CAPITULO 14
El silencio en la oficina a las diez de la noche es aplastante.
Llevo más de doce horas pegada a la pantalla del ordenador, viendo como las diapositivas de la propuesta para los hoteles Blue Horizon se mezclan ante mis ojos cansados.
Mi cabeza debería estar centrada, pero no puedo.
Es imposible. Porque a escasos diez metros de mi mesa, al fondo del pasillo acristalado, la luz del despacho de Bruno sigue encendida.
He pasado todo el fin de semana sin saber nada de él. Ni un mensaje. Ni una llamada. Ni un mísero correo. Nada. Un silencio que me ha tenido las noches dando vueltas en la cama y rozándome los labios con las yemas de los dedos en la oscuridad, odiándome por recrearme en el sabor de su boca.
Pensé que hoy sería un infierno de miradas cruzadas o comentarios sarcásticos.
Pero en realidad ha sido peor, porque me ha evitado todo el día.
Y ahora, cuando todo el mundo ya se ha ido por fin a sus casas y las luces automáticas del pasillo se han apagado dejando solo el brillo de nuestros respectivos despachos, la tensión se ha vuelto insostenible.
Me quito la goma de la coleta con un gesto perezoso. El pelo me cae en cascada sobre los hombros y el aire acondicionado me pone la piel de gallina. Me escuecen los ojos y el pulso me retumba en los oídos.
De pronto, el sonido de una silla al rodar, rompe la calma sepulcral del pasillo.
Me quedo completamente quieta, con la mano congelada sobre el ratón, conteniendo el aliento.
Escucho sus pasos lentos acercándose. El eco de sus zapatos sobre el suelo avanza despacio hacia mi puerta.
Mi corazón da un vuelco y siento una descarga eléctrica bajando en picado por mi vientre hasta la cara interna de los muslos.
No viene a hablar de los hoteles. Los dos lo sabemos.
La sombra de Bruno corta el reflejo de la luz en mi entrada.
Se ha quitado la chaqueta y la corbata, dejando los primeros tres botones de la camisa desabrochados.
Lleva las mangas arremangadas hasta los antebrazos, dejando al descubierto su piel morena con las venas marcadas.
Tiene el pelo ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado las manos por él mil veces y unos cercos oscuros bajo los ojos que delatan que él tampoco ha dormido muy bien estos días.
Se detiene en el marco de la puerta de cristal, pero no dice nada.
Solo me mira. Es una mirada cargada de tanta necesidad, que el aire de mi despacho se vuelve denso al instante.
Bruno me sostiene la mirada en silencio durante un segundo y, acto seguido, da un paso hacia el interior de mi despacho, alzando la mano hacia atrás para empujar la puerta sin romper el contacto visual.
Desliza el cerrojo por la cerradura y el clac metálico resuena en la habitación.
Hace solo unas horas estaba al teléfono con Hugo.
Escuchar su voz serena me había devuelto algo de paz tras el encuentro nostálgico con Marcos.
Con Hugo todo es fácil y seguro, el refugio donde mi vida tendría por fin un sentido.
Pero bastan dos pasos de Bruno hacia mi mesa para que todo eso se reduzca a cenizas.
Bruno no es seguro, es inestable y una trampa para mi cordura.
Pero mi cuerpo tiene claro que prefiere mil veces arder con él antes que estar a salvo con cualquier otro.
—Llevo tres horas intentando no cruzar este pasillo —murmura con voz ronca.
Camina hacia mi mesa decidido hasta detenerse al otro lado. La luz de la lámpara ilumina el contorno de su mandíbula y el primer botón desabrochado de su camisa, donde puedo ver cómo le late pulso.
—Pensé que si me centraba en el proyecto se me pasaría —continúa, apoyando las dos palmas abiertas sobre mi mesa e inclinando su cuerpo hacia mí— Pensé que después de lo que pasó el viernes me arrepentiría. Que lo vería como un error.
Siento un temblor traidor en las rodillas y trato por todos los medios de mantener la voz firme, pero solo me sale un susurro ahogado:
—¿Y lo es?
Bruno entorna los ojos con la mirada fija en mis labios con descaro.
—Si es un error, es el único en el que he pensado en todo el fin de semana.
Se yergue despacio, rodeando el escritorio a paso lento, flanqueándome.
El sonido rítmico de sus zapatos contra el suelo me acelera el corazón.
Me giro en la silla para no perderlo de vista, con los dedos aferrados a los reposabrazos, congelada ante su mirada ardiente.
Se detiene a escasos centímetros de mis piernas.
Estira la mano y, con la yema de sus dedos ásperos, roza la piel desnuda de mi hombro, apartando el tirante fino de mi vestido con una lentitud cruel y deliberada.
