Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 12
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CAPITULO 12

Sé perfectamente que dije que me jubilaba de Tinder, pero el insomnio es el mejor amigo de las malas decisiones.

A las tres de la mañana, con el eco de los besos de Bruno rebotando con fuerza en las paredes de mi dormitorio y con Gato Negro en paradero desconocido, cometo el garrafal error de abrir la aplicación prohibida.

Me cuesta mucho asimilar los últimos acontecimientos con Bruno.

No sé gestionar al Bruno vulnerable y herido, estoy acostumbrada a la versión chulesca y soberbia que me desafía.

Estoy tan desesperada por silenciar mis pensamientos que le doy 'match' a lo primero que me aparece.

Grave error de principiante, lo sé. Ahora me toca apechugar con las consecuencias.

Tamborileo con los dedos contra la barra de La Resistencia mientras vigilo la entrada con un tic nervioso en el párpado. Me he puesto unos vaqueros sencillos y una camiseta blanca básica; hoy no tengo el cuerpo para el uniforme de guerra.

Nuria se acerca y me planta delante una copa de vino, mirándome con una expresión de cachondeo que ya me conozco.

—A ver, reina —apoya los codos en el mostrador—. ¿Qué ha pasado para que vuelvas a activar la tómbola de Tinder tan rápido? Pensaba que todo iba genial con Bruno…

—Necesitaba un clavo, Nuria. O un escudo, o un borrador de memoria de setenta grados, yo qué sé.

No tengo ganas de hablar ahora de ello —refunfuño, dándole un trago a la copa — El caso es que viene para acá.

Lo único que sé de él es que es sanitario, trabaja en una clínica aquí en Madrid y, milagrosamente, parece un tío normal y corriente.

Conversación fluida, respuestas lógicas y fotos estándar.

Necesito no llevarme sorpresas hoy. Un café rápido, una charla civilizada y a casa con Torrija. No pido más.

—Un sanitario... Bueno, al menos si te da un parraque, te puede reanimar aquí mismo —se mofa Nuria, guiñándome un ojo con malicia mientras se da la vuelta para atender a unas chicas al fondo —A ver si hay suerte y esta vez no hay que activar el código de rescate.

—Eso espero —murmuro, mirando el reloj de reojo. Las nueve en punto.

El tintineo de la campana de la puerta me avisa. Me enderezo en el taburete, conteniendo el aliento y forzando mi mejor sonrisa de bienvenida. Me giro despacio hacia el umbral, dispuesta a ver aparecer al sanitario resolutivo y aseado de las fotos.

Pero en cuanto el muchacho da tres pasos bajo la luz tenue del bar, se me congela la sonrisa de golpe. Joder. Madre del amor hermoso. Querido Universo, esta vez te has pasado de la raya. Si querías mandarme un mensaje, no era necesario ser tan explícito, esta te la guardo.

Las fotos de su perfil mostraban a un chico de medio lado, posando de forma artística en un parque con gafas de sol bajo la sombra de un árbol.

Debían de estar muy calculadas, porque el chico que se acerca sonriente hacia mi taburete no se corresponde para nada con ellas...

es que es un auténtico bofetón estético.

El chico es feo. Pero feo con ganas. Tiene uno ojo estrábico que sigue mirando fijamente hacia la puerta, unas orejas de soplillo desproporcionadas y una dentadura que parece haber vivido una batalla campal.

Nuria, que lo ha visto entrar a mi lado, se inclina disimuladamente sobre el mostrador, fingiendo limpiar una mancha inexistente para que él no nos oiga. Yo no sé dónde meterme.

—Lara, por favor, dime que el del ojo rebelde no es tu cita —me susurra, aguantando un espasmo de risa —¿En qué tipo de clínica has dicho que trabajaba? ¿Estética no era, verdad?

—Tía, cállate, no seas mala —le devuelvo el susurro con los ojos desorbitados, petrificada en el taburete— En las fotos con las gafas de sol prometía. Lo juro. ¡Ay, madre, que ya está aquí! Ponme el cóctel más fuerte que tengas. Lo necesito para sobrellevar la que se me viene encima.

—No soy mala. Pero ese ojo está en un huso horario diferente al nuestro. Debe de pertenecer al de Canarias.

Nuria me guiña un ojo con malicia mientras el sanitario avanza hacia mí con paso decidido. Agarra la coctelera de metal y empieza a prepararme un chute de anestesia etílica justo cuando el muchacho frena en seco frente a mí.

—¿Lara? —pregunta el chico, con una gran sonrisa. Su ojo izquierdo se clava en mi nariz, mientras el derecho parece estar comprobando que haya suficiente ron en la estantería del fondo.

—¡Hola! Sí, la misma, qué tal —fuerzo un tono casual, apretando las manos en el regazo.

—Encantado, soy Fermín —se presenta, dándome lo dos besos reglamentarios que me huelen ligeramente a jabón desinfectante y a chicle de menta.

