CAPITULO 13 #2
Nos quedamos unos segundos en un silencio incómodo, en el que solo se escucha el resoplido satisfecho de Torrija bajo la mesa.
Le observo de reojo mientras el camarero nos sirve un café con hielo para mí y otra taza para él.
Marcos está visiblemente más delgado y cansado, con unas ojeras bastante marcadas.
Se pasa una mano por el pelo, inquieto, y me mira fijamente.
—Gracias por bajar —arranca Marcos, entrelazando los dedos sobre la mesa y bajando la vista un segundo hacia Torrija, que le da un lametón solidario en el tobillo —Supongo que es lo último que te apetecía hoy.
Sara me ha contado que Carmen está peor y que la terapia ya no funciona como antes…
Lo siento mucho Lara... de verdad, lo siento en el alma.
Su voz suena tan sincera que mi escudo empieza a agrietarse por la base. Me muerdo el interior de la mejilla, sintiendo que los ojos me escuecen.
—Llegas un poco tarde para preocuparte por eso, Marcos —le espeto intentando recuperar la compostura —En Londres todo se veía más fácil desde la distancia, ¿no?
Marcos baja la cabeza, apretando los puños. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos brillan.
—Fui un egoísta, Lara. Lo sé. Un auténtico imbécil —confiesa en un susurro, mirándome sin pestañear —Me cegué con la exposición y con la idea de que mi tren pasaba una sola vez.
Estaba tan centrado en mi propia carrera que no tuve en cuenta nada más.
Te hice sentir culpable por tener que cuidar a tu tía y por pelear por tu propio espacio en la agencia.
No supe entenderte. Me equivoqué. He aprendido que quererte, no significa que pueda arrastrarte conmigo sin más.
Sé que tengo muchísimo que reparar, pero no he dejado de quererte ni un solo día.
Por favor, dame una oportunidad para demostrártelo. Solo una.
Me quedo inmóvil. Sus palabras denotan un cambio de actitud enorme que contradice al hombre que recuerdo. Pero no puedo ceder. Una voz interior me ruge con fuerza «Que ahora lo entienda no borra lo que pasó» .
Marcos suspira, estira la mano sobre la mesa y me roza los dedos con suavidad. El contacto me deja descolocada.
—Nunca me perdonaste que me fuera —suelta de repente, sacando a relucir lo que no debería —Pero tú tampoco lo intentaste por mí. Te cerraste en banda, Lara.
Le miro fijamente, frenándole antes de que intente darle la vuelta a la historia.
—Mi tía me necesitaba aquí y yo me estaba matando por un ascenso que tú infravaloraste, Marcos —le rebato con la cabeza fría y la voz cortante —No podías pretender que lo dejara todo sin más. Quererte no significaba inmolarme por ti. Mi vida también cuenta.
—Podíamos haberlo intentado, ya te dije que estaba dispuesto a venir todos los fines de semana y…
—No sigas por ahí, haz el favor —le corto poniendo una mano frente a su cara— Ya sabes perfectamente por qué no estoy dispuesta a mantener una relación a distancia. No creo que haga falta tener la misma conversación otra vez. Ya la hemos tenido muchas veces. Demasiadas, Marcos.
Él retira la mano despacio, asiente con resignación y se apoya en el respaldo de la silla.
Se me queda mirando fijamente, callado. Y en sus ojos puedo ver cómo se debate por continuar.
Finalmente, traga saliva, mete la mano en el bolsillo de su pantalón y, tras dudar un momento, saca un pequeño pendrive plateado y lo deja sobre la mesa, deslizándolo suavemente hacia mí.
Me lo quedo mirando, arrugando el entrecejo, completamente descolocada.
—¿Qué es esto? —pregunto, sin hacer amago de tocarlo.
—Sara me ha contado que andas buscando ideas para la campaña de los hoteles—admite en un susurro, midiendo sus palabras— He pensado que a lo mejor esto te podía servir.
Son las primeras campañas que diseñaste, tus ideas más gamberras…
Jamás infravaloré tu trabajo, Lara. Fui un idiota por no saber decírtelo, pero siempre he creído que tienes una mente brillante.
Creo que te puede servir para recordar la fuerza que tienes ahí dentro.
Me quedo mirando el pincho y me da un vuelco el corazón. Pero no puedo ceder.
—Lo he dejado todo, Lara —suelta en un susurro, entregándome sus últimas cartas —He cancelado el contrato y he vuelto a Madrid. Ninguna carrera vale la pena si el precio que tengo que pagar es perderte a ti y al gordo. No he pasado ni dos meses allí y...
