Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 15
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CAPITULO 15

El domingo amanece con el bochorno pegajoso típico de agosto en Madrid que te hace desear vivir dentro de una nevera.

Me miro en el espejo del baño mientras me recojo el pelo de mala manera con una pinza, observando con resignación las ojeras que ya forman parte de mi anatomía. Desde el lunes no he podido pegar ojo.

El martes Bruno ni siquiera apareció por la agencia. Me pasé todo el día mirando de reojo su despacho vacío, con el estómago encogido, hasta que a última hora de la tarde me llegó un mensaje suyo:

«Disculpa por no haberte avisado, Lara. Ahora mismo necesito tomar distancia, pero quiero que sepas que no me arrepiento de nada de lo que pasó anoche.

Estoy deseando volver a verte, pero necesito poner en orden mis ideas.

Me he venido unos días a uno de los hoteles de Blue Horizons en la costa valenciana, en busca de inspiración para la campaña. Nos vemos a la vuelta. Cuídate mucho»

Bruno también carga con sus propios fantasmas.

Sé que la traición de su antigua socia le hace desconfiar de todo el mundo y le ha hecho huir despavorido a la playa a refugiarse en el trabajo.

Lleva casi una semana allí. No nos hemos vuelto a ver, pero el recuerdo de sus labios me acompaña en todo momento.

¿Y qué hago yo un odioso domingo de agosto para gestionar semejante torbellino de emociones? Pues irme a otra cita de Tinder. Lo sé, soy imbécil.

Pero esta vez tengo excusa. Yo ya había quedado con este chico hacía un montón de tiempo, mucho antes de mi encuentro con Bruno, y no he querido cancelar el plan a última hora por pena.

Se llama Ismael y es un trozo de pan. Llevábamos tiempo hablando por la app y, aunque tras lo del lunes le dije con delicadeza que ya no buscaba nada con nadie, él insistió en que nos viéramos igual.

Me dijo que había muy buen rollo entre nosotros, que se lo pasaba genial hablando conmigo y que, si no surgía nada, podíamos ser simplemente amigos.

Ante tanta amabilidad, no he tenido ovarios para dejarle plantado.

Para evitarme problemas, le he propuesto tomar un café rápido por la mañana. Media hora de cortesía, ser simpática, cumplir y de vuelta a mi casa a seguir comiéndome la cabeza con el recuerdo de Bruno.

Hemos quedado en La Resistencia y, fiel a mis costumbres, ya llego tarde.

Empujo la puerta y el chorro del aire acondicionado a tope me hace soltar un suspiro de gusto.

Busco con la mirada al chico encantador que, al menos hoy, no tiene pinta de querer saltar por la ventana del baño.

Lo encuentro al fondo y, en cuanto me ve, Ismael se pone de pie con una sonrisa enorme de lo más dulce.

Es un chico mono, de ojos castaños, pelo bien peinado y cara de ser un buenazo.

Lleva puestos unos vaqueros sencillos y una camiseta básica de algodón.

Nada de trajes tres tallas más grandes ni miradas de perdonavidas.

—Hola, Lara. Qué ilusión conocerte por fin —dice con voz suave, dándome dos besos supereducados en las mejillas.

—Hola, Ismael. Lo mismo digo —le sonrío, sentándome enfrente con una sensación inmensa de alivio— Siento haber tardado tanto en poder cuadrar el día, de verdad. Llevo unas semanas un poco… caóticas.

—No te preocupes. Te agradezco un montón que hayas venido, aunque sea para tomar un café —responde con una cercanía tan sana que, por un microsegundo, me da hasta pena estar tan colgada del prepotente de Bruno— De verdad, me apetecía mucho conocerte.

Aunque solo sea para echarnos unas risas como amigos, el café corre de mi cuenta. ¿Qué te apetece tomar?

