Diario de Saúl Capítulo II
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Capítulo II

Francamente, no recuerdo el día exacto, o quizás es que mi mente se niega a evocarlo.

Regresaba a mi hogar flanqueando una de las callejuelas secundarias más apartadas; era mi ruta predilecta, un sendero donde el silencio me permitía apaciguar los pensamientos, lejos del estrépito de las avenidas principales y de esa marea humana cuya congestión asfixiante impide avanzar.

Fue entonces cuando la vi. Andrea corría hacia mí con desesperación contenida; el terror puro se leía en cada línea de su rostro pálido y sus jadeos delataban que llevaba varios minutos huyendo.

Pisándole los talones, una silueta extraña y amenazante la perseguía.

El miedo me atenazó el pecho. Sabía que debía actuar, pero ¿cómo?

Al mirar a mi alrededor, la vacuidad de la calle nos devolvía el eco de la desolación: estábamos completamente solos.

No portaba arma alguna, ni atisbé objeto alguno que pudiera servirme de defensa.

Cuando ella me rebasó, buscando refugio a mi espalda, me pareció escuchar un hilo de voz que murmuraba: «Lo siento».

Aquel perseguidor siniestro llegó hasta mí.

Parecía dispuesto a apartarme como se aparta una rama del camino.

Iba a pasar de largo, cuando mi cuerpo reaccionó con un impulso ciego, ajeno a mi propia voluntad.

Lancé mi mano abierta hacia su rostro. Con una fuerza inhumana que no sabía que poseía, mis dedos perforaron la resistencia de sus cuencas oculares, hundiéndose profundamente hasta alcanzar la masa cerebral.

El hombre permaneció suspendido un instante eterno, petrificado, antes de desplomarse contra el suelo con un impacto seco y sordo. Quedó inerte. Muerto.

Aferré la mano temblorosa de Andrea y la arrastré lejos de aquel horror. Huimos desbocados en busca de un refugio donde ocultarnos; el pánico nos devoraba a ambos. Al alcanzar su residencia, trepamos las escaleras a hurtadillas y nos encerramos en la penumbra de su alcoba.

—Andrea, por el amor de Dios, ¿qué ha sucedido? —pregunté, intentando recuperar el aliento.

—No lo sé… —respondió con la voz quebrada—.

Sabía que si me apresuraba te encontraría en tu paseo habitual.

Ese hombre brotó de la nada, como una sombra materializada, y comenzó a acecharme.

En cuanto nos quedamos solos en la calle, se abalanzó sobre mí.

Solo rezaba por tener las fuerzas suficientes para alcanzarte antes de que él me pusiera las manos encima.

—Y lo lograste. Ahora estamos a salvo —la consolé, estrechándola contra mí—. Nadie volverá a molestarte. Debemos borrar este instante de nuestras mentes. Regresaré a casa, prepararé el carruaje y partiremos hacia el mar… ¿O prefieres que cabalguemos solos?

—Me fallan las fuerzas, Saúl… El carruaje será mejor.

Rara vez empleábamos el carruaje para nuestros encuentros; ella adoraba la libertad de montar a caballo.

Sin embargo, el océano era nuestro santuario predilecto debido a que el sendero que conducía a la costa permanecía en un estado salvaje, inmune a las garras de la urbanización.

Teníamos nuestro propio camino secreto. Llevábamos algunos años de idilio y compartíamos la firme promesa de desposarnos algún día; nos unían ideas liberales y el orgullo de no ser esclavos de dogmas ni costumbres.

Ni siquiera de nosotros mismos. Algo innombrable había quebrado la normalidad de ese día, pero nos conjuramos para olvidarlo bajo el rumor de las olas.

Cuando regresé con el carruaje, le ordené firmemente al cochero que guardara absoluto secreto sobre nuestro destino y compañía.

Aunque confiaba en su lealtad, temía que las expresiones de horror y agitación que aún demudaban nuestros rostros despertaran sospechas indeseadas.

Andrea salió al umbral, subió al vehículo y emprendimos el viaje hacia el mar.

El océano representaba otro de nuestros misterios compartidos.

En aquella época, la población local apenas sabía nadar y el mar infundía un respeto supersticioso; además, la distancia era considerable, pero el aislamiento valía cada legua recorrida.

Andrea y yo llevábamos tiempo escapando a ese páramo idílico donde pasábamos horas flotando en el agua.

Habíamos confeccionado nuestros propios ropajes de baño, diseños audaces y ceñidos que desafiaban la moral de la época y se asemejaban más a las prendas del porvenir.

El agua era un bálsamo cristalino, una pureza relajante…

¡Qué tiempos aquellos, qué maravillosos tiempos… !

El crepúsculo pareció desplegar un espectáculo trágico y majestuoso ante nuestros ojos.

El firmamento se encendió en una pavorosa gama de rojos sangrientos, naranjas encendidos y amarillos moribundos.

Cuando el sol se hundió finalmente en el horizonte, la intensidad del color era tal que uno casi esperaba escuchar el silbido del agua al hervir; pero el milagro no ocurría y, en su lugar, el frío de la noche comenzó a reclamar la playa.

Salimos del agua, tiritando, y encendimos una fogata para guarecernos del relente.

No osamos perturbar la paz maldita mencionando el incidente del callejón.

En su lugar, conversamos de nimiedades, riéndonos con sana ironía de las rigideces de la sociedad colonial.

Nos sabíamos irremediablemente distintos a todo y a todos.

Nuestra complicidad era tan absoluta que ninguno dudaba de que nos pertenecíamos, de que el destino nos había favorecido al cruzarnos.

En tu tiempo lo llamarían «almas gemelas»; yo prefiero describirlo como una sola alma condenada a habitar dos cuerpos diferentes.

Una vez secos, emprendimos el retorno. Para introducir el carruaje hasta la arena debíamos tomar una ruta más larga y penosa; de haber viajado a caballo, habríamos cruzado la maleza por un atajo que nuestros animales ya conocían de memoria y que carecía de peligro para nosotros.

Dejé a Andrea en el umbral de su hogar. Me despedí de ella con un beso largo y apasionado en los labios, una osadía impensable entre los jóvenes de ese siglo, pero es que nosotros ya habíamos dejado atrás la inocencia de la juventud. Acto seguido, me retiré a mi propia casa.

Aquella noche, la paz me fue denegada. Me hundí en un abismo de pesadillas recurrentes: veía al hombre que había ejecutado levantarse del suelo una y otra vez, con las cuencas vacías y sangrantes, avanzando hacia mí.

Desperté en numerosas ocasiones, bañado en sudor frío y con una opresión en el pecho que me asfixiaba, solo para volver a cerrar los ojos y reencontrarme con su mirada espectral.

Al despuntar el alba, incapaz de soportar el tormento de mi propia mente, salí de inmediato en busca de Andrea.