Capítulo III
Al mirarla a los ojos aquella mañana, supe que Andrea había sido arrastrada por el mismo torbellino de pesadillas que me había desvelado a mí. Una coincidencia espantosa. ¿Qué clase de fuerza maldita era capaz de tejer semejante lazo entre nuestros sueños?
—Saúl, hay algo más —murmuró ella, con la mirada perdida en el vacío.
—Dime, ¿qué sucede? —pregunté, estrechando sus manos heladas.
—Empiezo a recordar con mayor claridad… Había una mujer en mis sueños. O, al menos, una voz femenina. No logro evocar las facciones de su rostro, ni siquiera estoy segura de haberla visto materializarse, pero recuerdo su presencia. Una presencia asfixiante, profundamente amenazante.
—No debe ser nada, mi amor. Solo el eco del horror de ayer —la consolé, aunque mis propias palabras me sonaron a mentira.
¿Qué podíamos saber nosotros en aquel entonces sobre los laberintos del plano de los sueños?
No corrían tiempos brillantes para la ciencia de la mente, ni poseíamos la erudición de un sabio universitario.
En esa época, si alguien osaba perturbar tu paz, la solución era pragmática y sangrienta: lo matabas.
Bueno, siendo justos, esa es una ley que aún hoy conserva su vigencia en los rincones más oscuros del mundo.
Fue entonces cuando una idea cruzó mi mente.
Recordé a una vieja amiga: Sonya. Andrea apenas sabía de su existencia; nunca había tolerado mis paseos por los arrabales gitanos, empañada por una profunda desconfianza hacia las mujeres de aquella etnia.
Sin embargo, Sonya y yo compartíamos una vida entera de complicidad, un afecto forjado mucho antes de que Andrea aceptara ser mi cortejada.
Nos habíamos distanciado cuando formalicé mi compromiso, pero Sonya jamás demostró celos ni reproche alguno; entendía las reglas del mundo.
Éramos amigos, y ella poseía un conocimiento antiguo y prohibido sobre los misterios del alma y los mensajes ocultos en los sueños.
—Andrea, conozco a alguien que puede ayudarnos.
—Ah, no… Ya sé en quién estás pensando, Saúl, y yo no voy a…
No la dejé terminar. Le dicté las nuevas coordenadas a mi cochero.
De no haberlo conocido tan bien, me habría pasado inadvertida la sutil rigidez de sus hombros, un rictus de desazón y pánico contenido.
A las gentes respetables de las colonias altas les aterraba adentrarse en los dominios de los gitanos.
El paisaje urbano se transformaba drásticamente a medida que descendíamos; los colores vivos de las casonas señoriales daban paso a una arquitectura abigarrada, de ornamentos extraños y decadentes.
Cuando menos lo esperabas, el entorno se volvía lúgubre, teñido de una melancolía que flotaba en el aire como la niebla.
Allí estábamos, observando a niños descalzos correr de un lado a otro entre risas y gritos, rodeados de mantas tendidas de tonalidades místicas y ropajes holgados que desafiaban cualquier norma de etiqueta.
Pero no había duda en sus semblantes; a diferencia de la aristocracia, aquellas almas siempre lucían extrañamente satisfechas en su libertad.
Llegamos finalmente a la morada de Sonya.
Tenía mi misma edad, pero habitaba la casa en absoluta soledad tras haberse apartado del campamento de sus padres años atrás.
Yo solía bromear diciéndole que, al marcharse, se había quedado con los mayores tesoros del clan.
Su santuario estaba atiborrado hasta el techo con volúmenes encuadernados en cuero, manuscritos antiguos, imágenes heréticas, retratos descoloridos y un sinfín de artefactos inclasificables.
Ilustración 3. El santuario de Sonya: grimorios, pócimas y advertencias.
Le ordené al cochero que se retirara y regresara por nosotros en un par de horas.
Andrea y yo nos encaminamos hacia el umbral.
Yo sabía perfectamente que Sonya ya había advertido nuestra presencia, del mismo modo que sabía que debía ejecutar el viejo código: dos golpes secos sobre la madera, una pausa suspendida, y otros dos golpes finales.
