Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3) CAPITULO 1
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Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3)

Diario de una amiga sin talento para ligar (Talento para el desastre 3)

Por Clara Lane S.

© inepub.com

CAPITULO 1

—¡Será gilipollas! ¿Pero este tío de qué guindo se ha caído?

Estampo el bolso contra la barra con un golpe seco que retumba en el local vacío.

El cuenco de las gominolas salta por los aires por el impacto y tres ositos salen disparados al suelo, rodando hacia la puerta.

Nuria, que estaba de espaldas repasando las copas de balón con un trapo, frena en seco el movimiento de su muñeca al escucharme y se gira despacio, con una sonrisa de oreja a oreja que delata que vive por y para mis dramas diarios.

—¿El petardo de tu compañero otra vez?—pregunta, apoyando los puños en el mostrador con una sonrisa pilla.

—¡Peor! ¡Marcos! Bueno, y Bruno también, para qué nos vamos a engañar. Porque hoy se han puesto los dos de acuerdo para sacarme de quicio.

—¿A quién hay que rematar primero? —Nuria alza una ceja con parsimonia mientras se fija en mis ojeras de oso panda— Traigo la pala del almacén si hace falta. Te aseguro que no dejamos rastro.

—¡A los dos a la vez y en la misma fosa, por favor! —Me dejo caer a plomo en el taburete alto de la barra y resoplo con tanta fuerza que el flequillo se me abre en abanico—Pero si quieres empezamos por la emboscada que me acaba de hacer el gilipollas de mi ex en mitad de Fuencarral.

Noto las mejillas ardiendo y la vena del cuello a punto de explotar.

—¿Tienes algo que me borre la memoria de un plumazo?—Cojo de la barra la nueva carta de cócteles que ha diseñado— De hecho, ponme la carta entera. En vena. ¿Qué me recomiendas para un coma etílico exprés?

Nuria me quita de las manos la cartulina antes de que la rompa, pero la recorre con el dedo índice, tomándome la palabra.

—A ver, si estás para que te encierren en el psiquiátrico, la lógica dice que te ponga el número diez, el «Último deseo» , que lleva absenta y te deja clínicamente muerta durante doce horas por lo menos.

Pero como te conozco, sé que seguramente no sea para tanto y que mañana tienes que volver a verle la cara a Bruno, vamos a empezar por el número uno: «Primeros auxilios» .

Un negroni rebajado con pomelo rosa. Amargo y ácido, como tu tarde.

—Ponme tres —gruño, hundiendo la cara entre las manos y frotándome las sienes— Te juro que si el día tiene veinticuatro horas, a mi hoy me han sobrado veintitrés y media.

Nuria sonríe con ternura, añade los ingredientes a la coctelera de metal y empieza a agitarla con un ritmo tan hipnótico, que consigue que me quede embobada mirando el movimiento y, por unos instantes, el mundo se reduce al repiquetear del hielo contra el acero.

—Venga, suéltalo antes de que te envenenes —me pide Nuria, deslizando un vaso corto de cristal tallado frente a mí— ¿Qué hace Marcos en Madrid? ¿No se supone que estaba en Londres haciéndose famoso con la exposición?

El cóctel brilla con un tono rojizo oscuro bajo las luces tenues del bar, con un trozo de corteza de pomelo flotando entre los hielos. Le pego un trago largo antes de responder.

—Eso creía yo—resoplo, limpiándome la comisura de los labios— Pero cuando he salido de la agencia me lo he encontrado esperándome en la boca del metro de Tribunal, tan pichi, con cara de «no he roto un plato en mi vida».

Y va y me suelta que está unos días aquí y que a ver si nos tomamos algo para hablar con calma, porque «ahora lo ve todo claro» dice.

¡Ahora! ¡Tócate las narices! ¡Ahora que te den mucho por saco!

¡Te lo hubieras pensado antes de meter la pata capullo!

—¿De verdad le has dicho eso? —Nuria se inclina sobre la barra ojiplática.

—No, mujer. Aunque no ha sido por falta de ganas. Pero tranquila, he sido mucho más sutil. Me he dado la vuelta y le he dejado ahí plantado en la acera, con la palabra en la boca.

Le pego otro trago al cóctel, notando cómo baja el frío por mi garganta.

—Se ve que no pilla las indirectas, porque no hago más que colgarle el teléfono, pero no se cansa…

¡Es increíble! Fue él quien decidió que un contrato como fotógrafo estrella en Londres era más importante que nuestra relación.

Marcos es así, egoísta por naturaleza. Se lanza a la piscina y espera que los demás saltemos detrás de él aunque no haya agua.

Está convencido de que amar a alguien significa querer lo mismo y al mismo tiempo.

Y yo lo quería. Lo quería muchísimo. Ese fue el problema.

Me quedo mirando la rodaja de pomelo que flota a la deriva en el vaso, sintiendo un nudo en la garganta.

Aunque no pienso reconocerlo ni bajo tortura, el estómago me ha dado un vuelco en cuanto nuestras miradas se han cruzado y mi corazón ya iba a mil por hora antes de que mi cerebro procesara que era él.

Odio que todavía tenga ese superpoder sobre mí.

¿Cuánto se supone que tarda en llegar la puñetera indiferencia?

—Bueno… pero tú tampoco quisiste irte con él, reina —apunta Nuria con suavidad, haciendo una mueca mientras se concentra en limpiar una mancha invisible en la barra.

