CAPITULO 2 #2
Hugo paga la cuenta tras la predecible pelea de cortesía por ver quién saca la tarjeta primero y salimos a las calles adoquinadas del barrio de Las Letras.
Madrid de noche tiene ese punto canalla y adictivo que te empuja a estirar la velada todo lo posible.
Y más cuando el brazo de Hugo roza el mío a cada paso con una sincronía perfecta.
Subimos hacia Huertas buscando un taxi libre; tengo claro que la noche no puede acabar aquí y menos sabiendo que Nuria está al frente de mi cuartel general.
Necesito que le dé el visto bueno al milagro del algoritmo.
El trayecto en el taxi se nos pasa volando entre risas, comentando el tráfico caótico de la capital y lo mal que conduce el entrañable paisano que nos lleva, que parece que está jugando al Mario Kart por la Castellana.
Cuando el coche frena en seco frente a la fachada iluminada de La Resistencia , noto un hormigueo de expectación.
Cruzar esa puerta con un tío, para mí, es territorio sagrado.
Al entrar, el tintineo de la campana de la puerta hace que Nuria levante la vista del fregadero.
En cuanto me ve aparecer escoltada por semejante monumento, sus cejas se disparan hacia el techo con la velocidad de un cohete.
Intento mantener cara de póker, pero la sonrisa pícara de Hugo a mi lado me delata por completo.
—¡Buenas noches! —saluda Hugo, con una soltura y desparpajo que me dejan muerta— Lara me ha prometido que aquí tienen la mejor coctelería de todo Madrid, así que vengo dispuesto a comprobarlo.
Nuria fija sus ojos en él, escaneándolo de arriba a abajo en tiempo récord. En cuestión de dos segundos, su expresión pasa de la sorpresa a una sonrisa radiante de bienvenida.
—Bueno, Lara tiene buen paladar para los cócteles, pero para los hombres suele tener el gusto un poco desviado —suelta Nuria con su habitual falta de filtro, guiñándome un ojo con malicia— Aunque veo que ha aprendido a elegir por fin. Bienvenidos a La resistencia .
Saca tres vasos de chupito escarchados del congelador y vierte un líquido esmeralda.
Chocamos los cristales con fuerza, el licor nos raspa tanto la garganta al tragar que nos hace toser entre risas y Hugo se deja aconsejar por Nuria para la siguiente ronda.
En cinco minutos Hugo se mete a Nuria en el bolsillo, riéndose de las batallitas del bar y alabando la decoración del local sin resultar un pelota. Es insultantemente perfecto.
—Disculpadme un segundo, voy al baño —dice Hugo sonriendo con chulería antes de enfilar el pasillo del fondo a paso lento.
En cuanto dobla la esquina y desaparece por completo de nuestra vista, Nuria cruza los brazos sobre la barra y se abalanza hacia mí con los ojos como platos.
—¡Pero bueno, tía! —susurra dándome un manotazo en el antebrazo que casi me tira la copa— ¿De dónde has sacado semejante monumento? ¡Si parece que se ha escapado de un anuncio de perfume de los que salen del agua a cámara lenta!
—De Tinder, tía, te lo juro —le devuelvo el susurro, encogiéndome de hombros con una sonrisita de orgullo que no puedo, ni quiero, ocultar.
—¿Tinder? ¿En serio? Y yo que pensaba que ahí solo había lo que sobraba en el mercado…
—Nuria mira de reojo hacia el pasillo del baño para asegurarse de que no vuelve todavía— Es educado, simpático, guapo y encima tiene unas manos que...
Joder, Lara, haz el favor de no estropearlo con tus neuras, que tíos así quedan tres y dos ya están casados.
Me río por lo bajo con el orgullo por las nubes. Que Nuria —la mujer más cínica y escéptica del planeta con el género masculino— le dé el visto bueno a Hugo de esta forma, es el sello de calidad que necesitaba para terminar de creérmelo.
—No corras tanto, que es la primera cita y nos estamos conociendo—la freno, aunque por dentro estoy haciendo la ola— A ver cómo remata la jugada.
—A este paso, con las miradas que os traéis, la jugada la remata en tu cama esta misma noche, guapa, te lo digo yo —sentencia guiñándome un ojo con picardía justo cuando el repiqueteo de los zapatos de Hugo nos avisa de su vuelta.
Nuria recupera la compostura de golpe y le sirve otra copa con una sonrisa, mientras yo me coloco el pelo con disimulo y me preparo para saborear el final de la noche.
Salimos del bar una hora después y el aire el fresco de la madrugada, nos da de lleno en la cara, pero los cócteles que hemos tomado y la conversación nos mantienen a una temperatura perfecta.