Solo entonces la cerradura cedió. Sonya siempre me advertía que, si alguna vez olvidaba ese ritual, jamás me abriría la puerta.
No hicieron falta explicaciones farragosas. Sonya leyó la desgracia en nuestros rostros en cuanto cruzamos el umbral; pasar una noche en vela bajo el yugo del terror deja una marca indeleble en la piel, y el pánico a lo inexplicable nos delataba.
—Entonces, ¿qué podemos hacer, Sonya? —inquirí, quebrando el denso silencio de la estancia.
—Saúl, sabes que jamás te ocultaría la verdad —respondió ella, recorriendo los lomos de sus libros con dedos pálidos—.
Por ahora, mi único poder es devolverles el descanso.
Les daré un preparado herbolario a cada uno; tómenlo antes de que la noche caiga.
Y llévense estas cajitas; colóquenlas justo al lado de sus lechos.
Sonya nos entregó dos pequeños cofres de madera oscura tallada con runas de protección.
—Si la fortuna los acompaña, conseguirán dormir.
De lo contrario, esas pesadillas los exprimirán por dentro hasta causarles la muerte; si el sueño les es negado, no tardarán en perder la razón y comenzar a alucinar.
Mientras tanto, Saúl… yo me adentraré en las sombras para descubrir qué entidad los está cazando.
—Gracias, Sonya… ¿Crees que podamos destruir esa cosa? ¿Que esto tenga un final y todo vuelva a ser como antes? —preguntó Andrea, con la voz quebrada por la vulnerabilidad.
—Amiga mía, haré cuanto esté en mis manos —sentenció Sonya, clavando en ella una mirada lúgubre—.
Pero no les mentiré: ignoro qué es lo que los acecha y por qué los ha elegido a ustedes.
Esta clase de tormentos es común entre los nuestros, entre los aprendices de las artes ocultas… no entre gentes de su cuna.
Tras estas inquietantes palabras, Sonya se recluyó en su estudio privado y atrancó la puerta.
No volvió a salir. Andrea y yo nos quedamos solos en la penumbra de aquel extraño hogar, consolándonos mutuamente en un intento desesperado por aferrarnos a una falsa sensación de seguridad.
Esperamos el retorno del carruaje en silencio.
Al cabo del tiempo pactado, el traqueteo de las ruedas anunció la llegada del cochero.
Al volver a mi hacienda, Andrea y yo decidimos prescindir del carruaje.
Montamos nuestros propios caballos y enfilamos rumbo al océano; era la mejor opción, pues nos permitía evadir las rutas principales y adentrarnos por nuestros senderos ocultos hacia el extremo más remoto de la bahía, allí donde la geografía impedía el acceso de cualquier vehículo.
En ese rincón del mundo no solo estábamos a salvo de miradas indiscretas, sino que el aislamiento era absoluto.
Allí, las convenciones y los ropajes de mar resultaban innecesarios; nos despojamos de las ropas y de los prejuicios, entregándonos a la desnudez bajo el sol moribundo, pasando las horas arrullados por el agua cristalina.
Aquel sería el último día que compartiríamos juntos en el mar… pero en ese instante, ninguno de los dos conocía el trágico capricho del destino.
Encendí una fogata antes de que el crepúsculo se desvaneciera por completo.
Permanecimos flotando en la penumbra líquida hasta que la oscuridad se volvió tan densa que fuimos incapaces de distinguir nuestras propias siluetas.
Salimos del agua y nos sentamos muy juntos, dejando que el calor de las llamas lamiera nuestra piel húmeda en medio de aquel paraje de sobrecogedora belleza.
Una vez secos, sofocamos las brasas y nos tendimos sobre la arena, unidos en un abrazo silencioso, esperando a que nuestras pupilas se dilataran lo suficiente para contemplar el firmamento.
El vacío de la noche era absoluto; la ausencia de luna permitía que el cielo raso desplegara una infinidad de estrellas frías y titilantes que parecían observarnos como ojos espectrales.
Tras un par de horas suspendidas en el tiempo, emprendimos el regreso. Dejé a Andrea al amparo de su hogar. Yo, en cambio, no regresé a mi cama; di media vuelta y busqué nuevamente el refugio lúgubre de Sonya.