarla, el corazón me da un vuelco. Gatonegro .

Me muerdo el labio inferior, frenando el dedo en el aire. No puedo borrar la aplicación y desaparecer así como así. No con él.

—Espera, un segundo —les digo a los dos, abriendo la aplicación por última vez de manera frenética.

—¿Ya te estás echando atrás? —me pica Hugo, cruzándose de brazos con una sonrisa burlona.

—No, no es eso—le corto, sin levantar la vista de la pantalla mientras entro directa en su chat— Es que tengo que despedirme de alguien. O más bien… sacarle de aquí dentro.

Inspiro hondo y tecleo todo lo rápido que puedo, buscando las palabras adecuadas para no sonar cursi, pero siendo lo más honesta posible.

@LaTormentaPerfecta: Hola. Voy a borrar la aplicación. Necesito empezar a tomar el control de mi vida de una vez por todas. Si te apetece que nos sigamos conociendo de verdad, búscame aquí: 633 45 ** *. Por cierto, me llamo Lara. Un beso.

Le doy a enviar antes de que me entre el pánico y me arrepienta.

Veo cómo el doble check se ilumina en la pantalla, confirmando que ya no hay marcha atrás.

Cierro la conversación, salgo al menú principal y, esta vez sin dudarlo ni un solo segundo, pulso la cruz.

El sistema operativo me lanza la típica pregunta de seguridad de si estoy segura de que quiero eliminar la aplicación y todos sus datos.

«Sí, estoy segurísima»

La llama desaparece de la pantalla de mi teléfono de un plumazo, dejando un hueco vacío entre mis aplicaciones que, lejos de darme vértigo, me hace soltar un suspiro de alivio. Ya está. Ya no hay escondites detrás de los que protegerme.

—Ya está —digo, dejando el móvil bocabajo sobre la barra y mirando a mis amigos— Oficialmente soltera, tecnológicamente limpia y lista para afrontar la semana más kamikaze de mi vida laboral.