CAPITULO 17
Quedan apenas unas horas para que salga mi vuelo rumbo a Mallorca y mi piso de es un campo de batalla de ropa esparcida, bikinis y maquillaje. El timbre suena a las diez de la mañana y Torrija sale disparado hacia la entrada, ladrando como loco.
Abro la puerta y me encuentro a Sara en el descansillo, resguardada tras unas gafas de sol enormes con cara de no haber dormido nada.
—Buenos días, ¿qué tal lo llevas? ¿Está listo el paquete? —dice, agachándose para recibir los lametones de Torrija, que ya está haciéndole el baile del helicóptero con la cola.
—Hola. Pasa, pasa. Tienes la bolsa con su pienso, la cartilla del veterinario por si acaso y sus juguetes ahí junto a la mesa —le indico, dándome la vuelta para coger la correa— ¿Quieres un café rápido?
—Me encantaría pero no puedo. Leo me está esperando abajo en el coche con las niñas para irnos ya. Vamos a aprovechar para ir al Embalse de Picadas a pasar el día con Torrija, ya que Marcos no puede venir a por él hasta esta noche. Además, por lo que veo, tú tienes mucho que hacer por aquí…
Sara se cuelga la bolsa del hombro con un suspiro y me mira fijamente, agarrando la correa que le tiendo.
—Lara, de verdad… esto es absurdo —suelta, negando con la cabeza con desaprobación— ¿Por qué tengo que hacer yo de intermediaria para darle el perro a Marcos? Deberíais haber quedado vosotros directamente como las personas adultas y civilizadas que se supone que sois.
—Sara, por favor, no empieces otra vez—le suplico, pasándome una mano por las sienes y cerrando los ojos— Te lo he pedido como un favor.
No tengo tiempo hoy para esto, de verdad.
Tengo un millón de cosas que preparar antes de irme al aeropuerto y necesito estar tranquila.
Además, ¿qué más te da a ti? Si Marcos va continuamente a tu casa a ver a Leo.
Mi teléfono pita sobre la encimera de la cocina. Sara y yo nos giramos por inercia hacia el sonido, pero decido ignorarlo.
—Ya, si a mí me da igual, pero sigo pensando que nos estás utilizando para huir de una conversación que vas a tener que afrontar tarde o temprano —replica ella, dándole un tirón cariñoso a las orejas de Torrija— Pero venga, te lo hago porque me has hecho mil favores este año.
Anda, dame un beso y ponte a hacer la maleta.
Nos damos dos besos rápidos en la puerta. Torrija me lanza una última mirada de reojo, encantado de irse con ella porque sabe que con Sara no se aburre y la puerta se cierra por fin, dejándome sola en mitad del pasillo con el eco del silencio.
Me dirijo hacia la cocina y cojo el móvil para ver quién me ha mandado un mensaje.
@GatoNegro: Para que empieces el día con buen pie antes del viaje. Que la cafeína te acompañe.
Adjunta una imagen. Al descargarla, veo una foto en primer plano de un vaso de cartón de café con tapa para llevar, apoyado sobre una barandilla de hierro que da a una calle difuminada por el desenfoque de la cámara.
En el centro del vaso, escrito a rotulador negro, se lee perfectamente: Flat White con leche de avena .
Me quedo helada, conteniendo la respiración por un momento. Ese es mi café favorito.
Observo la foto entrecerrando los ojos intentando discernir algo conocido en el fondo desenfocado. ¿Cómo coño sabe lo del Flat White ? ¿Y si me ha visto? ¿Y si está más cerca de lo que creo? Un escalofrío me recorre la espalda.
Pero la paranoia solo me dura unos segundos.
A ver, Lara, no flipes. El vaso lleva impreso el logotipo verde y negro de una de las franquicias de cafeterías más famosas del momento.
Hay una justo debajo de nuestro edificio de la agencia, pero es una cadena gigantesca.
Hay un montón repartidas por Madrid. Cualquiera podría estar tomándose ese mismo café ahora mismo.
