Diario de Saúl Capítulo IV
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Capítulo IV

Ejecuté el código secreto sobre la madera para que Sonya me franqueara el acceso. Esta vez, sin embargo, me vi obligado a aguardar en el umbral más de lo acostumbrado; sin duda, se encontraba absorta en los confines de su estudio, sepultada entre sus grimorios.

—Saúl, qué alivio que hayas venido —murmuró al abrir, con la voz fatigada—. De hecho, me disponía a salir en tu busca. Deseaba pedirte que pasaras la noche aquí.

—Sonya, tú bien sabes que yo…

—No me malinterpretes —me interrumpió, adivinando mis reticencias—.

Si duermes bajo mi techo, podré vigilar tus sueños.

Aún no logro desentrañar lo que sucede; no encuentro respuestas en mis libros.

Necesito observar tu letargo directamente para descubrir qué clase de energía te acecha y qué es lo que reclama de ti.

—Entiendo… —asentí, sintiendo un escalofrío sutil.

No nos extendimos demasiado en el asunto; la realidad era que ella aún carecía de certezas, o acaso prefería guardar un prudente silencio para no alimentar mi paranoia.

En su lugar, nos refugiamos en la nostalgia, desenterrando viejos retazos de nuestra infancia.

Recordamos cómo crecimos juntos en los márgenes de la sociedad, cómo empleó su infinita paciencia para enseñarme a leer y a escribir, e incluso sus intentos fallidos por instruirme en lenguas muertas como el latín.

Yo había sido un alumno nefasto, inmune a su erudición.

Jamás la contemplé con los ojos del deseo, y albergaba la ferviente esperanza de que ella compartiera el mismo desapego; pues cuando el destino me cruzó con Andrea, descubrí la verdadera naturaleza del amor y supe, sin asomo de duda, que ella era mi principio y mi fin.

Confiaba en no haber herido jamás el orgullo de Sonya; para mí, ella representaba a una hermana.

O quizás algo más profundo y sagrado, porque si pensaba en mis verdaderas hermanas…

¡Cielos! Mi estirpe y yo éramos agua y aceite.

Mi presencia en el hogar paterno era una anomalía, un error de diseño; por ello prefería deambular eternamente, para no importunarlos con mi extrañeza.

Ellos eran esclavos devotos de su tiempo, de su cultura rancia, de sus raíces y de su pequeño mundo estructurado.

Yo, en cambio, no era más que un vagabundo espiritual.

El cansancio terminó por reclamar su tributo. Sonya me extendió una copa que contenía un brebaje de sabor amargo y denso. Lo bebí sin vacilar y me entregué al olvido.

Al despertar, las imágenes de mi propio sueño se habían disuelto como la bruma matutina.

Abrí los ojos y descubrí a Sonya profundamente dormida, con la cabeza reposando delicadamente sobre mi pecho.

Me quedé inmóvil, contemplándola en el claroscuro del amanecer, y no pude evitar pensar que poseía una belleza singular y magnética.

Sin embargo, no era su atractivo lo que verdaderamente importaba, sino la certeza que me asaltó en ese instante: Sonya guardaba una naturaleza tan elevada que parecía destinada únicamente a pertenecerse a sí misma, inmune a las cadenas del matrimonio o a la posesión de cualquier hombre.

Era una epifanía que jamás me había permitido formular hasta esa mañana.

—Lo lamento… Me venció el sueño —murmuró ella al despertar, apartándose con presteza y visiblemente contrariada.

—No te preocupes, a mí me ocurrió lo mismo.

—No, tonto, no lo entiendes. No debí permitirme el descanso; mi deber era velar tu mente —replicó, mientras se ponía en pie y ordenaba sus ropajes—.

Aunque creo que he obtenido lo suficiente para reanudar la investigación.

Durante tu trance, logré atisbar a la mujer de la que hablaba Andrea…

y también al hombre cuyos ojos sepultaste.

—¿Ah sí? ¿Y por qué yo no fui capaz de ver a esa mujer?

—Aún lo ignoro, pero te daré respuestas en cuanto las encuentre en el fondo de mis redomas. Ahora, si deseas marcharte, lleva esto contigo.

