Capítulo V #2
—¿Por qué no abre los ojos? Lleva horas sumido en este sueño maldito. ¿Estás segura de que no corre peligro?
—Por supuesto. Calma tu llanto. No lleva horas en ese estado; lo rescatamos de las ruinas hace apenas treinta minutos.
Es joven, su constitución es recia y, milagrosamente, no presenta quemaduras de gravedad.
Sus oídos sangraron debido a la presión de la onda expansiva, pero sus tímpanos están intactos.
Nos está escuchando en este mismo instante.
—¿Hola…? —atiné a balbucear, arrastrando las palabras con dificultad.
—¡Oh, Saúl! Alabado sea Dios, estás vivo… Temía tanto haberte perdido —exclamó Andrea, abalanzándose sobre mi pecho.
—Despacio… por favor… ahí duele —gemí, quejándome ante la presión de su abrazo—. No aprietes con tanta fuerza.
—Déjame colocarle el vendaje en esa zona, Andrea; parece una quemadura limpia —intervino Sonya, apartándola con suavidad.
—Cuéntanos qué sucedió en ese infierno, Saúl —suplicó Andrea, con los ojos anegados en lágrimas.
—¿Está muerta? —fue lo único que me importó preguntar.
—Debería estarlo —sentenció Sonya mientras ajustaba los linos alrededor de mis heridas—.
No quedó piedra sobre piedra de esa casona; la explosión la redujo a cenizas.
Inspeccionamos la superficie de los escombros, pero no hallamos rastro de ningún cadáver.
He contactado a un oficial de la ley de mi entera confianza; me mantendrá informada en cuanto sus hombres desentierren algo de importancia.
—Ella confesó que no era una bruja… —musité, sintiendo el frío del sótano de Sonya en mi piel—.
Dijo ser un demonio híbrido, y que su hijo compartía esa misma herencia blasfema.
Aseguró que la sangre de Andrea era el componente místico necesario para mantenerlo con vida…
y para resucitarlo de entre los muertos ahora que lo ejecuté. Sonya… ¿qué significa todo esto?
Sonya guardó un silencio sepulcral. Se puso en pie, cruzó la estancia hacia su estudio privado y atrancó la puerta tras de sí.
Andrea permaneció a mi lado, velando mi dolor con el rostro demudado por la preocupación, hasta que el cansancio me venció y me sumergí una vez más en el sopor del descanso.
Cuando volví a abrir los ojos, la silueta de Sonya se recortaba frente a mí. Estaba sentada en su sillón, con una rigidez monacal y la mirada clavada en mi rostro, desprovista de cualquier calidez.
—¿Qué ocurre? —pregunté, contagiado por el aura de fatalidad que emanaba de ella, justo cuando pensaba que el peligro había sido sofocado.
—Necesito que me relates hasta el último detalle, Saúl. ¿Qué más te dijo ese engendro antes de que desataras la explosión?
—¿Acaso tú también vas a dar crédito a esas patrañas, Sonya? ¿Te vas a tragar las mentiras de una vieja demente?
—Saúl, abre los ojos: esto trasciende tu limitada comprensión y la mía —me espetó con severidad—.
Yo poseo ciertos dones; alcanzo a percibir las corrientes invisibles que fluyen en la penumbra.
Tú siempre habías permanecido al margen de estas cuestiones.
Jamás creí necesario revelarte que mis ojos contemplan realidades que el vulgo ignora, o que mis oídos captan los susurros de entidades que los hombres corrientes no pueden escuchar.
Ni siquiera mis propios padres alcanzaron a comprender mi naturaleza; prefirieron tacharme de loca antes que aceptar la verdad.
Yo solo poseo una vaga noción de los horrores que acechan en el exterior; tú, en cambio, careces de la menor percepción mística.
Estás ciego; solo ves el mundo material en el que fuiste engendrado y donde se supone que deberías morir.
