CAPITULO 19
Sin ganas de arriesgarme a sufrir otra invasión como la de la familia de ayer, hoy decido cambiar de aires y pongo rumbo al Parque Natural de Mondragó.
Dejo el coche de alquiler en el aparcamiento de fuera como me aconsejó Nuria y disfruto de un paseo precioso por los senderos.
El olor de los pinos me acompaña durante todo el trayecto hasta que el camino desemboca en una playa maravillosa.
El agua tiene un tono azul turquesa tan irreal que parece retocada con Photoshop y la arena es tan blanca y fina, que da gusto pisarla.
Extiendo mi toalla directamente sobre la arena, en una zona un poco más apartada de la orilla.
Lo mejor es que a unos metros tengo un chiringuito, lo cual agradezco en el alma, porque el sol pega con fuerza y el calor ya empieza a ser sofocante, rozando el parraque.
La llamada del agua es demasiado fuerte como para resistirse, así que me quito el vestido rápidamente y me dirijo directamente a la orilla.
Me meto despacio en el mar, acostumbrándome a la temperatura, hasta que me sumerjo por completo de un salto.
Al salir a la superficie, me dejo flotar bocarriba durante un rato, entregada a la maravillosa sensación de ingravidez y sintiendo el sol en la cara.
Nado un rato, disfrutando de la transparencia del fondo, donde se ven perfectamente mis pies sobre la arena blanca. Es como una piscina gigante.
Sin embargo la bendita sensación de paz me dura solo hasta que me doy la vuelta.
Al levantar la vista hacia el chiringuito, veo a un chico apoyado en la barandilla que no aparta los ojos de mí.
Pero cuando digo que no los aparta, es que me está escaneando de arriba a abajo sin molestarse en disimular lo más mínimo.
A pesar de la distancia y del reflejo del sol, el chico llama la atención.
Parece un surfero vikingo. Tiene una melena corta, de un rubio claro y revuelta, y un pecho musculoso y tostado por el sol que muestra a través de una camisa de lino blanca completamente abierta.
Me giro sobre mí misma para mirar a mi alrededor, buscando alternativas.
Pero no hay duda posible, no hay nadie más en el agua cerca de mí.
Y el vikingo está estirando el cuello sin cortarse un pelo, devorándome con la mirada.
Salgo del agua intentando mantener la dignidad, arrastrando los pies por la orilla mientras noto la presión de sus ojos clavados en mí.
Me detengo unos segundos en la arena seca, fingiendo que la cosa no va conmigo mientras me escurro el pelo hacia un lado y dejo que las gotas resbalen por mi piel, mientras me giro disimuladamente hacia el chiringuito y veo que el nórdico-surfero sigue en la misma posición, con un vaso en la mano, girando la cabeza despacio para seguir el rastro de mis pasos.
Incómoda por su atención tan descarada, me voy hacia mi toalla a paso ligero, dispuesta a tomar el sol fingiendo que soy invisible.
Me tumbo bocarriba, me coloco las gafas de sol y apoyo la cabeza dispuesta a desconectar.
Me obligo a respirar hondo, a escuchar el murmullo de las olas y a autoconvencerme de que se ha cansado del jueguecito.
A fin de cuentas, no soy la única que está en la playa y no estoy haciendo top-less ni nada parecido…
Pero la curiosidad me puede. Incapaz de aguantarme, levanto un pelín el borde de las gafas con el dedo y miro de reojo hacia la barandilla.
Error. El nórdico sigue exactamente en la misma postura y, en cuanto se da cuenta de que le he cazado in fraganti, la comisura de su boca se curva despacio en una sonrisa descarada.
Mierda. Se ha dado cuenta de que yo también le estoy mirando.
Me remuevo incómoda en la toalla, sintiendo como la arena me rasca la piel.
Me pongo de lado, dándole la espalda al chiringuito en un intento ridículo por marcar un límite y recuperar el control.
Al menos, al no tenerle de frente, consigo quedarme un poco más tranquila.
Pero es inútil engañarse. Sigo sintiendo sus ojos en mi nuca.
El calor ya era sofocante cuando he llegado, pero ahora noto las mejillas ardiendo por un bochorno que no tiene nada que ver con los treinta y cinco grados que hace.
Joder qué rabia, con lo agusto que yo estaba…
De pronto mi teléfono suena con un pitido que conozco de sobra. Al desbloquearlo, agradecida por tener algo con lo que distraerme, me encuentro un match .
