Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Supuestamente, la cita de esta noche tendría que haber sido en La Resistencia , tal y como quedé con Nuria por si la cosa se torcía y había que activar el código de rescate.

Pero después de haber colgado a Hugo de malas maneras, sé que con lo considerado que es, lo primero que hará será dejarse caer por el bar para ver si me encuentra ahogando mis penas con Nuria.

Y paso, sinceramente. No me apetece una sesión de miradas de reproche ni discursos paternalistas sobre lo que tengo que hacer.

Por eso he cometido el imperdonable error de novata de dejar que sea Pelayo quien elija el sitio, lo que no me deja muy tranquila que digamos.

A ver dónde me mete. Para colmo, al salir del portal, he visto a Marcos asomando por la esquina del fondo de la calle y me ha tocado dar la vuelta y enfilar la bocacalle contraria para huir de él, lo que me ha supuesto un rodeo absurdo de diez minutos.

Pelayo —aunque en mi cabeza ya se va a quedar como «El Tiburón de Wall Street» —ha reservado en una coctelería pija y minimalista cerca de Nuevos Ministerios.

Un local vanguardista e impersonal, con luces de neón blanco donde conseguir sentarte con dignidad en los sofás bajos sin que el vestido se te suba hasta las cejas es un reto.

Me detengo un segundo frente a la cristalera de la puerta, respiro hondo y entro decidida a buscarlo.

En el local, suena Smooth Operator de Sade , creando un ambiente de lo más sofisticado.

Me abro paso entre la gente y localizo a Pelayo al fondo del local.

En sus fotos de Tinder salía con un traje que parecía impecable, pero al verle sentado en una de las mesas, el chiste se cuenta solo.

Se ha puesto una americana azul marino que le queda, como mínimo, tres tallas más grande de lo que necesita.

Las hombreras rígidas le sobresalen tanto por los lados que parece un muñeco de futbolín y los puños de la camisa le engullen las manos hasta la mitad de los dedos.

Menudo cuadro. Sé que está muy feo juzgar por las apariencias pero…

Dios, espero que al menos su mente sea brillante y tenga una conversación amena.

Al fin y al cabo, el sentido de la moda es algo que se puede entrenar, pero el cerebro, desgraciadamente, viene de fábrica.

Pero a la hora y media yo ya he entrado en una fase crítica de muerte cerebral irreversible. El tío no ha parado ni un segundo de soltarme una chapa insufrible sobre el metaverso, la descentralización de la banca y el dichoso concepto de «educación financiera».

—Es que no lo entiendes, Lara, estás ciega por el sistema —suelta con una sonrisita de superioridad que me está poniendo enferma, mientras intenta recolocarse la solapa gigante de la americana, que al estar sentado le llega literalmente hasta la barbilla— Trabajar por cuenta ajena vendiendo tu valioso tiempo por un salario mediocre, es de esclavos mentales.

El sistema está diseñado para mantenerte doblegada y sumisa.

Yo ya juego en otra liga superior. Desvincular el tiempo del dinero es el primer paso hacia la libertad financiera.

Le doy un trago desganado a mi copa, que encima está asquerosa.

Me he pedido un cóctel de autor supermoderno que, según la carta, lleva espuma de jengibre y humo de cardamomo, pero que sabe, literalmente, a colonia.

Miro el líquido anaranjado con ganas de llorar.

Menuda estafa. En La Resistencia , Nuria ya me habría servido un «Gato por liebre» , haciendo honor al espécimen que tengo enfrente.

Pero no, aquí estoy, pagando la novatada por lista.

Mientras él sigue intentando convencerme de dejar mi trabajo, por los altavoces empieza a sonar SOS de Abba y nunca la letra de una canción había descrito de forma tan precisa lo que estoy sintiendo.

—Ya veo, ya… qué interesante —murmuro por educación, apoyando la barbilla en la palma de la mano mientras miro de reojo mi teléfono.

Qué ganas de salir corriendo. Me arrepiento lo indecible de no haber ido a nuestro bar; aunque hubiera aparecido allí Hugo con su discursito, al menos habría tenido una excusa para largarme.

O al menos podría haber estrenado el código de rescate.

Pero aquí no hay código de rescate que valga.

Estoy sola a merced de un megalómano de las finanzas que no para de consultar una gráfica de inversión con líneas rojas y verdes parpadeando como locas.

—Mira, mira ese repunte en Ethereum. Te lo dije. El análisis técnico no falla nunca —insiste, dándole un golpecito al cristal con un dedo que asoma a duras penas por la manga gigante —La gente sin visión se asusta con la volatilidad, pero la volatilidad es mi mejor aliada.

—Pues me alegro mucho por ti, Pelayo —le corto en seco con mi mejor sonrisa de psicópata, porque @LaTormentaPerfecta ya empieza a hartarse —Pero se está haciendo tardísimo y mañana los esclavos tenemos que fichar temprano para que la rueda del sistema siga girando. ¿Pedimos ya la cuenta?

