Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 18
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CAPITULO 18

La luz me despierta antes incluso que el despertador decida sonar.

Me desperezo con una parsimonia de lo más placentera entre las sábanas blancas y tardo unos segundos en ubicarme, hasta que el murmullo de unas voces lejanas por el pasillo me recuerda dónde estoy.

En una de las habitaciones del Blue Horizons Sanctuary.

Lo bueno de diseñar una campaña publicitaria para una multinacional, es que, en cuanto comentamos que iba a venir, me asignaron una de las codiciadas habitaciones Executive.

Lo que implica que, aparte de ser mucho más grande, tengo una terraza preciosa con vistas directas al mar.

Me pongo en pie descalza, sintiendo el tacto agradable del suelo frío y camino hacia el gran ventanal de madera blanca que domina la estancia.

Al acercarme, un sensor detecta mi presencia y activa la domótica abriendo las persianas de madera con un siseo casi imperceptible, dejando que la claridad del día inunde cada rincón.

En cuanto deslizo las hojas acristaladas hacia los lados, el aire del Mediterráneo me entra de lleno en los pulmones.

Huele a sal y a pino. El aire viene tibio, despeinándome el flequillo y acariciándome la piel con una suavidad que me saca la primera sonrisa del día.

Frente a mí, el mar se extiende hasta perderse en un horizonte infinito y sin una sola nube.

En el interior de la habitación, la tradición balear se fusiona con el diseño minimalista.

Las paredes encaladas en blanco y las vigas de madera vista del techo, contrastan con los sutiles toques de color turquesa en los cojines de lino, los detalles de cerámica artesanal y una alfombra trenzada de esparto que imita los colores del agua de la cala.

Todo el mobiliario tiene líneas curvas que transmiten calma.

Pero lo mejor es la enorme bañera de resina que preside una esquina completamente acristalada, estratégicamente pensada para sumergirte en el agua mientras contemplas el acantilado como si estuvieras flotando en el vacío.

En cuanto entro al comedor donde se sirve el buffet de desayuno, me quedo impresionada ante el despliegue que se abre ante mis ojos.

Hay varias estaciones de pan, embutidos locales, frutas cortadas y un aroma a bollería recién horneada que me hace salivar en el acto.

Es un buffet enorme en el que pienso recrearme otro día con más calma, pero hoy tengo prisa.

Me limito a coger unas rodajas de piña fresca, un zumo de naranja natural recién exprimido y un café con leche.

Estoy deseando estar frente al agua turquesa de las fotos.

Salgo del complejo con las gafas de sol puestas y enfilo el sendero empedrado que lleva a una pequeña cala escondida.

Para acceder a la arena, hay que descender una escalinata empinada, tallada en la misma roca y protegida a ambos lados por una vegetación salvaje de buganvillas rosas y pinos torcidos por el viento que se entrelazan sobre mi cabeza, formando un túnel verde que oculta por completo las vistas.

Aunque no logro ver nada, me guía de forma hipnótica el rumor del oleaje rompiendo abajo contra las piedras.

Y de repente, el sendero se abre, dejándome sin aliento. Es mucho mejor que en las fotos.

Es el paraíso. La vegetación da paso a una media luna de arena blanca y fina, bañada por un agua turquesa tan cristalina que las rocas del fondo parecen suspendidas en el aire.

A lo largo del acantilado de la derecha, se levantan varias casas antiguas de pescadores, con contraventanas de madera azules que forman parte del paisaje.

Lo más increíble es que tienen escaleras de piedra que bajan directamente desde los porches hasta morir en el agua, conectando con una especie de muelles pequeñitos de madera desgastada.

Siento una envidia tremenda al imaginar la vida de la gente que se despierta ahí cada mañana, que abre su puerta descalza y puede saltar directamente al mar sin más.

Me siento en la orilla, dejando que el agua templada me moje los pies y me hundo en la arena húmeda.

Al fondo de la bahía, donde el turquesa se transforma en un azul profundo, navegan tres o cuatro barcos, deslizándose despacio con las velas blancas desplegadas al viento, recortándose contra el cielo.

La brisa me trae el eco del graznido de las de gaviotas.

Cierro los ojos, respiro hondo y, por primera vez en meses, siento una paz absoluta. Qué maravilla.

Después de un rato contemplando el horizonte sin pensar en nada, decido acercarme a una zona donde tienen alineadas unas tumbonas con sombrillas de paja.

Le pago al encargado y me tumbo bocarriba, dejando el bolso de playa en la arena y entregándome por completo al placer de no hacer absolutamente nada.

Me acomodo en la toalla, cierro los ojos y me dedico a escuchar el rumor de las olas rompiendo a unos metros de mis pies.

Me relajo tanto que casi me duermo. Noto la mente flotando en una especie de limbo y me doy cuenta de que no tengo que responder emails, ni contestar al teléfono, ni ir a ninguna cita absurda de Tinder, ni ningún hombre del que decidir qué coño pensar.

Solo estoy yo. Y, para mi sorpresa, no sé muy bien qué hacer con eso.

Estar a solas conmigo misma, en completo silencio, me genera un vacío extraño.

