CAPITULO 4
Despedirme de Hugo en la terraza me cuesta muchísimo más de lo que estoy dispuesta a reconocer. Me quedo flotando en una especie de burbuja que me dura todo el trayecto de vuelta en el metro hasta Chamberí.
Sin embargo, en cuanto cruzo la puerta de casa, la realidad me pincha de golpe la burbuja y no me da tiempo ni a soltar el bolso.
Torrija me hace un placaje en la entrada, pero esta vez no viene con intenciones de regalarme su habitual sesión de lametazos de bienvenida.
Me mira fijamente con sus enormes ojos castaños, golpea con las dos patas delanteras el suelo y suelta un ladrido sordo y rotundo, que significa claramente «O me sacas ya mismo a la calle o tu alfombra nueva va a sufrir las consecuencias».
—Vale, gordo, vale, ya voy, siento haber llegado tan tarde —le digo, colgando el bolso en el perchero y cambiándome los tacones por las zapatillas de deporte en tiempo récord.
Le engancho a toda prisa la correa al arnés y bajamos rápidamente por las escaleras para no tener que esperar al ascensor. Solo me faltaba que se hiciera pis en el rellano.
El paseo nocturno me viene de perlas para despejarme, porque mientras Torrija se concentra con ansia en oler minuciosamente cada maldita esquina, cada farola y cada rueda de coche como si le fuera la vida en ello, yo me cruzo de brazos y me entretengo repasando cada segundo y cada palabra de la cita de esta tarde con Hugo.
Pese a haber llegado echa un miura por culpa del Eje del Mal, las horas han ido pasando casi sin darme cuenta y he salido totalmente renovada.
La verdad es que es un cielo ¿De verdad existe alguien tan apañado?
Nadie lo es… ¿o me ha tocado a mí el unicornio?
Tal vez el problema sea que estoy acostumbrada a buscar siempre la trampa…
La gente emocionalmente estable me da pánico; siempre tengo la sensación de que esconden un sótano lleno de secretos turbios o de que, simplemente, en tres semanas se van a aburrir de mis neuras y van a salir corriendo en cuanto les surja una oportunidad mejor. Como hizo Marcos.
Afortunadamente, Torrija da un tirón brusco de la correa al cruzarse de frente con un carlino con cara de pocos amigos, sacándome del bucle y regresamos al piso media hora después, tras dar una vuelta al parque de enfrente de mi casa.
Pero la compañía me dura más bien poco, porque en cuanto le sirvo su ración nocturna de pienso, Torrija me abandona para irse a dormir a su cojín del salón con su peluche favorito entre las patas.
—Qué interesado eres, gordo. Ahora que has vaciado el depósito y te he llenado el plato, si te he visto no me acuerdo.
Me dirijo hacia el baño suspirando y me desmaquillo frente al espejo, viendo cómo el rímel y el corrector de ojeras desaparecen bajo el agua tibia y el gel limpiador.
Tras darme una ducha fría para intentar bajar la temperatura, me quedo en ropa interior, pero soy incapaz de quitarme de encima este calor pegajoso que ya se está instalando en Madrid y amenaza con no dejarme pegar ojo por las noches.
Estamos a finales de junio y ya siento que me asfixio.
—En agosto no sé cómo lo vamos a hacer, Torrija. Hay que plantearse muy seriamente poner el maldito aire acondicionado —le digo al pasar junto a su cojín camino de la cocina— Sí, de este año no pasa, te lo prometo. La semana que viene sin falta pido presupuesto.
Torrija me responde con un resoplido que interpreto como un «ya estás tardando», apoya de nuevo la cabeza en el cojín y me vigila con un solo ojo abierto mientras voy a la cocina.
Meto una pizza congelada de cuatro quesos en el horno y aprovecho para poner en el lavavajillas la taza del desayuno que había dejado abandonada en la encimera.
Tengo que admitir que estar sola tiene su punto.
Estar sola de verdad, sin tener que recoger las cosas de nadie, ni discutir por el mando de la televisión, ni tener que dar explicaciones a nadie.
Cenar viendo la serie que tengo a medias, con el murmullo de los ronquidos de Torrija a mis pies, es de los mayores placeres que he descubierto desde mi separación.
Me meto en la cama pasadas las once de la noche, con las sábanas limpias y frescas recién puestas, pero Torrija se sube de un salto, acomodando sus cuarenta kilos directamente sobre mis piernas, dejándome medio inmovilizada contra el colchón.
—Gordo, de verdad, te quiero mucho, pero nos vamos a derretir.
Baja por favor— le pido intentando empujarle con toda la delicadeza posible, teniendo en cuenta que mi objetivo es moverle —Venga, anda, muévete un poco…
Ponte a mi lado. ¡Aprovecha que Marcos no está y tienes todo su lado de la cama para ti solo! ¡Es tu momento!
Torrija suelta un suspiro dramático y se remueve perezoso ante mis repetidos empujones, pero solo consigo que baje las patas y se quede pegado a mi costado como una lapa, mirándome con ojos suplicantes.
Suspiro dándome por vencida frente a su chantaje, y cuando estiro el brazo para coger el móvil de la mesilla y activar la alarma, veo que tengo un WhatsApp sin leer.
