Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 13
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CAPITULO 13

El domingo amanece con ese sol radiante de julio que molesta antes incluso de darte la vuelta en el colchón.

Los rayos de luz se cuelan por las rendijas de la persiana, vaticinando un día estupendo para todo el mundo, menos para mí.

No me he levantado con ánimo para nada. Y mucho menos para ponerme a limpiar, que es lo que tenía pensado.

A ver, limpiar nunca me apetece, pero antes se encargaba Marcos de organizarlo y yo solo me dedicaba a ayudar un poco, dando tumbos y dejando las cosas donde me parecía en cada momento.

Ahora que me toca a mí solita, me doy cuenta del trabajo que supone.

Y Torrija no parece muy por la labor de coger la mopa.

Cuando entro en su habitación, el olor a desinfectante me revuelve el estómago.

Ella está sentada junto a la ventana, en una butaca con orejeras de sky gris.

Mira fijamente al vacío, hacia el jardín del patio interior, con esos ojos verdes que antes desprendían una energía arrolladora y que ahora parecen de cristal.

Arrastro una silla para sentarme a su lado. Hace un ruido molesto contra el suelo, pero ella ni se inmuta.

—Hola, tía… —murmuro, forzando la voz más alegre que puedo — ¿Qué tal estás hoy? ¿Cómo va la mañana?

Le cojo las manos arrugadas, finas como el papel y llenas de manchas que me criaron cuando me quedé sola.

Las mismas manos que me hacían trenzas para ir al colegio o me preparaban tostadas de mantequilla con Cola Cao para merendar.

Ahora están frías y abandonadas sobre su regazo, como si ya no le pertenecieran.

Me paso los siguientes cuarenta minutos intentando obrar un milagro.

Le hablo de Torrija y de las picias destructivas que prepara en casa.

Le cuento que en la agencia estamos diseñando una campaña para unos hoteles que me está quitando la vida, omitiendo, por supuesto, la parte de Bruno al que ni conoce ni tiene la necesidad de conocer.

Le hablo de cualquier tontería que se me ocurre con la esperanza de arrancarle una chispa de lucidez.

Pero nada. Es inútil. Mi tía sigue metida en su propio mundo inaccesible.

Me mira alguna vez de reojo, con una indiferencia que me duele más que un bofetón.

Para ella en este momento soy un mueble más de la habitación.

Una extraña que ha venido a molestar. A la hora me doy por vencida con un nudo en la garganta.

Los ojos me escuecen por el esfuerzo de retener las lágrimas delante de ella.

—Me voy ya, tía. Vendré otro día, ¿vale? —le digo, tragándome el llanto como puedo para no asustarla.

Me inclino para besarle la frente con suavidad.

Su piel huele a crema de Nivea, un olor que me devuelve de golpe a mi infancia.

Y entonces, justo cuando voy a separarme, sus dedos débiles se cierran de golpe alrededor de mi muñeca.

Sus ojos de cristal se clavan en los míos, muy fijos, muy limpios por un instante.

—Abrígate, gordi —me murmura.

El mundo se detiene. Me pongo a llorar sin control, dejando que las lágrimas me caigan por las mejillas.

Fuera, al otro lado del cristal, Madrid se ahoga a treinta y seis grados a la sombra.

Pero a ella el Alzhéimer la tiene atrapada en un invierno eterno, en un día de frío gallego de hace veinte años donde su niña salía a la calle sin chaqueta. Su vida era cuidarme.

—Sí, tía. Me abrigo ahora mismo, no te preocupes —consigo articular, besándole las manos antes de que sus dedos se vuelvan a relajar y su mirada regrese al vacío de la ventana, cerrando la persiana de su mente otra vez.

Salgo de la residencia completamente desanimada, arrastrando los pies y me subo al coche con una sensación de soledad que me acompaña durante todo el trayecto de vuelta a Madrid.

Siento que el suelo se tambalea y que, por mucha estrategia que controle en mi vida, en el fondo no tengo ni idea de cómo sostenerme sola.

Al llegar a casa, me pongo un pantalón corto y me obligo a cocinar para mantener las manos ocupadas y no hundirme en mis propios pensamientos.

Saco unas verduras de la nevera y me pongo a picar pimiento sobre la tabla de madera.

Torrija, que tiene un radar para mi estado de ánimo y, sobre todo, para cualquier cosa que caiga al suelo, se instala a mis pies en modo alfombra.

—A ver, gordo, echa para allá, que te voy a pisar —le digo, intentando esquivar sus cuarenta kilos de pelo mientras muevo la sartén al fuego.

El perro ni se inmuta. Al revés. En un alarde de empatía animal un poco distorsionada, aprovecha que me agacho a recoger un trozo de pimiento verde que se me ha caído para meterme un lametón gigantesco y baboso que va desde la barbilla hasta la oreja derecha.

—¡Pero bueno! ¡Torrija, qué asco! —protesto, apartándole el hocico mientras me limpio la cara con el hombro de la camiseta— Que estoy cocinando.

