Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El lunes llego a la agencia arrastrando una resaca emocional de campeonato.

Me he pasado el trayecto en el metro en modo zombi, dándole vueltas al lío de dimensiones épicas en el que me estoy metiendo yo solita.

El fin de semana me lo he pasado entre paseos por el parque con Torrija intentando que no persiguiera a las palomas, un par de conversaciones por WhatsApp con Hugo y varios vistazos furtivos al chat de GatoNegro que sigue esperando una respuesta que todavía no me he atrevido a enviar.

Lo único productivo que he hecho ha sido pasar la tarde de ayer en la residencia, visitando a mi tía Carmen.

Pero, teniendo en cuenta que no estaba en sus mejores días y ni siquiera me reconoció… no es que saliera muy animada de allí.

Ahora, en esta multinacional del postureo, no hay red de seguridad ni miradas de complicidad al otro lado del pasillo que te salven.

He tenido que pelear mucho para hacerme valer, pero lo he conseguido.

Bueno, o estoy a punto de conseguirlo, porque tengo el puesto de supervisora creativa al alcance de la mano.

Es lo único que me queda intacto después del tsunami de mi ruptura con  Marcos y pienso protegerlo con uñas y dientes.

Y mi propia vida si hace falta. No pienso dejar que me lo arrebate nadie. Y mucho menos Don creído.

El problema de las promesas de mujer empoderada, es que suelen durar hasta que abres la bandeja de entrada del correo.

Porque un mensaje del director creativo me devuelve a la realidad de un guantazo.

Hoy a las doce tenemos la presentación para la cuenta de las bodegas riojanas, la reunión que puede inclinar la balanza de mi ansiado ascenso.

Y la tengo que defender codo con codo, compartiendo estrategia y pantalla, con el mismísimo Don Creído.

Encima de mi teclado me encuentro la carpeta con los bocetos impresos y un post-it amarillo fosforito con una letra picuda que dice: «A ver si hoy conseguimos algo más que conceptos "entrañables", Guindilla. Nos vemos en la sala de juntas a las once. No llegues tarde» .

Niego con la cabeza, sintiendo como una oleada de calor y mala leche me sube por el cuello y arrugo el papelito entre los dedos hasta hacer una bola que encesto en la papelera de un manotazo.

No entiendo porqué narices el director tiene tanto empeño en vernos trabajar juntos.

Es absurdo. Al fin y al cabo, sólo hay un puesto libre…

y uno de los dos va a tener que morir en el intento.

El rincón técnico detrás de la mesa de juntas es una auténtica ratonera. Está diseñado con la única y perversa intención de que los informáticos pasen desapercibidos, así que apenas deja un espacio de medio metro entre la pared de cristal y la mesa del ordenador.

—Déjame ponerlo a mí, Lara, que estás descuadrando el timing de las diapositivas —suelta Bruno, colándose en el hueco sin pedir permiso.

—Tú si que estás descuadrado. La presentación la he hecho yo y sé perfectamente cómo va, sal de aquí que no cabemos —siseo entre dientes fulminándole con la mirada, mientras planto firmemente los pies en el suelo.

Pero su prepotencia choca de frente con mi cabezonería, dejándonos atrapados en una cercanía asfixiante.

Su pecho queda a unos centímetros de mi espalda.

Me obligo a erguirme para no rozarlo, pero en realidad no tengo escapatoria.

El calor que desprende su cuerpo traspasa la tela de su camisa blanca y me envuelve.

Bruno alarga el brazo derecho por encima de mi costado para alcanzar el ratón y su antebrazo roza de lleno la piel desnuda de mi muñeca, haciendo que un chispazo violento me sacuda de un latigazo y pegue un respingo sobre mis tacones.

Su olor a Oud Wood me golpea de lleno, colándose por mi respiración como un veneno adictivo del que es imposible escapar.

Un aroma que me grita noches intensas, sábanas revueltas y un arrepentimiento enorme al amanecer.

Pero un temblor involuntario sacude las yemas de mis dedos sobre el ratón y Bruno lo nota deteniéndose.

La comisura de su boca se curva en una sonrisa lenta de satisfacción y baja la mirada con descaro hacia mi muñeca, donde el pulso me late desbocado.

