CAPITULO 6
Nuria frena en seco el trapo con el que repasa la barra, da un paso al frente y me mira con los ojos entrecerrados.
—¿Qué pasa?
—Bruno —gruño, girando la pantalla del móvil para leer el mensaje en alto, imitando su voz engreída— «Mucha suerte para la presentación de mañana.
Una pena que no hayas venido a la reunión de esta tarde, han salido ideas muy interesantes…
Resulta que tenías razón, Guindilla. Había que cambiar la estrategia.
Estoy seguro de que mi propuesta te va a encantar…
Y al director creativo también. Pero no te acostumbres a que te dé la razón. Buenas noches, fiera».
Le pego un trago desesperado al cóctel y, entre la rabia y el golpe del alcohol, me atraganto de la forma más ridícula posible.
Empiezo a toser como una posesa, con la cara ardiendo y lágrimas brotándome de los ojos mientras doy puñetazos contra la madera.
Nuria, me desliza un vaso de agua y me propina dos palmadas secas en la espalda que casi me sacan los pulmones por la boca.
—Respira —se mofa mi querida amiga, apoyando los codos en el mostrador con una sonrisa maliciosa— Que te ahogas tú sola.
—¿Se puede saber de qué coño va? —consigo articular por fin, aclarándome la garganta— ¿Para qué me escribe? ¿Para restregarme que su propuesta es mejor? Es insoportable…
Nuria me sostiene la mirada alzando una ceja.
—Ya, ya... Es insoportable… Lo que tú digas, Lara.
Si te hace feliz engañarte a ti misma…—sentencia con sorna— Ese chico no te está escribiendo para hablar de las bodegas; te está escribiendo porque no ha sido capaz de sacarte de su cabeza en todo el día.
Y tú te mueres de ganas de ver qué pasa mañana en cuanto lo tengas pegado a ti.
—¡Ni loca, vamos, ni en tus mejores sueños! —le espeto a la defensiva, sintiendo las mejillas ardiendo— Pero en algo tienes razón, estoy deseando que llegue mañana… pero para ver qué narices está tramando.
Decidida a no quedar por debajo, ni a darle el gusto de pensar que me ha dejado desvelada, busco la réplica más ácida del repertorio de @LaTormentaPerfecta y leo en alto mientras tecleo.
Lara (00:18): Qué detalle tan conmovedor que me des la razón por una vez, Bruno.
Pero guarda el champán, que tampoco es para tanto.
Estoy deseando ver qué se le ha ocurrido a tu mente privilegiada, para comprobar con mis propios ojos que mi propuesta sigue siendo mil veces mejor.
Intenta dormir sin soñar demasiado con mi campaña. Buenas noches, compañero.
Pulso el botón de enviar y tiro el teléfono dentro del bolso mirando a Nuria, que me observa aguantándose la risa tras la barra.
—Anda, cóbrame, que mañana tengo un prepotente al que poner en su sitio.
Nuria, lejos de darme la cuenta, se agacha tras el mostrador y reaparece cargada con dos botellas, un limón y un huevo. Coloca todo en fila, apoya las manos en la barra y me mira fijamente con los ojos brillantes, como una científica chalada.
—De eso nada, monada. Tú de aquí no te mueves. Estoy probando las proporciones de un cóctel nuevo. Se va a llamar «La última palabra» , y necesito saber qué te parece.
—Pero Nuria… mañana tengo que madrugar y…
—Sé perfectamente que en cuanto llegues a tu casa no vas a dormir, Lara. Te vas a poner a dar vueltas en la cama pensando en Bruno. O peor, vas a chatear con el tío ese misterioso. Anda porfi…
—Vaaale —cedo con un bufido perezoso— pero solo uno.
Nuria saca la coctelera y echa un buen chorro generoso de ginebra, al que añade sirope de frambuesa, zumo de limón y clara de huevo y, mientras lo agita, yo no puedo disimular una cara de escepticismo… y bastante asco.
—No pongas esa cara, que sé que te va a encantar.
—Si tú lo dices… pero lo del huevo me parece una marranada, sinceramente.
Pero, sorprendentemente, el resultado es mucho mejor de lo que me esperaba. Nuria empuja hacia mí una copa ancha después de haber impregnado el borde con azúcar. El cóctel es rosa, con una espuma densa por encima que le da un aspecto aterciopelado.
—Deja de contemplarlo y bebe de una vez.
Me acerco la copa a los labios y doy un trago generoso. Miro a Nuria alucinando. Está espectacular, con un regusto ácido que contrasta con el azúcar del borde.
—¡Oye pues está muy bueno! Menudo invento.
—Gracias, sabía que te gustaría —Nuria sonríe con orgullo, sirviéndose un poco para ella—Brindemos para celebrar que has conseguido escapar sana y salva de ese psicópata.
—Pues te digo una cosa. He pasado miedo los primeros diez minutos. Si no llega a ser por Leo, todavía sigo allí encerrada.
