Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 7
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CAPITULO 7

El día arranca torcido antes incluso de que consiga ponerme el rímel sin sacarme un ojo.

Ya el simple hecho de que sea sábado y me toque ir a trabajar, no es el mejor comienzo para un fin de semana, pero todo en esta vida es superable.

Estoy terminando de tomarme el café a toda prisa, de pie junto a la encimera de la cocina, mientras Torrija me observa despanzurrado a mi lado en el suelo con cara de sueño.

El móvil vibra sobre la encimera y al mirar la pantalla, casi me atraganto.

Aprieto los dientes hasta que me cruje la mandíbula.

Joder, justo lo que necesitaba hoy. O sea, primero mi queridísima mejor amiga se va de la lengua y le cuenta mis planes al prófugo de Londres y encima el tío tiene la jeta de utilizar mi carrera —la misma que él infravaloró en su momento— como excusa para acercarse a mí. ¡Ya lo que me faltaba!

Cojo el bolso de un manotazo y salgo de casa de mal humor.

Durante trayecto en el metro intento repasar mi presentación, repitiéndome que va a salir bien y que es mi billete directo para el puesto de supervisora.

Intento recordar desesperadamente las pautas de respiración del vídeo de Mindfulness que vi anoche pero…

creo que lo estoy haciendo rematadamente mal, porque en lugar de relajarme, solo consigo marearme por hiperventilar.

Para colmo, pierdo el transbordo por diez malditos segundos y voy a llegar tarde. Joder, joder y joder.

Entro en la sala de juntas conteniendo el aliento y todas las cabezas se giran hacia mí en silencio.

El director creativo preside la mesa con cara de póker y,  a su lado, el director de Las Bodegas Monteviejo, hace honor al nombre de su empresa.

Es un bodeguero de los de la vieja escuela, por decirlo finamente…

Empiezo a dudar si me estrategia es la adecuada.

Me entra un sudor frío que me baja por la nuca; no sé si este señor la va a entender…

dudo mucho que en la prehistoria bebieran vino comiendo una pizza de cuatro quesos tirados en el suelo…

Bruno, que ya está de pie junto al proyector impecable con un traje gris marengo, se recoloca los puños de la camisa blanca y me lanza una mirada de reojo, sonriendo con suficiencia.

—Bien, ya que por fin estamos todos, Bruno, puedes empezar —dictamina el director con un gesto de la mano.

Me acomodo en una de las sillas de la esquina, abriendo mi cuaderno con dedos torpes, lista para intervenir cuando sea mi turno. Pero en cuanto Bruno pasa la primera diapositiva y abre la boca, el suelo desaparece bajo mis pies.

—Para conectar con los millennials y la Generación Z, tenemos que rejuvenecer el concepto desde la raíz—arranca Bruno, paseándose por la sala con una soltura insultante— Nuestra propuesta se sostiene bajo el concepto de «Vino de andar por casa» .

Vamos a romper de forma radical con el postureo rancio de la sumillería tradicional para colonizar los salones de los pisos de estudiantes, los momentos improvisados de madrugada y la cotidianidad de los jóvenes.

Proponemos celebrar el vino desde el suelo, literalmente: cuando abres una botella en medio de una mudanza rodeado de cajas de cartón, o cuando te sientas en la alfombra a cenar comida a domicilio con tus amigos porque todavía no tenéis ni mesa.

Se me congela la sangre de golpe. Desde el suelo . Ese concepto es mío.

—Todo esto —continúa Bruno, totalmente ajeno a mi parálisis y mirando sonriente al director, que asiente hipnotizado — respaldado por códigos QR que vamos a colocar en las etiquetas.

No para aburrirles con información técnica sobre la cosecha, sino para que el usuario, al escanearlo, desbloquee un minijuego de preguntas rápidas para acceder a una lista de música personalizada en Spotify adecuada a cada momento.

Convertiremos la botella de Monteviejo, en el centro social de la noche joven.

Me quedo petrificada, con la boca medio abierta y el bolígrafo suspendido en el aire por encima del cuaderno.

La sangre me zumba en los oídos. Es mi idea.

El muy desgraciado, rastrero y miserable ha cogido mi estrategia y la ha tuneado con tecnología y cuatro pinceladas de palabrería y la está vendiendo como si fuera el puto genio de la publicidad del siglo veintiuno.

Ha pisado mi idea de arriba abajo y se la está agenciando en mi puta cara.

El bodeguero, para mi horror, aplaude entusiasmado y el director mira a Bruno con devoción. El resto del equipo empieza a cuchichear, celebrando el éxito de la presentación mientras el cabronazo se cuelga la medalla sin pestañear.

—¡Me encanta! ¡Es sencillamente brillante! —alaba el bodeguero, estrechándole la mano a Bruno—¡Es justo lo que buscábamos!

—Me alegra oír eso —replica el director encantado— Creo que es una propuesta magnífica.

—Muchas gracias a ambos—contesta el traidor sin escrúpulos — He de reconocer que ha sido fruto de un cambio de última hora, pero creo que el resultado final ha merecido la pena el esfuerzo.

