CAPITULO 4 #2
@GatoNegro: ¡Vaya! Qué directa… Vale, para que veas que voy de frente. Mi tara es que me cuesta mucho dejarme llevar, tiendo a analizarlo todo tres veces antes de dar un paso y a veces me guardo las cosas por miedo a no saber gestionarlas en alto. No soy perfecto ni mucho menos… ¿Y la tuya?
Miro fijamente la moldura del techo, iluminada únicamente por el resplandor azulado de la pantalla del móvil. Normalmente, habría cortado la conversación aquí mismo con sarcasmo para desviar el tema. Pero siento que, al menos, ha sido sincero.
@LaTormentaPerfecta: Me cuesta mostrarme tal y como soy. Si me relajo y dejo de controlar cada detalle, siento que todo lo que he construido se puede desmoronar. Me da miedo descubrir que la versión fuerte de mí misma que tanto me ha costado conseguir sea solo un disfraz.
Escribo del tirón y sin pensar, arrepintiéndome al momento de haber sido tan sincera con un desconocido. Aguanto la respiración esperando el típico comentario condescendiente de macho alfa.
Los tres puntitos intermitentes en el chat me indican que está escribiendo, pero se toma su tiempo con una parsimonia desquiciante. Me descubro de pronto mordiéndome la esquina de una uña con ansia. Joder, que me las acabo de hacer y me han costado una pasta.
@GatoNegro: Es un disfraz muy pesado para llevarlo puesto las veinticuatro horas de día. Créeme, lo sé. Pero dicen que las cosas que se caen suelen dejar espacio para algo mejor. Conmigo no necesitas ninguna fachada, pero tampoco tienes que quitártela si no estás lista. Vayamos despacio.
Vaya, vaya con el gatito misterioso… Empieza fuerte.
Miro de reojo a Torrija, que ronca plácidamente con la cabeza sobre mi pie izquierdo y decido que hoy no quiero buscar la trampa.
Solo quiero dejarme llevar. Pero antes de que me dé tiempo a contestar, la pantalla vuelve a iluminarse con un nuevo mensaje.
@GatoNegro: Dices que te esfuerzas por parecer perfecta ante el resto. Pero, ¿y si por una vez no tuvieras que decidir entre lo que tú quieres y lo que los demás esperan de ti? ¿Qué elegirías tú?
Me quedo helada en la cama. ¿Qué quiero yo? Sara me presiona para que perdone a Marcos; en la agencia esperan que compita contra Bruno por el ascenso y yo misma me exijo ser de piedra para que nadie note que a veces me falta el aire.
Me da tanto vértigo asomarme a esa pregunta que prefiero esquivar la bala con una pirueta marca de la casa.
@LaTormentaPerfecta: Elegiría teletransportarme a una playa de Bali sin tener que trabajar y que el chocolate no engordase.
Lo de arreglar mi crisis de identidad mejor lo dejamos para otro día, filósofo, que mañana madrugo.
Acepto conocernos por ahora, pero que te quede claro que sin foto no hay cita.
@GatoNegro: Descansa. Que tengas buen día mañana.
Bloqueo el teléfono con una sonrisa tonta y lo dejo en la mesilla.
Me acurruco de lado en la cama, encajonando los pies debajo del cuerpo de Torrija, que se queja del asalto con un resoplido y me quedo mirando las sombras de la habitación con la cabeza hecha un lío.
¿Qué coño quiero yo? Mañana me toca verle la cara a Bruno después de su última perla, así que ahora mismo solo se me ocurre que quiero el siguiente cóctel de la carta de Nuria.
Cierro los ojos intentando dejar la mente en blanco, pero la oscuridad de la habitación solo consigue amplificar el eco de la pregunta de GatoNegro. ¿Qué elegirías tú? Maldita la hora en la que me dio por contestarle.
Cuando por fin consigo acompasar mi respiración con los ronquidos rítmicos de Torrija, la pantalla del móvil vuelve a encenderse, iluminando la habitación de golpe. Joder, así no hay quien duerma. Esta vez es un WhatsApp.
Hugo (23:48): Imagino que ya estarás durmiendo, pero quería darte las buenas noches. Descansa, Lara. Y si mañana la cosa se tuerce, avísame y nos tomamos un café para que despotriques agusto. Tú puedes con todo.
Me quedo mirando el mensaje apoyada con el codo sobre el colchón, descolocada ante la falta de costumbre por recibir este tipo de atenciones. Le doy las buenas noches y dejo el teléfono boca abajo, por si a alguno le da por volver a escribir.
Me giro dispuesta a intentar dormir de una vez y me abrazo a la otra almohada.
Pero mis neuras, que son unas hienas hambrientas, empiezan a dar vueltas en círculos por mi cabeza, obligándome a dar las mismas vueltas sobre el colchón.
Hugo no puede ser tan impecable, no me fastidies, nadie lo es.
Tiene que ser una fachada. Me entra un agobio repentino que me hace sentarme en la cama; su amabilidad me hace sentir una presión invisible, la obligación moral de tener que estar a la altura de su perfección cuando yo soy un auténtico desastre con patas que la mitad del tiempo no sabe ni dónde ha dejado las llaves. Esto no va a salir bien.
El problema es que me he acostumbrado a tenerlo ahí.
A que me escriba cuando sabe que he tenido un mal día y se alegre cuando ha sido bueno.
Pero una cosa es que un hombre te guste y otra muy distinta es empezar a hacerle un hueco en tu vida.
Hugo representa la estabilidad y la seguridad que se supone que una mujer de mi edad debería buscar pero…
el misterio de GatoNegro o las pullas de Bruno, son más fáciles de manejar.
Con ellos no corro el peligro de que me rompan otra vez el corazón.
Con Hugo... con Hugo me la juego de verdad.
Suelto un bufido, vuelvo a girarme en la cama de mala leche y tiro un cojín al suelo de un manotazo, maldiciendo mi suerte, mi cabeza y al dichoso algoritmo. Mierda de universo, que hasta cuando me manda cosas buenas, encuentra la forma de volverme loca.
Cierro los ojos a la fuerza, ignorando el último destello del móvil, con la certeza de que este lío a tres bandas me va a estallar en la cara más pronto que tarde.