Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo XXIV Fuera de diana
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Capítulo XXIV Fuera de diana

La ciudad tardó tres días en saber que había una detenida.

Tardó menos de tres minutos en empezar a explicársela mal.

Alicia vio los primeros titulares en el móvil de Víctor, mientras esperaban a que terminara una comparecencia de Salcedo en una sala sin ventanas. No decían todavía el nombre de Pilar Montoya-Prado. No podían. Pero bastaba con lo que insinuaban.

Detenida una investigadora por las muertes súbitas.

La Policía investiga una posible serie de homicidios biológicos.

El caso de los infartos cambia de rumbo.

Infartos.

Alicia dejó el móvil sobre la mesa.

—No eran infartos.

Víctor se encogió de hombros.

—La precisión rara vez llega antes que el ruido.

—Eso lo has robado.

—De estar contigo.

La sala olía a café recalentado, papel y cansancio institucional.

Salcedo llevaba dos días durmiendo a ratos en un sofá que no estaba diseñado para perdonar a nadie.

Orduña había convertido una oficina de la Delegación en un puesto de mando sin decirle a nadie que aquello era un puesto de mando.

Dalia Tellería no había publicado. Eso era quizá lo más extraño de todo.

No había publicado el dato de Lucía.

No había publicado el nombre de Mateo Rivas.

No había publicado los correos internos filtrados.

No había publicado el nombre de la mujer del abrigo azul. La fuente quedó incorporada a una pieza separada de la investigación: no como heroína, no como culpable, sino como alguien que había estado lo bastante cerca del laboratorio para entender tarde el peso de ciertas palabras.

Había escrito una pieza breve, casi seca, sobre la existencia de una investigación judicial en curso y la necesidad de no convertir datos médicos protegidos en espectáculo.

El texto no parecía suyo hasta que Alicia llegó al último párrafo, donde Dalia decía que una sociedad que exige saberlo todo al instante no siempre busca la verdad: a veces solo busca apropiarse del dolor antes de que otros puedan defenderlo.

Víctor la había leído dos veces.

—Tellería ha aprendido a callarse con estilo —dijo.

Alicia no respondió.

Callarse, en aquel caso, no era una virtud pura. Era una deuda. Dalia lo sabía. Por eso la pieza era buena.

Cardoso entró con una carpeta nueva y la dejó sobre la mesa como quien deja un animal muerto.

—Carmen Varela.

Alicia levantó la vista.

—¿Ya?

—Ya.

La carpeta no era gruesa. Eso, después de todo, parecía casi una forma de piedad.

—Revisión completa —dijo Cardoso—. Antecedentes compatibles, hipertensión mal controlada por periodos, probable arritmia no documentada, síntomas previos explicables por su cuadro, sin rastro de material compatible con el patrón de los casos fuertes, sin hallazgos que la vinculen a la línea biológica que estamos investigando. Carmen Varela no pertenece a la serie.

Víctor soltó aire.

—Entonces se cayó.

Cardoso lo miró.

—Murió. No se cayó.

—Ya sabes lo que quería decir.

—Precisamente.

Alicia abrió la carpeta. Había una conclusión preliminar, prudente, sin adjetivos innecesarios. Una muerte natural probable, incorporada a la lista por coincidencia sintomática y por contexto de alarma.

Carmen no era víctima de Pilar Montoya-Prado.

Era víctima de su propio cuerpo, de una vida cansada, de una muerte común que había tenido la mala suerte de parecerse a un crimen.

Eso no la hacía menos muerta.

El mapa quedaba, por fin, menos cómodo y más exacto: once muertes compatibles, Javier Ochoa vivo y Mateo Rivas al fondo, esperando desde una carpeta antigua.

—¿Rafael? —preguntó Alicia.

—Quiere hablar con ustedes antes de que nadie diga nada fuera.

—Vamos.

Víctor cogió el abrigo.

—Ahora?

—Ahora.

La autoescuela estaba cerrada cuando llegaron. Rafael Cobo los esperaba dentro, con la luz del despacho encendida y todas las demás apagadas. En el escaparate, las fotografías de alumnos con la L en la mano parecían demasiado alegres para esa hora.

No les ofreció café. No les preguntó si tenían prisa. Se sentó detrás de la mesa y esperó.

Alicia le explicó lo que podía explicar.

Sin tecnicismos. Sin usar a Carmen como ejemplo de nada.

Le dijo que la revisión apuntaba a una muerte natural, que la investigación ya no la consideraba parte de la serie principal, que no podían borrar lo publicado pero sí podían dejar constancia oficial de que no había indicios de homicidio.

Rafael escuchó con las manos juntas.

Cuando terminó, no pareció aliviado.

—Entonces murió de verdad ella sola —dijo.

La frase no tenía forma de pregunta.

Alicia tardó en contestar.

—Sí.

Rafael miró hacia el escaparate.

—Pensé que si la sacaban de la lista iba a sentir algo mejor.

Víctor bajó la mirada.

—A veces una explicación no consuela —dijo Alicia.

—No. Pero al menos deja de usarla.

No preguntó quién. No hacía falta.

Antes de marcharse, Rafael les entregó una bolsa de papel. Dentro estaba la agenda roja de Carmen.

—No la quiero en un archivo —dijo—. Pero tampoco quiero tirarla. No sé qué se hace con estas cosas.

Alicia no la cogió.

