CAPITULO 10 #2
—A nosotros nos gusta dejar —arranca el de la derecha apoyando los codos en la barra.
—… que nos sorprendan —remata el de la izquierda, guiñándonos un ojo.
Por Dios. No es que compartan gustos o que vistan parecido; es que funcionan con tanta sincronía que da repelús.
Durante los siguientes cuarenta minutos, la cita se transforma en un show.
Hablar con ellos es como intentar jugar al ping-pon con dos pelotas a la vez.
Cuando yo hago una pregunta, uno empieza la frase y el otro la remata sin pestañear, manteniendo un tono de voz idéntico y girando la cabeza hacia mí con un ángulo de noventa grados.
Qué mal rollo de verdad. Parece que han salido de una película de terror.
De fondo empieza a sonar The Logical Song de Supertramp, acompañando con su ritmo cómico el baile perfectamente ensayado de estos dos lunáticos.
—Nosotros somos muy —dice Álex mirándome.
—… de exprimir la noche —sigue Javi.
—Porque el rock —vuelve Álex...
—… se lleva en la sangre —concluye Javi.
A la tercera ronda de cócteles, yo ya tengo un tic en el párpado izquierdo.
Miro a Nuria desesperada, buscando su mirada para que capte la indirecta y active el código de rescate antes de que me dé un parraque, pero mi amiga está demasiado ocupada haciéndoles un montón de preguntas seguidas para ver si en alguna se pisan el turno y fallan. La madre que la parió.
A las doce de la noche el alcohol ya ha hecho mella y los gemelos se inclinan hacia mí sobre la barra, acortando distancias de forma peligrosa. El magnetismo físico sigue ahí —porque los tíos están buenos hasta decir basta—, pero mi cerebro ya está al borde del colapso.
Javi me mira fijamente a los ojos. Álex me coge suavemente de la muñeca.
—Lara, nos pareces una tía —empieza Javi con tono meloso.
—… espectacular e inteligente —sigue Álex, acariciándome el dorso de la mano.
Qué manera de joder un piropo. Siento un sudor frío viendo lo que se avecina.
—Y como somos dos tíos —continúa Javi, bajando la voz hasta que es un susurro.
—… libres y sin prejuicios —añade Álex, acercándose a mi oído—, nos encantaría que vinieras a nuestro piso a hacer un trío esta noche.
¡Adiós! Esa sí que no la he visto venir.
El aire se me congela en los pulmones. Es una fantasía erótica de manual, servida en bandeja de plata por dos tíos que parecen esculpidos por Miguel Ángel.
Me tiemblan hasta las pestañas del sofocón.
Pero justo cuando mi cuerpo está a punto de gritar un «sí» rotundo, mi retorcida mente reacciona y visualiza la escena: «¿Y cómo coño lo hacemos?
¿Uno me besa y el otro hace los coros? ¿Van a coordinar los gemidos?
» . El absurdo de la situación hace que toda la tensión sexual acumulada se transforme en un ataque de risa que me cuesta mucho disimular.
Me giro rápidamente hacia la derecha y empiezo a toser como una posesa, sin poder contener las lágrimas.
Pero oye, el numerito de la bronquitis me queda de lo más disimulado y se lo tragan.
Nuria, que ha oído la proposición desde el otro lado de la barra, observa mi reacción y decide intervenir.
—Oye, perdonad que interrumpa —suelta mi querida amiga, con una sonrisa lasciva de lo más convincente mientras se pasa lentamente la punta de la lengua por los labios— Pero si queréis tema con ella, nosotras vamos en pack.
¿Por qué no os animáis a un cuarteto y así salimos todos ganando?
Os aseguro que va a ser una auténtica pasada…
¡¿Pero qué coño dice esta loca?! Los gemelos se quedan helados. Se miran descolocados y mudos, procesando la contraoferta de Nuria. El cortocircuito que sufren hace que la sincronía se vaya a tomar por saco y los dos empiezan a balbucear a la vez, incapaces de coordinar quién empieza la frase.
—Es que nosotros… en principio—dice Álex, tropezando con las palabras.
—… nosotros no teníamos —sigue Javi, perdiendo la chulería.
—… un cuarteto no… —termina Álex, abrumado.
—¡Ay, qué pena! —exclamo con lástima fingida aprovechando que ahora han perdido la seguridad — Otra vez será. Nuria, cóbrame las copas de los chicos, que se está haciendo tarde.
Ahora los que no la han visto venir han sido ellos.
Los gemelos se bajan de los taburetes visiblemente afectados y con el orgullo herido.
Se despiden con un tímido «adiós» al unísono y salen a la calle a toda prisa, abrochándose las chaquetas como si estuvieran huyendo de una redada.
Mientras la puerta se cierra, los altavoces de La Resistencia arrancan con guasa a todo volumen con Runaway de Bon Jovi.
Nuria y yo nos desplomamos sobre la barra, estallando en un ataque de risa histérica que hace que se nos salten las lágrimas y nos duela el estómago.
—¡La madre que te parió! ¡Casi les da algo! —le grito, secándome los ojos con los dedos.
—Había que sacarte de ahí antes de que te diera un síncope, que no te he visto muy dispuesta —se mofa ella, sirviéndome un chupito — Pero reconoce que se te han volatilizado las bragas otra vez.
Me tomo el chupito de un trago, sintiendo el calor quemarme la garganta mientras el eco de la chulería de Bruno y los mensajes de Gato Negro vuelven a pelearse por el espacio en mi cabeza.
—No te lo voy a negar —murmuro, dejando el vaso vacío con un golpe seco —Pero la próxima cita de Tinder la va a tener tu abuela. Yo me jubilo.