—Madrid se está volviendo una jungla muy peligrosa para ligar — sentencia Nuria cruzándose de brazos con expresión pensativa— Necesitamos un protocolo de seguridad. Un plan de emergencia para cuando el candidato sea un peligro o un coñazo infumable.
Entre risas, terminamos inventando el Código de Rescate, un sistema infalible de señales y bebidas clave para nuestra trinchera de La Resistencia .
Decidimos que, a partir de ahora, todas mis citas serán aquí y si algo se tuerce, bastará con acerarme a la barra y pedir un Cóctel de la Casa sin hielo .
Esa será nuestra alerta roja. En cuanto Nuria escuche la frase, simulará un apagón o se inventará algo para sacarme de la cita.
Nos quedamos un par de minutos en silencio, saboreando el triunfo de nuestra genialidad y yo sonrío, mirando el fondo rosa de mi copa, sintiendo el calor reconfortante del bar. Es mi refugio seguro. El único sitio donde el mundo parece detenerse.
Nuria me observa de reojo mientras repone unas botellas de ginebra en la estantería.
—Lara... —suelta con voz suave, acercándose la barra.
—Dime.
—He estado pensando y… ¿tú estás segura de que es buena idea seguir teniendo citas?
—¿Por?
—Es que… creo que en realidad tú no estás buscando novio.
La miro, arqueando una ceja con sorpresa.
—A ver, reina, que vengo de una cita de Tinder. Intento rehacer mi vida, ¿sabes?
—No, no lo haces —me corta con firmeza, dejándome helada— Creo que estás utilizando las citas como una cortina de humo.
Te metes en Tinder para coleccionar tarados, te picas con Bruno, huyes de Hugo y te obsesionas con el misterio de un perfil sin cara.
Tú no estás buscando una pareja, Lara. Estás buscando cualquier cosa que te mantenga ocupada para no tener que enfrentarte a la realidad.
Sus palabras me sientan como un puñetazo en el estómago. Me pongo tensa en el taburete y le lanzo una mirada que echa chispas.
—No tienes ni puñetera idea, Nuria —espeto con voz cortante, agarrando el bolso de un tirón— Cóbrame de una vez, haz el favor. Que mañana tengo que madrugar.
Nuria no se inmuta ante mi arranque de soberbia. Me mira con ternura, desliza el datáfono hacia mí y me guiña un ojo en silencio. Sabe perfectamente que esta noche, por su culpa, no voy a pegar ojo.
El silencio se instala entre las dos, denso, interrumpido únicamente por el zumbido de fondo de la nevera de las cervezas.
Me quedo mirando el datáfono con la tarjeta aún en la mano, con ganas de dar media vuelta e irme dando un portazo.
El orgullo me quema por dentro. Sin embargo, en lugar de cobrarme, Nuria suspira, apaga el aparato y lo deja a un lado, inclinándose hacia mí por encima de la barra.
—Oye, reina... lo siento —dice con suavidad— Me he pasado. No soy quién para darte sermones. Perdóname, de verdad.
La miro de reojo, aflojando poco a poco los dedos que apretaban la correa del bolso y la rabia empieza a evaporarse, dejando al descubierto un cansancio aplastante.
—Es que hablas como si fuera una caprichosa que juega con las personas, Nuria —murmuro, aclarándome la garganta— Y te aseguro que no es así. Pero no es fácil…
—Lo sé. Créeme que lo sé mejor de lo que te imaginas—Nuria se sirve un vaso de agua, con la mirada perdida en el reflejo del cristal— ¿Tú te crees que yo monté La Resistencia porque era mi gran sueño?
Qué va, cariño. Salí de una relación tóxica de cinco años aguantando a un tío manipulador que me hacía sentir que cada decisión que tomaba era un ataque hacia él.
Cuando por fin reuní los ovarios necesarios para mandarlo a la mierda, me quedé sola, sin saber quién era yo fuera de ese bucle y acabé aquí metida, rodeada de alcohol y de las historias de los demás, precisamente para no tener que pararme a escuchar la mía propia.
Por eso te lo digo, Lara. Porque reconozco ese escudo.
Me quedo helada, mirándola fijamente en la penumbra del bar. Nuria ya no es solo la camarera simpática y gamberra que me escucha desde el otro lado de la barra. Se ha convertido en una amiga de verdad. Una mujer con sus propias cicatrices y fantasmas que intenta que no me sienta tan sola.
—A veces se me hace cuesta arriba —confieso en un susurro, sintiendo que los ojos me escuecen— El fin de semana fui a la residencia a ver a mi tía.
Ha dado un bajón tremendo este mes... ya apenas tiene momentos de lucidez.
Me miraba con los ojos vacíos, como si fuera una desconocida que pasaba por allí.
Cuando empezó con la nueva terapia, parecía que iba avanzando, pero lleva tiempo estancada.
Es mi única familia y ver cómo se desvanece de esta manera me está matando. Ahora sí que me estoy quedando sola.
Nuria me coge de la mano por encima de la barra, apretándola con cariño y me obligo a tragar saliva para no romper a llorar.
—No estás sola, métetelo en la cabeza. Nos tienes a nosotros.