La foto de perfil muestra a un hombre de espaldas, con una camisa blanca demasiado ajustada y un despacho acristalado de fondo desenfocado. Don creído en su salsa.
Bruno (22:14): Solo quería felicitarte por el numerito y el speech de las bodegas de esta mañana.
Muy sutil tu defensa de la "narrativa y el alma del viñedo".
Casi me convences hasta a mí. Descansa, fiera.
Nos vemos mañana. ¡Ah! Y no te pongas tan nerviosa, que prometo que no te voy a comer... de momento.
Se me encoge el estómago y el pulso se me acelera a una velocidad absurda.
Un calor traidor me recorre entera y me sube a las mejillas en cuestión de segundos.
¡Será imbécil! Aprieto el teléfono hasta que los nudillos se me ponen blancos.
Me dan ganas de contestarle cuatro burradas para bajarle los humos y frenar esa prepotencia insoportable que me saca de quicio.
Pero las palabras de Hugo me frenan justo a tiempo. Tiene razón, eso sería darle exactamente lo que busca. Así que, con los labios apretados y el pulso retumbando en los oídos, decido dejarle en visto. Con las dos rayitas azules dando por saco. Lo que me faltaba para poder dormir tranquila, joder.
Para quitarme la mala leche de encima, deslizo el dedo por la pantalla buscando la aplicación de Tinder y abro la pestaña de mensajes. Me apoyo bien en la almohada y comienzo a teclear en la penumbra.
@LaTormentaPerfecta: Al final, he conseguido no matarle, aunque me lo ha puesto muy difícil a última hora. Tiene la asombrosa capacidad de intentar amargarte la existencia incluso cuando ya estás metida en la cama con el pijama puesto.
La respuesta de GatoNegro aparece en la pantalla casi al instante, como si estuviera con el teléfono de la mano, esperándome.
@GatoNegro: Déjame adivinar... ¿El iluminado ha vuelto a la carga? Ese tipo de gente suele hacer mucho ruido para tapar sus propias inseguridades. Es mejor dejar que se agoten solos y no prestarles atención.
@LaTormentaPerfecta: Es curioso, pero no eres el primero que me lo dice hoy…
@GatoNegro: Me alegra saber que tienes más gente alrededor recordándote lo que vales. Nadie debería intentar hacerte sombra en tu trabajo.
@LaTormentaPerfecta: ¿Sueles ser siempre así de atento o es que hoy estás de guardia en Tinder para atender a las chicas desquiciadas?
@GatoNegro: Solo con las personas que parecen auténticas. En este sitio casi todo el mundo vende una vida perfecta que no existe en realidad. La perfección es aburrida. Y tú suenas my real, Tormenta.
@LaTormentaPerfecta: O no… a lo mejor es fachada. Te aseguro que soy experta en postureo.
@GatoNegro: Puede ser… Pero creo que hasta ahora te has mostrado tal y como eres… Ya que hemos empezado con buen pie, mejor dejemos las fachadas de lado y sigamos así ¿no crees?
@LaTormentaPerfecta: ¿Y tú qué? ¿Lo tuyo es una fachada? Porque ni siquiera tienes una foto real puesta de perfil… ¿Qué es lo que escondes?
@GatoNegro: Nada. Simplemente estoy cansado de las etiquetas y de que la gente solo se fije en la superficie. Me gustaría conocer a alguien solo por lo que pensamos y sentimos. Conocernos de verdad, sin que me juzguen.
Releo el mensaje dos veces, procesando cada palabra. Joder con el misterioso. Se me eriza la piel y termino mordiéndome el labio con fuerza. Menudo giro dramático de los acontecimientos.
Pero claro, mi mente retorcida —entrenada a base de palos para buscarle los tres pies al gato— activa todas las alarmas de inmediato.
A ver si va a ser feo. ¡Verás tú! Que con la labia que tiene este tío, lo mismo luego resulta que le faltan tres dientes o es el típico que no sube fotos porque la gente saldría corriendo en dirección contraria.
Es de primero de Tinder: cuanta más poesía te vende un tío por chat, más probabilidades hay de que en persona sea un cuadro y tengas que huir por la salida de emergencia.
Lo sabré yo… Que no es que yo me considere ninguna modelo…
pero mis ojos llaman la atención. Son verde esmeralda y combinado con el negro azabache de mi pelo largo y mi metro setenta, hace q nunca haya tenido problemas para ligar, aunque tampoco es que yo apunte muy alto. Soy lo que viene siendo resultona.
@LaTormentaPerfecta: ¿No estarás casado, no? Mira que lo de no poner foto es lo típico de los tíos con compromiso para que no les pillen por aquí…
@GatoNegro: Ahora mismo no tengo compromiso con nadie, te lo aseguro. Estoy solo.
@LaTormentaPerfecta: No sé yo si lo de hablar con alguien sin ponerle cara me convence…
@GatoNegro: Prueba. ¿Qué tienes que perder?
@LaTormentaPerfecta: Venga, va. Te voy a dar el beneficio de la duda. Pero no te confíes, creo firmemente que todo el mundo tiene tara, tarita o tarón. ¿Cuál es la tuya?