CAPITULO 1 #2
Suelto el botón y cruzo el paso de peatones pisando las rayas blancas con saña. Tres minutos después, al doblar la esquina de mi calle, el teléfono vibra anunciando un audio. Le doy al play y me lo pego a la oreja; con Sara es mejor no arriesgarse a dejar puesto el altavoz en público.
De fondo se oye el ruido infernal de un llanto a dos voces de las gemelas, la melodía estridente de un juguete y agua chapoteando. La voz de mi amiga suena cansada, lo que últimamente viene siendo lo habitual.
Sara (21:10): Lara, tía, por favor, respira hondo, cuenta hasta diez y baja los humos, que te conozco—se oye un suspiro y un grito lejano: «¡No, Alma, suéltalo, el chupete no es para Oreo!
»—. A ver, a Bruno ni agua, tú mantén las distancias y que le den.
Vales más que él. Pero Marcos... mira, ayer vino a casa a cenar.
Está muy arrepentido, en serio. No puede estar sin ti.
Vale que metió la pata pero… deberías darle la oportunidad de hablar ¿no? Al menos un café…
El audio se corta de golpe con un berrido agudo de una de las gemelas y yo me quedo parada en mitad de la acera y miro la pantalla boqueando. ¡Ya lo que me faltaba! Vuelvo a pulsar el botón de grabar.
Lara (21:12): ¡Ni de coña! Pero, ¿tú de que lado estás? ¿Cómo que ayer cenó con vosotros? ¿Sabías que estaba en Madrid y no me dices nada? Se supone que eres mi mejor amiga… mira, déjalo, mejor ni contestes. ¡Meteros todos en la cabeza que su tren ya pasó y descarriló!
Bloqueo el teléfono con tanta rabia que casi hundo el cristal con el dedo. Ten amigas para esto…
Llego a mi portal resoplando, subo las escaleras de dos en dos porque el ascensor está roto y, antes de meter la llave en la cerradura, escucho el repiqueteo nervioso de unas garras contra el parqué al otro lado de la puerta.
Giro la llave sonriendo, empujo la hoja unos centímetros y el caos se desata en mi recibidor.
—¡Hola, gordo! ¡No, no, quieto! ¡Torrija, abajo! ¡Abajo te he dicho!
Cuarenta kilos de pelo dorado, alegría desmedida, babas radioactivas y fuerza de un buey se me echan encima sin darme tiempo a reaccionar.
Torrija me empuja pasillo adelante en un torbellino de patas y saltos, con el rabo golpeando las paredes como un látigo, hasta que caigo de espaldas sobre el sofá.
El perro aprovecha mi posición de indefensión para subirse encima de mi pecho, aplastándome contra los cojines y empieza a regalarme una sesión de lametazos gigantescos y babosos por toda la cara.
—¡Ya, Torrija, que me vas a ahogar, bruto! —me río a carcajadas, intentando apartar su hocico mientras él se retuerce de felicidad.
Cuando por fin consigo incorporarme, me limpio las babas de la cara y escaneo el salón. Qué cuadro. Hay un cojín destripado en una esquina y un mar de plumas por todo el suelo. Qué maravilla, ya tengo entretenimiento para la próxima media hora.
Mientras Marcos se fue a Londres a perseguir su carrera , a mí me tocó la custodia de este caballo con forma de Golden Retriever.
Enterita para mí. Los paseos a las seis de la mañana en pleno invierno, los sacos de pienso de veinte kilos y las facturas del veterinario, me los como yo solita mientras su otro dueño se inspira mirando el Támesis.
Aunque también es la última cosa que todavía nos une… aparte de la dichosa hipoteca.
—Al menos tú te alegras de verme, gordo —suspiro, rascándole detrás de las orejas. Torrija suelta un bufido de satisfacción, apoyando el hocico sobre mis rodillas—. Aunque huelas a perro mojado.
Me voy desvistiendo por el pasillo y dejo la ropa amontonada en la silla que tengo a los pies de la cama.
Me planto la camiseta más vieja y descolorida que tengo y me meto directamente en la cama.
El silencio del piso es agobiante. Pero, tumbada de espaldas mirando al techo en penumbra, siento un cosquilleo ridículo en el cuello al acordarme de Bruno, mezclado con una mala leche tremenda por el numerito de Marcos. Qué asco de día.
Cojo el Kindle dispuesta a evadirme de mi propia realidad leyendo «Diario de una chica con talento para enredar el momento», la última novela de Sara, pero el teléfono se ilumina en la mesilla.
Lo cojo de un manotazo resoplando, convencida de que es Marcos volviendo a la carga con sus mensajes de cachorro arrepentido.
Pero no, no es él. Sonrío al ver de quién se trata.
Es una notificación de Tinder. @Hugo_91.
Llevamos tres semanas hablando por la aplicación y es de lejos lo mejor que me he encontrado en este desierto de tíos raros.
