CAPITULO 10
Han pasado dos semanas en las que Madrid se ha convertido en el mismísimo infierno.
El asfalto recalentado de Malasaña suelta un vaho insoportable que te derrite las suelas de los zapatos y te fríe las pocas neuronas que te quedan al salir de trabajar.
Han sido dos semanas en las que he vivido metida en un bucle a tres frentes que me va a costar la salud mental antes de que acabe el verano.
En la agencia, la guerra con Bruno ha alcanzado niveles de thriller.
Nos cruzamos por los pasillos con la barbilla alta, retándonos con la mirada, lanzándonos puyas sutiles y dardos envenenados no tan sutiles, que camuflan a duras penas la tensión sexual acumulada desde la presentación de las bodegas.
El café que me trajo se convirtió en una pequeña tregua, pero ninguno de los dos piensa ceder terreno de aquí a finales de agosto.
Por otro lado, el perfecto Hugo sigue ahí, orbitando a mi alrededor con su encanto de chico maravilloso y estable, enviándome mensajes de buenas noches e intentando quedar conmigo más allá de alguna caña esporádica.
Y en la recámara de mi almohada, parpadeando en la penumbra de mis noches de insomnio, los chats con @GatoNegro se han vuelto una adicción que me da miedo admitir.
Hasta Marcos se presentó en casa de Sara el otro día por sorpresa… Por más que le doy plantón el sigue intentándolo. Yo no habría tenido tanta paciencia la verdad. En el fondo empieza a darme pena. Pero muy en el fondo, que aún sigo dolida.
Así que aquí estoy, un viernes por la tarde a las ocho, buscando mi dosis de oxígeno y cordura en la barra de La Resistencia.
Me he puesto un vestido playero de lino blanco que ya se me está pegando de forma incómoda a la espalda por culpa del bochorno y llevo el pelo recogido en un moño alto deshecho con un par de horquillas que hacen lo que pueden.
Nuria está al otro lado de la barra, trajinando con los vasos y las botellas como siempre.
Llevamos media hora debatiendo ideas absurdas para mi proyecto, con la esperanza de encontrar un concepto original que aplaste a Bruno, pero la vibración de mi teléfono sobre la barra nos interrumpe.
Al levantarlo, veo el logotipo caprichoso de Tinder.
—¡No me jodas! —suelto un bufido de frustración, dándole un manotazo al aire— ¿Otra vez? Si es que no gano para disgustos con la aplicación de las narices. Todavía me duele el sablazo que me metieron por culpa del Boquerón prófugo.
Nuria deja de colocar las copas y se acerca a cotillear.
—A ver, ¿Qué te ha tocado hoy? ¿Un poeta maldito que quiere arrastrarte a leer versos de Bécquer en el Retiro o un flipado que busca hacerte una limpieza de aura con piedras lunares en un callejón oscuro?
—Peor. Bueno, o mejor, ya no sé —desbloqueo la pantalla con el pulgar y abro la notificación— ¿Te acuerdas de los gemelos indies que te comenté el otro día? Los que tenían la foto en el backstage de un concierto y decían que buscaban emociones fuertes?
—¿Los gemelos buenorros? —Nuria se abalanza sobre el mostrador y me quita el móvil de las manos — A ver, a ver, déjame ver si es para tanto como decías…
Se queda mirando la pantalla en silencio. Las cejas se le disparan hacia el flequillo en menos de un segundo y suelta un silbido de admiración.
—Madre de Dios, Lara... —suelta en un susurro dramático — ¡Pero si están para ponerles un piso en la Gran Vía a cada uno!
Qué barbaridad. Mira esos pómulos, por favor.
Y ese pelo revuelto de «me acabo de levantar pero tengo tres millones en el banco»…
Joder, estos dos en una sola noche te ahorran el gimnasio de todo el año.
—Ya, si guapos son, para qué nos vamos a engañar —me río recuperando el control del teléfono antes de que a su mente retorcida le dé por responder cualquier burrada —Se llaman Álex y Javi.
Pero es que vienen en pack, Nuria. Son dos.
¿Qué se supone que tengo que hacer yo con dos tíos a la vez?
Espera, mejor no respondas. Lo mismo me intentan meter en una secta de esas que te lavan el cerebro.
Ya es de las pocas cosas que me faltan por tachar en la lista de tarados. Paso, quita, quita, mejor los elimino.
—¡Ni se te ocurra! Menudo sacrilegio —me frena agarrándome muñeca — Aquí no se borra a nadie con ese porcentaje de masa muscular. Tú aceptas esa cita, aunque solo sea para que yo compruebe si el envoltorio se corresponde con la realidad. Hazlo por mí, anda…
Miro alternativamente la cara suplicante de mi amiga y la pantalla, debatiéndome entre hacer caso por una vez al sentido común —que me grita que me vaya a mi casa a ponerme el pijama— y las ganas de dejarme llevar por el momento.
Al final, el cachondeo que se trae Nuria y las burradas que está soltando por la boca ganan la partida.
—Vale, venga —abro el chat con una sonrisita maliciosa— Pero con una condición, la cita va a ser aquí. No me vuelvo a arriesgar a pagar cócteles a precio de sangre de unicornio.
—¡Sí, sí, perfecto! —Nuria da palmaditas entusiastas como una foca del zoo frente a un cubo de pescado — Diles que se vengan para acá ya mismo.