Nuria me desliza un vaso corto de cristal con el «Último deseo», el cóctel número diez de la carta.

Me ha puesto el de absenta. Le pego un trago generoso que me quema el esófago al bajar, pero que me devuelve la valentía en un momento.

Fermín se pide una tónica con limón y nos sentamos en una de las mesas bajas.

Tengo que reconocerle el mérito, porque la conversación empieza siendo aparentemente normal y educada.

Me pregunta por el tráfico, por Chamberí y me cuenta que trabaja en una clínica privada de bienestar en La Moraleja, rodeado de ricos excéntricos que no saben en qué gastar el dinero.

Habla bien, es simpático, tiene sentido del humor y si consigues obviar el detalle de que parece estar mirando al infinito y a ti al mismo tiempo, es una charla de lo más agradable.

Me relajo pensando que al menos es un buenazo sin doble fondo.

Grave error por mi parte.

—Es que ni te lo imaginas, Lara. Vivir rodeado de tanta energía colapsada pasa factura —me cuenta mientras se recoloca en la silla —Vienen famosos con crisis de ansiedad y empresarios desquiciados que pagan mil euros la noche solo para que les quitemos el móvil.

Yo canalizo su angustia existencial a través de los canales reflejos de los pies. Es mi vocación.

—Ya, debe de ser duro —murmuro por cortesía, rezando para que el alcohol haga efecto rápido.

—Mucho. Pero tengo un don para leer el cuerpo. De hecho… —Fermín se inclina hacia delante en el silla, clava su ojo rebelde en mí con una intensidad que me incomoda y, antes de que pueda procesarlo, se desliza hacia el suelo del bar.

—¿Qué coño haces? —pregunto, abriendo los ojos como platos.

Fermín se ha arrodillado frente a mí. Sin pedir permiso, desabrocha la hebilla de mi sandalia derecha y me la quita de un tirón, dejándome el pie descalzo.

—¡Vas a ver qué bien te quedas! —promete desde el suelo, entusiasmado.

—¡Oye, Fermín, para, que estamos en un bar! —siseo muerta de vergüenza, mirando de reojo a Nuria que se ha quedado petrificada con una bayeta en la mano y la boca abierta.

—Tranquila, fluye. Soy un profesional —dice él, totalmente ajeno al ridículo espantoso que estamos protagonizando y poniéndome el pie encima de su rodilla—La reflexología podal es una ciencia milenaria.

Mira, este punto de aquí, justo en la línea interna del arco del pie…

—Empieza a hincar el pulgar con una fuerza descomunal en mitad de mi planta —Esto conecta directamente con el sistema nervioso central y el hígado.

Tienes un tapón emocional de tres pares de narices, Lara.

Noto la resistencia. Inspira y expira, venga.

—¡Fermín, por favor, de verdad, que no...! —intento protestar, tirando de mi pierna hacia atrás con disimulo —si con el cóctel este ya se me quitan todos los males…

Es inútil. En un movimiento rápido y certero, me sujeta el empeine y clava el pulgar directamente en la yema de mi dedo gordo.

—¡Ay! —se me escapa un chillido agudo.

Una pareja que se está tomando unas cañas en la mesa de la esquina se gira de golpe a mirarnos con cara de alucine.

Siento una vergüenza horrible, espantosa, de la que te quema las orejas y te dan ganas de pedir un cambio de identidad en la comisaría más cercana.

Estoy en mitad de mi bar de confianza, descalza de un pie, con un sanitario estrábico arrodillado ante mí manoseándome el dedo gordo en público mientras murmura cosas sobre el hígado y la energía cósmica.

Intento zafarme de su agarre haciendo fuerza con el muslo hacia atrás para no parecer una maleducada, pero el tío tiene los dedos como garras.

—Fermín, en serio, suéltame que la gente nos está mirando —siseo entre dientes, con la cara roja como un tomate y las mejillas ardiendo —Que me da mucha vergüenza, de verdad. Deja mi hígado en paz.

—¡No te resistas, Lara! El dolor que sientes es porque el canal del bazo está completamente congestionado —me suelta tan pancho mientras empieza a trazar círculos concéntricos con el pulgar —Respira hondo. Deja que fluya. Si te duele es que está funcionando.

Miro hacia la barra buscando desesperadamente una ruta de escape.

Nuria está apoyada contra el grifo de cerveza, con la boca tapada con las dos manos y los hombros agitándose por la risa.

Como no puedo levantarme para activar el código de rescate porque tengo al reflexólogo amarrado a mi pie como una lapa, le dedico a Nuria una mirada asesina que promete venganza eterna y cojo mi teléfono para escribirle.

Lara (21:22): Deja de reírte de mi desgracia, lagarta y sácame de aquí que no aguanto más a este orco.

Nuria nota la vibración en su bolsillo, saca el móvil por debajo de la barra sin dejar de disimular y tarda unos segundos en contestarme.