Porque para meterse en Tinder hoy en día, hay que venir llorada de casa y mentalizarse de que la fauna ibérica que lo habita es digna de ver.
O te encuentras al intenso que sube fotos mirando al horizonte, o al moderno que busca «experiencias poliamorosas» para camuflar que es un golfo, o al clásico espécimen de gimnasio posando en el espejo con un batido de proteínas.
Aunque Hugo es la antítesis de todo eso.
Es arquitecto, divertido, insultantemente sano sin ser intensito y tiene la increíble habilidad de hacerme reír hasta en los peores días.
Con él puedo pasarme media noche hablando de tonterías sin darme cuenta.
Ya nos hemos contado media vida, incluso ha conseguido que le cuente alguna que otra cosa de Marcos.
Supongo que por eso me pone nerviosa conocerle en persona, todo lo que hemos construido estas semanas, se puede ir a tomar por saco en una noche, que sé de lo que hablo.
Aún así, todavía no hemos conseguido cuadrar una cita.
Y aunque el chico promete, prefiero no hacerme demasiadas ilusiones hasta que lo conozca, que las expectativas las carga el diablo.
El último que pareció un príncipe azul, luego medía un metro sesenta y estuvo dos horas dándome la turra con las criptomonedas.
Que no es que yo busque un modelo ¿eh? Pero una tiene sus límites…
Y ya me he llevado más de una sorpresa en ese sentido.
@Hugo_91: Hola guapa. ¿Qué tal el día? ¿Ha sido duro? En la foto que has subido a Instagram tienes una mirada de «como me hables, te reviento» que me asusta y me fascina a partes iguales.
Suelto una carcajada contra la almohada.
Me encanta hablar con él porque no tengo que fingir que soy una chica equilibrada y zen.
Con Hugo puedo ser yo misma. Y por eso mismo, empieza a parecerme peligrosamente adictivo.
Llevo tiempo convencida de que lo ideal en esta vida es no necesitar a nadie, pero con él me pasa justo lo contrario…
veo su nombre en la pantalla y se me pone cara de tonta. No lo puedo evitar.
Me incorporo de un salto, apoyo la espalda en el cabecero de la cama y tecleo a toda velocidad.
@LaTormentaPerfecta: Te quedas corto. He estado a punto de cometer un doble homicidio. Necesito que me convaliden el día de hoy por un año entero de vacaciones pagadas en un spa con playa.
@Hugo_91: ¿Doble homicidio? Juegas a lo grande…
Cualquiera se atreve a llevarte la contraria.
¿Qué te ha pasado? Dices que quieres un spa…
pero por lo poco que sé de ti, te pega muchísimo más una buena copa en una terraza de Malasaña escuchando a Leiva de fondo.
Cuando quieras me presto voluntario para hacerte compañía.
Me quedo parpadeando frente a la pantalla. Maldito negroni, que me ha pegado más de lo que esperaba. ¿Tendrá un radar para adivinar mis vicios o es que los tíos perfectos existen y me ha tocado el premio gordo en el algoritmo de Tinder?
@LaTormentaPerfecta: Lo que me ha pasado es un ex gilipollas y un compañero capullo por encima. No te ofendas, pero hoy no tengo muy buena opinión sobre la especie masculina. En cuanto a la copa, te lo compro, aunque prefiero Imagine Dragons.
@Hugo_91: Vaya… Ahora entiendo tu instinto asesino…
Aunque me cuesta creer que alguien sea capaz de pasarte a ti por encima.
Ánimo, que mañana es miércoles y la semana ya está a la mitad.
¿Te hace un vino al salir de la oficina?
Prometo esforzarme para hacerte cambiar de opinión sobre nuestra especie.
El estómago me da un vuelco y me quedo mirando las molduras del techo.
Me muero de ganas por decirle que sí pero…
me lo paso muy bien hablando con Hugo por aquí.
¿Y si la cita es un fiasco? ¿Y si en persona se rompe el encanto?
Aunque tampoco podemos estar eternamente así…
En algún momento tenemos que dar el paso ¿no?
@LaTormentaPerfecta: Vale. Pero el vino lo elijo yo, que para algo me paso el día haciéndole la publicidad a las bodegas de media España. Mañana a las ocho. Elige un sitio que merezca la pena, a ver con qué me sorprendes.
@Hugo_91: Perfecto. ¿Un sitio que merezca la pena para ti? Me lo pones difícil pero… vale, a ver qué se me ocurre. Que descanses, Lara. Intenta no cargarte a nadie hasta entonces. Tengo muchas ganas de poder hablar contigo sin una pantalla de por medio.
Bloqueo el teléfono y lo dejo caer sobre la mesilla con un movimiento de triunfo. Apago la luz y me acurruco de lado, haciéndome hueco en la almohada mientras escucho los ronquidos rítmicos de Torrija a mis pies.
Mañana va a ser un día intenso con Bruno en la agencia, pero de momento el marcador de Tinder va ganando por goleada.