Capítulo XXIII Diana
Pilar Montoya-Prado pidió agua antes de hablar.
No café. No un abogado nuevo. Agua.
Alicia no supo si aquello era una necesidad real o una forma de recordarles que Pilar seguía teniendo cuerpo.
Durante las últimas horas, había sido firma, iniciales, código, correo, comentario al margen, subproyecto, responsable técnica, experta consultada y posible autora.
El vaso de plástico la devolvió un instante a algo más simple.
Su abogada, una mujer de pelo blanco y traje oscuro llamada Berta Luján, permanecía sentada a su lado con una carpeta cerrada.
No parecía nerviosa. Tampoco parecía confiada.
Tenía la serenidad profesional de quienes saben que la verdad rara vez es el único material con el que se construye una defensa.
En la sala estaban Alicia, Víctor, Salcedo y Cardoso. Orduña seguía la declaración desde otra dependencia, sin cámara visible. Eso había sido una condición de Alicia y una concesión a medias de Salcedo. Pilar no debía sentir el Ministerio en la nuca. Todavía no.
Sobre la mesa no había todos los documentos.
Solo los necesarios.
Mateo Rivas Cuenca.
M-017.
El correo sobre la no reclasificación del evento adverso.
La tabla de lenguaje.
Una copia parcial de las notas de laboratorio incautadas.
El informe preliminar sobre Javier Ochoa.
El resultado de Lucía no estaba allí.
Alicia no quería que Pilar lo tocara ni siquiera con los ojos.
—Doctora Montoya-Prado —dijo Salcedo—. Consta que ha acudido con asistencia letrada. Por ahora no está detenida formalmente, pero esta declaración puede modificar su situación procesal. ¿Lo entiende?
—Sí.
—Puede no contestar.
—Lo sé.
—Entonces empezamos.
La abogada levantó una mano.
—Mi clienta responderá a cuestiones técnicas generales y a aquellas que no comprometan su derecho de defensa. Si la línea se convierte en acusatoria, lo haré constar.
Víctor murmuró:
—Ya estamos acusatoriamente rodeados.
Alicia lo miró.
Víctor se calló.
Pilar dejó el vaso en la mesa.
—No maté a Mateo Rivas.
Nadie había preguntado todavía.
Alicia lo anotó.
—Hablemos de él —dijo.
Pilar miró el documento con el código M-017.
—Fue un participante en una fase temprana de la línea. No era un ensayo como ustedes imaginan. Era una intervención mínima, controlada, de baja persistencia, con seguimiento. El objetivo era medir cambios en marcadores neuroinmunes asociados a respuesta agresiva reactiva.
—Tradúzcalo sin blindarse tanto —dijo Alicia.
La abogada giró la cabeza hacia ella.
—Inspectora.
—No le he pedido una confesión. Le he pedido castellano.
Pilar sostuvo la mirada de Alicia con una calma fatigada.
—Queríamos saber si determinados perfiles biológicos podían modularse para reducir respuestas violentas impulsivas.
—Perfiles masculinos.
—Inicialmente, sí.
—Sujetos con cromosoma Y.
Pilar tardó menos de un segundo en responder.
—En algunos modelos, sí.
—¿Por qué?
—Porque la hipótesis de trabajo partía de la interacción entre exposición androgénica, respuesta inflamatoria y conducta de amenaza. Después se volvió más compleja.
—Más compleja cómo.
Pilar miró a Cardoso.
No como quien busca ayuda. Como quien evalúa qué parte del lenguaje puede sobrevivir al salir de su disciplina.
—La testosterona era una explicación demasiado pobre —dijo—. Demasiado variable. Demasiado dependiente del contexto. Si se quería intervenir una respuesta de forma estable, no bastaba con mirar hormonas. Había que mirar condiciones celulares.
—La llave celular —dijo Alicia.
Pilar no se movió.
—Es una metáfora interna.
—Bastante persistente.
—Las metáforas son útiles hasta que alguien que no las entiende las convierte en prueba.
Cardoso habló por primera vez:
—Mateo tuvo calor intenso, palpitaciones, síncope y una taquiarritmia. Tres semanas después murió de muerte súbita probable. Usted recomendó no reclasificar el episodio como evento adverso grave atribuible al procedimiento.
