CAPITULO 5
Si alguien me hubiera dicho hace un mes que con el percal que tengo encima iba a seguir buceando por las profundidades de Tinder, le habría recomendado un buen psicólogo.
Pero la mente humana —o al menos la mía, que funciona con su propia lógica psicótica— es maravillosa fabricando escudos.
Hugo me da un pánico atroz; Bruno me revoluciona las hormonas a traición; y GatoNegro es un fantasma de internet que me obliga a mirar hacia dentro de mí misma.
Así que, ¿cuál es la solución kamikaze de @LaTormentaPerfecta para huir?
¡Exacto! Meterme de cabeza en otra cita a ciegas con un desconocido.
Necesito con urgencia a un tío normal. O mejor dicho, me conformo con un espécimen lo suficientemente desastroso como para recordar por qué el mercado está tan mal y blindar mis neuras un par de semanas más.
Las expectativas las carga el diablo, ya lo sé, y hoy viernes, yo voy dispuesta a que me pegue un tiro.
Me he cogido el día libre en el trabajo ya que tengo demasiados acumulados para mi gusto y, por la tarde, harta de dar vueltas por casa, decido pasar un rato en casa de Sara para calmar los nervios pre-cita que me han entrado.
Aprovechando que vive en una casa con jardín en las afueras, meto a Torrija en el coche para que queme un poco de esa energía destructiva que últimamente utiliza para redecorarme el piso.
En cuanto cruzo la puerta de su casa, el panorama es digno de ver. Hay juguetes de plástico esparcidos por todas partes, dos andadores aparcados en mitad del pasillo y un olor a colonia de Nenuco mezclado con café recién hecho que tira para atrás.
—¡Joder, tía! ¡Casi me mato con el puñetero camión de la Peppa Pig! —protesto a grito pelado, haciendo equilibrios sobre un pie mientras intento soltarle la correa a Torrija.
—¡Lara, esa boca! —me riñe Sara, saliendo de la cocina con un biberón en una mano y un trapo en la otra— ¡Que las niñas están a punto de decir su primera palabra y al final va a ser un taco tuyo! Menuda herencia les vas a dejar, guapa.
No me da tiempo ni a contestarle porque Torrija, que aunque tiene el tamaño de un poni, posee el cerebro de un cachorrito, se tira al suelo para arrastrarse bocarriba hacia las gemelas con la lengua colgando.
Alma y Vera, que gatean a toda velocidad, se le tiran encima soltando grititos de alegría.
Forman un torbellino caótico de pelo, pañales y babas que empuja sin querer la mesa, tirando sobre la alfombra la taza de café que Sara se estaba tomando.
Para mejorar la escena, Oreo y Dulce —los peculiares gatos de mi amiga— saltan al suelo desde el respaldo del sofá y empiezan a bufarle a Torrija, lanzando zarpazos al aire con una mala leche tremenda mientras dejan huellas de café a su alrededor.
El pobre gordo se debate entre lamerle los mofletes a Alma y vigilar que los gatos no le saquen un ojo. Empezamos bien.
Tras separar a las fieras y recoger el estropicio, sacamos a todos al jardín.
Mientras el zoo se entretiene revolcándose en el césped bajo la sombra del ciprés, me dejo caer en el sofá del porche esquivando un peluche de Pocoyó y le paso el móvil a Sara que lleva días ansiosa por leer mis mensajes con GatoNegro.
Sara coge el teléfono y devora la conversación en silencio, asintiendo a ratos. De repente, alarga la mano, coge su libreta de la mesa y empieza a apuntar frases sueltas a toda velocidad con un bolígrafo mordisqueado.
—Que sepas que estoy tomando notas para mi próximo libro —me suelta sin pestañear, con los ojos brillándole con codicia —Me encanta.
Menuda tensión os traéis. Vaya fauna que hay por ahí suelta, menudo filón.
Gracias, de verdad. Todo lo que me cuentas, me viene de perlas para el libro.
Si la editorial no lo publica, lo saco por mi cuenta en Amazon.
De esta nos forramos y nos jubilamos las dos.
—Pues si es el caso, más te vale acordarte de donde salió el material —le quito el móvil de las manos y me retoco el pintalabios en el reflejo de la pantalla—. Me voy ir ya, reina, que el poeta de hoy me espera en hora y media y aún tengo que pasar por casa para arreglarme.
Llamo a Torrija con un silbido para que me siga y me encamino hacia la verja, pero antes de abrir, me giro hacia el porche mirando a Sara y finjo una cara de pánico cómico.
—Por lo que más quieras, estate pendiente del teléfono esta noche. Si a las nueve y media no te he mandado un emoticono de un pulgar hacia arriba, llama a la Guardia Civil o invéntate algo para sacarme de allí. No me dejes sola ante el peligro.
—Venga, exagera un poco más, que casi no se nota que eres publicista y te encanta el drama —se mofa Sara desde el sofá , mientras intenta apartar a Vera de la cola de Oreo— ¡Mucha suerte! ¡Luego me cuentas!
—¡Oye, pero prométeme que vas a estar pendiente! Que ya me da hasta miedo ver qué me voy a encontrar.
—Que si, pesada, que vale. No te preocupes. Yo me invento algo si hace falta.
