Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 21
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CAPITULO 21

Bajo al buffet muchísimo más relajada que el primer día, dispuesta a darme el homenaje que me prometí.

El salón es un verdadero templo del pecado y la lujuria culinaria que te entra por los ojos, llamándote a gritos.

Hay hileras infinitas de mangos maduros, papayas jugosas y frutos rojos que salpican de color el mostrador.

Al lado, una barra entera dedicada al pan exhibe hogazas de corteza crujiente y tostada, flanqueadas por una selección de quesos mallorquines.

Pero el verdadero golpe de Estado a mi débil fuerza de voluntad viene del rincón de la pastelería, un despliegue de bandejas con ensaimadas recién horneadas que desprenden un aroma a mantequilla y azúcar, que me hacen dirigirme a ellas inevitablemente.

Me recreo en el desayuno sin ningún tipo de prisa ni remordimiento, disfrutando de un zumo de piña natural, denso y frío y de una ensaimada de las de verdad, de las que se deshacen en la boca en una textura hojaldrada y casi pecaminosa, mientras saboreo el bendito silencio de la terraza del hotel.

Cuando salgo de la zona del comedor, el recepcionista me hace una seña amable desde el mostrador.

—Señorita Lara, disculpe. Ha llegado un paquete a su nombre esta mañana por mensajería —dice, tendiéndome un sobre de cartón rígido bastante pesado.

Me quedo mirándolo, completamente extrañada. ¿Un paquete? ¿Aquí? Nadie en la agencia sabe el nombre exacto del hotel en el que estoy salvo el director general y dudo mucho que me mande documentación por correo.

En cuanto entro en la intimidad de mi habitación, rasgo el cartón con impaciencia y, al deslizar el contenido sobre las sábanas, el aire se me congela en los pulmones. Es una novela. Pero no una cualquiera.

De entrada, un subidón de emoción me invade.

Gato Negro. Tiene que ser él. Me pongo a dar vueltas por la habitación, mordiéndome el labio inferior.

¿Le he llegado a decir alguna vez que me moría por leer este libro?

Repaso mentalmente nuestras conversaciones.

Es tan detallista, que estoy convencida de que se ha tomado la molestia solo para hacerme sonreír.

Con los dedos temblándome por la emoción, cojo la novela con cuidado. Al levantarla, una nota de papel doblada se desliza de entre las páginas y cae sobre la colcha blanca.

No puedo evitar sonreír. No le he puesto cara todavía, pero al menos podré ver cómo escribe. Alargo la mano, desdoblo el papel conteniendo el aliento y observo los trazos de tinta negra.

Pero la sonrisa se me borra de un plumazo. Conozco esa letra a la perfección; es de Marcos.

«Ahora que tienes tiempo espero que lo disfrutes. Gracias por descubrírmelo. Me ha encantado»

Me siento en el borde de la cama, dejando caer la nota de mis manos. Una oleada de decepción me golpea con fuerza. Me había hecho ilusiones de que el remitente era Gato Negro y descubrir que no es él me deja un vacío ridículo. Vaya chasco.

Sin embargo, al mirar la portada del libro, vuelvo a sonreír. Es El océano al final del camino de Neil Gaiman. Me quedo acariciando las letras en relieve. Marcos se ha acordado de que yo me moría por leer esta historia. Siempre ha estado pendiente de mis caprichos.

Empiezo a pasar las páginas despacio, dejando que el olor a papel me inunde.

A medida que avanzo por los capítulos, descubro partes subrayadas y párrafos enteros acotados en los márgenes.

Un intento desesperado por su parte de conectar conmigo; es como si Marcos se hubiera sentado a mi lado susurrándome al oído lo que sintió al leer esas mismas líneas.

Sigo pasando hojas, devorada por la curiosidad de ver que más ha subrayado, hasta que llego a las páginas de cortesía del final. Y ahí me quedo de piedra.

En la última página en blanco, me ha escrito una nota.

«El error de los que nos marchamos no es creer que el futuro está en otra parte, sino la soberbia de pensar que el amor es un ancla que no se desgasta con la corriente.

Tardas un océano de distancia en comprender que la verdadera ambición no era conquistar el mundo, sino tener un suelo firme al que poder volver».

Cierro el libro de golpe, respirando a bocanadas, con el pulso desbocado y un nudo de la garganta a punto de hacerme llorar.