Hugo se empeña en acompañarme a pie hasta mi portal y el trayecto por las calles semivacias es un choque constante de nuestras manos y hombros; me doy cuenta de que no es casualidad cuando sus dedos buscan los míos de forma deliberada, rozándolos antes de alejarse.
Las mariposas han pasado de revolotear en mi estómago a formar un huracán.
Ojalá mi calle fuera tres veces más larga.
Cuando llegamos frente al portón de madera de mi edificio, el silencio de la calle desierta se vuelve denso, cargado de una expectativa muy clara. Los dos sabemos perfectamente lo que viene ahora.
Me giro despacio, apoyando la espalda contra la fachada de piedra y le miro, mientras él da un paso adelante, acortando la distancia hasta que apenas queda espacio entre los dos, obligándome a levantar la barbilla para sostenerle la mirada.
Tenerlo así de cerca, mirándome de esta manera, hace que me dé un vuelco el corazón.
—Me lo he pasado genial, Lara —dice, bajando el tono de voz a un susurro.
—Yo también, Hugo. Hacía mucho tiempo que no...
No me deja terminar.
Hugo se inclina hacia mi despacio, dándome todo el tiempo del mundo para echarme atrás si quiero. El tiempo parece ralentizarse mientras su mano sube hasta mi mejilla, acariciándome el pómulo con ternura. Sus labios no buscan mi boca, sino la comisura, posándose allí con lentitud.
Es un beso suave, rozando el límite, que se alarga tanto que me agarro a sus hombros casi por instinto. Noto su respiración contra mi piel y el calor de su cuerpo acorralándome con delicadeza contra la piedra y un escalofrío me recorre entera, dejándome las piernas temblorosas.
Cuando se separa, no se aleja del todo, se queda sujetando mi cintura, apoyando su frente contra la mía, buscando mis ojos.
—Iba a darte un beso de verdad —murmura con una sonrisa tímida, mientras su pulgar vuelve a delinear mi labio inferior— pero prefiero guardármelo para otra cita. Si me dejas llevarte a cenar, claro.
Saca su teléfono y lo apoya sobre mi mano desbloqueado.
—Apúntame tu número, supongo que ya te has dado cuenta de que no necesitas el spray de pimienta conmigo —me guiña un ojo, sonriendo.
Tecleo las cifras con dedos torpes y se lo devuelvo.
Nos prometemos volver a vernos muy pronto y esta vez no suena a la típica frase de cortesía, sino a algo que estamos deseando los dos.
Me quedo parada en la acera, mirándole caminar calle abajo hasta que dobla la esquina.
La suerte por fin ha cambiado de bando. Ya era hora.
Empujo la puerta del portal, subo en el ascensor y, al mirarme en el espejo de la cabina, con los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas, me doy cuenta de que Hugo es justo la calma que necesitaba. Es el hombre que me merezco después de tanta mancha acumulada en mi historial.
El ascensor se detiene en mi planta con un golpe seco y justo cuando voy a meter la llave en la cerradura de casa, lista para recibir el placaje habitual de Torrija, el móvil vibra dentro del bolso. Lo saco a toda prisa, creyendo que es un mensaje de Hugo, pero no.
La pantalla se ilumina con el logotipo rosa de la aplicación de Tinder.
¡Tienes un nuevo Match con @GatoNegro!
Me quedo congelada en el rellano con la llave suspendida en el aire.
¿GatoNegro? Abro el perfil que tiene una imagen en blanco y negro de los tejados de Madrid difuminados por la lluvia.
No hay fotos de musculitos, ni postureos ridículos en la playa, sino una frase que llama mi atención: «Solo busco una conversación ingeniosa que me haga olvidar que el mundo está lleno de cuerdos aburridos» .
Resoplo entre dientes, debatiéndome por la culpa de estar cotilleando otro perfil después de la cita perfecta que acabo de tener, pero la curiosidad que me define gana por goleada.
Qué narices. Nunca se sabe lo que puede pasar…
Acepto el match con un toque en la pantalla mientras al otro lado de la puerta Torrija empieza a patalear impaciente y, antes de que me dé tiempo a guardar el teléfono, la pantalla parpadea.
El chat se activa y aparece su primer mensaje.
@GatoNegro: Vaya… Una chica con esa mirada de pocos amigos solo puede haber tenido un día tan pésimo como el mío. Si necesitas un lugar donde no tener que poner buena cara a nadie, me ofrezco voluntario.
Me quedo mirando el mensaje con la mano en el pomo de la puerta, sin tener la más remota idea de que acabo de morder el anzuelo de la trampa más elaborada y adictiva de toda mi vida.