Sin embrago, en lugar de apartarse, inclina la cabeza hasta que su aliento cálido me roza la piel sensible justo debajo de la oreja, que se me eriza en una reacción en cadena llegando hasta mis muslos.

—Vaya, Larita… —me susurra al oido mientras sus labios casi me rozan el lóbulo al hablar, enviando una descarga directa a mi vientre— No sabía que te pusiera tan nerviosa. Te tiembla el pulso. ¿Quieres que te sujete yo el ratón?

La humillación enciende una chispa de rabia que acude a mi rescate antes de cometer una locura.

Clavo las uñas en la palma de mi mano libre y me giro para sostenerle la mirada desafiante, a escasos centímetros de esos ojos oscuros que me tientan con chulería y se divierten provocándome.

Estamos tan cerca que puedo sentir su respiración contra mis labios.

—Ya te gustaría —escupo con la voz mas firme de la que soy capaz, aunque el aire apenas me llega lo suficiente— Haz el favor de largarte de aquí, que a este paso vamos a empezar tarde por tu culpa.

Bruno suelta una carcajada baja pero no se mueve. Al contrario, presiona su cadera contra la mía con un roce deliberado antes de erguirse despacio.

—Como tú digas, fiera —murmura con sorna, guiñándome un ojo—Pero colócate bien el cuello de la blusa antes de que entren todos… parece que la yugular te va a reventar.

Se aleja con una parsimonia exasperante, dejando el rastro de su perfume flotando en el ambiente como una provocación. Me apoyo en la mesa con las manos temblorosas y cierro los ojos con fuerza, furiosa. Lo odio. Lo odio con cada célula de mi ser. Pero mi piel sigue ardiendo.

Esta reunión está siendo infinitamente peor que un puñetero dolor de muelas.

Llevamos cuarenta minutos encerrados en la sala de juntas y la poca paciencia que me quedaba se ha evaporado.

Bruno, para no variar, lleva la voz cantante en la presentación.

Está de pie junto a la pantalla, gesticulando de una forma arrogante que me desquicia y moviéndose por la sala como si la agencia llevara su nombre.

El traje azul marino le sienta indecentemente bien y tiene tanta labia que se está metiendo al bodeguero en el bolsillo sin despeinarse, las cosas como son.

Pero cada vez que abre la boca para soltar uno de sus tecnicismos, me entran ganas de levantarme y estamparle mi cuaderno en la cabeza.

—Si analizamos el engagement del último trimestre, la línea estratégica que hemos seguido hasta ahora, se queda terriblemente corta, casi obsoleta —suelta mirando fijamente al director general e ignorándome con descaro— Necesitamos un enfoque más agresivo.

Centrarnos menos en la estética del diseño y más en los beneficios tangibles para asegurar la conversión directa del consumidor.

Me muerdo el interior de la mejilla para no interrumpirle y mandarle a la mierda delante de todos.

El muy capullo está echando por tierra todo mi planteamiento estratégico para colgarse la medalla con futuras métricas que supuestamente funcionarían, pero de las que no tiene ninguna garantía.

Estoy pensando cómo rebatirle sus argumentos con elegancia, sin que el director note que nos dedicamos a competir a muerte entre nosotros, cuando mi teléfono vibra boca abajo sobre la mesa y, aprovechando que Bruno capta la atención de toda la sala con un gráfico de barras, le doy la vuelta con disimulo. Es una notificación de Tinder.

@GatoNegro: Me resisto a pensar que me estás ignorando de una forma tan cruel… ¿Tan ocupada estás? ¿El día está siendo duro?

Aprieto los labios para disimular una sonrisa fuera de lugar y miro a mi alrededor. ¡Qué oportuno! Acaba de ganarse mi atención por completo.

Bajo el teléfono discretamente hacia mi regazo por debajo del borde de la mesa y empiezo a teclear a toda velocidad con una sola mano, alternando miradas rápidas al proyector para que nadie sospeche.

@LaTormentaPerfecta: Premio. Te has ganado que te conteste solo por lo oportuno que has sido.

Estoy en medio de una reunión eterna aguantando los delirios de grandeza de mi compañero de equipo y el iluminado no se calla ni debajo del agua.

Se cree que tiene razón y que su idea es mejor que la mía.

