CAPITULO 9
Odio los lunes. Con todas las células de mi cuerpo y con cada parte de mi ser.
Aunque siendo sincera, los domingos por la noche tampoco es que me apasionen.
Te pasas toda la tarde con ansiedad, viendo pasar los minutos con impotencia y pensando con un nudo en el estómago, que al día siguiente te toca, quieras o no, volver a enfrentarte a la realidad.
Y para mí, el lunes significa tener que encontrarme a Bruno y el proyecto de los hoteles costeros, del que todavía no he avanzado nada porque mi creatividad debe estar en huelga y no se me ocurre ni una sola idea medianamente decente.
Vamos, el panorama ideal para madrugar con una sonrisa.
Para intentar acallar el dichoso runrún que me carcome y combatir el aburrimiento que me tiene apoltronada, tengo puesta una película a la que no estoy haciendo ni puñetero caso.
Estoy tirada bocarriba en el sofá, en pijama de tirantes, despeinada, pegajosa y medio derretida por el calor —sobra decir que sigo sin aire acondicionado — Torrija está tumbado en el suelo, pegado literalmente al ventilador, acaparando todo el flujo de aire fresco.
Me echo a reír al verle. Parece que hasta sonríe.
Me acuerdo de Hugo cargando con la caja enorme por las escaleras el martes pasado, sudando la gota gorda y plantándose en mi puerta con una sonrisa de oreja a oreja y un: «Toma, para que dejes de marearme con que Madrid es un horno».
Se preocupa por mí de una forma tan bonita, tan sin pedir nada a cambio, que a veces me asusta.
Pero Hugo compró el ventilador para mí, no para que mi oso gigante de cuatro patas se hiciese dueño y señor de él.
—Gordo… ¿No te he explicado lo que significa compartir?— le digo, pasándome un Calippo por el cuello para refrescarme.
Torrija levanta la cabeza en mi dirección al oír su nombre, pero la vuelve a apoyar con un resoplido que interpreto como un « Sí, sí, lo que tú quieras, pero de aquí no me muevo que hace horrible »
Miro el reloj de la pared, que ya marca las diez de la noche y cojo el móvil con desgana mientras doy un mordisco al helado.
Casi por inercia, abro Tinder para escribir a @GatoNegro y pauso la película.
Últimamente hablamos casi a diario y se ha convertido en mi vía de escape favorita.
Tecleo con el pulgar, sin pensar demasiado.
@LaTormentaPerfecta: Oficialmente estoy en pleno boicot mental típico del domingo por la noche. Tengo el cerebro derretido por el calor y un agobio tremendo ante la perspectiva de tener que ir mañana a trabajar. ¿Tú cómo lo gestionas?
Los tres puntitos tardan apenas tres segundos en parpadear en la pantalla. A estas horas, su ritmo y el mío van en la misma sintonía.
@GatoNegro: Sobreviviendo como buenamente puedo a mis propios fantasmas. Todos tenemos que ir mañana a trabajar, no es ninguna novedad. ¿Qué es lo que te agobia tanto?
Suelto un bufido, reajustándome de mala manera el cojín bajo la cabeza. Joder qué calor hace en este piso, tengo el nacimiento del pelo empapado.
@LaTormentaPerfecta: Aún no se me ha ocurrido nada para el proyecto de los hoteles y encima voy a tener que aguantar al soberbio de mi compañero alardeando de sus maravillosas ideas.
Me da mucha rabia, porque me esfuerzo muchísimo por mantener el control y que no note que estoy insegura. Pero mañana no sé si seré capaz.
@GatoNegro: ¿Y has probado a ser tú misma y dejar de fingir?
@LaTormentaPerfecta: Hablas como si fuera fácil dejar que alguien te vea insegura.
La última vez que lo hice, la persona que se suponía que más debía apoyarme convirtió mi vida en una encrucijada.
Me hizo sentir que mi carrera y mis responsabilidades competían directamente con su futuro, como si mi vida fuera un ataque hacia él.
Es más fácil proyectar una imagen impecable.
Los tres puntitos vuelven a aparecer en el chat, pero se toma casi un minuto antes de pulsar el botón de enviar.
@GatoNegro: Quien te haga elegir entre lo que eres y lo que amas, no está entendiendo nada, Tormenta.