—Por supuesto. Invito yo, faltaría más. Que para eso tengo mis fondos indexados trabajando en automático veinticuatro siete.

Menos mal. Por fin se acaba el calvario.

El Tiburón de futbolín levanta la mano con un chasquido de dedos que me da vergüenza ajena.

Cuando el chico se acerca a la mesa y nos desliza la bandeja de cuero con el tíquet, veo que nos han clavado cuarenta y cinco eurazos por dos copas infames y un cuenco de patatas rancias. Qué dolor.

Pelayo saca una tarjeta de plástico negro mate con un logotipo de una plataforma de criptomonedas rarísima y se la tiende al camarero como si le estuviera entregando el Santo Grial.

—Pásalo por ahí, máquina. Directo de mi billetera digital. Sin intermediarios estatales, ni comisiones bancarias, libre de impuestos.

El camarero pasa olímpicamente de su discurso y acerca la tarjeta al lector del datáfono.

Un pitido agudo resuena en el local. Denegada.

Resopla y lo vuelve a intentar por segunda vez.

Segundo pitido. Limpia la banda de la tarjeta frotándola con el delantal, lo intenta introduciendo el chip y la pantallita vuelve a quejarse con un mensaje que no deja lugar a dudas.

«Operación denegada. Consulte con su entidad»

Y como si el universo tuviera un sentido del humor perverso y hubiera decidido ponerle banda sonora al momento, los altavoces del local arrancan con los primeros acordes de Money, Money, Money.

Al Tiburón de Wall Street se le borra la sonrisa de chulito de golpe.

Se queda completamente blanco y un sudor frío empieza a brillarle bajo el flequillo engominado.

—Qué raro... No lo entiendo —balbucea con la voz temblorosa, dándole unos golpecitos absurdos con el nudillo a la tarjeta como si así fuera a recargarse de Bitcoin por arte de magia— Debe de ser un problema de saturación de la red por el volumen de transacciones a esta hora.

Déjame... déjame un segundo que lo compruebe.

En ese momento, el móvil le empieza a vibrar con una notificación normal y corriente de un SMS, pero el tío aprovecha la coyuntura con agilidad y se pega el teléfono a la oreja con los ojos abiertos de par en par, fingiendo una llamada de urgencia.

El pobre camarero y yo nos miramos en silencio, sin dar crédito al nivel de cutrez que estamos viviendo.

—¿Sí? ¿Dime? ¿Cómo que el mercado de futuros de Londres está colapsando?

¡No, no, vende todos mis activos ya mismo!

—Se pone en pie de un brinco dramático, haciendo que la chaqueta le baile en los hombros— Lara, disculpa, de verdad, es mi bróker del Reino Unido.

Es una emergencia. Voy un segundo al baño para tener mejor cobertura y vuelvo ahora mismo para solucionar lo de la cuenta. No toques la tarjeta, por favor.

—Espera, Pelayo... —intento frenarle levantando una mano, pero él ya ha enfilado el pasillo hacia los baños.

Pasan tres minutos. Luego cinco. El silencio en nuestra mesa es de lo más incómodo.

El camarero sigue de pie a mi lado, sujetando el maldito datáfono y mirándome con una mezcla de lástima y reproche que me revuelve el estómago.

Yo solo busco con la mirada una trampilla por el suelo por la que desaparecer. Qué humillación.

A los diez minutos, la sospecha es una certeza. Nos ha hecho bomba de humo.

—Espérame un segundo, por favor —le digo al pobre muchacho.

Me levanto del sofá y camino por el pasillo hasta los baños con sus ojos clavados en mi nuca.

Me asomo al de caballeros con cuidado, empujando la puerta con la punta de los dedos.

Pero la estancia está completamente vacía y la ventana rectangular que da al callejón trasero de los contenedores está abierta de par en par, dejando entrar un pestazo a basura insoportable.

El Tiburón se ha marcado un truco de magia estupendo. Se ha transformado en un pequeño boquerón asustado que se ha esfumado por la ventana, dejándome como único recuerdo su tarjeta inservible.

Vuelvo hacia la mesa con los dientes apretados. El camarero me espera pacientemente con el datáfono listo.

—Si es que soy tonta... ¡Si es que tengo un imán para los gilipollas y no aprendo! —me recrimino en voz baja mientras cojo el bolso de un tirón —Me está bien empleado por no haber ido al bar de Nuria.

Saco mi tarjeta de débito —esa que según el Boquerón es para esclavos del sistema— y pago los cuarenta y cinco euros de la cuenta con una sonrisa de psicópata que asusta al pobre chaval.

Cuando el datáfono emite el pitido de pago aceptado, el altavoz que tengo encima de la cabeza empieza a tronar con Take the Money and Run de la Steve Miller Band .

