Capítulo V
—Sé que sus nervios están a flor de piel —comenzó a decirnos Sonya en cuanto cruzamos el umbral de su santuario—.
No podía ser de otra manera. Me fue imposible revelarles más detalles allá afuera; mi hogar es una especie de templo consagrado.
En las calles, bajo el cielo abierto, ella habría sido capaz de interceptar nuestras voces…
e incluso de franquearnos el paso. Aquí, en cambio, está ciega y sorda.
—¿De qué estás hablando? ¿Quién es ella? —inquirí, sintiendo cómo la impaciencia me arañaba la garganta.
—Hablo de que por fin sé a qué criatura te enfrentas, Saúl.
Aunque aún no he desenterrado todos sus secretos, logré reconocer sus facciones en mis crónicas: es una de las brujas ancestrales a las que mi propio pueblo teme con pavor reverencial.
Con eso debería bastarte para comprender el peligro.
Habita en el extremo opuesto de la villa; llegó a estas tierras hace ya mucho tiempo, acompañada por un hijo…
el mismo hombre a quien diste muerte. Obviamente, está sedienta de venganza.
Lo que aún no alcanzo a descifrar es por qué no los ha ejecutado ya; su poder es descomunal.
Tal vez entreteje un plan más retorcido.
—¿Y qué alternativa nos queda? —se atrevió a susurrar Andrea, con la voz trémula.
—Puedo conjurar un encantamiento de ocultación —propuso Sonya, clavando sus ojos oscuros en los nuestros—. Un velo místico que los proteja mientras abandonan la villa de inmediato.
—¿Cómo dices? ¿Huir? ¿Acaso no vamos a presentar batalla? ¿No intentaremos darle caza y exterminarla? —reclamé, henchido de una indignación violenta.
—No, Saúl. Somos impotentes ante ella. Si los clanes gitanos más antiguos se unen en un solo grito de terror ante su nombre, ¿qué pretendes hacer tú? Mis hermanos se niegan a pronunciar una sola palabra sobre su estirpe, y menos a mí, que me consideran una paria.
—No pienso abandonar mi hogar ni mis privilegios por una vieja bruja —sentencié, sordo a las advertencias—. Además, jamás he creído en tales supersticiones. No permitiré que esa criatura condene nuestras vidas, Andrea.
Por una extraña distorsión de la mente —quizás alimentada por la soberbia o la ira pura— me sentí repentinamente invulnerable. Una ilusión estúpida, por supuesto; el tiempo se encargaría de demostrarme que era tan mortal y frágil como cualquiera.
Abandoné el perímetro protector que ofrecía la morada de Sonya, impulsado por un frenesí temerario.
Regresé a mi hacienda con el único propósito de pertrecharme para la guerra.
Rebusqué entre mis pertenencias y los almacenes de mi padre hasta confeccionar un arsenal rudimentario pero letal: guardé en mi bolso de viaje varias bolsas de pólvora negra, un contenedor de combustible destilado, un revólver de grueso calibre y, en un acto de absoluta audacia, un cartucho de dinamita que mi padre guardaba para las excavaciones mineras.
¿Qué más podía necesitar un hombre para matar a un monstruo?
Me adentré en el suburbio marginal situado en el confín opuesto de la villa.
Si el barrio de los gitanos era melancólico, este rincón era la encarnación misma de la decadencia y la miseria.
Un nido de pestilencia y pobreza absoluta donde las gentes no vestían ropas, sino harapos mugrientos que apenas cubrían sus cuerpos famélicos.
Al cruzar las calles a lomos de mi caballo, pude leer el alma de aquellos desgraciados: estaban poseídos por un miedo cerval, un terror crónico que flotaba en el ambiente.
Me resultó ridículamente sencillo dar con la madriguera de la bruja; no necesité preguntar.
Las miradas esquivas y aterrorizadas de los lugareños me señalaban el sendero, anunciando con su pánico el camino hacia el templo de la abominación.
Al final del callejón, divisé la propiedad: una casona de dimensiones desproporcionadas y arquitectura aberrante, un insulto visual en mitad de aquella pobrería.
Era lógico; su opulencia se debía al poder oscuro que ejercía.
Tal vez extorsionaba a miembros de la alta sociedad colonial, o quizás devoraba la poca energía de aquellos miserables.
Y allí estaba yo, dispuesto a averiguarlo.
Descabalgué, aseguré las riendas y me colgué el bolso de viaje al hombro.
Justo cuando me disponía a cruzar el jardín yermo hacia el umbral, la puerta principal se abrió de par en par sin necesidad de llave.
Fue mi primer asomo de duda; el primer destello de un miedo genuino que me atenazó las entrañas.
La criatura asomó su rostro marchito por entre la madera y, con un ademán lento y grotesco, me invitó a pasar al interior.
Deslicé la mano izquierda en el bolsillo de mi pantalón, asegurando el frío metal de mi mechero.
Al final del corredor umbrío, quedé cara a cara con ella en la penumbra de una estancia viciada. Por primera vez, la abominación rompió su silencio y su voz rasgó el aire.
