CAPITULO 2
Tengo que reconocerle el mérito a Hugo, porque el sitio que ha elegido en el barrio de las Letras es un acierto total.
Es un antiguo almacén de techos altísimos reconvertido en vinoteca de estilo industrial, con los conductos del aire acondicionado a la vista y las paredes de ladrillo cubiertas con palets reciclados de los que cuelgan cascadas de plantas.
La luz es muy tenue, cosa que agradezco enormemente ya que hoy no tengo mi mejor cara después de sobrevivir a una jornada de diez horas aguantando las correcciones absurdas de Bruno en la agencia y a tres llamadas perdidas de Marcos que he dejado morir en el silencio.
Miro el reloj de mi muñeca de reojo con un tic nervioso.
Son las ocho y cinco de la tarde. No es que yo sea precisamente la persona más puntual del mundo, pero me había hecho a la idea de que Hugo sí lo sería.
No sé por qué, la verdad, ya que no es algo que hayamos comentado nunca…
supongo que sigo mal acostumbrada a las manías de mi ex.
—Si te vas a fugar antes del postre, avísame para pedir la cuenta, por favor.
Me giro de golpe en el taburete. Un chico alto, de hombros anchos y una mata de pelo castaño, se pasa la mano por el pelo alborotado, despeinándolo aún más, y me mira desde el escalón de la entrada con una sonrisa canalla que hace que la temperatura del local suba tres grados de golpe.
Lleva vaqueros oscuros, una camisa de lino azul celeste remangada hasta el antebrazo y unas gafas de sol colgadas del cuello.
Podría decir que la primera impresión es de «tengo un gusto excelente y además sé perfectamente cómo utilizar un taladro».
Y ojo, que no hablo de ESE taladro… de momento.
—¿Hugo? —pregunto, intentando sonar casual y que no se me note en la voz todo lo que está pasando por mi imaginativo cerebro en este momento.
—El mismo —da un par de pasos acortando la distancia que nos separa y me saluda con dos besos en las mejillas y una sonrisa que le llega hasta sus preciosos ojos avellana— No debería decírtelo tan pronto para no alimentar tu ego, pero en persona impresionas bastante más que en las fotos.
Aunque te agradezco que la mirada de asesina de ayer te la hayas dejado en casa.
Tranquila, te prometo que hoy no te va a hacer falta.
Un olor dulce y sexy a Scandal de Jean Paul Gaultier me entra por la nariz de lleno mientras siento el calor de su mano en mi brazo. Joder con el arquitecto.
—No te confíes, que llevo el spray de pimienta en el bolso por si acaso —bromeo para rebajar el subidón, sentándome de nuevo en el taburete alto junto a la mesa que ha reservado— Aunque, pensándolo bien, no tienes pinta de que me vaya a hacer falta. Por cierto, me encanta este sitio.
—¿Sí? Cuánto me alegro, aunque he de confesar que me lo ha recomendado un amigo.
—Pues tu amigo tiene muy buen gusto. Y tú también —respondo guiñándole un ojo.
Hugo suelta una carcajada, acerca su taburete para sentarse frente a mí y llama al camarero con un gesto sutil de la mano.
—Gracias. Ahora te toca a ti, Tormenta . Elige el vino y sorpréndeme, ya que dices que eres la experta.
—Va a ser fácil, he estado ojeando la carta mientras venías y tienen un Ribera del Duero excelente —le digo, señalando la carta— Si sobrevivo a días como el de hoy, es gracias a que hay gente maravillosa en este mundo que se dedica a fermentar uvas.
Pedimos dos copas y cuando el camarero las sirve junto a una ración de calamares crujientes, Hugo alza la suya sin quitarme el ojo de encima.
Tiene una mirada divertida, de un marrón intenso que me transmite paz al instante.
Nada que ver con la suficiencia de Marcos o esa costumbre de Bruno de mirarte a la boca como si estuviera a punto de comerte.
—Por haber tenido la suerte de cruzarme con esos impresionantes ojos verdes —brinda él sosteniéndome la mirada.
—Y por el algoritmo de Tinder, que por una vez ha hecho bien su trabajo —añado, chocando mi copa contra la suya con un tintineo.
Al coger los tenedores, nuestros dedos se rozan sin querer .
Es un segundo, pero me da un vuelco tan salvaje el estómago que me obliga a pegarle un trago al vino para disimular.
Está realmente espectacular. El vino, digo…
Bueno, y Hugo también, para qué nos vamos a engañar.
Ahora mismo solo me faltaría escuchar unos violines de fondo para que la cita fuera de película.
La conversación fluye sola, sin los silencios incómodos que tanto temía encontrarme. Hablar con Hugo es como bajarse de una montaña rusa y subirse a un coche con suspensión de lujo. Da gusto.
—¿Y por qué arquitectura? —le pregunto picada por la curiosidad.
Hugo se encoge de hombros y hace girar despacio la copa entre los dedos, concentrado en el movimiento del líquido.
