Capítulo V #3
Me desperté de golpe, con un alarido desgarrando mi garganta y el pecho agitado por un espanto primigenio. Un monstruo aberrante había invadido mi letargo… ¿Qué clase de criatura era esa? Tan grotesca, tan soberbia en su maldad, tan profundamente tenebrosa.
Busqué consuelo en la jarra de cristal que reposaba sobre mi mesa de noche.
Vertí un chorro de agua en el vaso con manos trémulas mientras intentaba racionalizar el horror: me repetía a mí mismo que solo se trataba de una pesadilla residual, una secuela del trauma de la dinamita.
Sin embargo, el rostro del engendro se había grabado a fuego en mis pupilas: me miraba fijamente, con una intensidad que traspasaba el alma.
Y en el fondo de sus ojos amarillentos no solo habitaba la malevolencia…
había algo más, un reconocimiento antiguo y familiar que me helaba la sangre.
Aún faltaban horas para el amanecer; resultaba ocioso importunar a Sonya a semejantes horas, o alarmar a Andrea con mis delirios.
Decidí aguardar al amparo de las primeras luces del alba.
Volví a cerrar los ojos y el monstruo regresó de inmediato para reclamar su feudo: contemplé la prominencia de sus colmillos afilados, sus pupilas verticales que recordaban a las de las bestias heréticas, y una cabellera oscura que flotaba en el vacío, desafiando la gravedad del plano físico.
Esa mañana, tras un baño prolongado y mudarme de ropas para borrar el olor a pólvora, evité el camino hacia la casa de Andrea; no deseaba sobrecargar su espíritu con nuevas zozobras. En su lugar, cabalgué directo hacia los arrabales gitanos. Sonya sabría descifrar el enigma de mis visiones.
—Un monstruo… ¿eh? —comentó ella, cruzándose de brazos tras escuchar mi relato.
—Sí, Sonya. Una aberración de la peor ralea.
—¿Posees la destreza necesaria para trazar sus facciones en el papel?
—¿Acaso te estás burlando de mi desgracia? —repliqué con amargura—. Sabes perfectamente que carezco de cualquier talento artístico; a duras penas puedo coordinar la pluma para escribir mis crónicas.
—Es verdad… tus talentos son otros —concedió ella, extrayendo varios tomos pesados de sus estanterías—.
Hagámoslo de otra manera: desfilaremos ante tus ojos las ilustraciones de estos grimorios antiguos y me indicarás qué rasgos coinciden con el engendro de tus pesadillas.
Examina la forma de los ojos, la estructura de la nariz, la comisura de la boca, la densidad del cabello y la naturaleza de su dentadura.
—Me parece un método más sensato —asentí, inclinándome sobre la mesa.
Sonya desplegó ante mí volúmenes cubiertos de polvo. Repasé grabados medievales, xilografías heréticas e imágenes traídas de los rincones más oscuros de la vieja Europa, pero ninguna de aquellas figuras reflejaba el horror exacto que habitaba en mi mente.
—¿No resultaría más sencillo que vigilaras mi sueño una vez más empleando tu pócima? —sugerí, exhausto.
—Podríamos intentarlo si la situación lo requiere… pero termina de revisar ese tomo primero.
—Detén la página… Aquí. ¿Qué criatura es esta? —pregunté, señalando un grabado especialmente grotesco.
—Un Nosferatu —sentenció Sonya, acariciando el borde de la página con solemnidad—. Un no-muerto. Una entidad que no pertenece al reino de los vivos ni halla descanso en el sepulcro.
—Sí… sus facciones compartían esa misma fealdad insoportable.
—Lo que contemplas en esa página, Saúl… es la anatomía de un vampiro.
Una risa nerviosa escapó de mi garganta.
—¿Lo dices en serio, Sonya? Por la longitud de sus colmillos, bien podría tratarse de las crónicas de un hombre lobo.
—No, Saúl. El licántropo transmuta su carne, altera su forma y regresa a su condición mortal cuando la luna declina. El vampiro es una constante; su maldición es absoluta y su naturaleza no cambia de forma. Es un depredador eterno.
—¿Y cómo es posible que tales aberraciones caminen sobre la tierra? ¿Cuál es su origen? ¿Cómo se gesta un monstruo así?
—Existen diversas corrientes y tratados esotéricos al respecto… pero todas las escuelas coinciden en un punto fundamental: su linaje está directamente emparentado con las huestes de los demonios.
—¿Y de dónde provienen los demonios, Sonya?
—Los seres humanos no fueron las primeras criaturas en hollar la faz de este planeta, Saúl… ni tampoco los únicos con derecho de herencia.
—¿Me estás diciendo que los demonios dominaban el mundo antes de nuestra llegada?
—Digamos que, en la escala de la creación… ellos llegaron en segundo lugar. Los humanos son simples recién llegados.
—Sonya, por el amor que me tienes, relátame esta crónica desde su Génesis —supliqué, tomándola de las manos—. Deja de arrastrarme por este laberinto de misterios que amenaza con quebrar mi cordura.
—Lo haré, Saúl. Te concedo mi promesa; mantén la templanza —concluyó ella, cerrando el libro con un golpe seco—.
Pero antes de desenterrar el origen del mundo, es vital que descubramos qué estigma inoculó la vieja híbrida en tu hombro…
y qué es lo que realmente está cobrando vida en el fondo de tus sueños.