Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 16
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CAPITULO 16

Me voy pasado mañana en un vuelo directo a Mallorca, pero antes de ponerme a batallar con la maleta, voy a pasarme por la residencia. No puedo marcharme de Madrid sin despedirme de ella, aunque soy consciente de que mi partida y mi regreso le van a dar exactamente igual.

Esta vez la encuentro en el salón común, adormilada frente a un televisor enorme encendido que nadie en la sala está mirando realmente.

Le doy un beso suave en la mejilla arrugada y le susurro al oído que me voy a pasar unos días a la playa, que se porte bien.

Carmen ni siquiera me responde; emite un ruidito con la garganta, se recoloca en el cojín y sigue durmiendo.

Al salir, me cruzo con Soraya, la encantadora enfermera del turno de tarde, que camina por el pasillo arrastrando un carrito lleno de medicinas. Me freno en seco y meto la mano en el bolso para sacar un pequeño sobre de papel.

—Soraya, perdona —le digo, tendiéndole el sobre con timidez— Es una fotografía antigua, de cuando yo tenía diez años y mi tía me llevó a ver el mar por primera vez a la playa de Riazor.

La enfermera coge el papel con cuidado y me mira con esa compasión y empatía que tanto he aprendido a valorar aquí.

—¿Quieres que se la pongamos en la habitación, Lara?

—Sí, por favor, te lo agradecería —murmuro, sintiendo un nudo traicionero en la garganta— Se la dejas cerca de la mesilla, dónde pueda verla…

No sé, puede que sea una tontería, pero por si acaso.

Tengo la tonta esperanza de que, al mirarla en algún momento, a la tía se le encienda la bombilla.

Para que se acuerde de que fuimos muy felices allí.

Soraya me sonríe con dulzura, dándome un apretón cariñoso en el antebrazo.

—Descuida, reina, no te preocupes. Se la pongo yo misma ahora cuando suba a darle la medicación. Disfruta de esos días libres, que te hacen mucha falta.

Le doy las gracias y enfilo el pasillo hacia la salida.

Camino hacia el coche con el corazón encogido, sabiendo que esa fotografía descolorida es mi último cartucho contra el tiempo, un ancla de papel con la que pretendo amarrar los recuerdos antes de que de su mente se los termine de llevar por completo.

La Resistencia está tranquila a estas horas. Nuria está detrás de la barra recogiendo unos vasos limpios y, en cuanto me ve entrar con cara de zombi, me sirve una Coca-Cola Zero bien fría y se apoya en el mostrador mirándome fijamente.

—Bueno, ya no te queda nada para estar tirada en la playa, ¿no? Qué envidia me das.

—Te repito que voy para coger ideas para la campaña de los hoteles—respondo a la defensiva mientras doy un trago al vaso— Pero sí. Me voy pasado mañana, aún tengo que hacer la maleta.

Nuria me observa fijamente. Sabe de sobra que mi huida a la playa no es por cuestiones de marketing.

—Lara… ¿has vuelto a saber algo de Marcos? —pregunta con suavidad.

Suelto un suspiro y me quedo mirando cómo las burbujas suben a la deriva por el vaso.

—No. Y casi que lo agradezco. Me resulta muy difícil volver a confiar en él, Nuria.

Es que… lo miro a la cara, veo que lo ha dejado todo por volver a aquí, y una parte de mí se muere por creerle.

Pero luego me acuerdo de todo lo que he pasado por su culpa y me bloqueo.

No sé si las personas pueden cambiar de verdad o si solo cambian la apariencia para volver a repetir el mismo patrón.

Nuria se queda callada un momento, doblando con parsimonia el trapo sobre la barra.

—A ver, reina… Yo creo que las personas sí pueden cambiar —plantea, mirándome con seriedad—.

A veces un golpe de realidad te hace replantearte las cosas.

Un tío puede cometer una cagada monumental, darse cuenta de lo que ha perdido por imbécil y madurar de golpe.

Marcos lo ha dejado todo con la esperanza de que le perdones, pero tampoco tiene garantías.

Él lo sabe. Y aun así se ha arriesgado por ti.

Te lo está intentando demostrar con hechos, no con palabras vacías.

—Puede haber cambiado todo lo que tú quieras, Nuria. Pero eso no significa que yo tenga que volver corriendo. Eso no borra lo que yo pasé.

Nuria me sonríe de medio lado, asintiendo despacio y se inclina un poco más hacia mí.

—Exacto. Ahí quería yo llegar. Que alguien cambie no significa que tú tengas que volver con él.

Son dos cosas completamente distintas, Lara.

Primero tienes que aclararte tú misma y saber si quieres volver a esa vida.