Me limpio una lágrima traidora con el dorso de la mano y resoplo con fuerza.
—Lo que más me jode —añado, con amargura— es que si Marcos no se hubiera ido, ahora mismo no habría ni un Bruno, ni un Hugo ni un nadie, porque no estaría sola.
Sé que piensas que nos precipitamos, pero...
es que no hubo otra opción. Cuando le ofrecieron lo de la galería, me presionó demasiado.
Convirtió mi responsabilidad con mi tía en una puñetera prueba de amor.
Me hizo sentir que mi carrera y su salud competían directamente con él, como si me inventase excusas para no seguirle en su gran aventura.
Fue un egoísta. Nunca intentó entenderme…
—Quería demostrar de lo que era capaz, Lara. Las personas a veces se vuelven ciegas cuando les pasa por delante la oportunidad de su vida —apunta Nuria con cautela, midiendo cada palabra.
—Ya, pero el amor de tu vida no es un tren al que puedas arrastrar a la fuerza para llegar antes a tu destino —le espeto apretando los dientes —Me hizo sentir culpable por tener una vida propia y una familia que cuidar.
Así que Marcos tiene muchísimo que reparar si pretende que mantengamos una relación cordial. Muchísimo.
Me quedo mirando el fondo de la copa vacía, donde el azúcar rosa empieza a diluirse, con una pregunta que me lleva rondando desde que me asaltó el otro día…
¿Habría actuado de otra manera si hubiera comprendido de verdad el pánico que yo sentía?
Si en lugar de ponerme un ultimátum me hubiera abrazado sin pedirme elegir...
No lo sé. Nunca lo sabré. Al fin y al cabo, Marcos eligió subirse a ese avión y yo me quedé en casa mirando su hueco vacío en la cama.
Nuria empieza a recoger los vasos vacíos de la barra cuando el tintineo de la campana de la entrada rompe el silencio. Me giro de golpe en el taburete, extrañada, porque a estas horas ya solo entran los borrachos rezagados.
Pero no es ningún borracho, es Hugo.
Entra con el pelo revuelto por el viento y camina directo hacia mí. Me quedo a cuadros, sin saber dónde meterme.
—¿Hugo? ¿Qué haces aquí? —pregunto, forzando un tono casual para camuflar los nervios.
—Como no respondías a los mensajes, pasé por tu casa y al ver que no estabas, me imaginé que andarías por aquí —explica apoyando una mano en la barra, justo al lado de la mía— Me tenías preocupado, estás desaparecida.
—Qué va, no estoy desaparecida... —miento como una bellaca, recolocándome un mechón de pelo detrás de la oreja con dedos torpes— Es que mañana tengo la presentación para las Bodegas Monteviejo y he tenido que rehacerla entera… Una movida.
No es verdad. Estoy huyendo. Huyo como una cobarde porque su beso me dejó descolocada y me aterra que alguien sea tan atento sin una doble intención. Pero Hugo no insiste, se limita a mirarme con tanta comprensión que me hace sentir diminuta y un poco miserable.
Nuria se acerca al grifo de la cerveza y le sirve a Hugo una caña que le desliza por la barra sin decir nada.
—¿Cómo sabes lo que voy a tomar? —pregunta él, arqueando una ceja con diversión mientras coge el vaso.
—Ya has venido varias veces, empiezo a conocer tus gustos —le suelta Nuria
—Eso ha sonado demasiado íntimo —bromea él, pegándole un trago a la caña mientras me mira de reojo.
—Bueno, tampoco te vengas arriba —le corta Nuria guiñándole un ojo— Aquí eres bienvenido cuando quieras. No te hace falta ninguna excusa para dejarte caer por aquí, ¿eh? La puerta está abierta.
—Me lo apunto. A partir de ahora me vais a tener que aguantar más de lo que creéis —sonríe Hugo, echándome un brazo por encima del hombro— Bueno, ¿y cómo vas a convencer al bodeguero de que tu propuesta es la mejor?
—Como lo que buscan es atraer al público joven, que ve el hecho de beber vino como algo demasiado formal, he diseñado un algo diferente…
La primera copa — sonrío emocionada, convencida de que es una idea brillante — En lugar de aburrirles con maridajes, catas aburridas y barricas de roble, la campaña se enfoca en los momentos imperfectos en los que te sirves una copa: cenando una pizza fría en el suelo de un piso compartido, tras una cita desastrosa de Tinder, o en mitad de una sesión de confidencias con tu mejor amiga.
A Nuria y a Hugo les encanta el concepto. Me felicitan, aportan ideas y me animan tanto que consiguen hacerme sentir imparable. Salgo de La Resistencia con la cabeza bien alta y la sonrisa de @LaTormentaPerfecta grabada a fuego. Estoy convencida de que la presentación va a ser un éxito rotundo.
No tengo la menor idea del jarro de agua fría que me espera en cuanto cruce la puerta de la agencia por la mañana y descubra hasta dónde es capaz de llegar Bruno para conseguir su objetivo.