El contacto de sus dedos me quema. La piel se me eriza y se me escapa una inhalación entrecortada.
—No he podido trabajar, Lara —confiesa en un susurro, bajando la mano lentamente por mi brazo, dejando una estela de calor abrasador a su paso— No he podido dormir. Cada vez que cierro los ojos me acuerdo de ti. De tu boca. Y me estoy volviendo completamente loco.
—Tú también me estás volviendo loca —admito rindiéndome, incapaz de seguir fingiendo.
Bruno suelta una exhalación profunda, cargada de frustración contenida. Se agacha lo justo para quedar a la altura de mi rostro, apoyando una de sus mano en el respaldo de mi silla y la otra en el borde de la mesa, dejándome acorralada entre sus brazos.
—Dime que me vaya a mi despacho, Lara — me pide en un susurro contra mi boca, tan cerca que sus labios casi rozan los míos con cada sílaba— Dímelo y me voy. Porque si no me lo dices...
No le digo que se vaya. En lugar de responder, agarro el cuello de su camisa, arrugando la tela fina con desesperación y tiro de él hacia mí. Sin darle tiempo a reaccionar, desabrocho varios botones de su camisa de un tirón, metiendo mis manos por la abertura.
El impacto de sus labios contra los míos es instantáneo y Bruno suelta un gruñido grave desde el fondo del pecho al sentir mi rendición.
No hay calma. No hay freno. Mis manos suben por sus hombros bajándole la camisa, mientras las suyas me agarran la cara con una fuerza posesiva, sujetándome la nuca para profundizar un beso que me vacía los pulmones.
Su lengua se abre paso con una urgencia salvaje, buscándome y saboreándome como si llevara días muriéndose de sed.
Se me escapa un gemido ahogado dentro su boca y el sonido parece desatar en él un huracán. Sin romper el contacto de nuestros labios, me agarra de los muslos y me levanta de la silla de un tirón, haciendo que mis piernas rodeen su cadera por instinto y se aprieten contra él.
«Esto es una locura, Lara. Hugo es lo que necesitas» , me grita una voz en la cabeza.
Pero el pensamiento se disuelve en el mismo instante en que la pelvis de Bruno se incrusta con fuerza contra la mía.
No hay espacio para la lógica cuando le quito la camisa, dejando su espalda musculosa al alcance de mis dedos.
Deslizo las palmas por su piel cálida, acariciando la línea de su columna mientras su boca me devora la garganta.
Con Hugo puedo respirar; con Bruno se me olvida cómo hacerlo.
Y en este momento, no quiero aire. Solo lo quiero a él.
Bruno avanza dos pasos y me apoya de golpe contra el borde de mi mesa, haciendo retumbar el teclado.
—Joder, Lara… —maldice contra mis labios, fuera de sí.
Se encaja con soltura entre mis piernas abiertas.
La presión de su pelvis envía una descarga de calor directo a mi vientre que me hace arquear la espalda.
Puedo sentir el peso de su cuerpo, la solidez de sus músculos y la erección que se marca sin pudor tras la tela de su pantalón, buscándome, rozando exactamente donde más lo necesito.
Sus manos bajan por mis costados, agarrando el bajo de mi vestido.
Siento la tela subiendo por mis muslos hasta detenerse en la cintura, dejando mi piel totalmente expuesta al aire frío del despacho.
Las palmas de Bruno, cálidas y ásperas, acarician la piel desnuda de mis piernas, ascendiendo por la cara interna con una lentitud desquiciante que me hace morderme el labio para no gritar.
—Dime que quieres —murmura con la voz ronca, bajando la boca por la línea de mi cuello y succionando hasta hacerme temblar— Dímelo.
—A ti, Bruno… —jadeo con los ojos cerrados, aferrándome a sus hombros con las uñas mientras siento el encaje de mi lencería humedecerse por completo.
Bajo una de mis manos con prisa por su vientre, buscando la hebilla metálica de su cinturón. Mis dedos rozan su pantalón antes de que él atrape mi muñeca con fuerza para detenerme.
Sus dedos hábiles encuentran la tira fina de mis braguitas y la desplazan hacia un lado con precisión.
Cuando su palma me envuelve de golpe, me hace perder el aliento.
Bruno suelta un juramento al sentir lo preparada que estoy para él.
Empieza a friccionar despacio, con una presión calculada y un ritmo que me obliga a clavar las uñas en su espalda a través de la camisa.
—Mírame… —susurra contra mi oreja, rozándome con su aliento caliente mientras su pulgar se mueve con destreza arrancándome espasmos— Te quiero entera para mí.