—Eso no nos pertenece.

—A mí tampoco parece pertenecerme ya.

—Entonces espere.

Rafael la miró.

—¿A qué?

—A que vuelva a ser solo de ella.

No era una respuesta jurídica. Alicia ni siquiera estaba segura de que fuera una buena respuesta. Rafael, sin embargo, cerró la bolsa despacio y la dejó sobre la mesa.

—De acuerdo —dijo.

Afuera, Víctor encendió un cigarrillo y lo apagó enseguida contra la suela.

—¿Qué haces?

—No sé. Me pareció que quedaba mal fumar después de eso.

—Fumas después de autopsias.

—Las autopsias no tienen escaparate de autoescuela.

Alicia no dijo nada.

La ciudad seguía moviéndose alrededor de ellos con una normalidad que rozaba la insolencia.

Coches, persianas, bolsas de compra, gente entrando y saliendo de bares.

En algún lugar, la madre de Mateo Rivas acababa de recibir una llamada que ningún expediente podía preparar bien.

En otro, Marcos Rueda seguía viviendo en un piso donde una carpeta azul había cambiado de significado.

En el hospital, Javier Ochoa aprendía a dormir escuchando su propio corazón como si fuera un vecino peligroso.

Fueron a verlo dos días después.

Javier estaba en planta, ya sin el aspecto de estar a punto de desaparecer bajo los cables.

Tenía color en la cara, una bata mal atada y un enfado nuevo contra las restricciones de sal, esfuerzo y vida normal.

Marta estaba sentada junto a la ventana, leyendo un folleto sobre desfibriladores implantables que doblaba por la misma esquina cada vez.

—Me han dicho que no puedo conducir de momento —dijo Javier.

—Es una mala noticia para los aparcamientos —respondió Víctor.

Javier sonrió, pero la sonrisa se le cansó enseguida.

—¿Soy prueba?

La pregunta no esperaba cortesía.

Alicia se sentó.

—Es superviviente.

—Eso no responde.

—No.

Marta cerró el folleto.

—¿Van a saber qué le hicieron?

Alicia eligió las palabras.

—Estamos más cerca de saber qué ocurrió. No sé si eso será lo mismo que entenderlo todo.

—¿Y si vuelve a pasar?

No había una respuesta segura. La medicina tampoco la tenía. La policía menos.

—Por ahora está protegido y vigilado —dijo Alicia—. Y lo que hemos aprendido con usted puede ayudar a que no vuelva a pasarle a otros.

Javier miró la ventana.

—Eso suena a consuelo de folleto.

—Sí.

—Gracias por no adornarlo.

Marta le cogió la mano.

Alicia pensó que Javier nunca sabría del todo cuánto le debían. Ni cuánto le habían quitado al convertir su sangre, sus síntomas y su miedo en una ruta hacia otra persona.

A la salida del hospital, Elena Satrústegui los alcanzó en el pasillo. Llevaba una carpeta bajo el brazo y la expresión de quien había decidido decir algo aunque no fuera estrictamente necesario.

—Marcos me ha pedido una copia del informe de Lucía con lenguaje clínico comprensible —dijo.

—¿Puede tenerla?

—Puede tener un informe. No todos los anexos. No todo lo que la investigación ha construido alrededor.

—Bien.

Elena esperó.

—También me ha preguntado si algún día alguien va a escribir que Lucía no era una mujer.

Alicia sintió una presión breve detrás de los ojos.

—No desde nosotros.

—Ya sé que esa es la respuesta honrada. No la tranquilizadora.

—No tengo otra.

Elena asintió.

—Entonces manténgala. A veces la honradez es lo único disponible cuando tranquilizar sería mentir.

Víctor la vio alejarse por el pasillo.

—Me cae bien.

—A mí también.

—Eso en este caso es peligroso.

Alicia lo miró.

—¿Qué caso?

—Da igual.

La investigación contra Pilar Montoya-Prado no cerró con la detención. Se abrió.

El registro del laboratorio encontró protocolos incompletos, material antiguo mal indexado, discos duros, congeladores con muestras codificadas y una serie de libretas de trabajo donde Pilar escribía con una letra casi ilegible comentarios técnicos, correcciones, dudas y, cada cierto número de páginas, frases que no parecían pertenecer a un cuaderno científico.

Esa última frase hizo que Cardoso se quedara callado durante más tiempo del habitual.

—Ahí está —dijo Víctor.

—No —respondió el forense—. Ahí empieza a estar.

No encontraron un frasco con una etiqueta que dijera arma.

No encontraron una confesión ordenada. Encontraron versiones de protocolos, desvíos de muestra, secuencias parciales, anotaciones sobre dependencia intracelular, fragmentos que Néstor Ayala y Pilar habían visto desde lados opuestos de la misma pantalla, y suficientes irregularidades para que lo que antes era sospecha se convirtiera en una estructura.

Néstor confirmó, con todas las cautelas posibles, que las muestras de Javier contenían material compatible con un vector no convencional de muy baja persistencia.

No podía decir aún todo lo que la prensa habría querido oír.

Podía decir lo bastante para que el juzgado entendiera que aquello no era una colección de coincidencias.

La palabra DDX3Y apareció en varios documentos de Pilar, pero nunca sola. Aparecía rodeada de otras siglas, otras posibilidades, otros caminos. Era un ejemplo plausible dentro de una red, no una solución mágica.