CAPITULO 22
El teléfono vibra sobre la toalla haciéndome dar un respingo. Al ver el nombre de la residencia, el tiempo se detiene por completo. El murmullo de las olas desaparece y mi corazón deja de latir. Ha pasado algo.
Trago saliva, intentando mantener la compostura a duras penas y preparándome para lo peor mientras descuelgo con los dedos temblorosos, notando cómo se me queda boca seca en un instante.
—¿Sí? ¿Hola? —pregunto, con la voz ahogada— ¿Ha pasado algo?
—¿Lara? Hola, cariño, soy Maite, la enfermera de la residencia —la voz me llega en un tono pausado, como los que usan para prepararte antes de una mala noticia, lo que hace que me siente de golpe en la toalla— Siento molestarte, no quería asustarte.
—No, no te preocupes —la interrumpo pasándome una mano por la frente — ¿Mi tía está bien?
—Está estupendamente, de verdad. Quédate tranquila —al otro lado de la línea escucho de fondo el tintineo de unas bandejas— Es que…
mira, no he podido aguantarme las ganas de llamarte.
Quería contarte que he entrado en su habitación hace media hora para tomarle la tensión y me la he encontrado sentada en el sillón, mirando la foto que le dejaste.
Tenía la fotografía entre las manos, la estaba mirando fijamente y, Lara, estaba sonriendo.
Suelto despacio el aire que estaba reteniendo, sintiendo como los músculos se me relajan lentamente.
—¿La estaba mirando? —pregunto en un susurro.
—No solo la estaba mirando, Lara. Sonreía de verdad.
Le he preguntado si se acordaba de quién estaba a su lado en la foto y, aunque no me ha contestado y enseguida ha vuelto a quedarse un poco en su mundo, esa expresión...
no sé cómo explicarte. Hacía meses que no la veía sonreír así, con esa luz en la mirada.
—¿Sí? ¿De verdad? —pregunto, con la voz rota por la emoción—. ¿Ha… ha dicho algo?
—No, mi vida, no ha hablado. Tampoco hay muchos más avances en lo que respecta a la lucidez diaria o a la orientación.
Sigue bastante desconectada de lo que la rodea en su rutina y se fatiga rápido si intentamos forzarla a mantener una conversación.
Ya sabes cómo es esto, pero hoy has conseguido entrar un poquito en su mente.
Ha conectado. Y he pensado que te gustaría saberlo.
Asiento para mí misma con los ojos cerrados, limpiándome una lágrima traicionera que me resbala por la mejilla. Para mí, ese pequeño gesto lo es todo. He conseguido entrar, aunque sea solo un poquito y durante unos instantes, en su mente.
—Gracias, Maite. De verdad. No sabes lo que significa esto para mí ahora mismo.
—Para eso estamos, guapa. Disfruta de Mallorca y descansa, que te hace mucha falta. Te mantengo informada de cualquier cosita. Un beso.
Cuelgo el teléfono y me quedo un rato mirando el horizonte, donde el azul del cielo se funde con el del Mediterráneo en una línea perfecta.
A veces nos empeñamos en buscar milagros con fuegos artificiales y resulta que la felicidad es esto: una grieta diminuta por la que volver a tocar a alguien que creías perdido para siempre.
Bajo la vista y miro de reojo el libro de Marcos, que sigue abierto sobre mis rodillas, con las esquinas de las páginas curvadas por la brisa.
Me acomodo de nuevo y me obligo a sumergirme otra vez en El océano al final del camino .
La prosa de Gaiman empieza a envolverme, pero lo que de verdad me atrapa y me hace releer las líneas, son los párrafos subrayados por Marcos.
Hay una frase subrayada que me llama la atención especialmente. Habla de que los recuerdos de la infancia a veces se enturbian por los acontecimientos posteriores, pero nunca se llegan a perder del todo.
Y, al lado, en el margen, con su letra pequeña y un poco picuda, veo que ha escrito:
«Como nuestro primer viaje a Asturias. Sigo teniendo la concha que recogiste en la playa de Toró en el cajón de la mesilla»
Se me acelera el pulso. Me acuerdo perfectamente de esa concha.
Estaba rota por un lado, desgastada por el mar y yo insistí en que parecía un ala de ángel.
Menudo viaje. Nos llovió los cuatro días, acabamos empapados, durmiendo en el asiento trasero del coche porque el hostal era un antro, pero fuimos muy felices.
Esos días nos reímos muchísimo. ¿Cómo es posible que el mismo tío que me dejó tirada sea el mismo que guarda una concha rota en su mesilla?
Al cabo de un rato el móvil vuelve a vibrar y me limpio los dedos en la toalla antes de cogerlo. Bruno ha respondido a la story que he subido hace un par de horas: una foto de mis piernas apuntando al agua turquesa de la cala, con el texto «Buscando la luz en las islas» .
Bruno (13:06): Por favor, dime que esa foto la has sacado con un filtro. Aquí en Madrid está cayendo una tormenta épica y me muero de envidia.
Sonrío frente a la pantalla sin poder evitarlo. Quién me lo iba a decir a mí. Ya no queda ni rastro de aquel tío insoportable y repelente que me traía de cabeza.
Lara (13:06) : Cero filtros, Bruno. Hace un día espectacular. ¿Qué tal la vuelta? ¿Encontraste la inspiración o sigues ahogando tus pocas ideas en Martinis?
Bruno (13:07): La oficina está desierta hoy y se me hace raro no tener a quien desquiciar por los pasillos.
