Capítulo VI
Invertí las horas de aquella extenuante jornada desfilando ante mis ojos infinidad de grabados antiguos, intentando reconstruir minuciosamente las facciones de la criatura que profanaba mi descanso.
Repasé la curvatura de sus orejas, el rictus de su nariz, la comisura de sus labios sedientos, la agudeza de sus colmillos y el fulgor vertical de sus pupilas.
Y entonces, como un relámpago de lucidez, recordé el elemento definitivo: las alas.
¿Alas? El impacto del horror había bloqueado ese fragmento de mi memoria, pero allí estaba, nítido y pavoroso: el engendro se cobijaba bajo el velo de sus propias membranas, razón por la cual el resto de su anatomía me había resultado esquiva.
¿Qué clase de aberración poseía semejante atributo?
Los mitos asociaban a los vampiros con los quirópteros, pero las crónicas coloniales ofrecían tantas versiones contradictorias que mi mente amenazaba con naufragar. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora?
Sonya se recluyó nuevamente en las entrañas de su estudio y no volvió a mostrarse en todo el día.
Jamás la veía entregarse a necesidades humanas tan mundanas como comer o pasear bajo el sol; habitaba una dimensión aparte.
Yo, en cambio, sintiéndome devorado por un apetito voraz y sabiendo que buscar sustento en su cocina era una empresa estéril —donde no se hallaba ni una triste fruta—, decidí marcharme.
El firmamento aún conservaba jirones de luz, pero el ocaso comenzaba a sangrar en el horizonte.
Pronto, el sol visitaría el hemisferio opuesto, un mundo lejano donde los hombres ignoraban por completo la maldición que se gestaba en el pecho de un joven aristócrata americano.
Allá afuera, nadie dedicaba sus pensamientos a los demonios; y aquellos que osaban fantasear con lo oculto, jamás sospecharían que lo sobrenatural pudiera llamarlos a la puerta.
Aunque lo anhelaran con locura, el destino jamás les concedería ese cáliz.
Al igual que la tarde anterior, mis sentidos se aguzaron hasta la aberración.
Al caminar, me invadió una laxitud desconocida, una extraña sensación de invulnerabilidad que flotaba por encima de mis propias zozobras.
Podía escuchar el eco nítido de los niños que correteaban por las callejuelas empedradas, el roce áspero de sus pies descalzos contra el suelo, el retumbar distante de los cascos de los caballos en el confín de la villa, el crujido de un papel al rasgarse y el silbido del viento al colarse entre mis ropajes.
Eran frecuencias sutiles a las que jamás había prestado atención, y allí me encontraba, absorbiéndolas todas con la distancia indolente de un espectador rezagado en un teatro vacío.
El mundo material se me antojaba hoy más que nunca una farsa irreal, una tramoya burda cuyas imágenes y sonidos se ejecutaban con una simetría tan deliberada que parecía ensayada.
Todo estaba dispuesto con el único fin de entretener a este observador solitario.
¿Qué era la vida, después de todo, sino el letargo de una deidad durmiente?
¿Una puesta en escena magistral para entretener a los dioses?
Alcancé el comedor de mi hacienda y ordené de inmediato mi cena a uno de los sirvientes.
Esa noche, el hambre me espoleaba con una urgencia salvaje.
En cuanto los platos tocaron la mesa, devoré los alimentos sin aguardar a mi familia ni contemplar los modales de mi cuna.
El letargo no tardó en reclamar su tributo, por lo que me retiré a mis aposentos y me arrojé sobre el lecho.
El monstruo no se hizo esperar. En mitad de la negrura, la abominación desplegó sus membranas: eran unas alas colosales, de una envergadura cercana a los tres metros, tejidas de una piel correosa e idéntica a la de un murciélago, pero exentas de sus brazos; se erguían independientes, como las de una gárgola esculpida en las cornisas de una catedral maldita.
Su rostro, cada vez más nítido en la penumbra, me devolvió una familiaridad espantosa que me heló la sangre.
Clavó sus garras afiladas en mi cuello y comenzó a asfixiarme con una fuerza descomunal.
—¡Basta ya! —bramé, y el eco de mi propio grito me arrancó del trance.
Incapaz de tolerar un segundo más de este tormento psicológico, descendí las escaleras a matacaballo. Cabalgué frenéticamente hacia los arrabales gitanos. Sonya, como si hubiera previsto mi colapso, aguardaba de pie en el umbral, observando mi aproximación con una solemnidad fúnebre.
—He descifrado el enigma, Saúl… —pronunció, con la voz quebrada—. Lo lamento profundamente. Mis conocimientos son limitados ante esta blasfemia, pero no pienso ocultarte la verdad.