Me tendió un pequeño cofre tallado y una nueva dosis de aquella extraña pócima herbolaria.

Me resultaba asombroso, casi terrorífico, que poseyera la facultad de infiltrarse en mis visiones.

Uno siempre anhela conocer los sueños de la mujer amada para cerciorarse de si habita en ellos; Sonya, en cambio, poseía el don de hollar mis peores pesadillas.

Regresé a mi hacienda a lomos de mi caballo, apenas ejerciendo presión sobre las riendas.

A esas alturas, el animal conocía de memoria los senderos malditos y confié en su instinto ciego para que me guiara a casa.

Una vez en el patio, lo dejé asegurado y crucé el umbral de la casona.

Un sentimiento inédito y opresivo se había instalado en mi pecho.

Guiado por una pulsión inexplicable, mis pasos me arrastraron hacia los niveles inferiores, descendiendo las escaleras de piedra hacia las entrañas del sótano.

Allí, entre el polvo y el olor a humedad, descorrí las sábanas descoloridas que sepultaban unos lienzos antiquísimos, óleos traídos por mi familia desde el Viejo Mundo mucho antes de nuestra travesía americana.

Recordé entonces el pavor sagrado que me infligían cuando era un niño; mi madre se había visto obligada a retirarlos de los pasillos principales porque sus figuras me desvelaban por las noches.

Había bajado hasta allí para confrontarlos, impulsado por la necesidad imperiosa de medir mis fuerzas contra mis propios temores infantiles antes de que estos terminaran por devorarme.

Ilustración 4. El sótano de los lienzos malditos.

Contemplé las pinturas de la Pasión y muerte de Cristo: poseían unos colores vivos, pero trágicos, de una estética puramente gótica y espeluznante.

Me detuve ante el lienzo de la Tentación en el desierto: la figura del Demonio, una sombra grotesca y magnífica, ofreciéndole los reinos del mundo al Redentor sufriente.

Lo que en mi infancia me hacía temblar, ahora solo me producía una fría fascinación.

Comprendí que debía mirar a la cara a cada uno de mis fantasmas para impedir que sembraran sus raíces en mi cordura.

Preparé un bolso de viaje con algunas pertenencias esenciales; sentía un ansia acuciante de soledad y distancia.

Decidí ascender los senderos de la montaña hasta alcanzar el filo del acantilado, allí donde la altura corta el aliento y el vértigo sacude el espíritu.

Cabalgué una legua, até el caballo a la corteza de un roble seco y continué el ascenso a pie.

Siempre me había prometido a mí mismo que, si alguna vez una enfermedad mortal o la decrepitud corrompían mi cuerpo, buscaría este abismo lejano.

Me arrojaría al vacío para abrazar una muerte rápida, limpia y silenciosa.

Aquello era infinitamente preferible a consumirse agonizando en un lecho miserable, expuesto a la lástima ajena o convirtiéndome en una carga estéril para los míos.

Una muerte honorable siempre sería superior a una existencia desprovista de sentido.

Y allí me encontraba, suspendido sobre el abismo, deliberando sobre mi destino. Me preguntaba si Sonya me estaba empujando hacia las fronteras de la demencia con sus rituales, o si el horror que nos acechaba era una realidad física e inminente.

Sonya había crecido en el aislamiento absoluto; incluso entre los de su propia sangre era una paria, pues desde su tierna infancia manifestó facultades sobrenaturales que despertaban el recelo del campamento.

Los ancianos del clan la miraban con desprecio y temor, y no me cabía duda de que esa incomprensión fue el detonante que la impulsó a abandonar a sus padres cuando estos levantaron las tiendas para partir.

Ahora estaba sola en el mundo, pero me tenía a mí.

Las viejas brujas gitanas la observaban con una envidia tiñosa, pues el poder de Sonya era un don natural, una corriente salvaje que no procedía de enseñanzas ni de linajes.

Y si algo definía a mi amiga era su honestidad brutal y su templanza.

Jamás urdiría una farsa semejante para burlarse de mí.