Nuria (21:23): Ese no es el código. Un poco de seriedad con las normas.

Lara (21:23): Déjate de chorradas y haz algo de una vez, que me está destrozando la planta del pie.

Nuria (21:24): Pero mujer, encima que se preocupa por ti… Menudo masaje te está dando gratis. Y tampoco es tan feo… Mírale de lado.

Lara (21:24): Nuria, no me jodas.

Levanto la vista del teléfono y la miro fijamente a través de la distancia que nos separa.

La muy cabrona me guiña un ojo desde la barra, pero debe captar por la vibración de mis pupilas que estoy a medio segundo de estamparle el vaso de absenta en el flequillo a Fermín, porque decide que ya se ha divertido bastante a mi costa.

Deja el móvil sobre la balda, la bayeta sobre el mostrador y activa el protocolo de rescate.

Fermín sigue ahí abajo arrodillado, hincando el pulgar con una saña que me está haciendo ver a la mismísima Virgen de la Almudena.

Intento disimular como puedo el lagrimón que me recorre la mejilla mientras observo como Nuria sale de detrás de la barra con paso firme y se planta junto a nuestra mesa.

En lugar de gritarle o decirle algo para que me suelte, adopta una expresión de pánico fingido, llevándose las manos a la cabeza y mirando a Fermín con los ojos abiertos como platos.

—¡Menos mal! ¡Un sanitario! ¡Gracias a Dios! —exclama Nuria a voz en grito, haciendo que la pareja de la esquina se gire de nuevo a mirarnos de forma inevitable.

Fermín se queda petrificado en el suelo, soltándome el dedo gordo de golpe. Su ojo rebelde da una vuelta completa antes de fijarse en Nuria.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —pregunta él, descolocado.

—¡Que hay una emergencia en el callejón! —Nuria le agarra del brazo con fuerza y le da un tirón hacia arriba que casi le disloca el hombro, obligándole a levantarse —¡Es Jacinto, el de la cerveza! Le ha dado un síncope por culpa de la ola de calor y se ha desmayado. ¡Tienes que hacer algo!

A Fermín se le descompone el semblante de golpe.

—A ver, soy sanitario, sí pero... —titubea, poniéndose nervioso por momentos.

—¡No hay tiempo, Fermín! ¡Que se nos va! ¡Camina! —le urge Nuria, empujándole literalmente por el pasillo hacia la puerta que da al callejón trasero —Lara, quédate aquí vigilándome el bar. ¡Fermín, por aquí, rápido!

Veo desaparecer a Fermín por el pasillo de servicio con cara de pánico, empujado por una Nuria implacable que me guiña un ojo por encima del hombro antes de cerrar la puerta con un portazo. Salvada por la campana.

Me calzo la sandalia a toda velocidad, abrochándome la hebilla a medias, recojo el bolso y me pongo en pie. Unos segundos después, la puerta se vuelve a abrir y Nuria asoma la cabeza con una sonrisa de victoria.

—Se ha ido corriendo hacia la esquina para buscar a Jacinto, que lógicamente ha desaparecido —susurra sonriendo— ¡Corre, Forrest, corre! ¡Vete antes de que vuelva a por el otro pie!

—¡Eres mi heroína! —le devuelvo el susurro, lanzándole un beso al aire con la mano.

Salgo de La Resistencia prácticamente corriendo, empujando la puerta del bar justo cuando el estribillo de El Último de la Fila atrona de fondo.

Salgo al asfalto recalentado y no paro de andar a paso ligero hasta que cruzo dos manzanas, consciente de que acabo de protagonizar la huida más patética de mi historia en Tinder.

Al llegar por fin a mi portal, saco el móvil del bolso para mandar un mensaje a Nuria.

Lara (22:15): Te juro por lo que más quiero en este mundo, que es Torrija, que no vuelvo a abrir esa aplicación en mi puñetera vida.

Se acabó. Te juro que no le vuelvo a dar match a nadie.

Me da exactamente igual que se me presente un Chris Hemsworth, que tenga tres carreras, que adore a los Golden Retriever y que sea lo mejor que le ha pasado a este mundo.

Paso. Prefiero quedarme soltera para los restos, antes que volver a arriesgarme a que un desconocido me toquetee los pies en público.

Subo los tres pisos con el dedo gordo del pie todavía palpitándome por el masaje de Fermín pero con el pulso un poco más asentado. Al entrar en casa, Torrija me hace el placaje habitual y me llena de besos. Al menos hay alguien que me quiere bien.

Tengo claro que he cerrado la puerta de las citas para siempre y que, a partir de mañana, solo hay una meta en mi vida: la cuenta de los hoteles.

Cierro los ojos en la cama dispuesta a dormir las próximas diez horas seguidas, sin sospechar que el Universo ya se está riendo de mi juramento y que el lunes se encargará de recordarme que mis defensas no sirven de nada cuando trabajo junto a mi mayor debilidad.