CAPITULO 11
Ya es viernes, pero la semana se me ha hecho eterna. Estoy aburrida de ver fotos de complejos hoteleros en busca de una inspiración que se niega a aparecer. Necesito salir del despacho y despejarme antes de liarme a cabezazos contra la pantalla.
Me escapo a la sala de descanso arrastrando los pies en busca de un café urgente.
Por suerte, está vacía. Me apoyo de espaldas contra la encimera de melamina gris, esperando con los brazos cruzados a que la cafetera termine de escupir mi café en un vaso de plástico.
Sé que es malísimo por no sé qué historias de unas toxinas, pero es lo que hay.
Encima el café de aquí es horrible, sabe a quemado, pero no tengo tiempo de bajar a hacer la cola kilométrica de la cafetería.
Estoy rebuscando un sobre de azúcar en los armarios, cuando la puerta se abre y una sombra alargada se cuela en la estancia.
No me hace falta girarme para saber de quién se trata. El olor de su perfume llega antes de que sus zapatos se detengan a mi lado.
Bruno, que entra con una taza de porcelana blanca en la mano para prepararse su café, aprovecha la espera para apoyarse en el mueble a escasos centímetros de mí, invadiendo mi espacio vital de una forma descarada.
Su hombro casi roza el mío. Siento el calor que emana su cuerpo atravesándome la tela del vestido y, al instante, se me acelera el pulso.
—Vaya, vaya… —murmura, escaneándome con esos ojos oscuros que me atraviesan —No me digas que los hoteles te están quitando el sueño. Tienes cara de haber pasado una noche complicada.
Me enderezo como un resorte, apretando el vaso de plástico para disimular el temblor de mis dedos.
—A mí no me quita el sueño nada, Bruno. Y menos una campaña —le espeto con frialdad, sosteniéndole la mirada a escasos centímetros —Pero claro, es normal que tú vayas de sobrado después de colgarte las medallas de los demás.
Esperaba una réplica, una burla o una risita autosuficiente. Pero Bruno no salta. Exhala un suspiro, deja su taza sobre la encimera con un chasquido sordo y se cruza de brazos, ladeando la cabeza con una seriedad que me descuadra.
—Mira, Lara, de verdad… Deja de tratarme como a un capullo sin escrúpulos —dice, bajando la voz — El otro día pasé por tu despacho para explicártelo, pero casi me muerdes. ¿Quieres saber qué pasó o vas a seguir usándolo de excusa para odiarme?
Me quedo inmóvil, con el sobre de azúcar a medio abrir.
—Ilumíname. Soy todo oídos.
—En la reunión de lluvia de ideas del otro día, esa a la que decidiste no ir, el diseñador júnior de tu equipo soltó una frase: «Hay que romper de raíz el esnobismo del vino, tenemos que ir a por el concepto de la primera copa en el suelo de un piso de alquiler» Lo soltó al aire, sin nombrarte —Bruno da un paso más hacia mí y la distancia entre nosotros se reduce a un suspiro — Ví que el concepto era brutal, Lara.
Lo estructuré, lo conecté con el insight de las etiquetas interactivas en el que yo ya llevaba semanas trabajando para otra cuenta y monté la campaña.
Me limité a hacer mi trabajo. No tenía ni puñetera idea de que el concepto fuera tuyo hasta que te pusiste hecha una fiera.
Puedes preguntarle a cualquiera que estuviera allí.
Yo no te he robado nada, Lara. Al menos no a propósito.
Sus palabras me descolocan por completo. No fue una jugada para hundirme. Perdí mi oportunidad por culpa de un becario bocazas. Me jode admitirlo, pero le creo. Bruno puede ser un arrogante y un chulo, pero no un mentiroso. Le sobra valor para dar la cara.
Me dirijo hacia la nevera con la excusa de coger la leche para poner distancia, antes de que mi cuerpo termine de ceder a su cercanía.
—Vale. Pongamos que te creo —murmuro, entornando los ojos mientras me giro de nuevo hacia él —Pero eso no justifica tu obsesión por pisarme en cada proyecto.
Trabajas como si te fuera la vida en demostrar que eres infalible.
Si estamos metidos en esta guerra es porque eres incapaz de trabajar en equipo, vas por libre, Bruno.
La sombra que cruza sus ojos y la tensión repentina de su mandíbula me indican que le acabo de tocar una fibra sensible.
Bruno no responde de inmediato, desvía la mirada hacia la ventana, apretando los dientes con tanta fuerza que se le marca el relieve de la mandíbula.
Da un paso lento hacia mí. Esta vez sin chulería.
Pero hay algo oscuro flotando en sus pupilas.
—Hace dos años, en mi anterior agencia, yo no era quien hacía las presentaciones ni se llevaba los méritos.
Era el genio en la sombra. El imbécil que se pasaba catorce horas diarias diseñando estrategias.
Trabajaba con otra persona... alguien en quien confiaba ciegamente, dentro y fuera de la oficina —Bruno aprieta los dientes con fuerza —Una noche, a tres días de una entrega crucial, esa persona cogió todo nuestro proyecto, todo el esfuerzo de meses y se lo vendió a la competencia.