Casi me caigo de la silla de la emoción. Un tío normal. Atento, educado, simpático, que va de frente y que capta las señales. Dios mío, el algoritmo de Tinder ha debido sufrir un fallo masivo en el sistema y me ha mandado a un ser humano funcional.

Pedimos dos cafés con leche y un par de cruasanes a la plancha, y los primeros cinco minutos fluyen de maravilla.

Hablamos de la ola de calor, de lo vacío que está Madrid y de lo impracticable que se pone el centro en cuanto llega septiembre.

Empiezo a relajarme, pensando que este domingo va a ser de lo más tranquilo.

Qué ingenua soy, de verdad. El karma no descansa, solo coge carrerilla para darte el bofetón con más fuerza.

De repente, la puerta se abre con una fuerza que casi arranca el marco y, al girarnos, vemos avanzar una comitiva digna de una película de Berlanga.

A la cabeza del pelotón viene una señora de unos sesenta años con el pelo cardado a base de laca digno de los años ochenta y un bolso de piel rígido colgado del antebrazo como si fuera un escudo; la sigue de cerca un señor con un polo de rayas y cara de llevar cuarenta años pidiendo perdón por respirar, un chaval joven con cara de empanao que observa el techo del local con la boca abierta y, cerrando filas, dos ancianos a paso lento, donde ella marca el paso de procesión a bastonazos contra el suelo.

Ismael se queda pálido en cuanto los ve. La taza de café le tiembla en la mano y se le corta la frase a la mitad.

—¿Ismaelito? ¡Ay, pero qué casualidad, hijo! —exclama la mujer del pelo cardado, cruzando el local a voz en grito como si estuviera en mitad de la plaza del pueblo— ¡Si os hemos visto desde la acera de enfrente! Veníamos de dar el paseo y fíjate tú qué sorpresa.

Me quedo de piedra, con el cruasán a medio camino de la boca.

El grupo entero se abalanza en tromba sobre nuestra pequeña mesa diseñada para dos.

El chaval joven arrastra tres sillas de las mesas de al lado con un ruido infernal, sin pedir permiso a nadie y, en cuestión de diez segundos, me veo rodeada por sus padres, sus dos abuelos y un primo lejano que se sienta a mi lado desprendiendo un tufo a Varón Dandy capaz de levantar a un muerto.

—Mamá… ¿Pero qué hacéis aquí? —balbucea el pobre Ismael visiblemente agobiado, poniéndose rojo como un pimiento en cuestión de tres segundos.

—Hijo, pues qué vamos a hacer, tomar un cafelito, que ya me estaba entrando un reconcome en el estómago —responde la madre, escaneándome de arriba abajo sin ningún tipo de disimulo ni vergüenza, desde el moño deshecho hasta las sandalias— Yo soy Encarna, la madre de la criatura.

Estos son los abuelos, Mariano y Conchi.

Y este mi sobrino Rulo, el primo de Ismael, que ha venido a pasar el mes con nosotros porque se ha quedao en paro el infeliz.

—Hola… Qué tal… Yo soy Lara —acierto a decir de milagro, forzando una sonrisa que debe de parecer una mueca.

—Ya sabemos quién eres, ya —suelta la abuela Conchi, una anciana menuda y con cara de pocos amigos que se acomoda las gafas de cerca pegándoles un dedazo en el cristal y se inclina sobre la mesa, acortando la distancia hasta casi pegarse a mi— Ismaelito nos ha hablado mucho de la moza esa del interné .

A ver, déjame verte las manos… Hmm, dedos largos.

Eso es de buena estirpe, de labrar poco pero hilar fino.

¿Tú cocinas, Lara? ¿Sabes aviar un cocido?

Porque mi nieto es un bendito pero no sabe hacerse ni un huevo frito, está malcriao por su madre.

—Abuela, por favor, cállate —le suplica Ismael, tapándose la cara con las manos al borde del colapso.

