Diario de Saúl Capítulo VIII
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Capítulo VIII

Aquel día inauguró una guerra sin cuartel.

No se trataba únicamente de luchar contra los elementos para romper mi maleficio, sino de disputar una batalla encarnizada en los abismos de mi propio ser: el combate perpetuo para asegurar el triunfo del hombre sobre la bestia.

La naturaleza humana, es bien sabido, jamás ha estado libre de pensamientos espurios o impulsos criminales; sin embargo, nuestra esencia original nos dota de la templanza necesaria para no materializarlos.

El monstruo, en cambio, carecía de tales filtros.

A medida que las sombras se prolongaban, yo iba desenterrando misterios insondables sobre mi condición.

Fue un aprendizaje abrupto, una revelación que jamás busqué.

Hoy en día, desde la distancia que me otorga el porvenir, logro descifrar enigmas que en aquel siglo diecisiete habrían parecido crímenes de herejía: comprendo la existencia de los genes latentes en nuestro interior, el papel relevante y sagrado que juegan las secuencias biológicas y cómo estas pueden ser reactivadas bajo condiciones de un misticismo extremo.

Andrea poseía una configuración perfecta, una armonía en su número de cromosomas que la hacía excepcional.

Ciertas cualidades primitivas, nacidas en el albor de la raza humana, dotan a unos pocos elegidos de nuestra especie de una compatibilidad biológica con entidades de otros planos.

Pero mi mente racional era incapaz de procesar aquello en esa época; en aquel entonces, solo era un joven de aristocracia colonial devorado por el pánico.

La noche continuaba su curso de tinta y, bajo la fisonomía del demonio, mi existencia alcanzaba una perfección aterradora.

No solo me sabía superior en el vigor de mis músculos; mis ojos y mis oídos se ensanchaban ante frecuencias vedadas para los mortales.

Soy capaz de atisbar lo que ningún ojo humano podrá contemplar jamás: el espectro completo de la creación y las urdimbres invisibles que sostienen el tejido de la realidad.

Los demonios vagabundos, los espíritus errantes y las deidades menores se materializan ante mi vista en un despliegue de horror cotidiano.

Para mí, las lenguas muertas y los dialectos abisales carecen de secretos; no necesito escuchar sus voces, pues mi mente intercepta la vibración pura de sus pensamientos.

Me he convertido en una anomalía bizarra: soy tan monstruoso para los hombres como lo soy para las huestes de demonios.

Muchos de esos engendros habitan confinados en sus respectivos círculos, sometidos por leyes ancestrales que acotan su proceder; yo, en cambio, poseo la facultad de quebrar cada una de sus reglas. Por eso me temen.

Existen estirpes que consiguen fracturar el umbral para infiltrarse en el mundo de los vivos, tal como lo ejecutó mi implacable creadora; sin embargo, su adaptación al plano material es defectuosa.

Los que cruzan por primera vez carecen de la hibridación necesaria para mezclarse con el vulgo.

Viven marginados en las periferias de la civilización o bajo el amparo de protectores más antiguos que ya radican en la tierra.

En los casos más célebres, se asientan sometiendo a esclavos humanos mediante promesas de opulencia; de ahí derivan los mitos eclesiásticos sobre los siervos de Satán.

Cuando contemplas la realidad desde esta otra orilla, no puedes sino sonreír ante la ingenuidad de tales dogmas; resulta asombroso cómo la humanidad deforma los hechos.

Pero es una característica puramente humana: ninguna otra especie en el cosmos posee nuestra capacidad de imaginación.

Un demonio puro carece de genio creativo; es simplemente una bestia impulsada por el rencor y el hambre.

No pueden evitar su naturaleza; es su origen.

Lo mismo ocurre con los ángeles: son soldados de una milicia celestial, privados de la libertad de elección.

En la escala de la creación, solo existen dos estirpes verdaderamente peligrosas sobre la faz de la tierra, y sus especímenes son contados.

La primera es la amalgama del ángel y el hombre; la segunda, la unión del demonio y el mortal.

Ambos linajes han sido bautizados por los antiguos bajo el nombre de Nefilim.

Imagina por un instante el poder absoluto: poseer la facultad de cruzar las tramas de los mundos a voluntad —un atributo propio de las huestes celestes— combinado con el libre albedrío del ser humano y su innato don para la guerra, potenciado por su evolución primitiva.

La mixtura entre el demonio y el mortal produce un ser más acotado en sus dones, pero no por ello menos letal.

Yo no pertenezco a ninguna de esas jerarquías conocidas.

Nadie ha catalogado mi estirpe y, sin embargo, todos tiemblan a mi paso.

Porque, aun albergando la malevolencia intrínseca de un demonio, conservo la soberanía de mi mente humana: puedo quebrar las barreras de las dimensiones a mi antojo, masacrar a mis enemigos sin el menor vestigio de remordimiento y no arrastro las cadenas de ninguna ley cósmica.

No me rige nadie ni nada en este vasto universo.

Sin embargo, en mitad de esta libertad absoluta, me descubro esclavo de un único sentimiento.

Amo con locura a una mujer. Una mujer a quien aguardo en este preciso instante, en cada rincón del tiempo, por el resto de los siglos.

Por ella, y por el hombre que alguna vez fui, he decidido imponerme mis propios límites.