Si es que encima me tengo que reír… Me guardo el tíquet en el bolso y salgo de la coctelería jurando no volver a pisar Nuevos ministerios en mi vida.

No sé cómo no lo he visto venir, con lo avispada que soy para otras cosas…

Me subo al primer taxi que pasa por la avenida con destino directo a La Resistencia , de dónde nunca debí salir.

Durante el trayecto, mientras las luces de Madrid pasan a toda velocidad por la ventanilla, saco el móvil para escribir al capullo del boquerón.

Necesito escupirle la última palabra antes de mandarle de cabeza al averno de los contactos bloqueados.

Lara (23:42): La próxima vez que tengas pensado marcarte un Escape Room por la ventana de un baño, búscate un traje que sea de tu puñetera talla para saltar, no vaya a ser que te quedes colgando de las hombreras como el enano de mierda que eres, payaso.

Le bloqueo sin dar la opción ni de recibir el doble tic azul y meto el móvil en el fondo del bolso echando fuego por los ojos.

Me cruzo de brazos y me dedico a mirar el tráfico caótico por el cristal.

El Karma hoy se está pasando de la raya conmigo, más vale que me toque la lotería, porque no voy a tener vida suficiente para compensar el día de hoy.

Me bajo del taxi deseando entrar cuanto antes a La Resistencia . Necesito que Nuria me ponga algo decente de beber y, sobre todo, contarle el ridículo espantoso del Boquerón prófugo de Wall Street para reírnos juntas de mi enésima desgracia con Tinder.

Empujo la puerta y la calidez del interior me envuelve al instante.

El murmullo de las conversaciones, la música de fondo y el aroma a mezcla de cócteles, me dan la bienvenida como siempre, pero me quedo congelada a mitad de camino, con el bolso colgando de la mano.

Al fondo de la barra, apoyado con toda la confianza del mundo, está Hugo.

Ya me lo veía yo venir, menuda suerte tengo.

Nuria está inclinada hacia él sobre el mostrador, riéndose a carcajadas por algo que acaba de soltar el arquitecto.

Verlos así, compartiendo ese buen rollo, me provoca una sensación nueva y ridículamente parecida a los celos que me obliga a tragar saliva antes de dignarme a dar un paso hacia adelante.

—¿De qué os reís tanto? —pregunto, dejándome caer en un taburete vacío.

Hugo se gira y sus ojos avellana se iluminan al verme.

—Nuria se niega a volverme a dejar probar otro de sus cócteles experimentales — se queja divertido.

—Porque casi te mueres, guapo —remata Nuria, echándose el trapo al hombro con desparpajo.

—Eso es una interpretación bastante dramática de lo que ha pasado —se defiende él, dedicándole una sonrisa canalla.

¿En serio están tonteando? Me quedo mirándolos en silencio, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. Ahora ya no puedo contar lo que me acaba de pasar, que es lo que realmente me apetece hacer. Tengo la sensación de que hoy sobro aquí.

Hugo aprovecha que Nuria se gira para atender a otros clientes, para acercarse a mí.

—Lara... sobre lo de esta tarde —arranca en un susurro, estirando la mano hacia la mía— Siento si ha sonado a sermón. Me preocupas y...

—Hugo, por favor —le corto en seco, retirando la mano con disimulo para recolocarme el bolso— Déjalo para otro momento. De verdad. Hoy no tengo el cuerpo para discutir.

— Vale, vale, no digo nada — levanta las manos en son de paz.

Me quedo con la mirada perdida en las botellas de la estantería de enfrente, pensando que hay días que es mejor no haber salido de la cama.

—¡Lara! Eo… ¿Estás bien? —Nuria chasquea los dedos frente a mi cara — Que te estoy hablando… ¿Qué te pasa? Que estás en babia…

Le aparto la mano con una sonrisa cansada, pongo una excusa barata sobre que estoy agotada y me despido de los dos a la carrera, sintiendo que el aire del bar me asfixia.

Llego al piso con la cabeza hecha un lío. Bajo a Torrija a la acera de la puerta para que haga sus necesidades y, sin darle su merecido paseo, me subo deseando con todas mis fuerzas que se acabe el día de una puñetera vez.

—Perdóname gordo —me disculpo rellenándole el pienso —Hoy no doy para más. Mañana vamos al parque a perseguir palomas, te lo prometo.

Me desvisto a oscuras y me meto en la cama con Torrija lamiéndome los tobillos con devoción. Sé que no tiene ningún sentido, pero ver a Nuria y a Hugo tan agusto, me ha sentado peor de lo que debería.

Intento desesperadamente dormir para que se acabe por fin esta tortura, pero la imagen que me he encontrado al entrar al bar, se me ha quedado grabada a fuego.

¿Qué narices habré hecho yo en otra vida para estar pagando esta condena?

¿Acaso no existe un puñetero tío que sea normal?

Y encima me he metido en la cama sin desmaquillarme, mañana voy a parecer un sapo.