—¿Y cómo coño me iba a ir, Nuria? —le espeto, apretando el vaso con tanta fuerza que temo que estalle entre mis dedos— Mi tía Carmen es la única familia que me queda.

Su Alzhéimer está avanzando. Si la muevo de Madrid para llevármela a Inglaterra se iba a desestabilizar por completo y allí no podría continuar con la terapia.

Además... sabes perfectamente que tengo al alcance de mi mano el ascenso de mi vida en la agencia.

¡El mismo que ahora me quiere pisar el imbécil de Bruno!

No iba a dejarlo todo para irme a la aventura y ser el llavero de Marcos.

—Tal vez os precipitasteis… — Nuria me mira con cautela—A lo mejor podíais haber probado un tiempo. Unos meses. A ver qué tal…

—Ni de coña, esa película ya me la conozco y el final es una mierda.

Te recuerdo que me pasé un año entero pensando que Javier, mi ex, se moría por volver a mi lado y luego resultó que el muy cabrón se estaba montando una doble vida con otra tía.

El trauma de la infidelidad a distancia ya me lo pagué yo solita en terapia.

Y a precio de oro, por cierto. Con Marcos he preferido cortar por lo sano antes de que se pueda repetir el calvario, ¿y ahora viene a remover la mierda?

Paso. Yo solita me basto, me sobro y me compro los caprichos. No pienso volver a cometer ese error.

—¡Oído cocina! Bebe y dime qué te ha hecho hoy el empotrador —asiente Nuria sonriendo con picardía—¿Te ha arrastrado ya al cuarto de la fotocopiadora?

Le pego un trago largo al negroni. Está fuerte de narices, pero es exactamente el chute de anestesia que necesitaba.

—No le llames así, por lo que más quieras.

Es Bruno. Don Creído para las amigas. Ese a lo único a lo que me arrastra es a matarle—gruño, limpiándome la comisura del labio con el dorso de la mano con rabia— Esta tarde teníamos que revisar los bocetos de las bodegas de La Rioja.

Pues el tío, en vez de mirar la dichosa pantalla, ha aprovechado para echárseme encima. Literalmente.

Nuria arquea una ceja expectante, frenando el movimiento del trapo sobre la barra y esperando a que continúe.

—Se me ha pegado a la espalda. Pero en plan a traición, ¿sabes?

Invadiendo por completo mi espacio vital.

Y, de repente, noto su aliento en la nuca, se inclina, apoya la mano en la mesa acorralándome y me susurra al oído «Es un concepto muy...

inocentón, Lara. Le falta garra… fuerza.

La misma con la te muerdes el labio cuando te frustras».

¡Con toda su jeta! Casi le clavo el bolígrafo.

—Joder... —Nuria parpadea un par de veces— ¡Qué sutil!

—¡Es que se pasa el día provocándome! Me trata como si fuera una becaria y, a la vez, me tira los trastos sin cortarse ni un pelo.

—Sí, sí, menuda pesadilla…  —Nuria me mira aguantándose la risa—¿Por qué será que te trae de cabeza?

—¡Que no me trae de cabeza! —protesto, dando un golpe en la barra que hace bailar los hielos—Pero me da rabia…

A ver, hay que reconocer que aunque va de sobrado por la vida y es insoportable, tiene un punto salvaje que da mucho morbo.

¿Y cómo le quedan los trajes? Por favor…

está para que te empotre contra la pared y te cruja la espalda.

¡Pero da igual! Es un imbécil prepotente y le odio con todas mis fuerzas, te lo juro.

—Ya, ya... Le odias muchísimo, se te nota en la mirada —canturrea Nuria riéndose mientras se recoge el pelo en una coleta— Te saca de quicio porque es el único en la oficina que se atreve a plantarte cara. Y porque estás deseando que esa pared sea la de tu casa.

Le pego el último trago al negroni, apurando los restos. El amargor me raspa la garganta, pero el recuerdo de la respiración de Bruno contra mi piel me provoca un escalofrío que no tiene nada que ver con los hielos del vaso.

—Ponme el segundo, Nuria. Hoy me acabo la carta.

Salgo del bar con un zumbido de mil demonios en la cabeza y el estómago flotando en una mezcla peligrosa de alcohol y bilis.

La noche de Madrid refresca, pero yo sigo teniendo el cuello ardiendo.

Saco el móvil mientras enfilo la acera con paso ligero hacia mi piso, pulso el icono del micrófono en el chat de Sara y aprieto con ganas.

Necesito escupir esto o reviento antes de llegar a casa.

—Tía, no te lo vas a creer —arranco gritándole al teléfono mientras gesticulo como una loca con la mano libre en mitad de la calle— ¿A que no sabes quién está en Madrid?

¡El capullo de tu amiguito! Salgo de la agencia dispuesta a prenderle fuego al edificio con el sabelotodo de Bruno dentro y ¿quién está esperándome en la boca del metro?

¡Marcos! ¡Marcos, Sara! ¡Que dice que «ahora lo ve claro»!

. ¿Y qué coño ve claro el lumbreras este?

¿Que en Londres llueve mucho? Te juro que como me lo vuelva a cruzar le atropello.

Si hablas con él, hazme un favor y dile ¡que me deje en paz de una puñetera vez!