—Sabía que vendrías… que tu arrogancia no te permitiría detenerte —articuló.
—Terminemos con esta farsa de una vez —respondí, intentando sostenerle la mirada—. Déjanos en paz.
—Paz… —repitió ella, y una sonrisa macabra se dibujó en sus labios—. Encontrará la paz cuando tu carne se corrompa, aunque dudo que tu alma corra la misma suerte.
Su voz era un sonido quebrado, sibilante, como si cada bocanada de aire le costara un esfuerzo sobrehumano y le pesara malgastar el aliento hablando; escucharla era una tortura tediosa que crispaba los nervios.
—¿Qué es lo que quieres de nosotros? —espeté.
—De ti solo demando venganza. Arrebataste la vida de mi único hijo…
¿Acaso crees que engendrar una estirpe es tarea sencilla en este mundo estéril?
No, humano, no lo es. Sobreviví a las hogueras y a los implacables cazadores de brujas del Viejo Mundo…
y ni siquiera soy una de ellas. A tu mujer, a esa criatura que llamas novia…
a ella la codicio por su linaje. Su sangre posee una pureza mística, una energía especial.
Mi hijo debía beber de su fuente para asegurar su inmortalidad; ahora que lo has asesinado, necesito hasta la última gota de sus venas para traerlo de vuelta del abismo de los muertos.
—¿Por qué la sangre de Andrea? ¿Qué la hace diferente a cualquier otra mujer de la villa?
—¿Acaso crees que te debo explicaciones, gusano?
No te debo nada. Tu mente racional es incapaz de procesarlo porque no eres más que un simple humano.
Yo, en cambio, pertenezco a una estirpe superior: soy un demonio híbrido.
Nacida de la unión de un padre abisal y una madre mortal; poseo la facultad de aparearme con los de tu especie si estos albergan la chispa adecuada.
Jamás lo comprenderías; yo simplemente lo percibo en el ambiente.
Pasé eras enteras buscando esas anomalías entre el vulgo, y tu amiga reunía las características perfectas para concederle a mi vástago una existencia milenaria.
Pero tenías que interponerte en nuestro camino…
Ahora él está muerto, pero cumpliré mi propósito de todos modos.
Ella perecerá en el altar y tú… tú arrastrarás un castigo eterno.
Mis conocimientos eran limitados ante semejante blasfemia, pero entendí lo esencial: no permitiría que Andrea muriera, y menos por la imprudencia de mis actos.
La distancia entre aquella vieja demente y el combustible que guardaba en mi bolso era de apenas unos pasos; un simple movimiento de mis dedos bastaría para encender la chispa.
De pronto, se abalanzó sobre mí. Fue un movimiento imperceptible para el ojo humano; en un parpadeo se encontraba a metros de distancia y, al siguiente, su aliento fétido me golpeaba el rostro.
Ni siquiera tuve tiempo de extraer el mechero de mi ropa cuando sus dedos ganchudos ya se habían incrustado en mi hombro derecho.
Un dolor gélido y fulminante me recorrió la espina dorsal; el hombro se entumeció al instante y el brazo me quedó completamente paralizado, como una extremidad muerta.
¿Cómo iba a desatar el infierno si no podía mover la mano?
—Mi carne está vieja y mis energías flaquean —susurró a escasos centímetros de mi oído—, pero el último aliento que me queda lo consagraré a castigar tu osadía por el resto de la eternidad…
y a rescatar a mi sangre. Ahora, contempla mi verdadero poder; siente y cree en aquello de lo que renegaste toda tu vida.
No creíste en Dios, te burlaste de nuestra existencia y cerraste los ojos ante el otro mundo.
A partir de hoy, no solo creerás… sino que pasarás a formar parte de él.
Su silueta pareció desvanecerse hacia atrás, o quizás era mi propio cuerpo el que se desplomaba contra las tablas del suelo.
Reuniendo los últimos vestigios de fuerza de mi brazo izquierdo, logré arrastrar el bolso de viaje hacia mí.
Hice restallar la piedra del mechero, arrojé la llama moribunda en el interior de la lona atiborrada de pólvora y dinamita, y lo lancé con desesperación hacia el centro de la estancia.
Gateé como un animal herido, arrastrando mi mitad muerta hacia el umbral de la salida.
No alcancé la vereda. El cartucho de dinamita estalló con la fuerza de un rayo; la onda expansiva me elevó por los aires y me proyectó varios metros hacia el jardín de entrada.
Fragmentos de madera carbonizada y mampostería envueltos en llamas comenzaron a llover del cielo, sepultándome bajo el fuego y los escombros.
El abismo de la inconsciencia me reclamó por completo.
Ilustración 5. La casona de la bruja arde: pólvora, dinamita y condena.
—¿Se encuentra bien? Por favor, dime si va a ponerse bien… —una voz lejana e imprecisa perforó la bruma de mi letargo. No lograba identificar su origen, y un dolor lacerante me consumía el cuerpo.
—Tranquilízate, Andrea. Está bien… se recuperará —respondió una segunda voz, destilando una calma profesional que apaciguó a la primera.