— ¿Ahora? ¿Así a bocajarro?
—¿Y a qué vas a esperar? ¿A que pasen a otra?
—Nuria es viernes, seguro que ya tienen planes y…
—¿Ya te estás rajando? ¡Pregúntales!—Insiste, empujándome el brazo hasta pegarme el teléfono casi a la nariz.
—Vale, vale… no hace falta que te pongas así…
@LaTormentaPerfecta: Vaya, vaya... Doble ración de rock and roll … Menudo premio. Da la casualidad de que estoy tomando unas cañas con una amiga en Malasaña. Si queréis demostrar que la biografía no os la ha escrito la IA, os esperamos en La Resistencia. ¿Os gustan los cócteles?
Dejo el móvil sobre la barra, convencida de que el farol los va a echar para atrás. Ningún tío acepta una encerrona improvisada un viernes por la noche en un bar que ni conocen. Las tías de su nivel tienen listas de espera más largas que la Seguridad Social.
Pasan varios minutos en los que Nuria y yo nos quedamos mirando fijamente el teléfono, sin parpadear, como si estuviéramos esperando el gordo de la Navidad. De repente, el aparato vibra desplazándose unos centímetros por la barra.
@Alex_Javi_Gemelos: Nos encantan los retos, Tormenta. Y más si hay alcohol de por medio. Casualmente acabamos de salir de una prueba de sonido cerca de Tribunal y nos pilla genial. En media hora nos tenéis allí, pásanos la ubicación. Estamos deseando ver de lo que eres capaz.
Miro a Nuria con los ojos como platos y la mandíbula rozando el suelo. ¡Otro! Pero qué les ha dado a todos con la frasecita…
—¡La madre que los parió, Nuria! ¡Que vienen para acá!
Nuria suelta un grito agudo de autentica groupie y corre hacia el baño, recogiéndose el pelo en una coleta por el camino.
—¿Pero a dónde vas? ¡No me dejes sola! —le grito hiperventilando.
—¡A pintarme el morro! —me devuelve el eco por el pasillo — ¡Vigílame la barra que ahora vuelvo y preparo un cóctel! ¡La noche promete, Larita!
Yo no sé si promete, o va a ser un desastre más, pero todavía no han cruzado la puerta y ya me estoy arrepintiendo…
Nuria vuelve cinco minutos después con los labios pintados de rojo pasión y oliendo intensamente a Good Girl de Carolina Herrera . Se apoya en la barra a mi lado, frotándose las manos.
—¿Cuánto les queda para llegar? —pregunta, mirando la puerta como si esperara al repartidor de Amazon.
—Según la ubicación compartida, estaban a tres calles. O sea, que no tardarán en...
No me da tiempo a terminar la frase. La puerta de la entrada se abre de golpe y la luz de la calle recorta dos siluetas imponentes bajo el marco.
Madre mía de mi vida. Miden fácilmente un metro noventa, llevan chaquetas de cuero desgastadas sobre unas camisetas blancas básicas ajustadas a sus pechos anchos y ese peinado perfectamente despeinado que requiere media hora de cera frente al espejo.
Tienen los mismos ojos claros que nos miran con chulería.
Siento las uñas de Nuria clavarse con fuerza en mi antebrazo. Se ha quedado petrificada, ojiplática y con la boca medio abierta. Baja la mirada un segundo hacia sus propias piernas y luego me mira de reojo, sonriendo con malicia.
—Se acaban de volatilizar mis bragas, Lara... —murmura sin apartar la vista de los gemelos que avanzan hacia nosotras —Te lo juro. Han hecho chof y han desaparecido.
—Nuria… compórtate— le recrimino entre dientes sin mover apenas los labios, rogándole al cielo que no suelte ninguna de sus burradas delante de ellos.
—¿Qué? ¿Pero tú les estás viendo?
Tengo que morderme el interior del labio para no soltar una carcajada en la cara de los dos adonis que ya nos sonríen con una suficiencia que me resulta familiar.
—Buenas noches, chicas —suelta el de la izquierda, con una voz tan grave que me vibra hasta en el lóbulo de la oreja— La Tormenta Perfecta, supongo, ¿no?
De fondo empieza a sonar Insurrección de El Último de la Fila y el ritmo de la batería parece acompasarse con los tambores de mi pecho.
Los gemelos avanzan hacia la barra al unísono, marcando el mismo paso.
Al pasar a nuestro lado, se giran para colgar las chaquetas y no puedo evitar fijarme en lo bien que le sientan los vaqueros oscuros a Álex —o a Javi, vete tú a saber cuál de los dos es—, ajustándose a su culo perfecto como una segunda piel.
Nuria me da un codazo poco sutil para mi gusto.
«Qué culazo» , leo perfectamente en el movimiento de sus labios.
Se sientan y nos sonríen a la vez, exhibiendo la misma hilera de dientes perfectos y blancos. Pero es en ese instante, donde el milagro genético empieza a torcerse para convertirse en un capítulo de Cuarto Milenio .
—Bueno, chicas, qué ilusión —dice el de la izquierda sonriendo.
—… haber podido conoceros —termina el de la derecha con el mismo tono.
Nuria y yo parpadeamos un par de veces flipando con la sincronía.
—¿Os apetece un cóctel? —pregunta Nuria, carraspeando para disimular una carcajada.