Capítulo IX #2
Vagué por las naciones durante eras, cruzando metrópolis y reinos en decadencia, buscando refugio únicamente en los suburbios más marginales del planeta, provocando carnicerías clandestinas y repartiendo la muerte entre los despojos de la sociedad para intentar saciar el vacío de mi pecho.
Me convertí en una plaga errante, una leyenda de terror psicológico que azotaba las sombras.
No poseo la noción de cuántas décadas o siglos consumí en mitad de aquel frenesí de sangre y pólvora.
Solo conservo un fragmento de lucidez de aquellos siglos de exilio: un instante en que pretendí apaciguar la tempestad de mi mente, reconciliar mi espíritu y domar el hambre de la bestia que anidaba en mis entrañas.
Guiado por un anhelo moribundo de redención, busqué el amparo de un templo imponente, un monumento ciclópeo consagrado al Dios de los mortales y crucé los umbrales góticos de aquella catedral bajo el velo de la medianoche.
Buscaba a la divinidad de los humanos; imploraba una pizca de paz.
Sin embargo, lo que me aguardaba en la inmensidad de aquellas naves sagradas no fue la presencia de ningún dios, ni el consuelo de un alma mortal.
A altas horas de la madrugada, en una penumbra rota únicamente por el parpadeo agónico de unos cirios, descubrí que el santuario no estaba del todo desierto.
El azar —o un capricho retorcido del destino— quiso que mi camino coincidiera con el de otras dos criaturas que parecían perseguir el mismo bálsamo para su desolación; dos almas tan irremediablemente perdidas como la mía.
Ilustración 12. La catedral: tres fulgores perdidos bajo las bóvedas góticas.
Mis nuevos ojos, capaces de desvestir las energías del cosmos, percibieron sus respectivos fulgores en la oscuridad.
Uno de ellos irradiaba una antigüedad sobrecogedora, una esencia tan arcaica como la Tierra misma; un ser eterno que, si bien no parecía haber deambulado por este plano desde el amanecer de la creación, bien podía proceder de esferas estelares infinitamente más remotas.
Pese a su inmensidad herética, se ocultaba bajo el yugo de una carne tan humana como la que revestía mi propia maldición.
El segundo, una pobre alma, revelaba en su luz un destino trágico: era un títere absoluto de los hilos divinos, un peón arrastrado por una guerra cósmica que escapaba a su entendimiento, utilizado por los dioses para enmendar las fracturas de la realidad y el tiempo.
A través de las vibraciones de su energía latente, supe de inmediato que su esencia pertenecía a eras y siglos distintos, dislocada de la línea del tiempo; una certeza absoluta que se grabó en mi percepción, aunque en aquel momento mi mente fuera incapaz de asimilar el mecanismo de tal prodigio.
Una vez que el veneno de la rabia amainó y conseguí restaurar el equilibrio en mi temperamento, reencontrándome con los vestigios del hombre que fui, resolví cabalgar de vuelta al santuario de Sonya.
Al cruzar el umbral del viejo arrabal gitano, descubrí que mi amiga se había desvanecido en la bruma del tiempo.
La casona permanecía desierta; sobre la mesa de su laboratorio solo aguardaban dos objetos: el diario privado de Andrea y una misiva final de Sonya, cuya tinta descolorida rezaba lo siguiente:
«Saúl:
Ella acudió a mí en mitad de la noche, suplicándome entre lágrimas que le desvelara la verdad de tu estigma.
Me fue imposible negarme; sabes perfectamente que su determinación no me dejó alternativa.
Le advertí sobre los peligros latentes, sobre la fragilidad de la línea que separaba la transmutación de la muerte.
Tú compartías con ella el conocimiento de que las configuraciones cabalísticas eran esquivas en este siglo; calculé tres fechas posibles en el calendario astronómico donde las corrientes cósmicas parecían confluir a vuestro favor, y se las entregué.
Andrea juró que seleccionaría la noche perfecta.
Saúl… todas las fechas arrojaban el mismo resultado en mis fórmulas; fui incapaz de percibir la sutil aberración que dictaba la tragedia.
Lo lamento con el alma. Me he visto obligada a emprender un éxodo; la culpa y el dolor me consumen con la misma intensidad que a ti, aunque soy consciente de que mi calvario jamás se equiparará a tu pérdida.
Me marcho al viejo continente; necesito profundizar en las artes oscuras, aprender a descifrar lo que mis ojos ignoraron y convertirme en una erudita digna.
Te haré saber de mis descubrimientos en cuanto tenga una respuesta.
Espero que el tiempo te conceda el perdón hacia mi torpeza; ella tomó una determinación y mi único deber fue respetar su libre albedrío. Confío en que halles un resquicio de templanza en esta inmortalidad baldía. Te haré llegar todo lo que encuentre y que pueda ayudarnos.
Siempre tu fiel aliada y amiga, Sonya.»
«P.D.: Yo habría ejecutado el mismo sacrificio por ti.»
Aquel manuscrito constituyó el último vestigio que poseí de Sonya durante centurias.
Y allí me encontraba, varado en la inmortalidad, arrastrando más de una sentencia sobre mis hombros, confinado a un universo de absoluta negrura.
Mis ojos gozaban de la facultad de atisbar la luz allí donde se ocultara, pero ¿de qué me servía tal atributo en un mundo deshabitado?
Estaba solo. Permanezco solo, y la certeza de que la soledad será mi única compañera por el resto de las eras se ha asentado en mi entendimiento.
Contemplé las estancias vacías del santuario de Sonya; comprendí que sus muros polvorientos me servirían como el escondite perfecto para burlar el paso de los siglos.
Sí. Había dejado de necesitar el comercio con el mundo material; la humanidad no echaría en falta mi extrañeza y ambos nos sostendríamos en el vacío sin demandar la presencia del otro.
Me he transformado en un paria absoluto: soy tan despreciado e incomprendido entre los mortales como lo soy entre las huestes de los demonios.
Allí permanezco, bajo el peso aplastante de la eternidad, aguardando…
acechando al tiempo. Andrea volverá a encarnar en este plano físico; su linaje espiritual está entrelazado al mío y el cosmos se verá obligado a devolverla a mis brazos.
Volveré a rastrear sus huellas en el porvenir, la encontraré en mitad del tumulto y desafiaremos las leyes del abismo una vez más. Ella regresará.
Yo, entretanto, custodiaré las sombras desde este rincón. Cuídate de mi rabia… humano.
Ilustración 13. La eterna espera.