Diario de Saúl Capítulo IX
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Capítulo IX

Regresando a los anales de aquella noche fatídica…

Continué mi deambular bajo el cielo estrellado, buscando las callejuelas familiares que me condujeran de vuelta; más concretamente, hacia el santuario de Andrea.

Era una hora demasiado tarde para hallarla despierta, pero mi alma herida ansiaba su cercanía; anhelaba, aunque fuese un instante, rozar la calidez de su mano.

Absorto en este tétrico idilio, apoyé el peso de mi cuerpo contra la madera de su portalón principal.

Lo que sucedió un instante después desafió las leyes de la física: crucé el umbral atravesando la madera sólida como si fuera una exhalación de humo.

Al mirar hacia abajo, mi anatomía seguía siendo perfectamente visible a mis ojos, pero mis moléculas vibraban a una velocidad vertiginosa, permitiéndome existir en un estado incorpóreo capaz de hollar la materia.

En aquel instante de confusión, fui incapaz de descifrar el prodigio; la comprensión absoluta del fenómeno no me sería revelada hasta que las eras hubieran pasado sobre mí.

Sin desatar el más leve crujido, me deslicé por los pasillos hasta su alcoba, flanqueando la puerta cerrada con la misma sutileza fantasmal.

Allí yacía ella, envuelta en la blancura de sus sábanas, las cuales se amoldaban a la perfección de su silueta.

Lo he dejado por escrito de forma perentoria: Andrea era una criatura esculpida por los dioses, una perfección que trascendía la carne.

Su alma y la agudeza de sus pensamientos siempre se habían alzado por encima de la mediocridad humana, y ahora yo, con mi imprudencia y mi maldición, la había arrastrado al epicentro de este remolino maldito.

¿Por qué el destino se ensañaba con nosotros?

¿Qué clase de burla macabra urdían los dioses desde las sombras?

Consumí el resto de la madrugada consagrado a una vigilia silenciosa, devorando sus facciones con la mirada, como si supiera que aquella era la última noche del mundo y deseara grabar su estampa a fuego en los pliegues de mi mente, asegurándome de que su recuerdo fuera el único faro en mi inminente oscuridad. Ella. Solo ella.

Ilustración 10. Saúl vigilando a Andrea.

Al despuntar el alba, temiendo que el servicio o su familia descubrieran mi milagrosa intrusión, abandoné la estancia con presteza.

Me embargaba un cansancio plomizo, una pesadez densa que jamás había experimentado en mis años de juventud; supuse que aquel agotamiento era el peaje biológico de mi transmutación latente, y confié en que el reposo me devolvería el vigor.

Una vez de vuelta en mi hacienda, me recluí en la penumbra de mis aposentos y me entregué a un letargo inmediato.

Desperté justo cuando el crepúsculo comenzaba a teñir el horizonte.

Al abrir las pupilas, la habitación se inundó de una luminiscencia cegadora; no era el reflejo del sol moribundo, sino el fulgor incorpóreo del espíritu de Andrea.

Ella aguardaba allí, de pie ante mi lecho.

Mis nuevos ojos no solo contemplaban la elegancia de su fisonomía física envuelta en un suntuoso vestido que jamás le había visto lucir, sino que eran capaces de percibir la energía mística que irradiaba de su espíritu.

Emanaba una felicidad pura, una lozanía que no le había visto en todos estos días de paranoia.

Su rostro era la estampa misma de la plenitud y su influjo comenzó a contagiar mis venas; en ese instante, su luz brilló con mayor intensidad y descubrí, con asombro, que mi propio cuerpo respondía desatando su propio resplandor.

No lo había advertido a causa del tormento, pero durante esas jornadas malditas yo había permanecido sumido en una opacidad fúnebre. Ya no más.

Comprendí entonces a qué se refería el anciano erudito en su mansión del norte: nuestras energías eran capaces de comulgar más allá de las ataduras físicas; estábamos enlazados en las frecuencias más sutiles de la existencia.

En ese momento, nuestra espiritualidad reclamaba el dominio de la situación, y era imperativo que se mantuviera inalterada.

—Sonya me lo ha explicado todo —fueron sus primeras palabras, y su voz destilaba una melodía de dicha absoluta—.

Ella desenterró el secreto en sus grimorios y me ordenó que acudiera a ti hoy, mientras la noche gobernara el firmamento.

Si tal era mi voluntad. No me ocultó los riesgos, Saúl; me habló de la línea de la vida y de la muerte latente, pero mi certeza es inquebrantable.

Te amo con una devoción que desafía al abismo; nada malo puede alcanzarnos cuando nuestras almas comulgan con esta intensidad.

No a nosotros. Ya hemos tocado el fondo del horror, nada puede ser peor que la separación.

Lo sabes, ¿verdad? Puedo leerlo en el fondo de tus pupilas, tú también alcanzas a percibirlo.