Amar no es pedirle a alguien que abandone su vida para encajarla en la tuya.
Eso no es amor, es egoísmo. Y querer estar con alguien tampoco debería significar no saber estar sin él.
Se supone que se trata de caminar juntos en la misma dirección, respetando el espacio del otro.
Cierro los ojos, dejando que el silencio del piso me envuelva, sintiendo una mezcla de melancolía y pena. Este hombre acaba de verbalizar en un párrafo, la lección que mi exmarido fue incapaz de comprender antes de subirse a aquel avión y dejarme atrás.
Me quedo mirando las sombras del ventilador en la pared. En alguna parte de Madrid, hay alguien que sabe entenderme perfectamente.
El despertador suena a las siete y media con una crueldad imperdonable.
Me arrastro fuera de las sábanas de mal humor, con los ojos medio cerrados, dispuesta a hacerme un café bien cargado.
No es que no me apetezca ir hoy a la agencia, es que, simple y llanamente, no quiero.
No me da la gana, vamos. No me vendría nada mal que ocurriera algún incidente pequeñito que casualmente me impidiera llegar…
Pero repito por si acaso, pe-que-ñi-to, que luego el universo se viene arriba y me acuerdo de mis palabras en urgencias con un brazo escayolado.
Subo al metro atestado de gente con caras largas y maletines.
Mientras el vagón avanza a tirones, reviso mis notas en el móvil buscando alguna idea para la cadena hotelera , pero solo encuentro frases sueltas y conceptos vacíos.
«Experiencias exclusivas» , «Lujo sostenible» .
Basura. Tópicos que cualquier agencia mediocre entregaría en una primera reunión.
Para mi desgracia, a las nueve menos cuarto entro en la agencia sin que nada ni nadie lo haya impedido.
El aire acondicionado me recibe con un latigazo de frío que me eriza la piel.
El sol de julio ya pica con fuerza y se cuela sin piedad por los ventanales acristalados, haciendo que el cemento pulido del suelo devuelva un reflejo cegador y bastante incómodo.
Me dirijo a la cocina a por una dosis masiva de cafeína antes de encerrarme en mi despacho. Presiono el botón de la cafetera y me apoyo contra la encimera, cerrando los ojos unos segundos mientras el olor a café empieza a inundar el espacio.
—Te ves estupenda para ser lunes, Lara. Se nota que el fin de semana te ha sentado de maravilla.
Doy un respingo y abro los ojos. Bruno está apoyado contra el marco de la puerta, con los puños de una camisa blanca remangados hasta los antebrazos y una sonrisa ladina jugando en sus labios.
A diferencia de mí, parece haber dormido diez horas seguidas y tener el proyecto de los hoteles listo para imprimir.
—Qué lástima que no pueda decir lo mismo de ti —respondo, recuperando la compostura al instante y cogiendo mi taza humeante— Aunque supongo que maquillar la falta de ideas lleva su tiempo.
Bruno suelta una carcajada suave, da un paso hacia el interior de la cocina y se sirve un vaso de agua. La cercanía del espacio reduce la distancia entre nosotros a un par de palmos, resucitando la tensión que dejamos en suspenso el otro día.
—No te preocupes por mis ideas, preciosa. Están en su sitio —dice, mirándome de arriba abajo sin disimulo —Pero si necesitas un cable porque te ves desbordada, sabes que siempre puedes pedírmelo.
—Ni muerta, antes me cambio de trabajo —le espeto sosteniéndole la mirada, aunque por dentro sienta que la tierra se abre bajo mis pies.
—Lo que tú digas —murmura ladeando la cabeza antes de dar media vuelta y salir de la cocina a paso lento.
Me dirijo hacia mi despacho, donde enciendo el ordenador suspirando y abro el dossier de los hoteles Blue Horizon.
Pero veinte minutos después sigo exactamente igual, con el cursor parpadeando sobre la pantalla en blanco sin que se me ocurra nada, pese a haber releído el dossier tres veces.
Resoplo frustrada y me levanto a mirar por la ventana esperando la inspiración divina.
Ahora entiendo cómo se sentía Sara cuando me llamaba desquiciada por su bloqueo creativo.
Y yo diciéndole que no era para tanto, que solo tenía que relajarse…
Pobrecita mía, esto es de nuevo el karma, por bocazas.