—Porque de pequeño pensaba que construir una casa era una forma bastante bonita de decirle a alguien «aquí puedes estar seguro».
Me quedo mirándole en silencio, porque la respuesta me ha pillado desprevenida.
—¿Tú siempre hablas así?—le pregunto entornando los ojos.
—Solo cuando quiero impresionar a alguien—me responde mirándome de reojo con una sonrisa de lo más pilla.
Yo, por mi parte, le cuento lo insoportable que es trabajar en publicidad cuando tu compañero de equipo se cree mejor que nadie —omitiendo, por supuesto, que Bruno busca algo más que mi futuro puesto— Y él me explica lo idílico que suena ser arquitecto hasta que te toca lidiar con un cliente forrado que exige un jacuzzi flotante en la terraza de un ático sin pilares de carga.
—Espera, espera un momento… ¿Me estás diciendo que tu última cita de Tinder te arrastró a un taller de macramé? ¿En serio?—le pregunto, limpiándome una lágrima de la risa.
—Te lo juro, aunque en teoría también era una cata de vinos —se pone una mano sobre el pecho, fingiendo indignación— Me tuvo dos horas atrapado haciendo nudos con una cuerda de esparto mientras me explicaba que mi aura era de color gris ceniza y que necesitaba alinear mis chakras urgentemente si no quería problemas.
Estaba empeñada en quedar al día siguiente para hacerme una limpieza espiritual con cuarzos.
Yo me dediqué a beberme todo lo que había en las botellas para aguantar el tirón.
Salí de allí oliendo a incienso de sándalo, medio borracho y con un engendro deforme que se suponía que era un posavasos.
Sobra decir que no he vuelto a responder a ninguno de sus mensajes.
Intento controlar el ataque de risa, pero me resulta imposible. Me limpio una lágrima de la comisura de los ojos con la punta de la servilleta de tela, imaginándome la escena.
—Pues no te quejes. A mí uno me citó en una cafetería en Malasaña y se pasó dos horas intentando reclutarme para un negocio piramidal de batidos de proteínas.
Lo único que le interesaba era saber cuántos contactos tenía en la agenda para meterlos en el ajo.
Me fui al baño con la excusa de retocarme, le pagué al camarero por el camino y me escapé por la puerta de emergencias que daba a un callejón.
—Pobre diablo. Ni siquiera te despediste con una triste nota…
Le rompiste el corazón y la pirámide —Hugo sonríe, apoyando la barbilla en su mano y acortando la distancia entre los dos por encima de la mesa.
Sus ojos brillan con guasa— Oye, Lara...
Deberíamos firmar un pacto de no agresión.
Si alguno de los dos no está cómodo con algo, lo dice abiertamente.
O al menos nos despedimos como personas civilizadas antes de salir corriendo.
—Me parece bien —le sigo el juego, cruzando los brazos sobre la mesa con una mirada felina— Aunque si no quieres que salga corriendo… vas a tener que ganártelo, arquitecto.
Pero en realidad, ya me tiene ganada, porque Hugo es atento a más no poder.
Se da cuenta de si me queda poco vino antes de que yo misma note la copa vacía, me pregunta con tacto por mi tía Carmen cuando la menciono de pasada y me pide fotos de Torrija cuando le cuento que comparto piso con un Golden Retriever.
En algún momento entre la segunda y la tercera copa de Ribera, me sorprendo a mí misma mirándole fijamente los labios y pensando «¿Pero dónde demonios ha estado escondido este hombre toda mi vida mientras yo coleccionaba sapos?
» . Es divertido, inteligente, no tiene manías raras a simple vista y parece emocionalmente estable.
Seguro que en algún sitio está el fallo…
Soy de las que piensan que la gente se divide en tres categorías indiscutibles: los que tienen tarita, tara o un tarón enorme.
Me muero por descubrir a cuál pertenece Hugo.
Sin embargo, cada vez que nuestras miradas se cruzan o él se inclina hacia adelante para escucharme mejor por encima del murmullo del bar, noto un cosquilleo recorriéndome la espalda. Esto se está poniendo muy interesante.
—¿Qué pasa? —pregunta él con voz suave, pillándome infraganti mirándole la boca mientras me muerdo el labio inferior sin darme cuenta.
—Nada —disimulo a la carrera, aclarándome la garganta y recolocándome en el taburete— Que... bueno, que me alegro mucho de haber venido, Hugo. En serio. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien en una primera cita.
—Yo también me alegro, Lara —dice con total sinceridad, y su mano busca la mía sobre la mesa con un gesto suave que me eriza la piel— De hecho, la noche promete. ¿Pedimos otra ración o prefieres que demos un paseo y cambiemos de aires?
Miro a Hugo, a sus ojos color avellana y su amplia sonrisa y me obligo a archivar los ojos oscuros de Bruno y los mensajes de Marcos en el rincón más profundo de mi mente. Tinder me debía una y parece que ha pagado su deuda con creces.
—Mejor la próxima copa la tomamos en otro sitio. Te has ganado que te lleve a mi bar favorito de todo Madrid.