¿Todavía le echo de menos? , me pregunto, con la mirada perdida en el ventanal, ¿ o simplemente echo de menos lo que sentía cuando estaba con él? Echo de menos sentirme el centro del universo de alguien, la rutina compartida y la seguridad que sentía antes de separarnos.

Me apoyo en la barandilla, mirando cómo las olas rompen en los muelles de piedra de las casitas de pescadores. ¿Y si Marcos ha sido el amor de mi vida y cometí un error dejándolo ir?

Abrazo la novela contra mi pecho como si fuera un escudo y busco frenéticamente el móvil en el bolso. Las manos me tiemblan tanto que casi se me cae el teléfono al suelo. Necesito llamar a Sara.

Me pego el auricular a la oreja mientras salgo a la terraza descalza, caminando en círculos bajo el sol, hiperventilando.

—Holi… Si me llamas para darte envidia puedes ahorr… —Sara se intuyendo por mi respiración que algo pasa.

—Me falta el aire —acierto a decir sintiendo un agobio tremendo.

—¿Lara? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

—Marcos. Me ha enviado la novela que llevaba tiempo queriendo leer. ¿Te acuerdas? El océano al final del camino .

—Bien… ¿no?—titubea sin entender el motivo de mi crisis de ansiedad.

—Me ha escrito una dedicatoria en la última página que… Dios, Sara, es lo más maduro y brutal que que me ha dicho nunca.

Al otro lado de la línea se produce un silencio en el que casi puedo escuchar los engranajes de mi amiga analizando mi salud mental.

—A ver, Lara, respira —me pide con voz suave—Marcos ha cambiado, ya te lo dije…. Y está intentando demostrártelo. Lleva semanas haciéndolo. ¿Por qué te entra esta crisis ahora con él?

—¡Porque no deja que me olvide de él! —exclamo, apoyándome en la barandilla de cristal y mirando el agua de la cala con los ojos empañados— No me deja dar carpetazo a esa maldita parte de mi vida. Nunca voy a poder confiar en alguien nuevo si no deja de perseguirme el pasado.

Sara suelta un suspiro y su voz me frena.

—Lo nuevo no tiene por qué ser mejor, Lara, solo es desconocido.

A veces no huimos de nuestras exparejas porque ya no las queramos, sino porque nos da pavor descubrir que nosotros también tuvimos parte de culpa en lo que falló.

Es mucho más fácil acumular citas que no llevan a nada o enamorarse de un perfil anónimo antes que sentarse frente a frente con la persona a la que amaste y asumir que tú también te equivocaste, que lo estropeasteis entre los dos.

Me quedo completamente muda, con los ojos escociéndome por las lágrimas contenidas y el teléfono pegado a la oreja. Esa sí que no me la esperaba.

Necesito aire. Necesito salir de aquí.

Consigo serenarme un poco a base de caminar descalza por la orilla de la cala, dejando que el agua me moje los tobillos y que el ruido rítmico del viento silencie mis pensamientos. Funciona a medias, pero al menos el pulso se me estabiliza y el nudo de la garganta empieza a ceder.

Decido instalarme en la arena con el Kindle.

Venga, Lara, tú puedes. Me obligo a fijar la vista en las letras, decidida a sumergirme en la trama, a desconectar por las bravas y a no dedicarle ni un solo segundo más de mi tiempo al fantasma de Marcos.

Solo yo y una comedia romántica. Paz. Cero recuerdos.

Intento leer el primer párrafo. Tres líneas. Es inútil. No me entero de nada de lo que pone.

Como si una fuerza magnética me arrastrara, mi mirada se desvía de la pantalla del Kindle y se dirige hacia el bolso de playa que tengo apoyado sobre la arena.

La cremallera se ha quedado medio abierta y veo cómo asoma la esquina del libro.

La cubierta texturizada de El océano al final del camino me devuelve un reflejo brillante bajo el sol.

Es una provocación en toda regla. Una tentación que me está llamando a gritos.

Suspiro apagando el Kindle y, con una mezcla de resignación y curiosidad, saco la novela.

Abro el libro por la primera página y, escuchando el rumor de las olas, me pongo a recorrer sus palabras, lista para dejar de huir del pasado que se empeña en perseguirme hasta la isla.