Torrija suelta un bufido de satisfacción, apoya la barbilla peluda sobre mi pie y me mira con ojos de cordero degollado que significan: «Si tú estás triste, yo también. Pero si me das un trozo de pollo, te prometo que se me pasa» .

Intento reírme, le rasco detrás de las orejas y le dejo caer un trocito de carne que devora al vuelo, pero hoy no consigue animarme.

Me dejo caer en la silla frente a la mesa del salón con el plato delante, sintiendo que @LaTormentaPerfecta hoy se ha quedado sin truenos y que la tarde se me va a hacer larguísima. Insisto en que los domingos por la noche no deberían de existir en el calendario. Son una tortura.

Mi móvil suena sobresaltándome cuando aparto el plato sin apenas haber probado bocado. Doy un respingo tan brusco que varios trozos de pollo caen al suelo. Torrija se levanta corriendo y limpia el estropicio mientras cojo el teléfono con desgana.

Marcos (15:42): Sé que me mandaste a la mierda ayer, Lara. Y lo entiendo, de verdad. Pero estoy en la cafetería de abajo, la de la esquina. Solo te pido veinte minutos. Un café rápido, sin reproches, solo para ver cómo estás. Por favor. Necesito verte. Y me encantaría ver a Torrija un momento.

Me quedo mirando la pantalla con el plato aún sujeto en la mano.

Estoy cansada de fingir que puedo con todo, de ir de soltera empoderada y de hiena despiadada que compite por un despacho.

Me siento sola y la idea de bajar a la cafetería, a un terreno conocido, con alguien que a pesar de todo me conoce muy bien, me tienta.

Miro de reojo a Torrija, que me observa desde el suelo con la cabeza ladeada como si intentara descifrar el motivo de mi parálisis.

—Si es que soy gilipollas, gordo —le susurro, pasándome una mano por la cara — No tengo remedio.

Respondo al WhatsApp antes de que la cordura regrese a mis neuronas y me prohíba cometer la mayor insensatez del verano.

Lara (15:44): Ahora bajamos.

—Gordo, vamos a la calle.

Bajamos por las escaleras casi trotando, porque esperar al ascensor supondría dar margen a que mi cordura me obligara a dar la vuelta.

En cuanto pisamos la acera, el calor nos golpea sin piedad, pero yo tengo los dedos helados dentro de los bolsillos del pantalón.

Apenas hay gente por la calle; a estas horas el barrio duerme una siesta obligatoria para sobrevivir al verano.

Cruzo la acera a paso lento, deteniéndome cada vez que Torrija se empeña en olisquear una farola y tardamos un poco más de lo que me esperaba en llegar a la esquina del bar.

Al entrar en el local, el chorro de aire acondicionado nos recibe como una bendición y el tintineo de los vasos y el olor a café me devuelven a una rutina que compartí con él durante años.

Torrija camina pegado a mi pierna, con las orejas gachas por el ruido, hasta que se frena en seco en mitad del pasillo.

Su nariz empieza a husmear el aire cargado de olores con ansia y yo miro hacia el fondo.

Marcos está sentado en una mesa junto a la ventana, de espaldas a la entrada. Lleva una camiseta negra básica y tiene los hombros caídos, concentrado en dar vueltas a una cucharilla dentro de la taza. Verle ahí desata un torbellino de recuerdos que me marea.

Antes de que me dé tiempo a reaccionar, Torrija suelta un lamento agudo, un llanto de emoción.

Da un tirón de la correa que casi me saca el hombro y sale disparado hacia la mesa, con las uñas derrapando de forma ruidosa en el suelo del bar.

Marcos se gira de golpe al oír el jaleo y apenas le da tiempo a reaccionar antes de que Torrija se le eche encima.

El perro se vuelve loco, apoya las patas delanteras en sus muslos meneando todo el cuerpo como un muelle y empieza a lamerle la barbilla con ansia, lloriqueando de alegría.

Marcos se desliza de la silla hasta ponerse de rodillas en el suelo y rodea a Torrija con los dos brazos, hundiendo la cara en su lomo dorado.

—¡Hombre, gordo! ¿Cómo estás, mi chico? —le susurra achuchándole con tanta ternura que me encoge el corazón —¿Me has echado de menos? ¿Eh? ¿Me has echado de menos?

Me acerco despacio, manteniendo la distancia.

Marcos levanta la vista hacia mí y sus ojos, de ese azul grisáceo que tan bien me conozco, se clavan en los míos.

Tiene las pestañas húmedas por la emoción y una sonrisa triste de medio lado que desarma mis defensas.

Se pone en pie apartando la silla con cierta torpeza y dándole un último toque cariñoso en el lomo a Torrija, que se tumba a sus pies jadeando de felicidad y apoyando la cabeza sobre sus zapatillas, como queriendo asegurarse de que esta vez no se va a marchar a ninguna parte.

—Hola, Lara —dice, con voz baja.

—Hola —murmuro, dejándome caer en la silla de enfrente sin darle la oportunidad de acercarse para darme dos besos. Necesito mantener la distancia si no quiero derretirme yo también, aunque Torrija ya haya dinamitado parte de mis defensas.