Si te apetece reabrir ese capítulo o si esa historia, por muy bonita que fuera, ya pertenece al pasado.

Si decides perdonarle, hazlo solo por ti, para que puedas cerrar de una vez esa herida.

Lo de volver con él es ya otra pantalla diferente.

Me quedo callada, asimilando sus palabras.

Mis dedos juguetean de forma mecánica con el posavasos de cartón mientras el bullicio del bar parece quedarse en segundo plano.

Nuria me acaba de aclarar las ideas de una forma muy fácil: una cosa es aceptar que Marcos se ha equivocado y ha rectificado, y otra muy distinta es que yo tenga la obligación de volver a meterle en mi vida.

Su cambio no es ninguna deuda que yo deba pagarle con una segunda oportunidad.

Su cambio forma parte su propio proceso; el mío es decidir si todavía le quiero en mi nueva vida.

Pienso en lo que implica volver con alguien del pasado. Arrastrar fantasmas, andar con pies de plomo para no reabrir cicatrices y forzar un puzle cuyas piezas ya no encajan igual porque los dos hemos cambiado.

—Me acabas de dar más cosas en las que pensar, ¿lo sabes, verdad? —murmuro, levantando la vista hacia ella con una sonrisa triste.

—Para eso estamos, reina —me guiña un ojo con picardía, recuperando su tono gamberro— Para prepararte los mejores cócteles que vas a probar en tu vida y darte lecciones gratis.

Anda, apura esa Coca-Cola y cambia esa cara, que tu chico perfecto debe de estar a punto de llegar y no quiero que te pille así.

Miro la pantalla del móvil para comprobar la hora. Tiene razón. He quedado con Hugo en quince minutos para tomarnos algo antes de irme.

Cuando Hugo entra, se acerca directo a la barra, le choca la mano a Nuria con confianza y, tras pedirle una caña, se gira hacia mi para darme un beso tierno en la mejilla que huele de maravilla a Light Blue de Dolce&Gabbana.

—Hola guapa, ¿qué tal? —dice, pregunta sentándose a mi lado— ¿Ya tienes la maleta lista?

—Que va, la haré mañana —sonrío.

Nuria le desliza la caña por la barra con soltura, demostrando lo bien que se han empezado a entender ellos dos.

—Tú siempre con tiempo —replica Nuria con ironía, poniéndose junto a Hugo.

—Gracias Nuria, eres un sol —Hugo agarra la cerveza, le da un trago generoso y se gira hacia mí, apoyando un codo en la barra— Oye, Lara, ¿Qué coche has alquilado para moverte por allí?

—¿Coche? Ninguno. Mi plan consiste meterme en un resort a mirar el mar y a tomar ideas. No tengo ninguna intención de quitarme el bañador para nada.

—¡No puedes quedarte encerrada en el hotel! —protesta él, sacando el móvil del bolsillo de los vaqueros a toda velocidad— Te lo digo en serio. El verano pasado estuve allí en una obra y me recorrí la isla entera. Hay un montón de sitios que tienes que conocer. Apunta.

—¡No me estreses! Que la idea es ir a desconectar…

—Para quedarte metida en un resort no hace falta coger un avión.

Apunta, venga. Tienes que ir sí o sí a Sa Calobra.

El trayecto en coche tiene muchas curvas y te vas a acordar de toda mi familia mientras conduces por el precipicio, pero te prometo que cuando llegues abajo y veas el torrente entre los dos acantilados vas a flipar. Es una pasada.

—Déjate de tanta montaña, que se va a marear.

Lara, hazme caso a mí: tienes que ir al Parque Natural de Mondragó —rebate Nuria, dándole un golpecito a Hugo con el trapo en el brazo— Dejas el coche en los aparcamientos de fuera y bajas caminando entre los pinos.

Vas enlazando una playa virgen tras otra: S'Amarador, Cala des Borgit…

en esa estás prácticamente sola. Eso sí que es un espectáculo.

Nada de discotecas llenas de guiris borrachos.

—Eso es en Magaluf, Nuria, yo la estoy mandando a ver lo que merece la pena—se mofa Hugo devolviéndole la sonrisa. Da gusto verlos entenderse tan bien.

Hugo apura el último trago de su caña, mira su reloj de reojo y me apremia con suavidad.

—Venga, Lara, que mañana tienes mucho que hacer.

—Qué cagaprisas, de verdad… —se queja Nuria, saliendo de detrás del mostrador para rodearme en un abrazo— Pásatelo muy bien, reina. Desconecta, olvídate de todo y tráeme una ensaimada de las de verdad, no de las industriales del aeropuerto.

—Hecho. Te quiero. Gracias por todo.

—Venga, venga, que no te vas a la guerra. Que los demás nos quedamos aquí currando.