Me está costando la vida no cargármelo delante de todos.

La respuesta de Gato Negro no tarda ni tres segundos en llegar.

@GatoNegro: Vaya… Me alegro de llegar a tiempo para el rescate. No le des el gusto de verte perder los papeles, no merece la pena. Seguro que tu idea es mejor.

Parpadeo un par de veces mirando la pantalla y levanto la vista hacia Bruno, que sigue hablando de la optimización de los presupuestos, totalmente ajeno a mi conversación bajo la mesa. Suelto un suspiro silencioso.

@LaTormentaPerfecta: ¿Y tú cómo lo sabes? A lo mejor él tiene razón y soy yo la que se equivoca. Mi jefe parece hipnotizado.

@GatoNegro: Porque los que necesitan hacer mucho ruido normalmente es porque no tienen nada sólido detrás. Solo intentan deslumbrar. No te precipites y mantén el tipo. Luego me cuentas si al final tenía razón. Suerte.

Bloqueo la pantalla de un toque rápido y vuelvo a dejar el móvil boca abajo sobre la mesa. Alzo la cabeza justo a tiempo para ver cómo Bruno remata su discurso, se recoloca la chaqueta y me lanza una mirada de reojo desafiante. Un « a ver cómo superas esto, Guindilla » en toda regla.

Siento un nudo en el estómago que me marea. Mierda. Me toca mover ficha.

Necesito salir de la agencia antes de cometer un delito, así que en cuanto el reloj marca las seis en punto, recojo mis cosas y arrastro a Hugo a la primera terraza con sol que encontramos cerca de mi oficina. Me pido una caña doble bien fría y me bebo casi la mitad de un solo trago desesperado.

—Es un imbécil, Hugo. Te lo juro, es que no puedo con él —escupo con rabia, apoyando el vaso contra la mesa de metal— Se ha pasado toda la reunión intentando pisarme los copys .

Se cree el rey del mambo con esa sonrisita de sobrado que dan ganas de borrársela de un guantazo con la mano abierta.

Y encima… —Me freno en seco antes de confesar el numerito en la mesa del proyector— …

encima me toca aguantarle a diario. Qué cruz.

Hugo me escucha atentamente, aguantando con paciencia el chaparrón.

Lejos de aburrirse con mi rabieta, se apoya en el respaldo de la silla de la terraza, mirándome con diversión tras los cristales oscuros de sus gafas de sol.

Desde el casi beso del portal, hemos tenido varias conversaciones por mensaje, aunque estamos retrasando la cena pendiente, pero tenerle en frente sigue haciendo que me sienta extrañamente protegida.

Estira la mano sobre la mesa y me atrapa los dedos, dándoles un apretón suave que me obliga a bajar las revoluciones.

—Respira, Lara —dice tranquilo, bajándose un poco las gafas para mirarme directamente. A los ojos— Te equivocas. Ese tío no te desprecia. Tiene miedo.

—¿Bruno? ¿Miedo de qué? Si se cree el centro del universo.

—De ti —suelta tan pancho, trazando círculos lentos en el dorso de mi mano con el pulgar —Sabe de sobra que le das mil vueltas. Te ve como una rival y su forma de defenderse es intentar sacarte de quicio. Pero no le des el gusto de verte así de alterada. Tú juegas en otra liga, créeme.

Me quedo callada, procesando su teoría mientras la calidez de sus dedos en los míos intenta calmarme. Hugo es la definición perfecta de paz. Me escucha y me reconforta. Es el candidato idóneo, el chico maduro y centrado que cualquier persona cuerda elegiría sin dudar.

Y sin embargo, mientras le miro, una parte traidora de mi cabeza sigue pensando en los mensajes de Gato Negro y otra en el maldito perfume de Bruno. ¿Qué demonios me pasa en la cabeza?

—Oye… ¿estás bien, Lara? ¿Te pasa algo? —pregunta Hugo, inclinándose hacia adelante sin soltarme la mano— Te has quedado muy callada de repente y eso no es normal en ti. Si quieres cambiamos de tema…

Su mirada me atraviesa y me hace sentir aún peor.

—No, qué va, nada —miento, forzando una sonrisa y apurando la caña— Que tienes razón. Que Bruno es un gilipollas y punto.