No me lo puedo creer. Parpadeo con la boca abierta intentando asegurarme de que el calor no me está haciendo tener alucinaciones.
Es el vikingo del chiringuito. En su primera foto sale sin camiseta, subido a una tabla de surf, sonriendo con el mismo descaro de ahora.
Su nombre en la aplicación es Sven, tiene veintiséis años y en su biografía solo ha puesto una bandera sueca y el emoticono de una ola.
Me giro sobre mí misma, olvidándome de mi fallida estrategia de indiferencia y le miro indignada con la boca abierta.
Sven, que ha estado controlando mi reacción desde su atalaya, me mira divertido, dedicándome un saludo con la cabeza y levanta su vaso hacia mí, en un brindis silencioso que grita «jaque mate» .
Bloqueo el teléfono de mala leche y, en lugar de guardarlo, lo levanto en el aire con el brazo bien estirado, mirándole fijamente y en un gesto brusco y exagerado, meto el móvil en el fondo del bolso y cierro la cremallera con fuerza, intentando que le quede claro el mensaje.
«¿Ves esto? Mira lo que hago con tu match. Paso olímpicamente de ti» .
Sven suelta una carcajada que intuyo a la perfección por el movimiento rítmico de sus hombros.
Sin darle la opción a seguir insistiendo, me vuelvo a tumbar bocarriba sobre la toalla soltando un bufido, me pongo las gafas de sol y me cruzo de brazos mientras finjo que el nórdico ha dejado de existir.
Pero no llevo ni diez minutos intentando ignorar al mundo cuando una sombra me tapa el sol de golpe.
Noto el cambio de temperatura instantáneo en mi piel y un suspiro de fastidio se me escapa entre los dientes.
Me retiro las gafas hasta la coronilla con un movimiento brusco y entorno los ojos, medio cegada por la claridad.
Esto es una cámara oculta, ¿verdad? Tiene que serlo…
si no, no me lo explico. El vikingo no se rinde ni a tiros.
De cerca es todavía más alto y corpulento de lo que parecía.
Huele a crema de coco y sostiene dos copas de balón llenas de un líquido color frambuesa con rodajas de lima flotando entre los hielos.
—Hola, soy Sven —dice, con un acento extranjero que le queda ridículamente bien, dedicándome una sonrisa blanca y relajada, ignorando por completo el hecho de que ya le haya rechazado— La mejor forma de sobrevivir a este calor es con un cóctel de sandía.
Y en el chiringuito corre más aire que aquí abajo. ¿Te vienes?
Me incorporo sobre los codos, mirándole alucinada. Como se puede ir tan sobrado por la vida…
—A ver, Sven… ¿No te ha quedado claro? —le suelto— Pensaba que el lenguaje corporal se entendía igual en Suecia que en España. No busco conversación, gracias.
Sven no se inmuta lo más mínimo ante mi desplante. Al contrario, se agacha un poco, flexionando las rodillas sobre la arena y me tiende una de las copas sin dejar de sonreír.
—Lo he entendido a la perfección, Tormenta —replica, guiñándome un ojo con chulería— Pero estarás de acuerdo conmigo en que es un crimen dejar que un cóctel se caliente al sol por una cuestión de orgullo…
Además, si subes conmigo un rato, puedes ponerme cara de aburrida a la sombra y te ahorro el numerito de tener que torcer el cuello cada cinco minutos para vigilar si sigo mirándote. Salimos ganando los dos. ¿Qué me dices?
Touché. Me acaba de dejar totalmente desarmada.
¡Cómo se puede tener la cara tan dura! Hay que reconocer que recursos no le faltan…
Miro la copa helada, donde las gotas de condensación resbalan de forma tentadora y luego observo la arena ardiente que me rodea.
Al final, la perspectiva de una bebida fresquita a la sombra y un rato de charla no me parece tan mal plan.
—Vale, venga, me has convencido—le digo, poniéndome en pie y sacudiéndome la arena de los muslos— Pero que te quede claro que solo voy por estar a la sombra. ¿Estamos?
—Por supuesto, no lo dudaba —se mofa él, dándose la vuelta y señalándome el camino hacia las escaleras de forma caballerosa.
Le sigo hacia la terraza elevada, quemándome las plantas de los pies pero con una sonrisa que ya no soy capaz de camuflar. Que conste que esto no cuenta como cita.