Hugo coge mi bolso con una mano y me pasa el otro brazo por los hombros para guiarme hacia la salida, dedicándole un gesto de despedida a Nuria con la cabeza.

—Vamos, te acompaño a casa.

Salimos a la calle y el calor de agosto nos golpea pegándose a nuestra piel, pero la sensación de asfixia que traía de casa parece haber disminuido bastante.

Cuando llegamos al portal, ya es de noche y la luz anaranjada de la farola dibuja sombras alargadas sobre la piedra de la fachada, provocando que el ambiente se vuelva más íntimo.

Me apoyo de espaldas contra la pared, sintiendo el tacto rugoso y frío de la piedra en mi columna mientras jugueteo con las llaves.

Hugo da un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que su sombra me cubre por completo.

Su cercanía me envuelve con ese aroma que durante semanas ha sido mi sinónimo de calma y me mira con tanta ternura que se me encoge el estómago.

—Te voy a echar mucho de menos estos días, Lara —murmura, bajando la voz hasta convertirla en una caricia.

Alza una mano y roza con la yema de sus dedos la línea de mi mandíbula para retirarme con delicadeza un mechón de pelo de la cara.

Cierro los ojos y me obligo a entregarme al momento.

Le suplico en silencio a mi cuerpo que reaccione de una vez, que sienta ese calambre eléctrico que se supone que debería sentir. Vamos, Lara, es él. Es el correcto.

Hugo se inclina despacio. Sus labios encuentran los míos y yo me dejo llevar. Le devuelvo el beso con ganas, fuerzo el contacto, inclino la cabeza buscando más presión y me agarro a la tela de su camiseta para acercarme más a él.

Nos besamos. Pero el mundo no se mueve.

Es un beso largo, suave y exasperantemente dulce.

Noto el calor de su respiración contra mis boca, la firmeza de sus manos en mi cintura, su boca encajando con la mía…

pero dentro de mí solo hay silencio. Ningún vuelco salvaje en el corazón.

Ninguna corriente eléctrica abrasadora recorriéndome la espalda.

Ninguna falta de aire en los pulmones. Es la calma de un lago sin viento, cuando mi cuerpo está pidiendo a gritos una tormenta.

La decepción me golpea como un puñetazo. Un nudo amargo se instala en mi garganta al comprender que la atracción no se elige y no se puede fingir, por mucho que te esfuerces.

Nos separamos despacio. El aire fresco de la noche entre nuestros cuerpos se siente como un abismo y, al abrir los ojos, veo en la mirada de Hugo una mezcla de cariño y resignación que me parte el alma.

Él también lo ha notado. O, mejor dicho, ha notado la ausencia de ese algo .

Nos queremos, nos cuidamos y nos preocupamos el uno por el otro, pero nos queremos como se quieren dos amigos que se admiran.

La química no se puede forzar por mucho que la lógica te grite que es el candidato ideal.

Le cojo de las manos, apretándoselas con suavidad antes de que la distancia se vuelva incómoda.

—Hugo… —empiezo, y me tiembla la voz por la culpa que me reconcome— Eres de las mejores personas que tengo en mi vida.

De verdad. Por eso mismo… no quiero darte falsas esperanzas ni hacerte perder el tiempo.

No quiero jugar a intentarlo si sé que una parte de mí no va a estar ahí de la forma en que te mereces.

Pero no quiero perderte. Quiero que sigas en mi vida. Te necesito en ella.

Hugo suelta un suspiro bajito, pero no se enfada ni se pone a la defensiva. Me dedica una sonrisa de medio lado de lo más tierna y me da un apretón cariñoso en los dedos.

—Tranquila, en el fondo, los dos lo sabíamos desde hace tiempo, ¿no? —dice suavemente, restándole peso al momento— Y no vas a librarte de mí tan fácilmente. Anda, sube a descansar. Avísame cuando aterrices en Palma.

Le doy un último abrazo, apretándolo contra mí con la certeza de que estoy abrazando un pilar fundamental en mi vida, pero no a mi hombre.

Entro al portal arrastrando los pies y, mientras subo en el ascensor, me apoyo contra el espejo de la cabina, sintiendo una mezcla de pena por lo que no pudo ser y una libertad aterradora.

Podría haber sido tan fácil… Podría haber tenido a mi lado un hombre que me escucha, que me cuida, que no me obliga a competir por su atención y que jamás me haría sentir que tengo que demostrarle mi amor renunciando a una parte de mi vida.

Sin embargo, acabo de cerrar la puerta del camino fácil, la opción segura que mi cabeza me exigía elegir. Pero no me arrepiento. Aunque haya perdido mi refugio.