Capítulo XXIII Diana #2
—Una alteración transitoria. Un malestar breve. Una disminución de reactividad. Un efecto que se autolimitara. Era una prueba de exposición mínima, aprovechando rutinas ordinarias, sin contacto íntimo y sin que la persona supiera que había entrado en el experimento.
—En un chico de veintidós años que no había consentido.
Pilar abrió los ojos.
—No.
—Sí.
—No lo elegí por él.
—Murió él.
La frase cortó cualquier diferencia técnica.
Pilar se quedó inmóvil.
—Murió él —repitió Alicia—. En un autobús. De camino a la universidad. No murió una categoría. No murió una tendencia. Murió Daniel Robles.
La abogada murmuró algo, pero Pilar levantó una mano.
—Lo sé.
—No. Lo sabe como dato.
—No me diga lo que sé.
Por primera vez, la voz de Pilar perdió temperatura.
Alicia no retrocedió.
—Entonces dígame qué sintió cuando murió.
La pregunta fue demasiado directa para la abogada.
—Mi clienta no va a responder a eso.
—Alivio no —dijo Pilar—. No al principio.
Berta Luján se quedó quieta.
Pilar no miró a nadie.
—Al principio fue pánico. Cálculo. Revisé todo. Busqué el fallo, el desvío, la contaminación, la exposición previa, cualquier cosa que permitiera decir que no era mío. Después... —Se detuvo.
Alicia esperó.
—Después entendí que había funcionado.
Víctor murmuró:
—Funcionado.
La palabra salió con asco.
Pilar lo miró.
—No como debía.
—Pero suficiente para usted.
Alicia no supo si Víctor se lo había dicho a Pilar o a la sala entera.
Pilar volvió a ella.
—Ustedes quieren que diga que disfruté matándolo.
—Quiero que diga la verdad.
—Me dio horror. Y también sentido. No placer simple. No alegría.
—¿Qué entonces?
Pilar buscó una palabra y, por una vez, no pareció encontrar una técnica.
—Poder.
La sala quedó sin aire.
—Me dio miedo —añadió—. Pero también poder. De pronto parecía existir una forma de llegar antes. Horrible. Fallida. Inaceptable. Pero antes.
Alicia miró la carpeta de Daniel.
—Y decidió repetirlo.
—Decidí repetirlo para entenderlo.
—Repitiéndolo.
Pilar no negó.
Ahí estaba la confesión que no terminaba de formularse como confesión.
Cardoso se levantó y caminó hasta la ventana. No miró fuera. Se quedó de espaldas a la sala, como si necesitara quitarle el rostro a Pilar durante unos segundos.
Salcedo tomó la palabra:
—Doctora Montoya-Prado, ¿está reconociendo haber realizado exposiciones no consentidas que produjeron la muerte de varias personas?
La abogada reaccionó de inmediato.
—No responderá a esa formulación.
Pilar tampoco respondió.
Alicia no necesitaba esa frase aún. No completa. No para entender.
—¿Por qué esos hombres? —preguntó.
—No eran elegidos por lo que eran.
—Todos eran alguien.
—No me refiero a eso.
—Entonces hable mejor.
Pilar tragó saliva.
—La exposición no requería proximidad íntima. No buscaba biografías. Buscaba condiciones, ventanas, rutinas, oportunidades. Un mapa de momentos en los que alguien podía cruzarse con el agente sin saber que había sido convertido en experimento. Cuerpos que permitieran leer el efecto.
—Dianas.
La palabra salió de Alicia antes de que pudiera decidir si la quería decir.
Pilar la miró.
Algo en su expresión cambió. No culpa. No sorpresa. Reconocimiento.
—Sí —dijo—. Dianas.
La palabra sonó a reducción brutal: personas convertidas en blanco por una hipótesis.
—Lucía también era una diana —dijo Alicia.
Pilar no contestó.
—Usted no sabía lo de Lucía.
—No.
—Entonces no buscaba hombres.
—Buscaba una condición.
—El cromosoma Y.
—Una dependencia celular asociada al cromosoma Y.
—Otra vez lenguaje.
—Es lo que era.
—Era asesinato.
La abogada intervino:
—Mi clienta no admite esa calificación.
Pilar miró a Alicia.
—Fue una intervención sin consentimiento que produjo muertes.
—Eso es homicidio con lenguaje técnico.
—Eso es su idioma.
—No. Es el idioma de quienes murieron.
Pilar bajó la mirada.
Durante un instante pareció mayor. No vulnerable. Solo gastada.