—Desde luego que sí, Bruno —concluye el director cerrando su carpeta— En ese caso, no veo necesario continuar con las presentaciones ¿no? Ya tenemos lo que buscábamos. Buen trabajo.

— Si, si, por supuesto. Les agradezco a todos el esfuerzo, de verdad, pero me encanta la idea de Bruno. Estoy deseando comentarla con el resto de mi equipo—apoya el puñetero bodeguero, levantándose de la mesa — Creo que ya podemos ir todos a disfrutar del sábado tan estupendo que hace fuera.

Me muerdo el interior de la mejilla con tanta rabia que el sabor metálico de la sangre me inunda el paladar. Me muero de ganas de levantarme y estamparle la silla en la cabeza hasta que le salgan los gráficos por las orejas. Es un ladrón, un rastrero de mierda y un… ¡Un gilipollas!

En cuanto el cliente cruza la puerta flanqueado por el director y el resto del equipo, me levanto de la silla como un resorte y me dirijo directa hacia Bruno, que apaga el proyector con una pachorra exasperante.

—Al despacho del fondo. Ahora —siseo entre dientes, sin darle opción a réplica.

Bruno ni se inmuta. Se guarda el mando del proyector en la chaqueta, me sostiene la mirada con guasa y me sigue a paso lento hacia el despacho vacío. Entro tras él dando un portazo que retumba en el pasillo y me giro sobre mis tacones, cortándole el paso.

—¿Pero tú de qué coño vas? —espeto, con el pecho agitado bajo la blusa— ¡Es mi campaña! «La primera copa» era mi idea. ¡Me la has robado y has tenido la tremenda jeta de exponerla como si fuera tuya! Eres un rastrero de mierda.

La sonrisa de Bruno desaparece de golpe y da un paso al frente tan rápido que no me da tiempo a reaccionar.

Su cuerpo choca con el mío y la inercia me empuja hacia atrás hasta que mi espalda choca con fuerza contra la pared.

El olor de su perfume nos envuelve de inmediato.

Apoya una palma a la altura de mi cabeza y la otra en mi cadera, acorralándome.

—Baja la voz, ¿te has vuelto loca? —murmura pegado a mi cara, tan cerca que su aliento me eriza el vello de la nuca —Yo no te he robado nada. No tengo ni idea de por qué dices eso, pero te aseguro que ayer estuve muchas horas diseñándola. Y puedo demostrarlo.

—¡Y una mierda! —le grito junto a su boca, clavándole el dedo índice en el pecho —Lo has hecho para pisarme el ascenso, porque sabes que te doy mil vueltas. ¡Eres un ególatra insoportable!

Bruno se inclina aún más hacia mí, eliminando el escaso espacio que nos separaba.

Su muslo se abre paso entre mis piernas con una presión deliberada que me hace perder el aliento.

Sus ojos oscuros, casi negros, centellean con una mezcla de rabia y hambre.

Baja la mirada a mi boca y la comisura de sus labios se tensa.

—Estás muy equivocada, Lara —susurra con los labios rozando ligeramente los míos a cada palabra, enviando una descarga eléctrica directa a mi vientre— Aunque me encanta cuando te pones así…

Provocas que me entren unas ganas locas de estamparte contra esa mesa para quitarte la soberbia. A la vez que la ropa.

Me quedo boqueando, con el pulso desbocado. Bruno ladea la cabeza despacio, mientras su respiración agitada choca contra mi boca. En un momento de locura, mi cuerpo se inclina hacia él.

Pero el pomo de la puerta gira con un chirrido metálico impidiendo que cometa una locura.

Nos separamos de golpe justo cuando el director creativo entra con una carpeta bajo el brazo y cara de pocos amigos. Nos mira a ambos, detectando la tensión que flota en el ambiente.

—Se acabó, vosotros dos —nos corta cruzándose de brazos bastante cabreado— No sé qué os traéis entre manos, pero llevo meses aguantando vuestras peleas de patio de colegio y estoy harto. Ante la absoluta falta de cooperación que tenéis y el numerito de hoy, he tomado una decisión que os afecta.

Bruno y yo tragamos saliva a la vez, intentando recuperar el aire.

—Olvidaos de las bodegas —continúa implacable— Ya que os gusta tanto jugar a las guerrillas, al menos que sea productivo.  El grupo hotelero Blue Horizon busca una renovación total de su estrategia de marketing para su cadena de hoteles costeros. Vais a competir por ella de forma independiente.

Abre la carpeta, saca unos documentos y nos los entrega con un gesto tajante.

—Tenéis hasta finales de agosto para diseñar la mejor estrategia de vuestras vidas y presentarla ante el consejo.

El que haga la mejor presentación, se lleva el puesto de supervisor creativo.

El otro, tendrá que acatarlo, agachar la cabeza y trabajar bajo sus órdenes.

Intentad no mataros. Buen fin de semana.

Sale sin darnos opción a réplica, dejándonos a solas en silencio.

En cuanto la puerta se cierra, me paso una mano temblorosa por el pelo y miro de reojo a Bruno, que se ajusta el cuello de la camisa, recuperando su sonrisa prepotente, aunque sus ojos siguen ardiendo. La guerra por el puesto acaba de empezar y nos quedan menos de dos meses para ver quién cae.