—Bruno… —artículo a duras penas en un gemido, arqueando las caderas y empujando mi cuerpo contra su mano en busca de más.
Bruno termina de liberar el cinturón con una sola mano y el chasquido metálico de la hebilla retumba en el silencio de la habitación.
Escucho el siseo de la cremallera al bajar.
Deslizo mis manos bajo la cintura de su ropa interior, buscando el roce directo de su piel caliente contra la mía.
La sensación de tocarlo, es tan brutal, que me acelera el pulso.
Desliza su miembro fuera de la tela y el contacto piel con piel, cálido, húmedo y sin barreras, me provoca un gemido que él devora en el acto, volviendo a besarme con rabia.
—No tienes ni idea de cuánto tiempo llevo deseando esto —confiesa mirándome a los ojos, con las pupilas tan dilatadas que casi no le queda iris visible en la mirada.
Está a punto de que todo cambie para siempre entre nosotros.
De repente, una luz blanca y potente parpadea desde el pasillo y, de inmediato, el eco sordo de una puerta de incendios al cerrarse retumba con fuerza. El vigilante de noche.
Nos congelamos en el acto y la realidad nos golpea como una losa rompiendo el hechizo de golpe.
Nuestras respiraciones agitadas chocan con violencia en el escaso espacio que nos separa. Los labios de Bruno siguen rozando mi boca, su cuerpo continúa incrustado contra el mío y el sudor de ambos se mezcla en nuestra piel desnuda.
—No… no puede ser, joder —murmura él frustrado, apoyando la frente sobre mi pecho desnudo mientras intenta con todas sus fuerzas frenar la inercia de su propio cuerpo.
Pasa varios segundos inmóvil, pegado a mí, temblando por el esfuerzo titánico de no continuar. Siento los latidos de su corazón reventando de forma violenta contra mi pecho. Lenta y dolorosamente, finalmente se aparta de mí, rompiendo el contacto.
Se recoloca la ropa interior y los pantalones con manos temblorosas y la mandíbula apretada.
Me baja el vestido con delicadeza, tapándome la piel expuesta que hace un segundo estaba devorando y desliza la yema de los dedos por mi mejilla, limpiándome con suavidad una lágrima traidora de frustración.
Se yergue, respirando a trompicones con el pecho agitado y me besa por última vez con una mezcla de devastación y promesa silenciosa.
—Esto no va a quedar aquí —promete con la voz rasgada.
Se gira en silencio, se termina de abrochar la camisa antes de que el vigilante se acerque y sale del despacho, dejándome sentada en la mesa hiperventilando, con las piernas temblando sin control y la piel ardiendo en cada punto donde él me ha tocado.
Con los dedos torpes y temblorosos, me bajo la falda del vestido y me abrazo a mí misma en mitad del silencio que vuelve a inundar la oficina.
Tengo el pulso desbocado y la piel ardiendo, pero, a medida que la adrenalina empieza a bajar, un frío amargo se me instala en el pecho.
Sé que Hugo es el hombre que me daría la estabilidad que tanto necesito, pero es Bruno quien me hace perder la razón.
Me doy cuenta de que estoy cayendo en la misma trampa otra vez.
No quiero volver a cometer el error de construir toda mi vida alrededor de alguien, ni depender de los estados de ánimo o la aprobación de un hombre para sentirme válida.
Pensaba que había aprendido la lección, pero basta una caricia de Bruno para sentir que vuelvo a estar dispuesta a perder el control de mi propia vida.
Y eso me aterra más que cualquier guerra de poder.
El destello de la pantalla de mi teléfono me saca de mis pensamientos. Parpadea sobre la mesa, justo al lado de donde hace un minuto Bruno me tenía acorralada. Lo cojo esperando encontrarme un mensaje de Sara. Sin embargo, es una notificación de Tinder.
@GatoNegro (12:42 AM): Hola, Tormenta. Perdona por haber estado desconectado estos días. He tenido un problema familiar. Espero que la semana no te esté superando y que ya tengas un montón de ideas brillantes para tu proyecto. ¿Cómo estás? Dime que al menos has podido descansar algo estas noches.
Suelto una exhalación lenta, dejándome caer en la silla mientras releo el mensaje.
Siempre tan oportuno. Sin presión, sin juegos de poder ni la intensidad abrasadora que acaba de dejar mi mundo patas arriba.
Solo la preocupación sincera de alguien que, desde la distancia, parece ser el único que se preocupa por cómo me siento de verdad.
Apoyo la cabeza en el respaldo de la silla, cierro los ojos un segundo y me dispongo a pensar qué responderle. Necesito aferrarme a esa calma antes de que la sombra de Bruno vuelva a consumirme por completo.