Yo derramaría sangre por ella sin dudarlo, y sabía que ella haría lo propio por mi vida.

De modo que allí permanecí, rumiando mis miedos frente al vacío, consciente de que una fuerza ajena a este mundo estrechaba el cerco.

La noche cayó como un manto de tinta. Descendí la montaña con cautela, recuperé mi montura y cabalgué de vuelta a la hacienda.

Sin embargo, esa noche tomé una determinación: no dormiría en la comodidad de mi alcoba, sino en la penumbra del sótano, rodeado por los lienzos malditos.

Iba a desafiar a mis pesadillas en su propio terreno; no estaba dispuesto a concederles más poder del que merecían.

Me tendí en el suelo y el sueño me reclamó, aunque la paz me fue denegada de inmediato.

En mitad del letargo, la figura de la mujer se materializó ante mí.

Era una anciana —o una criatura que simulaba serlo— cuya fealdad primigenia resultaba insoportable, pero lo que verdaderamente helaba la sangre era la malevolencia pura y el odio ancestral que emanaban de su ser.

Sentí que unas manos invisibles me asfixiaban, cortándome el aire.

A su lado, el cadáver del hombre que ejecuté en el callejón la escoltaba, manando un torrente incesante de sangre negra y espesa por sus cuencas vacías; el fluido corría sin detenerse, inundando el suelo.

La anciana me interpelaba con voz sibilante, pronunciando palabras en una lengua bárbara, extraña y herética que mi entendimiento era incapaz de descifrar.

—¡Despierta, maldita sea! ¡Saúl, despierta!

Un par de sacudidas violentas me arrancaron del abismo.

Saliendo a duras penas del trance, balbuceé palabras sin sentido, con el corazón golpeándome las costillas.

Al enfocar la vista en la penumbra del sótano, apenas logré reconocer la silueta trémula de Sonya, que me sujetaba por los hombros con desesperación.

—¿Qué… qué haces aquí? ¿Qué ha pasado? —atiné a articular.

—¿Qué demonios pretendías con esto, Saúl? —me espetó, con la respiración entrecortada y los ojos desencajados—. ¿Qué clase de locura te trajo a este lugar?

—No lo sé… Quería comprobar si ella seguía habitando mis sueños. Si era capaz de dominarme aquí.

—¿Y por probar eso decidiste que valía la pena morir?

—su voz vibró con una furia henchida de pánico—.

Esa entidad no es una simple quimera de tu mente, Saúl.

Existe en el plano físico. Es real. Y ahora…

ahora sé exactamente quién es. Pero no podemos permanecer en este sótano un segundo más.

Debemos ir por Andrea de inmediato y refugiarnos en mi santuario.

No hubo espacio para la réplica. Nos dirigimos a toda prisa hacia la residencia de Andrea.

La noche aún dominaba las calles cuando irrumpimos en su alcoba; la encontré sumida en un sueño pacífico.

Durante esos últimos días, el olvido le había devuelto la lozanía a su rostro, alejándola del horror.

Sin embargo, al vernos irrumpir en su habitación a semejantes horas, el velo de la amnesia se rasgó violentamente y el terror regresó a sus ojos, tiñendo sus facciones de un nerviosismo absoluto.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué están aquí? —preguntó, cubriéndose con las sábanas.

—Sonya ha descubierto la verdad —respondí, intentando mantener la firmeza—. Ha desenterrado el origen de todo.

—Arréglate con presteza, Andrea. Debemos partir hacia mi casa ahora mismo —sentenció Sonya.

La dejamos a solas para que se despojara de las ropas de dormir y se vistiera.

Sonya y yo descendimos las escaleras hacia la estancia principal en un mutismo sepulcral.

Me negaba a cruzar palabra alguna, limitándose a vigilar las ventanas con una rigidez felina que terminó por contagiarme una paranoia asfixiante.

A los pocos minutos, Andrea se reunió con nosotros en el vestíbulo.

Cruzamos el umbral y nos adentramos en la oscuridad de la noche colonial, avanzando en un silencio denso y ominoso hacia el corazón del barrio gitano.