Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 5 #2
23%

CAPITULO 5 #2

Lara (21:45): No llames a la policía, que no parece que tenga muchas luces, ni media bofetada. Invéntate algo y que venga Leo a por mí, por si acaso.

Sara (21:45): Va para allá cagando leches. Mantén el tipo y no le pegues, que nos conocemos.

Le paso la ubicación rezando para que Leo se dé prisa y suspiro tan profundamente, que casi apago la vela que decora la mesa.

Pero, por si acaso, dejo el móvil oculto en mi regazo, me cruzo de brazos y lo fulmino con la mirada mientras me observa expectante, frotándose las manos y esperando que participe en el dichoso jueguecito.

—Bueno, Silvestre —fuerzo una sonrisa de lo más irónica mientras poyo los codos en la mesa— Cuéntame qué se supone que tengo que hacer exactamente para demostrarte de lo que estoy hecha. Pero te aviso que vas a necesitar que Nikelodeon te pille confesado.

A los diez minutos, la puerta del reservado se abre con un estruendo que hace saltar a Silvestre en la silla.

La madera choca contra la pared de piedra falsa con fuerza y, plantado en el umbral, como un justiciero, aparece Leo, el marido de Sara.

Lleva el pelo revuelto en plan científico loco, la camisa medio desabrochada y una cara de desquiciado que me hace sospechar que ha estado ensayando el papel durante todo el camino.

Entra al reservado con los brazos abiertos, gesticulando de una forma exagerada y se planta delante de nuestra mesa montando un circo.

—¡Se acabó, Lara! ¡Hasta aquí hemos llegado, joder!

—brama a pleno pulmón, señalándome con un dedo acusador —¡Dijimos que nuestra relación abierta tenía unos límites y te los estás pasando por el forro!

¡Habíamos hecho un trato! ¡Los martes por la noche eran para nosotros!

¡Y llego a casa con ganas de mambo y me encuentro con una nota de mierda diciendo que estás aquí con este!

Me quedo pegada a la silla, clavándome las uñas en los muslos y apretando los labios para no soltar una carcajada que se cargue su actuación. Madre mía, el Óscar que se acaba de ganar este hombre.

—Cariño yo...  —comienzo a balbucear, entrando en su juego sobre la marcha, poniendo ojos de cordero degollado y fingiendo estar MUY arrepentida— Yo lo siento muchísimo... pensaba que hoy tú…

—¡Si hubieras pensado, habrías pensado en mí! —me corta Leo viniéndose arriba, apuntándose al pecho — ¡Y encima por semejante…! Es que no sé ni cómo coño describir a este tío. ¿Pero tú le has visto?

Me giro sutilmente hacia la pared para disimular la sonrisa que se me escapa y descubro que Silvestre está pálido, con los ojos saltones fuera de sus órbitas y temblando como un flan…

—Oye, tío, de verdad, yo... yo no sabía nada, te lo juro —tartamudea el pobre, empezando a recoger sus cosas con las manos temblando de forma descontrolada— Yo solo… Yo no busco problemas con matrimonios... ¡Perdón, de verdad! ¡Si yo soy un tío de lo más pacífico!

—¡Fuera de mi vista ahora mismo! —le corta Leo con un rugido, dando un manotazo en la mesa que hace que el reloj de arena salte por los aires.

El chaval no se lo piensa dos veces. Agarra la mochila como puede y sale derrapando por el pasillo , huyendo como si le persiguieran. En cuanto sus pasos se pierden por el local, Leo me guiña un ojo y me tiende la mano con caballerosidad.

—Andando, señorita. Vámonos de aquí antes de que nos cobren por haber roto el candado.

Salimos del bar aguantándonos la risa a duras penas, manteniendo el tipo frente al camarero que nos observa salir ojiplático y no es hasta que estamos dos calles más allá, cuando nos paramos en seco y nos ponemos a a reír sin parar, llamando la atención de la gente que pasea tranquilamente por el barrio.

—¡Tía, que me lo he creído hasta yo! —se desternilla Leo, dándome un abrazo — ¡Vaya tarado que te has buscado! Sara me ha llamado histérica gritando que te habían secuestrado y me he saltado tres semáforos seguidos en la Castellana para llegar. Si me llega alguna multa, la pagas tú.

—¡Muchísimas gracias, Leo! ¡Le has dejado temblando!

Me ha dado hasta pena el pobre—le devuelvo el abrazo, muerta de risa— Te juro que si me quedo ahí cinco minutos más, no sé qué habría pasado.

Pese a que sigas aceptando en tu casa al capullo de Marcos, hoy te has ganado que te invite a tomar algo.

Vámonos a La Resistencia, que esto hay que celebrarlo.

Terminamos la noche celebrando la libertad tras la barra de Nuria.

Ella, en cuanto se entera del rescate de Leo, nos sirve una ronda de chupitos para celebrar la hazaña y pasamos una hora entera repasando cada instante de la cita, que es sin duda la más memorable que he tenido hasta ahora, riéndonos de la milonga de nuestra supuesta relación abierta y brindando por mis amigos, que son la única red de seguridad que me queda en esta vida de locos.

Hacia la medianoche, Leo se despide con un bostezo para volver al búnker de los pañales con Sara y yo me quedo un rato más saboreando los últimos restos del cóctel con la sensación de que, a pesar de la fauna ibérica de Tinder que me estoy encontrando, tengo la mejor trinchera del mundo.

Justo cuando estoy sacando la cartera para pagar a Nuria, el móvil vibra sobre la barra y, al levantarlo con desgana, me encuentro una notificación en la pantalla bloqueada.

—¡La madre que le parió! —exclamo de un berrido que retumba en las paredes del local que ya está casi vacío.