Además, el Flat White con avena es el postureo de moda en las redes sociales; lo pide media ciudad para dárselas de moderna.
Aun así, la coincidencia me deja un runrún en el estómago que no consigo aplacar. Me apoyo en la encimera y tecleo la respuesta con una sonrisa que ya no puedo camuflar.
@LaTormentaPerfecta : Veo que compartimos gustos. Buena elección. Buena mañana para ti también, sea donde sea que te estés tomando eso.
Dejo el móvil sobre la encimera y me obligo a dejar de buscarle tres pies al gato. No tengo tiempo para entretenerme si quiero coger ese avión.
Por la tarde, después de recoger un poco la casa, me paso dos horas peleándome con la maleta.
Se me hace extraño hacer el equipaje sin tener a Torrija pululando alrededor, metiendo el hocico en cada rincón saboteando mis intentos de colocar las cosas.
Tiene la costumbre de creer que hacer la maleta es un juego diseñado para él.
Su especialidad es esperar a que deje un biquini o unos shorts doblados para meter un zarpazo, enganchar la prenda con los dientes y salir corriendo por el pasillo.
En su cabeza, si me roba la ropa, yo no me puedo marchar.
Hoy, en cambio, nadie me quita nada y el piso se siente tan grande y silencioso que da hasta impresión.
Doblo los vestidos, meto el neceser a presión, coloco varios bikinis, la toalla de la playa, crema solar y los cargadores. Consigo cerrar la cremallera del equipaje tras un esfuerzo titánico, teniendo que apoyarme con todo mi peso encima de la maleta para lograr que cierre sin reventar.
Después de cenar un sándwich rápido viendo una peli en el sofá, —disfrutando el pequeño placer de no tener que pegarme con nadie que intente robármelo—, me pego una ducha para quitarme el bochorno de encima y me pongo el pijama.
Al meterme entre las sábanas, noto un cosquilleo de anticipación en el estómago; tengo unas ganas locas de que amanezca para estar frente al mar. Me recreo un buen rato pensando en todas las playas de agua turquesa y arena blanca que he estado viendo en las fotos. Mañana, por fin, podré descansar.
Pero la sonrisa se me borra cuando el teléfono vibra sobre la mesilla, sacándome de mi trance zen y devolviéndome de golpe a la realidad.
Marcos (23:15): Torrija ya me ha roto dos cojines, sigue fiel a sus costumbres por lo que veo.
Disfruta de la playa, te lo mereces. Aún me acuerdo de la última vez que fuimos…
¿Seguirá estando aquel bar de los cócteles en el acantilado?
¿Te acuerdas? El atardecer era espectacular.
Aún tengo las fotos. Fue un viaje increíble.
Me quedo mirando el mensaje en la penumbra de la habitación, sin saber muy bien cómo reaccionar.
Marcos sabe qué botones tocar. Apelar a la nostalgia de nuestros veranos pasados, al recuerdo de ese viaje idílico donde fuimos tan felices y a las trastadas de nuestro perro es su forma de intentar reconstruir un puente entre los dos.
Siento una punzada de nostalgia en el pecho, pero me acuerdo de Nuria: Que él haya cambiado no significa que tú tengas que volver.
Primero tienes que saber si quieres regresar a esa vida .
No puedo dejarme arrastrar por el pasado ahora que por fin he conseguido empezar a respirar sola. Tecleo y borro tres respuestas diferentes antes de enviar la definitiva.
Lara (23:18) : Dile al gordo que como me entere de que rompe algo más, se queda sin salchichas un mes. Gracias por quedártelo, Marcos, de verdad, me hacía mucha falta este viaje. Supongo que el bar seguirá allí, las cosas bonitas no suelen moverse de su sitio. Que pases buena semana.
Bloqueo el teléfono y lo dejo boca abajo, decidida a no a esperar la réplica. Me hundo en la almohada, cierro los ojos y me rindo por fin al cansancio, deseando con todas mis fuerzas que el mar consiga apagar todos los fuegos que dejo en Madrid.