Me muerdo el labio inferior, dejando el libro a un lado sobre la toalla.
Lara (13:06) : Vaya, ¿me estás diciendo que me echas de menos? Cuidado, que voy a pensar que tienes corazoncito y todo.
Bruno (13:07): No te vengas arriba. Solo echo de menos tener un rival digno. La oficina es un aburrimiento sin ti.
Pero antes de que me dé tiempo a teclear una respuesta ingeniosa, la pantalla cambia de golpe y el teléfono empieza a sonar entre mis dedos con su llamada. Trago saliva, me aclaro la garganta y respondo sonriendo, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
—¿Sí? —digo, intentando sonar casual, forzando un tono que pretendo que suene a ¨estoy superocupada « siendo divina»
—Vaya, has tardado tres tonos —responde. Su voz suena grave, resonando en mi oído con tanta nitidez que por un segundo juraría que está aquí mismo, tumbado a mi lado— Empezaba a pensar que no querías hablar conmigo.
—Estaba leyendo hasta que me has interrumpido —replico, tapándome el otro oído con la mano libre para amortiguar el murmullo de la brisa— Y estaba muy interesante, que lo sepas. ¿Qué necesitas?
—¿Quién ha dicho que necesite algo?
—¿Y a qué debo el honor entonces?
—A que estoy aburrido, ya te lo he dicho —murmura, y casi puedo ver la curva provocadora de sus labios— Y a que quería comprobar si seguías viva después del farol que te tiraste anoche. ¿De verdad tienes ya el concepto cerrado? ¿O vas a improvisar cualquier cosa con tu mejor sonrisa…?
—Oye, que mi sonrisa abre muchas puertas —me defiendo, soltando una carcajada— Y no es ningún farol, listillo. Mi propuesta va a dejar la tuya a la altura del betún.
—Eso habrá que verlo.
Lo que empieza como una provocación se convierte, sin darnos cuenta, en una conversación animada y sorprendentemente cómoda.
Hablamos del hotel de Valencia, de lo que ha hecho estos días, de las calles que ha recorrido y de lo que le ha decepcionado.
Yo le cuento cómo es el hotel de Mallorca y las peripecias que he vivido desde que aterricé.
Incluso le hablo del surfero-vikingo, omitiendo la parte del match.
No pienso darle más armas para ponerme a prueba. Bastante me desestabiliza ya él solito.
Me descubro a mí misma tumbada bocarriba, riéndome con sus ocurrencias.
Bruno tiene un humor afilado e irónico, de los que te obligan a estar alerta si quieres poder seguirle el ritmo.
Es rápido, es inteligente y, cuando se relaja y se olvida de su lado capullo, tiene un magnetismo imposible de esquivar.
El tiempo pasa volando. La sombra de la sombrilla empieza a estirarse de lado sobre la arena y la brisa se vuelve fresca, pero yo sigo pegada al teléfono, con una sonrisa boba e inevitable.
Hablamos de todo y de nada. Del día que nos conocimos, de lo mucho que nos odiamos los primeros meses y de lo raro que resulta estar ahora así.
—Lara —dice mi nombre despacio, haciendo que se me erice la piel de los brazos a pesar del calor.
—Dime.
—Me gusta verte así. Relajada. Creo que la playa te sienta bien.
Trago saliva. El pulso se me acelera.
—¿Qué pasa? ¿En la oficina no te gusto?
—En la oficina me dan ganas de hacer muchas cosas contigo…
y te aseguro que ninguna es apta para hacerla allí precisamente —hace una pausa y baja el tono hasta dejarlo casi en un susurro— Llevo todo el día pensando en lo que dejamos a medias el otro día.
Estás muy lejos y se me está haciendo demasiado largo.
Me quedo sin aire, con los nudillos blancos por apretar el teléfono entre los dedos.
—Bruno... —atino a decir, pero la voz me traiciona.
—Tranquila —susurra y noto la sonrisa de satisfacción al notar como me ha descolocado— Solo quería que lo supieras. Cuando vuelvas, no voy a dejar que te escapes tan fácilmente.
—Que no se te olvide que soy tu competencia —le recuerdo, intentando recuperar la compostura, aunque la voz me delata.
—Eso es lo mejor de todo. Disfruta de lo poco que te queda, Lara.
—Igualmente.
La llamada se corta y me quedo quieta, escuchando el latido desbocado de mi corazón compitiendo con el rumor de las olas.
Miro el reloj del móvil y parpadeo al ver que ha pasado una hora y media.
Noventa minutos que me han parecido cinco.
Y lo único que tengo claro es que el lunes esa oficina no va a ser lo suficientemente grande para los dos.
Bajo la mirada hacia la toalla. Ahí sigue El océano al final del camino . Pero al tocar la portada del libro, me doy cuenta de que mis dedos ya no tiemblan por la nostalgia del pasado, sino por la incertidumbre del futuro.
Me paso una mano por el cuello, donde la piel aún me arde y suspiro, metiendo el libro en el bolso de playa y poniéndome en pie para sacudirme la arena de las piernas, dispuesta a espabilarme antes de que mi cabeza empiece a tomar decisiones de las que pueda arrepentirme.
Me muerdo el labio inferior al entrar en la habitación, tirando el bolso sobre la cama mientras el aire acondicionado me devuelve de golpe a la realidad.
No sé si estoy preparada para lo que sea que tenemos a medias Bruno y yo, pero mientras me miro al espejo del baño y descubro que mis ojos brillan de una forma que hacía tiempo que no veía, me doy cuenta de que me muero de ganas por volver.