Diario de Saúl Capítulo VII
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Capítulo VII

—¡Sonya! Qué inesperada sorpresa tenerte bajo mi techo —pronunció el anciano que nos recibió en los umbrales de aquella lúgubre mansión solariega.

—Es una absoluta emergencia, maestro. Requiero de tu infinita sabiduría —respondió ella, con la respiración aún agitada por nuestro viaje herético—. Te despaché una misiva urgente, pero la gravedad de los hechos me obligó a adelantarme a tu carta.

—Adelante, crucen el umbral. Díganme qué desgracia los persigue.

—Se trata de mi amigo. Ha sido maldito… inoculado por la estirpe de un demonio.

Un destello de gravedad cruzó las pupilas marchitas del viejo.

—Oh… Eso reviste una seriedad pavorosa. ¿Dónde se oculta la criatura? ¿Acaso viene escoltándote?

—Es él, maestro. Te presento a Saúl —sentenció Sonya, mientras el anciano me escrutaba con una mirada desprovista de cualquier empatía, fría como el mármol de un sepulcro.

—Pero habías dicho…

—Su carne transmuta en la de una bestia abisal únicamente cuando sus emociones se tornan sombrías, cuando el rencor o la furia gobiernan su mente. Eso es todo cuanto he alcanzado a desenterrar hasta el momento.

—En tal caso, es imperativo que me lo relaten todo. No omitan un solo detalle sobre la identidad del demonio que osó marcarlo.

Tomé la palabra y comencé a desgranar los acontecimientos de la crónica, mientras Sonya intervenía de tanto en tanto para complementar el relato con las reacciones químicas y esotéricas que había observado en su laboratorio.

El anciano escuchaba en silencio, rebatiendo algunas de nuestras conjeturas y añadiendo conclusiones que hacían que el panorama se tornara cada vez más ominoso.

Lo que nos aguardaba en el porvenir desafiaba cualquier atisbo de esperanza.

—Esa entidad sabía perfectamente lo que hacía —nos explicó el erudito, entrelazando sus dedos pálidos—.

Sin embargo, hay un cabo suelto: estuvo a punto de consumir los últimos vestigios de su energía vital para sellar tu transmutación, quedando tan debilitada que fue incapaz de repeler tu ataque con la explosión y el fuego.

No alcanzo a comprender su lógica; tal vez supuso que la metamorfosis te dejaría demasiado exhausto para reaccionar, y planeaba disponer de tu prometida una vez que te hubieras sumido en el letargo.

No obstante, algo extraño sucedió: te dotó de una fuerza descomunal, muy superior a la que sus propios cálculos estimaban.

He leído crónicas de naturaleza similar en mis grimorios, pero nada que se compare a tu estigma.

Muy pronto, Saúl, serás capaz de dominar la transmutación a voluntad…

y te aseguro que ese no era el propósito de tu verdugo.

Tus facultades físicas evolucionarán con el paso de las eras; tu percepción y tu vigor irán en aumento.

Reclamarás la inmortalidad, sí… pero creo haber descubierto el verdadero núcleo de tu condena.

Justo cuando creía empezar a vislumbrar un rastro de claridad en mitad de las sombras, las palabras del viejo inyectaron una dosis de paranoia aún más profunda en mi espíritu.

Yo había asumido ingenuamente que mi peor desgracia era estar condenado a albergar a un monstruo bajo mi piel; pero el anciano sospechaba que el castigo de la bruja era infinitamente más perverso.

Hizo un ademán a Sonya para que lo escoltara hacia las estancias privadas de la mansión, desvaneciéndose ambos tras una pesada puerta de roble.

Me quedé solo en el gran salón, preguntándome qué clase de vínculo o parentesco unía a mi amiga con aquel sabio de las tinieblas.

Las pinturas heréticas que colgaban de los muros, de una estética puramente oscurantista, no contribuían a apaciguar mis pensamientos; aquella sección de la propiedad funcionaba como un santuario que ocultaba las prácticas prohibidas del viejo, protegiéndolo de los ojos escrutadores de la Santa Inquisición que lo habría condenado a la hoguera sin vacilar.

No me cabía duda de que poseía un sótano cuyas catacumbas eclipsarían por completo el taller de Sonya.

Tras una espera insufrible, vi a los dos cruzar el pasillo de vuelta hacia mí.

—Creemos haber identificado la estirpe de la demonio —anunció Sonya, y la palidez de su rostro delataba que la noticia no albergaba consuelo alguno.

—Así es —añadió el anciano—. Esa abominación huyó de la Vieja España hace ya varias décadas, y antes de hallar refugio en la península, ya arrastraba un éxodo de sangre desde las entrañas del viejo continente.

Así consta en las crónicas secretas de Los Seguidores.