—¡Habla de una vez, Sonya! —supliqué, descabalgando con las manos trémulas—. Esta incertidumbre me está empujando hacia las fronteras de la demencia. Dime qué me está ocurriendo.
—La marca de la bruja te está transmutando en un demonio. No alcanzo a comprender la magnitud de su embrujo, pero el proceso ya ha echado raíces en tu carne.
—Debe existir un remedio… Un contrahechizo, una purga. ¡Tiene que haber algo!
—Nada que figure en mis tratados actuales. He despachado misivas urgentes a ciertos eruditos de las artes prohibidas; debo aguardar sus sugerencias. Entretanto, necesito extraer nuevas muestras de tu sangre y conseguir reactivos químicos para realizar una comparación formal.
—¿Y qué sucederá si mi cuerpo no resiste? ¿Qué pasa si muero en el intento?
—No poseo esa respuesta, Saúl.
—Es suficiente, Sonya —sentencié, sintiendo cómo una frigidez absoluta sepultaba mi pánico—.
Me marcho. Te ruego que te despidas de Andrea en mi nombre.
No es necesario que le hables del amor que le profeso; limítate a revelarle la maldición que corrompe mis venas.
Ella sabrá comprenderlo; después de todo, compartíamos la misma libertad de pensamiento.
Monté de nuevo y obligué a mi caballo a galopar a un ritmo suicida hacia el filo del acantilado.
Me sentía henchido de una furia ciega, un coraje desesperado —o acaso la estupidez suprema— necesario para abrazar el abismo.
Prefería mil veces la santidad de la muerte antes que transformarme en un engendro de las profundidades, perder el gobierno de mi propia mente y convertirme en una fuente de maldad que dañara a los seres que amaba.
El suicidio era un desenlace honorable; entregarse a la metamorfosis demoníaca equivalía a una muerte espiritual irreversible.
Suspendido en la cumbre de la roca, intenté formular una última oración, pero los dogmas de la Iglesia no hallaron eco en mi espíritu y las palabras se disolvieron en mi boca.
Solo un pensamiento logró materializarse: «Andrea, no llores en demasía mi partida…
Te aguardaré por el resto de la eternidad».
Y salté. El vacío me envolvió y el paisaje ascendió a una velocidad vertiginosa ante mis ojos; las rocas del fondo se agigantaban a cada segundo. Cerré los ojos aguardando el impacto final… pero este nunca llegó.
Me descubrí flotando, suspendido a escasa distancia de las piedras heréticas.
¿Cómo era posible tal milagro? Al levantar las manos frente a mi rostro, el horror me atenazó las entrañas: mis dedos ya no poseían la naturaleza humana; lucían unas uñas largas, curvadas y afiladas como garras de depredador.
Deseé descender y, respondiendo a un impulso ciego de mi voluntad, mis pies tocaron el suelo con suavidad.
Sacudí la espalda y sentí el peso de unas alas; las extendí, las contemplé y me envolví en ellas como si fueran un sudario de pesadilla.
¡Por todos los dioses! Al menos la oscuridad de la noche había reclamado el mundo; nadie sería testigo de mi monstruosidad en este páramo desierto.
¿Qué me estaba ocurriendo? ¿Acaso la bestia devoraría mi cordura?
¿Se transformaría mi alma? ¿Por qué el abismo me había negado el descanso? ¿Por qué había sobrevivido?
Deseé elevarme y, con un aleteo formidable que sacudió el aire, gané la altura.
Volé de regreso hacia los arrabales gitanos, cortando el viento como una exhalación maldita.
Al alcanzar la morada de Sonya, ejecuté el código secreto sobre la madera.
La cerradura cedió de inmediato; mi amiga estuvo a punto de soltar un grito de espanto, pero su agudeza mental le permitió reconocer mis facciones a través de la máscara del monstruo. Crucé el umbral y atrancamos la puerta.
—Sonya… pretendía entregar mi vida al vacío —articulé con una voz que ya no me pertenecía, densa y gutural—. Me arrojé desde el acantilado, pero esta metamorfosis maldita se desató justo antes del impacto, salvándome de la muerte. Temo que la bestia termine por devorar mis recuerdos.
—Espera… déjame asimilar este milagro —murmuró ella, retrocediendo un paso, con los ojos dilatados—. Intenta serenar tu espíritu, Saúl. Concéntrate. Vamos… busca un anclaje.
Mis alas rozaban las vigas de madera del techo y mi envergadura apenas me permitía sostener el equilibrio en la estancia.