—¡Sé creativa! Demuestra lo buena escritora que eres.
Salgo de la casa muerta de risa, pero con un nudo de nervios en el estómago. Que Dios me pille confesada.
El local que ha elegido el gurú de hoy está escondido en una callejuela de Lavapiés y se llama El Calabozo del Pensamiento .
Ya el nombrecito da bastante que pensar, pero al cruzar el umbral confirmo con horror que las aplicaciones de citas deberían exigir un test salud mental antes de poder crear un perfil.
El sitio es una mezcla entre una taberna medieval, un búnker de guerra y la habitación cochambrosa de un adolescente adicto a los juegos de rol.
El tío se hace llamar Silvestre —sí, como el gato de los dibujos animados.
Sin comentarios— y en su perfil parecía el típico bohemio inofensivo.
Tenía fotos con chaleco, leyendo a Murakami en el Retiro y cara de no haber roto un plato en su vida.
Pero la realidad me golpea de lleno en los morros a los tres minutos de sentarnos en un reservado cutre al fondo del local, decorado con paredes de piedra falsa y una mesa de madera mugrienta.
Silvestre no para de mirarme fijamente con unos ojos saltones que no pestañean — dándome un poco de grimilla—, mientras tamborilea los dedos de forma frenética contra un cuaderno de cuero desgastado.
No llevamos ni diez minutos de cita cuando el camarero entra con cara de pocos amigos, deja dos copas de vino peleón sobre la mesa y, al salir, cierra la puerta del reservado. Acto seguido, se escucha un ruido metálico que me hiela la sangre. Un clanc seco, rotundo y definitivo.
El sonido de un candado cerrándose por fuera.
—¿Pero qué coño...? —me levanto del asiento de un brinco, con el corazón en la garganta.
—Tranquila, Lara. No te asustes —suelta Silvestre con una sonrisa pretenciosa que me pone los pelos de punta, mientras saca un sobre marrón de su mochila y lo desliza por la mesa hacia mi— Todo está bajo control.
No te he avisado antes para no estropear la sorpresa, pero todo forma parte de un juego de ingenio.
He pagado cincuenta pavos para que nos encierren.
Me quedo congelada a mitad de camino entre la silla y la puerta, parpadeando con cara de alucine.
—¿Perdona? ¿Qué has hecho qué? — No consigo salir de mi asombro. ¿En serio me está pasando esto?
—Es una dinámica de choque —me explica el muy chalado tan pancho, ajustándose las gafas de pasta con el dedo índice— Las citas tradicionales son aburridas y predecibles.
Yo necesito estímulos potentes. Así que he diseñado un Escape Room exprés para nosotros.
Si queremos que nos abran el candado y poder cenar, tenemos exactamente veinte minutos para resolver este enigma sobre los ingredientes de la Cangreburguer de Bob Esponja.
Es un experimento sociológico para ver cómo te comportas bajo presión y si somos compatibles. ¿No te parece fascinante?
—¿Fascinante? —boqueo, mirando al psicópata este con unas ganas locas de clavarle el boli en la yugular— Lo que me parece es que estás a un cuarto de hora de que te ponga una orden de alejamiento, Silvestre. ¡Abre la puñetera puerta ahora mismo!
—El camarero no volverá hasta que se acabe el tiempo—explica con una tranquilidad desquiciante, señalando un reloj de arena de plástico que acaba de dejar sobre la mesa— El cronómetro ya está en marcha, Tormenta. Demuéstrame de qué estás hecha.
« Estoy hecha de una mala leche que te va a alinear los chacras de un guantazo », pienso para mis adentros mientras noto que la vena del cuello me papita violentamente. En esta ocasión no tengo ninguna duda, menudo tarón me ha tocado en la tómbola.
Me vuelvo a sentar tranquilamente en la silla, intentando mantener la calma para no alterarle e ignoro el sobre marrón que me ofrece con los ojos abiertos de par en par, mientras saco el móvil discretamente por debajo de la mesa, coloco la pantalla en vertical para que no vea lo que hago y abro el chat de Sara a toda velocidad.
Lara (21:42): SARA S0S. NO ES COÑA. El tío está zumbado. ME HA ENCERRADO EN UN RESERVADO de Lavapiés CON UN CANDADO por fuera Y ME ESTA OBLIGANDO a resolver un enigma de mierda sobre Bob Esponja para salir. SÁCAME DE AQUÍ YA.
Dos minutos agónicos después, mientras Silvestre intenta descifrar un jeroglífico absurdo murmurando cosas incomprensibles sobre Calamardo y Fondo de Bikini, el móvil por fin vibra.
Sara (21:44): Jajajajaja tía, ¡qué buena idea para un capítulo! ¿Tan aburrida está siendo la cita?
Lara (21:44): SARA JODER QUE NO ES COÑA. Cómo el tío sea un asesino en serie pirado, lo que vas a llorar en mi entierro no está escrito.¡¡¡SÁCAME DE AQUÍ!!!
Sara (21:44): Espera, ¿hablas en serio? ¡Madre mía, que te han secuestrado! Pásame tu ubicación ahora mismo, voy a llamar a la policía. ¿Se le ve peligroso o armado?
Levanto la vista un segundo. Silvestre está súper concentrado dibujando una hamburguesa con flechas en su cuaderno.