Agradece mi influencia dentro de dicha secta; Sonya te explicará más de esos misterios.

Lo verdaderamente crucial ahora es catalogar las facultades que heredaste de su linaje.

El vampiro engendra vampiros, el licántropo propaga su infección…

Ambos son los resultados caóticos de antiguos experimentos innombrables perpetrados por las cortes demoníacas en la antigüedad.

Esto nos demuestra que los demonios también poseen la facultad de replicarse.

Hubo un punto en la historia en que esas entidades pretendieron infiltrarse de forma definitiva en la raza humana, y sus investigaciones jamás cesaron.

El viejo hizo una pausa, clavando sus ojos de halcón en los míos.

—Y lo consiguieron. Esa vieja bruja no era más que una descendiente directa de aquellos primeros híbridos.

Sin embargo, el apareamiento con los mortales requiere de condiciones excepcionales; los humanos elegidos deben albergar una pureza mística en su linaje, una chispa distinta al resto de la humanidad.

Esa es la anomalía que poseía tu novia, y por ello resultaba indispensable para los propósitos del hijo del demonio.

Un demonio puro es inmortal por derecho de nacimiento, inmune a las armas de los hombres a menos que otra entidad abisal reclame su cabeza; es vital conocer sus puntos vulnerables.

Los híbridos, en cambio, gozan de una longevidad milenaria, pero sus vidas pueden ser truncadas.

Sin asomo de duda, esa criatura quiso infligirte un tormento inimaginable.

Le causaste una aflicción irreparable al exterminar a su único vástago; una pérdida definitiva, puesto que la conexión directa de sus ojos con su cerebro constituía su único punto débil.

Te transformó en un monstruo, sí; pero dada su avanzada edad y su maestría en las artes oscuras, se aseguró de hilar fino.

No eres un híbrido convencional, ni un demonio puro…

Eres una aberración inédita. Y tu verdadera sentencia no concluye ahí.

—No podrás volver a entregarte al amor sin transmutar en la bestia —intervino Sonya, y pude percibir cómo su voz elegante se quebraba al pronunciar la sentencia—.

Ella blindó tu maldición con un candado perfecto: si osas conocer la intimidad en tu forma demoníaca, los frutos de esa unión no serán humanos, sino engendros malditos.

—A menos… —interrumpió el anciano con una frialdad clínica— que consigas hallar a una compañera mortal cuya estructura espiritual sea perfectamente compatible con la tuya.

Existen senderos prohibidos para quebrar las leyes del abismo; una conexión que trasciende el plano de la carne.

Si logras enlazar tu energía espiritual a un nivel físico, tu naturaleza original, humana, logrará solapar temporalmente la fisonomía física del demonio.

Solo bajo ese influjo sagrado podrías disfrutar de la intimidad conservando tus facciones de hombre; y si tal milagro ocurre, la pureza de ese acto quebrantará la estructura de la bestia, contaminando sus raíces oscuras dentro de ti con la energía combinada de tu alma y la de tu pareja.

—Sin embargo, el riesgo es absoluto —continuó Sonya, aproximándose a mí—.

Para que tal prodigio se consume, no solo necesitas hallar a tu contraparte espiritual, sino que debemos calcular con precisión astronómica los días en que las corrientes de la naturaleza fluyan en el sentido geocéntrico apropiado.

Estamos rodeados por esa energía cósmica, Saúl; pero hay épocas en que el flujo favorece la corrupción de la materia física, y otras en que potencia la pureza del espíritu sobre lo terrenal.

—Grábate esto en el alma —sentenció el anciano, con un timbre seco y fúnebre que erizaba la piel—: si ejecutas el acto fuera del día exacto dictado por los astros… tu pareja perecerá en tus brazos al instante, consumida por el poder del demonio.

Esas fueron las últimas palabras que brotaron de los labios del viejo.

Así, sin preámbulos ni anestesia. El tono y el timbre de su sentencia quedaron grabados a fuego en mi mente por el resto de la eternidad; se incrustaron en lo más profundo de mi espíritu.

Aún hoy, al evocarlo, siento el frío de sus palabras como si las hubiera pronunciado hace tan solo un instante.

—Marchemos, Saúl —ordenó Sonya, rompiendo el sortilegio—. Debo consagrar mis horas a confeccionar ese calendario cabalístico para identificar el flujo de las corrientes energéticas.

La obedecí de manera mecánica, como un autómata privado de voluntad.

Al traspasar el umbral de la mansión, mi estado de ánimo era un hervidero de rabia y desesperación.

Bajo el influjo de semejante tormenta interior, resultó ridículamente sencillo convocar a la bestia; mis ropajes terminaron de rasgarse, mis alas cortaron el aire y, estrechando el menudo cuerpo de Sonya contra mi pecho, alcé el vuelo rumbo a nuestro territorio.