Cerré los ojos con fuerza y evoqué nuestro santuario secreto: la bahía desierta, la playa de arenas oscuras, el rumor constante de las olas estrellándose contra la orilla…
Aquel sonido melancólico que antes me parecía monótono, ahora se revelaba como un bálsamo relajante.
Dejé que la marea mental apagara la hoguera de mi furia.
—Contempla tus manos, Saúl… Ya está. ¿Lo ves?
—¿Ver qué…? —pregunté, abriendo las pupilas.
Al mirarme las extremidades, descubrí con asombro que la piel había recuperado su textura y las garras se habían disuelto. Volvía a ser el mismo hombre.
—Sí… ahora todo tiene sentido —explicó Sonya, cruzándose de brazos mientras una chispa de genialidad esotérica iluminaba su rostro—.
No eres un demonio puro, porque esas entidades son engendradas en el abismo desde su origen; las hay mortales e inmortales, pero su naturaleza es fija.
Tampoco eres un vampiro, pues esas criaturas se gestan mediante el bautismo de la sangre y conservan una apariencia estática, ya sea humana o monstruosa; y a ti no te engendró un no-muerto.
Careces también de la maldición del licántropo, pues no estás encadenado a los caprichos de la luna. Albergas una amalgama de todos ellos.
Sonya se aproximó, examinando mi hombro.
—Al igual que el hombre lobo, posees la facultad de transmutar tu carne bajo el influjo de una emoción intensa; pero la forma que adoptas es la de un demonio.
Y al igual que el vampiro, asimilas sus dones de la noche: la facultad del vuelo, la visión mejorada y la inmortalidad.
Aquella híbrida maldita juró que sufrirías por una eternidad…
A eso se refería su sentencia. Inoculó en tus venas una estirpe imperecedera; por esa razón el abismo fue incapaz de reclamar tu carne. No puedes morir, Saúl.
—¿Y qué hay de mi mente, Sonya? ¿Terminaré por convertirme en un heraldo del mal?
—El concepto del bien y del mal es relativo en las esferas superiores —sentenció ella—. No lo creo; tu voluntad sigue intacta. Pero permíteme realizar una última comprobación.
Se recluyó en su laboratorio privado durante unos minutos que se me antojaron eternos. Cuando la madera volvió a ceder, una sonrisa audaz se dibujaba en sus labios pálidos.
—Quizás la fortuna nos sonría y no sea necesario aguardar el lento destino del correo —anunció, guardando varios viales en su corpiño—. Podemos buscar las respuestas directamente en la fuente. Volaremos hacia allá.
—¿De qué locura estás hablando, Sonya?
—Entre los eruditos con quienes mantengo correspondencia, existe un sabio anciano que habita en los confines del norte. Posee una biblioteca ancestral y sus conocimientos sobre las estirpes híbridas superan a cualquier tratado escrito. Debemos consultarlo.
—Pretendes que volemos… Es decir, ¿quieres que te cargue en mis brazos a través del firmamento? No puede ser en serio.
—¿Y por qué no? —replicó ella, con una ligereza que me heló la sangre.
—¿Ahora te resulta divertido este calvario?
—No hay pizca de diversión en mis palabras, Saúl —repuso con severidad—. Pero si demandamos certezas para salvar tu cordura y proteger a Andrea, solo existen dos senderos: sentarnos a esperar que la correspondencia no sea interceptada, o desplegar tus alas y reclamar las respuestas. Tú eliges.
—Marchemos, entonces… ¿Hacia dónde nos dirigimos?
Cruzamos el umbral hacia la penumbra de la noche. Sin embargo, el milagro no se repitió; mi carne permaneció inalterada bajo el frío estelar y la impaciencia comenzó a crisparme los nervios. Sonya advirtió mi frustración felina. Sin previo aviso, me propinó un puñetazo inclemente en el estómago.
La oleada sutil de dolor encendió una chispa de furia ciega en mi pecho, y la bestia despertó al instante.
Mi cuerpo se estiró hasta alcanzar los dos metros, las alas rasgaron aún más mi ropa y mis ojos se tiñeron del amarillo herético de los depredadores.
Rodeé el cuerpo menudo de Sonya con mis brazos, asegurándola contra mi pecho, y con un impulso colosal que sacudió los cimientos del arrabal, nos elevamos hacia el firmamento.
Cruzaríamos la mitad del territorio colonial, cortando las nubes bajo el amparo de la oscuridad, rumbo a una de las primeras ciudades fundadas por los conquistadores en el Nuevo Mundo.
Ilustración 6. El primer vuelo: la bestia despierta y carga a Sonya hacia la noche.