—Lucía me hizo entender algo —dijo.
Alicia sintió frío.
—¿Cuándo supo lo de Lucía?
—Cuando ustedes me pasaron la documentación de infertilidad. No el resultado. Antes. Entendí que podía haber algo. Si Lucía pertenecía, la hipótesis era más limpia de lo que yo había pensado y más sucia de lo que podía permitirme admitir.
—¿Por eso pidió ver sus muestras?
—Sí.
—¿Para ayudar?
Pilar no respondió.
—¿Para saber si la había matado usted también?
El silencio fue respuesta.
Víctor se pasó una mano por la cara.
—Joder.
Cardoso seguía junto a la ventana.
—Lucía no era un dato que confirmaba su éxito —dijo Alicia.
—No he dicho eso.
—Lo ha pensado.
Pilar levantó la cabeza.
—Pensé que confirmaba que yo ya no entendía del todo lo que había creado.
—Demasiado tarde.
—Sí.
Esa palabra, en su boca, sonó más a diagnóstico que a arrepentimiento.
Alicia recordó el mensaje de Dalia: demasiado tarde.
Salcedo se levantó.
—Doctora Montoya-Prado, queda usted detenida como presunta responsable de delitos de homicidio y de otros que se concretarán conforme avance la instrucción.
La abogada empezó a hablar. Salcedo siguió leyendo derechos.
Víctor se movió hacia la puerta. Cardoso volvió a la mesa.
Alicia permaneció sentada, observando a Pilar.
Necesitaba recordar que la autora no era una fuerza abstracta.
Era una persona que había aprendido a pronunciar sus actos con palabras que los alejaban de los cuerpos.
Pilar escuchó sus derechos sin interrumpir.
Cuando Salcedo terminó, miró a Alicia.
—No va a poder contarlo bien.
—¿El qué?
—Nada de esto. Si dice que quise matar hombres, mentirá. Si dice que quise salvar mujeres, también. Si dice que soy una asesina, dirá una verdad incompleta. Si dice que soy una científica, también. No va a poder contarlo bien.
Alicia se levantó.
—No escribo novelas.
Pilar sonrió apenas.
—Todos escriben algo.
La escoltaron fuera.
Al pasar junto a Cardoso, Pilar se detuvo un segundo.
—Félix.
Él no respondió.
—Usted habría visto el patrón antes si le hubieran dejado mirar todos los muertos.
Cardoso la miró con una frialdad que no había usado en toda la investigación.
—Los muertos no se eligen para que una hipótesis encaje.
Pilar asintió, casi imperceptiblemente.
Después salió.
La puerta se cerró.
Nadie habló durante un rato.
Víctor fue el primero.
—Necesito aire.
—No fumes —dijo Alicia.
—No he dicho tabaco. He dicho aire.
Salió.
Salcedo recogió las carpetas.
—Esto no termina aquí.
—No —dijo Alicia.
—La defensa va a destrozar cada frase. Dirán que no ha confesado. Que todo es interpretación. Que no tenemos mecanismo completo. Que los documentos están contaminados por una filtración. Que el testimonio ha sido inducido.
—Tendrán razón en parte.
Salcedo la miró.
—No digas eso delante de nadie.
—No hace falta. Lo dirán ellos.
Cardoso volvió a sentarse. Parecía muy cansado.
—Necesitamos el laboratorio, las muestras, los cuadernos completos, trazabilidad de exposiciones, validación del ARN de Javier, confirmación independiente. La confesión moral no basta para una acusación técnica.
—Lo sé —dijo Alicia.
—Y necesitamos proteger a Lucía.
—También.
—Y a Javier.
—Sí.
—Y sacar a Carmen de todo esto.
Alicia miró la carpeta roja que aún estaba en una pila lateral. Carmen seguía allí, incluso fuera. Sacar un nombre de una lista no reparaba el daño de haberlo puesto.
Salcedo abrió la puerta.
—Orduña quiere una llamada.
—Claro.
—Ahora.
—Claro.
Pero Alicia no se movió enseguida.
Se acercó a la pizarra.
La Y seguía escrita en el margen. Debajo, alguien había añadido con letra de Víctor una pregunta:
¿llave?
Alicia cogió el rotulador.
No borró la pregunta.
Solo escribió encima una palabra.
DIANA .
Luego dejó el rotulador.
El caso, por fin, tenía una palabra.
No lo habían resuelto. Habían entendido su violencia esencial: reducir una vida a una condición que podía ser apuntada.
Lo demás vendría después.