Así que, para entretenerme, saco mi Kindle y me pongo a leer un rato, dejando que las páginas me atrapen.

Al levantar la vista del libro, el paisaje me arrastra al recuerdo de un verano de hace tres años, en una cala muy parecida a esta en Menorca con Marcos, donde nos pasamos una tarde entera jugando a buscar piedras con formas absurdas en la orilla.

Me acuerdo de cómo se reía cuando le salpicaba con el agua, de cómo me apartaba el pelo mojado de la cara para besarme y de la seguridad que sentía cuando su mano buscaba la mía.

Fue un viaje increíble, que me hizo pensar que el futuro estaba escrito y que nada podía salir mal.

Aprieto el Kindle contra mi regazo con nostalgia.

Sara tenía razón. Hacer la maleta y cambiar de paisaje no borra el pasado; el recuerdo de lo que fuimos sigue ahí, esperando a que me quede quieta para salir a la superficie.

Pero esta vez me limito a respirar, a escuchar las olas y a dejar que el recuerdo pase de largo, aceptando que esa historia forma parte de mi vida.

Saco el móvil del bolso para buscar la cámara, ignorando deliberadamente el resto de las notificaciones, y le hago una foto al paisaje para mandársela a Sara.

Lara (16:14): Envidia en tres, dos, uno…

La respuesta no tarda ni medio minuto en vibrar en la pantalla, acompañada de un montón de emoticonos de caras con ojos de corazones y babas.

Sara (16:15): ¡Pero bueno, serás cabrona! ¿Cómo tienes el valor de mandarme eso? Yo me estoy muriendo de calor tomando mi segundo café del día porque las niñas no me han dejado pegar ojo en toda la santa noche. No tienes piedad. ¿Qué tal el hotel?

Lara (16:16): El hotel es una pasada, muy minimalista y zen.

Deberías ver la habitación, ¡Tengo hasta una bañera con vistas al acantilado!

Y la cala es una pasada, se respira una paz…

¿Les pasa algo a las niñas? Te recuerdo que es la vida que elegiste tú solita, haberte quedado soltera, que algo bueno tiene que tener.

En cuanto pulso el botón de enviar, una sombra se proyecta sobre mi toalla. Me cubro los ojos con la mano y miro hacia arriba con una ceja arqueada. Una familia de cuatro miembros, cargada hasta arriba con bártulos, se instala a un metro de mi tumbona, ocupando varias de la fila de al lado.

—¡Venga, niños, aquí mismo! —grita el padre, un señor calvo con un bañador de flores fosforitas, que deja caer una nevera azul de plástico a mi lado.

En cuestión de segundos, mi cotizado oasis de paz se va a tomar por saco.

La madre empieza a sacudir con energía una toalla gigante que uno de los niños ha tirado al suelo de mala manera, mandándome una ráfaga de arena directamente a la cara.

El niño pequeño, con unos manguitos naranjas, sale disparado hacia la orilla pegando gritos mientras la hermana se pone a discutir con la madre porque se niega a darse la crema. Menudo cuadro.

Lara (16:18): Puedes dejar de sentir envidia, s e acaba de instalar una familia entera a mi lado. Los niños son unos gremlins, se acabó mi paz.

Sara (16:19): ¡Jajaja! Eso es el karma, te está bien empleado por petarda. Disfruta de tu playa familiar.

Bloqueo el teléfono resoplando, no pienso dejar que nada me arruine el primer día de mis vacaciones.

Me pongo las chanclas y sacudo la toalla con cara de pocos amigos.

Me cuelgo la bolsa de playa al hombro y deshago el camino entre la vegetación, huyendo del griterío infantil y de la radio portátil que el padre ya ha encendido a todo volumen.

Cruzo el sendero y regreso al recinto del hotel, decidida a buscar un lugar tranquilo.

Encuentro el escondite perfecto en la zona de la piscina, en una hamaca balinesa, protegida por una lona blanca que le da sombra.

Me instalo dejando caer el cuerpo con un suspiro de alivio sobre los cojines mullidos y hago una seña al camarero de la barra exterior para pedir una piña colada.

Ahora sí, esto sí que merece la pena. Me apoyo en el respaldo, le pego un sorbo a la bebida y vuelvo a abrir el libro, decidida a retomar mi proceso de aislamiento voluntario.

La Piña colada está en su punto, dulce y refrescante. Miro a mi alrededor, fijándome en la paz de la piscina, en el diseño de las tumbonas y en la silueta del mar que se intuye entre las palmeras del complejo.

Qué a gusto estoy. Así sí.

En este instante de desconexión y silencio, una chispa se enciende de golpe en mi cabeza. Me quedo con el vaso a medio camino de la boca, parpadeando hacia el agua de la piscina.

Eso es.

De repente, todas las piezas encajan perfectamente. Sé lo que necesita sentir la gente cuando viene a refugiarse aquí.

Dejo el vaso sobre la mesita de teca, bloqueo el libro y me incorporo en la hamaca con una sonrisa. Ya sé cómo voy a enfocar la campaña.

Si Bruno pensaba que se iba a quedar con el puesto, va listo. Esta campaña va a ser legendaria.