Deseo que nos entreguemos al ritual ahora mismo, que restauremos el orden y todo vuelva a ser como antes.

Me amas, lo sé; a lo largo de estos años, nuestros corazones han permanecido suspendidos en el mismo idilio.

Y tengo la certeza de que tú afrontarías este mismo calvario, y sacrificios aún mayores, por salvaguardar mi vida, porque tu confianza en mí es tan absoluta como la mía en ti.

Nadie ha amado en este mundo con la madurez y la fuerza con que nos amamos nosotros; esa entrega nos vuelve invulnerables ante las maldiciones de los demonios.

El tiempo transcurrido no puede ser arrojado al olvido de esta manera, y ni Dios ni el Diablo poseerán el poder de separarnos, porque mucho antes de que nuestras almas encarnaran en esta época, ya éramos una sola entidad…

y lo seremos por la eternidad. Todo el mal que ha empañado nuestros días llegará a su término esta noche.

Volveremos a ser los dueños de nuestro destino.

Volveremos a habitar la paz. Lo sabes tan bien como yo. Bésame.

No me permití la menor vacilación. Uní mis labios a los suyos en un beso desesperado, aguardando con pavor que el torrente de la pasión convocara a la bestia en mi interior; pero el milagro se consumó y permanecí inalterado.

Continué devorando su boca en un mutismo sagrado.

Nos despojamos de las ropas el uno al otro con movimientos lentos, solemnes, y nos metimos en el lecho, arrojando al suelo cualquier vestigio material que estorbara nuestra comunión.

No arrastrábamos cadenas sociales ni prejuicios religiosos; éramos dos voluntades fusionándose en el vacío.

En ese instante, sentí que recuperaba la soberanía de mi humanidad perdida, experimentando una plenitud que desafiaba cualquier recuerdo de mi existencia. Andrea compartía el mismo éxtasis.

Nos entregamos al amor a un nivel que los sentidos ordinarios jamás alcanzarán, una cúspide esotérica que los mortales rara vez rozan en sus vidas grises.

A través del roce de nuestra piel, y nuestros labios, era capaz de transmitirle cada uno de mis pensamientos, cada brizna de mis sentimientos; la luz cegadora de nuestra fusión espiritual se volvió tangible y estuve seguro de que ella también era partícipe de esa claridad divina.

Nuestros espíritus se amalgamaban, volviendo a constituir la unidad primigenia. Nada parecía capaz de separarnos.

El momento del clímax cósmico se aproximaba; ambos percibíamos la inminencia de la marea.

Confiaba en que, al alcanzar la cumbre, la impronta del demonio se fragmentaría para siempre bajo el yugo de nuestra pureza, devolviéndonos a la normalidad de nuestra juventud.

Andrea me estrechaba contra su pecho con un vigor sobrehumano, ascendiendo conmigo; sentí la presión de sus manos y, de pronto, la agudeza de sus uñas rasgando la carne de mi espalda.

Yo seguía conservando mis facciones de hombre, inmutable, flotando en ese espacio donde la realidad se diluye y donde ninguna sustancia mundana podrá guiar jamás al ser humano.

Nuestros espíritus descendieron de golpe hacia el plano más puramente biológico, sellando en nuestras conciencias una voluptuosidad y un dolor que quedarían grabados por el resto de los siglos.

¿Sería posible conocer semejante gloria divina una vez más?

Al alcanzar el clímax, Andrea exhaló un suspiro trágico, un hilo de aire que se desvaneció en el silencio; cerró sus ojos perfectos y murió en mis brazos, entregando su último aliento por mi salvación.

Su profecía se había cumplido: había preferido el sepulcro antes que abandonarme a la bestia.

Y tenía razón… yo habría ejecutado el mismo sacrificio por ella.

Ilustración 11. Andrea entrega su último aliento por la salvación de Saúl.

Quise desatar un llanto humano, y las lágrimas corrieron por mis mejillas durante algunos minutos, manteniéndome anclado a mi fisonomía mortal gracias al remanente de su energía divina que aún entibiaba mis venas.

Sin embargo, el fulgor espiritual comenzó a evaporarse en la penumbra y la bestia reclamó su feudo con una violencia inaudita.

La metamorfosis me devoró. Sentí la furia abisal, la humillación, la vergüenza y el encono absoluto anidando en mis nuevos músculos de gárgola.

Mi mente solo formuló un deseo desesperado: huir, estableciendo la mayor distancia posible con el cadáver de mi amada.

El pensamiento se materializó en el acto.

En mitad de un parpadeo, aparecí suspendido en las entrañas de un desierto baldío, bajo el azote inclemente de un sol abrasador que quemaba mi piel herética.

Ignoraba dónde me encontraba; solo atiné a desplegar mis alas colosales y rugir hacia el firmamento, sentenciando a los dioses que si su deseo era la guerra, a partir de esa tarde conocerían el verdadero alcance de mi furia.