—Déjame a mí, Ismael, que tú no sabes cómo va esto —le corta la madre con un manotazo al aire que casi le vuela las gafas al marido, dirigiéndose a mí con una familiaridad que claramente no tenemos— No te asustes, bonica , es que a él le cuesta mucho abrirse con desconocidos y venimos a ayudar a que fluya el tema.

Que los jóvenes de ahora habláis mucho por las pantallas pero luego os falta empuje a la cara.

Miro a Ismael con los ojos desorbitados, lanzándole una mirada desesperada para que reaccione. Necesito que aclare que aquí no hay tema que valga, que solo estamos tomando un café y que no tengo ninguna intención de pasar por la vicaría.

—A ver, Encarna, Conchi… que Ismael y yo solo… —intento explicar, pero la abuela Conchi me corta en seco levantando un dedo arrugado frente a mi nariz.

—¿No tienes hijos verdad? —me interrumpe la anciana, bajando la vista hacia mi vestido con una seriedad que me asusta— Estás un poco tísica para mi gusto, pero pareces ancha de abajo.

Eso es bueno para el parto. En mi época las estrechas sufrían mucho.

Ismaelito es el único nieto varón que nos queda por casar y yo necesito saber si vas a poder darme un bisnieto que herede las tierras antes de que me lleven al cementerio.

—¡Pero qué dice señora, por Dios! ¡¿Qué dice?!—exclamo perdiendo los papeles, buscando con la mirada a Nuria que se ríe abiertamente en la barra doblándose en dos— Ismael, diles algo por lo que más quieras. Explícales que entre nosotros no hay nada de nada, que solo somos amigos.

El pobre muchacho está tan bloqueado y encogido en su silla que parece que va a mimetizarse con el respaldo.

El primo, el tal Rulo, me mira con su sonrisa de empanao mientras se rasca una oreja y el padre asiente en silencio, como si estuviera acostumbrado a que las mujeres de su casa lleven la voz cantante.

—Bueno, por amigos se empieza, que el roce hace el cariño —sentencia la madre, sacando un paquete de pañuelos del bolso— Pero los años pasan volando y en lo que te des cuenta se te pasa el arroz.

Cuéntame, ¿tu familia de dónde es? ¿Tenéis tierras?

¡Pero respira mujer! Que parece que te va a dar algo.

Aprovecho que la abuela Conchi se distrae discutiendo con el primo Rulo sobre si el cruasán a la plancha lleva mantequilla o margarina para ponerme en pie de un brinco.

—Disculpadme un segundo, por favor —digo, forzando una sonrisa de azafata de vuelo al borde de un ataque de nervios.

Me desvío hacia la barra con paso firme, mientras vigilo de reojo a la comitiva familiar, que sigue gesticulando alrededor de Ismael.

—A ver, mujer, calma. Piénsalo bien —me suelta Nuria, muerta de risa y con un pragmatismo tan retorcido que me dan ganas de estrangularla— Míralo por el lado bueno, te has ahorrado seis meses de noviazgo y cenas incómodas; así les conoces a todos de golpe y te evitas sorpresas.

—¡Qué dices loca! ¡Que solo he venido para tomar un café, nada más!

—Oye, pues la suegra esa, la tal Encarna, parece maja por lo que llego a escuchar desde aquí.

Tiene pinta de hacer unas croquetas que te mueres —insiste mi amiga, regodeándose en mi desgracia— Piensa en la suerte que tendrías, boba.

Al menos no es la típica bruja controladora intentando alejarte de su hijo porque ninguna mujer es lo suficientemente buena para su niño.

Dale una oportunidad a la familia de Ismaelito, anda.

—Te odio. Te odio con toda mi alma —mascullo apretando los dientes—. Si salgo de esta, te juro que...

No me da tiempo a terminar la amenaza porque noto una sombra a mi espalda y me giro de golpe.

El pobre Ismael me mira abochornado. Tiene las orejas de un color rojo fosforito y la cabeza hundida entre los hombros, en plan tortuga asustada.

Detrás de él, a unos metros, veo que su madre ya está levantando al abuelo Mariano de la silla a regañadientes y recogiéndolo todo.