El sol se refleja en los tejados de Madrid y el tráfico serpentea entre las calles incesante, pero un murmullo en la recepción me hace girarme hacia la puerta.
Un repartidor trae en los brazos un ramo espectacular de astilbe rosa, ramas de eucalipto fresco y peonías blancas a medio abrir.
Varias de mis compañeras se arremolinan curiosas a su alrededor para cotillear a quién va dirigido semejante despliegue.
Se me acelera el pulso y siento una punzada en el estómago, son mis flores favoritas.
Es más, en los años que llevo en Madrid, solo he conseguido encontrarlas en una floristería de la plaza de Olavide, al lado de la cafetería donde Marcos y yo desayunábamos los sábados.
El olor a campo inunda el pasillo de la agencia según se va acercando el repartidor hacia mi zona, atrayendo las miradas de los pocos compañeros que ya han fichado.
El repartidor entra en mi despacho y deja el ramo gigante sobre la mesa, junto al teclado.
Entre el follaje distingo un sobre azul marino, pequeño y discreto.
Con los dedos torpes lo abro y desdoblo la cartulina interior, sabiendo perfectamente quién lo envía antes incluso de ver la letra. Es de Marcos.
«Sé que me has dicho que no quieres saber nada de mí, varias veces además y tienes todo el derecho del mundo a estar enfadada y mandarme a la mierda.
Pero estoy a diez minutos de tu oficina si cambias de opinión, esperando en la cafetería a la que solíamos ir.
Solo te pido un café rápido. Sé que tengo que arreglar muchas cosas, Lara. Por favor».
Releo la nota tres veces sintiendo que las paredes del despacho se me echan encima robándome el aire.
«Sé que tengo que arreglar muchas cosas» .
La frase resuena en bucle en mi cabeza ¿Es posible que realmente quiera arreglar las cosas?
El ramo sigue sobre mi mesa, recordándome que mi ex ha regresado dispuesto a sacar la artillería pesada.
Un pepito grillo traidor me susurra que baje, que solo son diez minutos, que tomar un café no significa tener que perdonarle.
Pero no puedo. Si le doy la oportunidad de mirarme a los ojos y decirme todo lo que mi corazón necesita oír, conociéndome, caería rendida a sus pies de nuevo.
No puedo arriesgarme a que me vuelva a romper el corazón en cuanto le ofrezcan otro proyecto en Nueva York, Tokio o donde sea que le depare el destino.
Me obligo a reaccionar, guardo la nota en el último cajón del escritorio, echo la llave y aparto el ramo al mueble auxiliar para no tenerlo delante. No quiero ni olerlo.
Me hundo de nuevo en la silla, frotándome las sienes intentando controlar mi respiración. Estoy tan metida en mi propio bucle de ansiedad y remordimientos que ni siquiera escucho los pasos que se detienen junto a mi puerta. Pero un golpe sutil contra el cristal, me saca de mi ensimismamiento.
Alzo la vista sobresaltada. Bruno está de pie junto a mi mesa y levanta la mano derecha para mostrarme un vaso de cartón.
No dice ni una sola palabra. No me suelta ninguna de sus pullas, ni hace el más mínimo comentario sobre el ramo que llama la atención en mi despacho minimalista.
Se limita a mirarme fijamente a los ojos y deja el vaso de la cafetería de la esquina sobre la mesa.
Es un Flat White con leche de avena doble de café. Mi favorito. El que me pido los días de crisis porque es el único que me quita el dolor de cabeza.
Bruno da media vuelta con parsimonia y se aleja hacia su despacho sonriendo de medio lado, dejándome a solas con el rastro de su perfume.
Me quedo mirando el vaso de cartón donde todavía se lee mi nombre apuntado con rotulador negro.
Qué mal me ha debido de ver para que se haya tomado la molestia de hacer cola para traerme el café…
No es el gesto que le pedí al Universo para no venir a trabajar, pero al menos se ha molestado en que la mañana no esté tan mal.
Le doy un trago con la mirada perdida en las flores. Joder. La semana acaba de empezar hace escasamente un par de horas y pinta que tranquila, lo que se dice tranquila, no va a ser precisamente. Y yo que me lo quería perder…