No presté atención, solo me dejé guiar únicamente por el instinto ciego de mis deseos.

En cuestión de minutos, nuestros pies tocaban el suelo frente a su puerta principal. Cruzamos el umbral en silencio.

Me desplomé en un viejo sillón, sumido en la penumbra que apenas rompía el parpadeo agónico de una vela.

Permití que mi mente divagara, explorando los límites y las sensaciones de mi nueva fisonomía.

Existían altas probabilidades de que estuviera condenado a arrastrar mi existencia bajo esa dualidad: un hombre custodiando a un demonio en su interior por el resto de los siglos.

Y si alguna vez osaba rebelarme e intentar quebrar el hechizo junto a la mujer que amaba, corría el riesgo de convertirme en su ejecutor.

Los peligros eran intolerables. «¿Pero acaso ella no envejecerá y morirá de todos modos mientras yo permanezco inmutable en el tiempo?

», susurró una voz egoísta en los recovecos de mi mente.

Me horrorizó mi propio pensamiento. Henchido de una repulsión violenta hacia mi propia bajeza, logré contener a la bestia y forzar el retorno a mi condición humana.

Salí de la casa de Sonya cerrando la puerta de golpe, enfurecido con el cosmos, con mi destino y, por encima de todo, conmigo mismo.

Caminé sin rumbo durante horas en mitad de la alta noche colonial, internándome deliberadamente en los callejones más lúgubres y peligrosos de la villa, parajes oscuros donde la gente decente jamás osaría poner un pie.

No tardé en percibir las siluetas de varios individuos que acechaban mis pasos; se congregaban en corrillos clandestinos entre las sombras, coordinando un ataque inminente.

Fue en ese instante cuando advertí que mi visión nocturna se había aguzado increíblemente; la negrura ya no guardaba secretos para mí.

De pronto, el cerco se cerró. Tres de ellos me pisaban los talones, dos custodiaban mi flanco derecho y otros dos bloqueaban mi avance frontal.

Siete espectros de la delincuencia callejera.

Di un par de pasos más y me detuve en seco, aguardando el desenlace.

Por un instante, los asaltantes titubearon, desconcertados por mi pasividad; pero la codicia venció a la prudencia.

Emergieron de la penumbra empuñando largos puñales y bastones reforzados.

El primer golpe se dirigió directo a mi rostro… pero jamás alcanzó su destino.

Bastó un microsegundo de furia para que la metamorfosis se desatara con una violencia contenida.

En el parpadeo siguiente, mi cuerpo se alzó imponente y mis garras barrieron el aire, derribándolos a todos con una sucesión de impactos colosales.

Los movimientos se ejecutaban en el plano físico antes de que mi mente humana terminara de formularlos en el pensamiento.

La velocidad de la bestia desafiaba las leyes de la materia.

No me cabe la menor duda de que ninguno de esos desgraciados sobrevivirá al amanecer.

Quedaron mutilados y rotos, un despojo de carne que superaba con creces mi propósito inicial.

Supongo que el demonio que anida en mis venas se nutre directamente de la ira, el encono y los resentimientos que mi fachada humana intenta reprimir e ignorar; la bestia se sumerge en esas aguas estancadas, alimentándose de mis pensamientos más oscuros y privados.

Ante tal revelación, una pregunta pavorosa comenzó a flotar en mi mente: ¿quién gobierna verdaderamente a quién?

En mi condición de mortal, ya albergaba la capacidad de fantasear con el asesinato o la muerte en momentos de crisis; ¿qué hombre no lo ha hecho?

Sin embargo, bajo la fisonomía del demonio, una conciencia infinitamente más veloz tomaba las riendas: un cerebro analítico que procesaba el entorno a una escala superior, moviendo un cuerpo perfecto que reaccionaba sin el filtro de la moralidad, ejecutando la violencia de la forma más gélida, precisa e insensible imaginable.

La definición exacta del soldado perfecto.

Al contemplar el charco de sangre negra que se expandía bajo las botas de aquellos infelices, descubrí que no experimentaba el menor vestigio de lástima ni arrepentimiento.

Racionalicé el acto convenciéndome de que ellos pretendían infligirme un daño similar; pero la verdad era mucho más terrible: yo había descendido a esas callejuelas buscando precisamente ese desenlace.

Deseaba derramar sangre para mitigar el veneno de mi condena; acudí a ese nido de ratas ansiando exterminar algo para desahogar la furia que me consumía.

No me arrepiento de mi crueldad. He dejado de pertenecer por completo a la raza de los hombres. Ya no.

Ilustración 8. Derramamiento de sangre.