Nos sentamos en una mesa de madera alta pegada a la barandilla, donde la brisa del mar corre de maravilla y las vistas de la cala son preciosas.
Doy un trago enorme a mi cóctel de sandía y lo saboreo con gusto mientras miro a Sven.
De cerca es todavía más guapo, tiene unos ojos azules impresionantes.
Pero la magia dura exactamente lo que tarda en sacar un iPhone de última generación del bolsillo de sus shorts desgastados y plantármelo a dos centímetros de la punta de la nariz.
—A ver, Lara, necesito que me hagas un favor —arranca, colocándose la melena con un meneo de cabeza calculado— Ponte ahí, junto al poste, y hazme un vídeo en vertical mientras camino hacia la barandilla fingiendo que miro al horizonte con cara de estar conectando con la madre tierra.
Que se vea bien el plano contrapicado para que me marque los hombros, ¿vale?
Parpadeo un par de veces, petrificada con la copa suspendida en el aire. ¿Me está tomando el pelo?
Tras ponerse realmente pesado, termino haciéndole el maldito vídeo por no escucharle, pero la cosa no acaba ahí.
En cuanto se vuelve a sentar, Sven se pasa los siguientes diez minutos enseñándome los Reels de su perfil.
Va de espíritu libre, de hippie descalzo que vive despegado del sistema material…
pero financiándose con el dinero de papá.
—Es que la energía de la isla te limpia el aura, Lara.
Yo decidí dejar atrás el consumismo de la gran ciudad y fluir con lo que la naturaleza provee —me suelta con tono místico, ensalzando su vida nómada en una furgoneta camperizada que, según se le escapa sin querer, cuesta la friolera de ochenta mil euros y está a nombre de una sociedad de su padre— Yo solo necesito para ser feliz mi tabla de surf, el sol y la libertad del viento.
—Ya veo, ya… Y la tarjeta con la que has pagado los cócteles también, supongo —replico con sarcasmo, pero el tío ni lo pilla. Está demasiado ocupado revisando las interacciones de su último TikTok.
A la tercera vez que me pide que me levante para grabarle un plano detalle de sus manos sosteniendo la copa con luz natural , empiezo a agobiarme de verdad.
El nórdico-surfero es un egocéntrico, un pijo de papá disfrazado de náufrago de mercadillo que está más obsesionado con su feed de Instagram que con cualquier otra cosa.
Decido que mi paciencia ha llegado a su límite y que es el momento de la retirada. Pero esta vez me va a tocar improvisar.
Aprovecho que Sven se pone de espaldas a mí, apoyado en la barandilla para ensayar su enésima pose de mirada al infinito , y le hago una seña rápida con la mano al camarero del chiringuito, que lleva un rato mirándonos con sorna desde la barra.
El muchacho se acerca a la mesa con paso lento y una bandeja bajo el brazo, aguantándose la risa.
—Oye, Sven —le digo, interrumpiendo su momento zen— Me está entrando un reflejo malísimo con el sol desde este lado. Mejor le dejo el móvil al camarero un segundo para que te busque el ángulo perfecto desde la esquina de la barra, que desde aquí no sale bien la luz en tu pelo.
—¡Ostras, brutal! Sí, sí, genial —asiente el sueco, completamente cegado por su propio ego— Grábame desde ahí cuando gire la cabeza despacio hacia el mar.
El camarero coge el teléfono un tanto descolocado, me mira de reojo con cara de circunstancias y yo le lanzo una mirada de socorro que lo dice todo.
Le dejo mi copa vacía en la bandeja, me cuelgo el bolso de lona al hombro y me deslizo hacia las escaleras traseras del chiringuito con agilidad.
Antes de desaparecer, me giro un momento.
El camarero me guiña un ojo con complicidad, mientras enfoca la espalda de Sven, que sigue posando quieto como una estatua frente al mar, totalmente ajeno a que su cita se acaba de volatilizar.
Subo el sendero riéndome yo sola por el absurdo de la situación y regreso al hotel con el aire acondicionado del coche a tope, directa a mi zona de confort.
Me instalo de nuevo en una hamaca balinesa de la piscina y me dejo caer en los cojines con un suspiro de alivio, dispuesta a que nadie, absolutamente nadie en esta bendita isla, vuelva a molestarme en lo que queda de tarde.