Parece que el pelotón inicia la retirada.

—Lara, de verdad… lo siento muchísimo, qué vergüenza —me dice en un hilo de voz, mirándome con una disculpa tan sincera que se me ablanda el corazón— Te juro que yo no sabía que se iban a presentar.

Mi madre es… bueno, ya la has visto. Esta mañana me preguntó dónde había quedado y claro, cómo iba a dar yo que se iban a presentar aquí.

—No, Ismael, tranquilo, si no pasa nada… —intento restarle hierro al asunto, sintiendo una mezcla de lástima y simpatía. Al fin y al cabo él también es víctima de todo esto.

—No, no, si es un desastre —me interrumpe forzando una sonrisa triste— Sé que me dijiste que no buscabas nada y encima te meto en este lío.

Me los llevo ya, no te preocupes. Mi padre ha pedido un taxi para los abuelos y nos vamos a comer a Alcorcón.

Siento haberte estropeado el domingo. De verdad que solo quería tomar un café contigo.

Se acerca, me da dos besos rápidos de despedida llenos de timidez y me tiende un billete de diez euros.

—Para pagar los cafés. Disculpa la escena, de verdad. Eres una tía genial por haber aguantado el tipo.

—Gracias, Ismael. Suerte en Alcorcón —le digo viéndole dar media vuelta.

Camina hacia la salida derrotado, arreando al primo Rulo y esquivando con paciencia los últimos comentarios de la abuela Conchi.

La anciana, antes de salir, se gira en redondo y me lanza un saludo con el bastón desde la puerta mientras me grita un «¡Piénsatelo, chica, que tenemos tierras de regadío y un tractor nuevo!

» que hace que Nuria estalle en una carcajada.

La puerta de la cafetería se cierra y el silencio regresa al local. Me quedo de pie junto a la barra, con el billete arrugado en la mano, Nuria riéndose a mi costa y el enésimo trauma de Tinder para mi colección.

Cuando por fin consigo que Nuria deje de hacer chistes a mi costa sobre tractores y cosechadoras, y asimile que no voy a heredar tierras, me sirve otro café para que me lo tome tranquila.

La cafetería empieza a llenarse para la hora del vermú y ella se sumerge en el jaleo del bar, dejándome sola con mis propios pensamientos en un taburete en la esquina.

Aprovecho el aislamiento para escribir a Sara.

Le pongo que necesito hacer las maletas y escapar a la playa de inmediato, que me hace falta «reiniciarme» lejos del asfalto de Madrid.

Para auto justificarme, añado que voy a hacer como Bruno e ir a los complejos de Blue Horizons para investigar en primera persona, solo que yo pienso elegir uno de los hoteles boutique que la cadena tiene en Mallorca.

Trabajo, playa y distancia. El plan perfecto para huir del calor sofocante de agosto.

La respuesta de Sara tarda un rato en llegar, que yo aprovecho para ir buscando vuelos. Pero su mensaje me borra la sonrisa de un plumazo.

Sara(12:50): Lara, llenar tu agenda de desconocidos de Tinder y hacer la maleta a la desesperada no te va a servir para olvidar a Marcos.

Solo estás corriendo a ciegas para no darte cuenta de cuánto te sigue doliendo.

Si no dejas de correr, el golpe te va a pillar igual, pero más cansada. Piénsatelo

Me quedo mirando la pantalla, con el estómago encogido y el café enfriándose en la barra.

Me muerdo el labio inferior. Joder con la escritora.

En parte tiene razón, llevo semanas huyendo de mi ex y de mis propios miedos metiéndome en citas a cada cual más absurda.

Estoy agotada de correr intentando alcanzar…

¿El qué? Por eso mismo, en la playa voy a poder descansar, lejos de todo y de todos.

El problema de las islas es que, por muy lejos que me vaya, mis monstruos saben perfectamente cómo comprar un billete de avión.