Se llevó el mérito, se llevó el contrato y a mí me dejaron en la calle, con una mano delante y otra detrás.
Me quedo helada, incapaz de articular palabra. El vaso de plástico empieza a aplastarse despacio entre mis dedos.
—Ese día me prometí que nunca más volvería a dejar mi futuro en manos de nadie —continúa Bruno, dando un paso al frente hasta inclinarse sobre mí —Por eso lo superviso todo, Lara.
Por eso no delego, por eso analizo cada métrica, porque si no controlo yo el timón, sé que el barco termina hundiéndose.
Por eso mismo yo jamás te robaría nada adrede.
Y tú... tú me descolocas por completo. Eres brillante, tu instinto creativo es brutal y una parte de mí me dice que puedo confiar en ti, pero otra me recuerda a diario que si lo hago, puedes destruirme.
No sé por qué, pero me acuerdo de mi ex. Marcos también tenía esa necesidad de controlarlo todo, de cuidar de mí a su manera, camuflando con manías el miedo a perder el control. Qué curioso. Dos hombres aparentemente tan distintos, pero con la misma cicatriz.
Miro a Bruno fijamente. Estamos tan cerca que escucho el ritmo acelerado de su respiración y noto el olor a Oud Wood mezclándose con el del café.
—No te voy a destruir, Bruno —murmuro, perdiendo por completo la coraza que llevo semanas ensayando.
Él no responde, fija sus ojos oscuros en los míos y veo cómo la última barrera de su autocontrol se pulveriza. Elimina el escaso espacio que nos separa y me inmoviliza contra el mueble.
Su mano libre sube por mi cuello, colándose bajo mi pelo con los dedos abiertos para sujetarme la nuca y obligarme a inclinar la cabeza.
Noto el frío helado del acero de su reloj rozándome la piel caliente de la mandíbula y antes de que sus labios choquen contra los míos, exhala un suspiro de rendición.
Y me besa.
Y joder, cómo me besa. No es un roce tierno, es un choque salvaje y hambriento, que dispara una corriente eléctrica hasta mi vientre.
Sus labios firmes se estrellan contra los míos con una urgencia brutal que me obliga a aferrarme a sus hombros.
Me muerde el labio inferior, con una presión deliciosa, tirando de él antes de devorarme por completo, provocando que un gemido se escape de mi garganta y muera atrapado en su boca.
El vaso de café se me escurre de las manos, cayendo al suelo con un golpe sordo que ni siquiera escucho.
Agarro las solapas de su camisa arrugando la tela fina entre mis dedos y me pego a su cuerpo con desesperación.
Bruno reacciona con un gruñido ronco que vibra en su pecho y presiona su cadera contra la mía, encajonándome hasta sentir sus muslos entre los míos.
Su otra mano baja por la tela de mi vestido, deteniéndose en mi cintura para pegarme aún más a él.
Estamos tan encajados que siento los latidos desbocados de su corazón retumbando contra mi pecho. La sala de descanso desaparece. El teléfono que suena al fondo, los proyectos, la competición, las dudas… todo se disuelve en un borrón eléctrico.
Su lengua busca la mía saboreando el gusto amargo del café, transformándolo en un veneno adictivo del que sé que no voy a poder escapar.
Paso las manos por sus hombros anchos, subiendo hasta enredar los dedos en la parte baja de su pelo, tirando de él hacia abajo para que no se atreva a separarse ni un milímetro.
La piel de la nuca me arde y una corriente caliente me recorre la parte interna de los muslos.
Cuando por fin se aparta, no se aleja. Desliza sus labios húmedos por la comisura de mi boca, trazando una línea de besos cortos que descienden por mi mandíbula hasta detenerse en la piel sensible bajo mi oreja. Me muerde con suavidad, haciéndome soltar un jadeo ahogado que choca contra su cuello.
Se queda completamente quieto, apoyando la frente contra mi piel, respirando a trompicones mientras intenta desesperadamente recuperar el control.
Despacio, Bruno se yergue, desliza la yema de su pulgar por mi labio inferior.
Me mira a los ojos con las pupilas dilatadas y veo que no hay ni rastro de Don Creído en su mirada.
Solo queda un hombre que acaba de saltar de su propio barco para arder conmigo.
Me sostiene la nuca un segundo más, con los ojos dilatados y el pecho moviéndose a un ritmo desbocado, pero ninguno dice nada.
Bruno suelta mi pelo despacio, dejando que sus dedos rocen la piel de mi cuello en una caricia lenta que me pone la piel de gallina, antes de dar un paso atrás. Se pasa una mano por el pelo desordenado, intenta recomponerse y me dedica una última mirada.
Sin decir una sola palabra, coge su taza de porcelana con los dedos temblorosos y camina hacia la salida a paso lento, cerrando la puerta tras él con un chasquido seco.
Me quedo apoyada contra la encimera, hiperventilando, temblando y con el sabor de su boca grabado a fuego en la mía.
Bajo la vista hacia el charco de café derramado a mis pies.
Joder. La guerra por el puesto de supervisor acaba de saltar por los aires de la forma más literal posible… y mi piel sigue reclamándole a él.