CAPITULO 7 #2
Camino por el pasillo hacia mi despacho arrastrando los pies, con los documentos de la cadena hotelera apretados contra el pecho como si me sirvieran de escudo.
Me dejo caer a plomo en la silla y me tapo la cara con las manos, respirando hondo para contener las lágrimas de impotencia.
Todavía me arden los labios. El silencio de la oficina, me presiona el pecho como una losa.
Mi maravillosa idea se ha esfumado y encima…
El destello de la pantalla de mi teléfono me distrae, parpadeando sobre la mesa. Lo cojo esperando ver otro mensaje de Marcos o un aviso de Sara desesperada por que la cuente que tal ha ido, pero me encuentro una notificación de Tinder.
@GatoNegro (12:30 AM): Me preocupa no haber recibido un mensaje triunfal con un ¨los he aplastado a todos¨… Tanto silencio no puede ser bueno. ¿Todo bien? Si no es así, tranquila, seguro que tu mente brillante ya está pensando el contraataque. Si me necesitas… dímelo.
Suelto una risa amarga, siempre tan oportuno…
Me dispongo a teclear una respuesta cuando una sombra corta de golpe la luz de mi despacho haciendo que levante la vista de golpe dando un respingo.
Bruno está apoyado contra el marco de la puerta, con la chaqueta del traje colgada de un dedo sobre el hombro y el maletín del portátil en la otra.
Se ha aflojado el nudo de la corbata, dejando al descubierto el inicio de su cuello donde, hace apenas unos minutos, mis manos estaban apoyadas.
Su aspecto ya no es el pulcro de siempre, pero lo que me descoloca es su expresión.
No hay ni rastro de su chulería habitual; me mira en silencio, escaneando mi rostro con sus ojos oscuros.
Sabe perfectamente que no estoy bien. Y, contra todo pronóstico, decide no aprovecharse de ello.
—Oye, Lara… —dice, bajando el tono —Solo quería decirte que no te he robado la presentación. Sé que no me crees y que ahora me odias más que antes, pero te juro que no sé qué ha pasado. Yo jamás te haría eso.
Me quedo inmóvil, parpadeando muy despacio con el teléfono suspendido en el aire. No se está disculpando, pero es lo más cercano a una tregua que ha existido entre nosotros.
—Disfruta del fin de semana —añade, recuperando la compostura y guiñándome un ojo con complicidad antes de girarse— Lo vas a necesitar si quieres ganarme con los hoteles.
Le veo alejarse lentamente por el pasillo acristalado hacia los ascensores, con el paso seguro y firme que le caracteriza.
Decido volver a casa caminando. Necesito que me del aire, aunque sea el caliente que asfixia Madrid estos días. Tengo la cabeza a punto de estallar.
Saco el móvil temblando y llamo a Hugo sin detenerme. Necesito su calma. Necesito su cordura para planear una estrategia despiadada, una venganza que deje a Bruno a la altura del betún y arrastre su ego por el suelo en la presentación de agosto.
—Hola, ¿Qué tal? —responde animado al segundo tono—Si me llamas para celebrar tu éxito rotundo, dame media hora, tengo que terminar de perfilar un plano para…
—No, Hugo, no hay nada que celebrar. Estoy que me subo por las paredes —escupo del tirón, sin aflojar el paso— El imbécil de Bruno me ha pisado la campaña en mi puta cara.
Se ha colgado la medalla y encima el director nos va a hacer competir en verano por otra cuenta.
Esta me la paga, te lo juro. Voy a pasarme las próximas semanas trabajando catorce horas al día y sin dormir si hace falta, pero pienso presentar un proyecto tan jodidamente perfecto que el consejo de administración le tenga que echar a la calle por incompetente. Le voy a hundir.
Me detengo en un semáforo, intentando recuperar el aliento y esperando que Hugo me dé la razón, que se indigne conmigo y me diga que voy a arrasar.
Pero el silencio que se escucha al otro lado de la línea congela mis expectativas de golpe.
Escucho su respiración pausada antes de que suelte un suspiro que me sienta como una patada directa a la boca del estómago.
—Lara, respira —dice con una tranquilidad que, en mi estado actual, me resulta insultante— Creo que te estás equivocando de batalla. Tu problema en la agencia no es ese tío. Eres tu misma. Estás dejando que te arrastre a su terreno.
Me detengo en seco en mitad de la acera de la calle Fuencarral, con la boca abierta.
—¿Perdona?—Me llevo la mano al pecho, ofendida en lo más profundo de mi ser— ¿Me estás diciendo que la culpa es mía por no dejar que un tío rastrero me robe mi trabajo?
—No, para nada, no me malinterpretes —recula de inmediato, manteniendo el tono calmado que, por primera vez, empieza a molestarme— Solo digo que estás centrando toda tu vida en una guerra que te está consumiendo.
Estás empeñada en demostrar que eres la mejor y te olvidas de todo lo demás.
Tu vida no es solo competir por un despacho, Lara.
Te mereces disfrutar y tranquilidad, no vivir en un foso de leones permanente.
Cierro los ojos en mitad del bullicio, sintiendo un nudo de frustración e impotencia que me oprime la garganta. Sus palabras me hacen sentir pequeña, como si mis ganas de pelear fueran un defecto que tengo que corregir.
—Ya. Claro. Entendido. Pues muchísimas gracias por el análisis, arquitecto —le corto con frialdad — Siento ser demasiado intensa. Hablamos en otro momento, que tengo que colgar.
—Lara, espera, por favor, no te pongas así, solo me preocupa que…
Le cuelgo sin darle tiempo a terminar la frase y apago el teléfono para evitar que me llame de nuevo. Miro hacia mi alrededor y reanudo la marcha con paso firme, golpeando el asfalto con mis tacones. Está claro que no me entiende. Es demasiado zen para entender a lo que me enfrento.
Al llegar a mi portal, vuelvo a encender el teléfono y abro la aplicación de Tinder, necesito a mi lado a alguien que quiera ver arder el mundo conmigo.
Busco el perfil de Pelayo y releo su biografía: se define a sí mismo como un tiburón de las finanzas.
Sonrío con malicia. Seguro que él sí entiende que esté dispuesta a pelear a muerte.
E incluso puede que me de alguna buena idea.
Le escribo para quedar esta misma noche. Esta vez voy sobre seguro.