Capítulo I
En los albores del primer siglo de la colonización de América, los navíos europeos desembarcaron a más proscritos y criminales que a hombres de alcurnia.
Los primeros arribaban huyendo de la horca; los segundos, impulsados por una insaciable sed de poder.
En el fondo, compartían una misma naturaleza ambiciosa.
Entre aquella amalgama de almas también viajaban numerosos gitanos, un detalle que la historia oficial insiste en sepultar en el olvido.
Se les temía, se les buscaba, se les despreciaba y se les necesitaba.
Pero no eran ellos lo único que aguardaba en las oscuras bodegas de esos barcos.
Aunque la Iglesia se jactaba de su implacable caza de brujas y de extender los tentáculos de la Inquisición por cada rincón del Nuevo Mundo, jamás admitirá la existencia de ciertas ciudades, territorios o colonias enteras donde nunca consiguió poner un solo pie.
Los altos prelados sabían perfectamente que existía una fuerza que escapaba a su potestad y a su fervor religioso.
Tras perder demasiadas vidas en intentos estériles de conquista, comprendieron que era preferible el silencio; no podían permitirse que el vulgo descubriera que la cruz y los galones de agua bendita eran estériles ante ciertos horrores.
Hubo un dominio donde la Iglesia jamás fue superior.
No todos los que respiraron el aire de aquella época compartían el fanatismo dogmático que los anales sugieren. A pesar del sincretismo, el mestizaje y el yugo eclesiástico, existieron mentes libres de prejuicios y ataduras costumbristas.
Mi nombre es Saúl. Pese a los denodados esfuerzos de mi estirpe por doblegar mi voluntad ante el catolicismo, logré rebelarme contra sus dogmas.
Por aquel entonces, mi juventud no superaba los veinte años.
Mi familia gozaba de una fortuna boyante gracias a la próspera empresa de mi padre, lo que me eximía de las fatigas del trabajo mundano.
Disponía de las jornadas enteras para deambular a mi antojo; a mi corta edad, ya había recorrido casi todas las villas del territorio, aprendiendo a distinguir los senderos seguros de aquellos malditos.
Asimismo, había forjado alianzas y amistades singulares: me codeaba con gitanos —frecuentemente tildados de brujos o hechiceras— y con los vástagos de los criminales más peligrosos, jóvenes de mi edad de quienes absorbí lecciones invaluables que ninguna santa academia habría osado enseñar.
Mi padre jamás habría tolerado semejantes compañías.
¿Pero qué padre tolera verdaderamente los secretos de sus hijos?