—Para, Marcos. Por favor, para —le corto, levantando la mano.
Siento que las paredes de la cafetería se me echan encima.
El aire acondicionado ya no enfría; me ahogo.
Escuchar que ha dejado su gran oportunidad por mí no me alivia, al contrario, supone una amenaza directa a la estabilidad que tanto me ha costado construir estas semanas.
El recuerdo del dolor por la distancia, las noches de insomnio entre lágrimas y el caos actual de mi vida se mezclan en un cortocircuito insoportable.
Marcos se calla al instante, mirándome asustado por mi reacción. Bajo la mesa, Torrija nota el cambio de energía y apoya el hocico con fuerza en mi rodilla, buscando calmarme.
—Lara, yo solo quería pedirte perdón...
—Tengo que irme, se han cumplido los veinte minutos —digo, cogiendo el bolso del respaldo antes de que mi mano cometa la insensatez de coger la suya.
A Marcos se le cae el alma a los pies. La decepción y el dolor le tiñen la mirada, pero asiente despacio, demostrando una madurez y un respeto, que me duele aún más. No me presiona. No me suplica.
—Lo entiendo —murmura, estirando la mano para hacerle una última caricia a Torrija en la cabeza, que le lloriquea con pena al ver que nos separamos— Tómate el tiempo que necesites, Lara. Solo quería que supieras que he vuelto. Que estoy aquí, para lo que sea.
—Adiós, Marcos.
—Gracias por escucharme, Lara —murmura viéndome levantar.
Salgo de la cafetería casi corriendo, arrastrando a un Torrija remolón y protestón que no para de mirar hacia atrás.
Siento una sensación de asfixia brutal. Si mi vida ya era un jardín de tres pares de narices, el regreso de Marcos acaba de poner una bomba de relojería bajo el tablero.
No sé qué siento, no sé qué quiero, y lo único que tengo claro es que el suelo que piso ha dejado de ser firme.
Cuando entro en casa, tiro las llaves sobre el mueble del recibidor y me dirijo directa al salón. Me dejo caer en el sofá, encogiéndome sobre mí misma hasta hacerme una bolita, con las rodillas pegadas al pecho y abrazando un cojín con todas mis fuerzas.
Torrija no tarda ni tres segundos en saltar.
Se acomoda a lo largo de mis piernas con un suspiro dramático y apoya su cabeza peluda en mi costado, dándome un calor infernal que esta vez decido ignorar.
Le hundo los dedos en el lomo, buscando aferrarme a algo sólido, a algo que no me exija tomar decisiones que me rompan el alma.
Tengo la cabeza hecha un lío. Las palabras de Marcos me queman, su disculpa ha removido todo lo que creía enterrado. Y el recuerdo de la boca de Bruno me persigue como un fantasma. Estoy tan perdida, que el agobio me oprime las costillas y me cuesta respirar.
Saco el móvil del bolsillo, trago saliva y marco el número de Hugo. El tono suena varias veces y el corazón me da un vuelco por miedo a que no lo coja, pero al tercer timbrazo su voz inunda el silencio.
—¿Lara? —dice, y solo con escuchar su tono pausado noto cómo el alivio me inunda— Estaba a punto de escribirte. ¿Cómo estás?
Me pego el teléfono a la oreja, cerrando los ojos con fuerza.
—Mal, Hugo. Estoy fatal —confieso— Siento mucho haberte hablado así el otro día, de verdad. Siento haber sido una borde y haberte colgado el teléfono. Es que... se me está cayendo todo encima y no sé cómo gestionarlo.
Hugo se queda en silencio al otro lado de la línea. No hay reproches, ni rastro de ese «te lo dije» que cualquier otro me habría echado en cara.
—Ey, tranquila. No pasa nada, de verdad —murmura con ternura— No te preocupes. Sé la presión que tienes encima y no tienes que pedirme perdón por estar desbordada. Para eso estoy aquí.
Suelto un suspiro tembloroso, hundiéndome en el sofá mientras el tono de su voz me va relajando. Mientras me habla de una exposición que ha visitado esta mañana en el centro y me dice lo mucho que le apetece que nos veamos, me obligo a archivar todo lo demás en el rincón más oscuro de mi mente.
Me quedo en el salón escuchándole hablar durante casi una hora, acurrucada con el móvil pegado a la oreja. Me convenzo a mí misma de que su cordura es lo único que me mantendrá a flote. Que Hugo es la medicina que necesito, aunque en el fondo sepa que me la estoy tomando a la fuerza.