Pero, por alguna razón que aún se me escapa…
Andrea sí posee esa naturaleza especial. Es una anomalía mística.
—Está bien… supongamos por un instante que decido aceptar toda esta locura —concedí, incorporándome con dificultad—.
¿Qué se supone que pasará ahora? Ella juró que yo recibiría un castigo eterno y que Andrea moriría para devolverle la vida a su hijo.
Pero ese pacto se ha quemado en el infierno que provoqué; ya no sucederá.
—Saúl… responde con la verdad: ¿Ese demonio llegó a tocar tu carne?
—¿Por qué lo preguntas?
—¡Maldita sea! ¡Te tocó! —exclamó Sonya, poniéndose en pie de un salto, con el rostro pálido—. ¡No puede ser…! Debemos actuar de inmediato; es imperativo descubrir qué clase de estigma ha inoculado en tu cuerpo. Ven al estudio ahora mismo, de prisa.
—Pero ¿qué te pasa? ¿Qué es lo que temes?
—Despójate de tus ropas, Saúl. Rápido.
—Sonya, por amor de Dios, explícate antes de exigirme tal cosa.
—Necesito examinar la zona exacta del impacto. Debo analizar tu sangre; poseo reactivos químicos en mis anaqueles que me permitirán medir el grado de corrupción de tu torrente vital… y qué tan grave es la transmutación.
—No veo la necesidad de desnudarme por completo —repliqué, retirando el lino de mi hombro derecho—. Su mano impactó aquí, en el músculo del hombro. Mira… está bastante lejos de mi corazón.
Sonya se acercó y ahogó un grito.
—Esto no tiene buen aspecto… —murmuró, rozando la piel con la punta de sus dedos—. La carne aún emana un calor febril, sobrenatural. Las marcas de sus dedos parecen haber sido grabadas a fuego hace apenas unos instantes; la piel se ha tornado de un tono lívido, violáceo.
—Sí… esa maldita vieja poseía una fuerza descomunal. Me entumeció el brazo por completo; por un momento creí que jamás volvería a recuperar el movimiento. ¡Ahg! ¡Avisa antes de herirme! ¿Qué demonios haces?
Sonya me había infligido una incisión fina con un escalpelo de plata directamente sobre el estigma negro del hombro.
—Es necesario para extraer una muestra pura de tu fluido —explicó, vertiendo las gotas escarlatas en un vial de vidrio—. Tomaré notas de los cambios y observaré cómo reacciona tu linaje ante estos compuestos químicos. Necesito descubrir en qué te estás transformando, Saúl.
—No estoy cambiando en absoluto, Sonya; sigo siendo el mismo hombre de siempre —protesté, ajustando mis ropajes.
—Escúchame bien: será mejor que te marches de mi vista ahora mismo. Tu presencia y tus preguntas necias solo consiguen distraerme del laboratorio, y temo perder los estribos por la preocupación. Déjame trabajar en paz.
No pronuncié palabra. Recogí mis pertenencias y abandoné el santuario.
Afuera, la noche colonial se desplegaba con una nitidez asombrosa.
Me embargaba una relajación inédita, un alivio profundo; ahora que la abominación se había consumido en el fuego, mis noches volverían a pertenecer al descanso.
Todo parecía marchar mejor. Me sentía tan extrañamente sereno que comencé a percibir detalles del entorno que antes me habrían pasado desapercibidos: escuchaba con nitidez milimétrica el rasgar de las garras de los gatos callejeros al trepar los muros de adobe de las casonas lejanas, y el aleteo sutil de las aves nocturnas que revoloteaban sobre sus nidos para guarecer a sus crías del relente.
Alcancé mi hacienda sin contratiempos. Me deslicé hacia las plantas superiores sin hacer el más mínimo ruido, entré en mi alcoba y me arrojé bajo las mantas sin tomarme la molestia de despojarme de mis ropas. El sueño me reclamó al instante.
—¡Aaaaahg!