—Porque no había evidencia causal.
—Pero había una señal.
—Había una asociación temporal débil y un episodio compatible con otras causas.
Alicia deslizó sobre la mesa la copia del correo firmado por Pilar.
—“Evitar reapertura salvo requerimiento del comité.”
Pilar leyó la frase como si la viera por primera vez, aunque Alicia supo que no era cierto.
—Fue una mala frase.
—Fue una frase útil para cerrar una puerta.
—Fue una frase técnica en un contexto técnico.
—No. Fue una frase administrativa donde hacía falta una decisión moral.
La abogada intervino:
—Mi clienta no tiene obligación de aceptar caracterizaciones.
—No se la he pedido —dijo Alicia.
Pilar apartó el documento.
—Mateo no murió en el procedimiento. No murió durante la intervención.
No murió en observación. Murió tres semanas después, en su casa, con antecedentes que podían explicar un desenlace independiente.
Reabrirlo todo habría destruido una línea de investigación que podía servir para prevenir daños reales.
—¿Qué daños?
Por primera vez, Pilar no contestó de inmediato.
Alicia esperó.
—Violencia —dijo Pilar al fin—. Agresión impulsiva. Respuesta de amenaza descontrolada. Conductas que ustedes ven cuando ya hay una víctima y un atestado. Yo quería llegar antes.
—¿Nosotros?
—El grupo.
—¿O usted?
Pilar volvió a coger el vaso. Esta vez no bebió.
—Yo creía en esa línea.
—Eso no responde.
—Responde bastante.
La sala quedó quieta.
Víctor observaba a Pilar sin ironía. La palabra violencia había entrado en la sala con una historia que todavía no conocían.
Alicia abrió otra carpeta.
—En sus libretas aparece esta frase: “El primer error fue creer que la muerte invalidaba la hipótesis.”
La abogada se inclinó hacia Pilar.
—No contestes sin consultar.
Pilar no la miró.
—La escribí después.
—¿Después de Mateo?
—Sí.
—Entonces Mateo fue el primer error.
—Mateo fue la primera duda seria.
—Eso tampoco es castellano.
Pilar respiró hondo.
La calma empezó a moverse, no a romperse. Pilar había decidido apartarse de una parte del lenguaje técnico, no de toda la culpa.
—Mateo fue la primera vez que pensé que el mecanismo podía alcanzar algo que no buscábamos.
Alicia no bajó la vista.
—¿El corazón?
—La excitabilidad. La regulación. La frontera entre una respuesta reversible y una descompensación. No sabíamos suficiente.
—Y siguió.
—La investigación siguió.
—Usted siguió.
—Sí.
La respuesta fue pequeña.
Pero por fin era una respuesta.
Salcedo se movió en la silla. Alicia no lo miró. Si lo miraba, él entraría demasiado pronto.
—¿Qué pasó después? —preguntó ella.
Pilar dejó el vaso sobre la mesa.
—La línea clínica se cerró. Formalmente. Hubo informes, recortes, pérdida de financiación. El proyecto siguió como plataforma experimental, más lejos de pacientes, más cerca de modelos celulares. Yo seguí intentando separar el efecto útil del riesgo.
—¿Útil para qué?
—Para reducir una tendencia.
—¿Qué tendencia?
Pilar la miró con una impaciencia casi vieja.
—No finja que no entiende.
—No finja que ya lo ha dicho.
La abogada tocó el brazo de Pilar.
—Doctora.
Pilar retiró el brazo con suavidad.
—La violencia de algunos hombres no es una fantasía.
—Ustedes la conocen por denuncias, cadáveres, mujeres que vuelven a casa porque no hay pruebas suficientes, niños que aprenden a no hacer ruido. Yo la conocí antes de saber que había palabras institucionales para nombrarla.
Ahí estaba.
No como explicación suficiente. Como herida deformada.
—Su padre —dijo.
La abogada cerró los ojos un instante.
Pilar sonrió, pero no había humor.
—Qué eficaces.
—Consta denuncia antigua de su madre. Retirada. Lesiones leves. Varias intervenciones vecinales. Nada que llegara lejos.
—Dentro de una casa, muchas cosas no llegan lejos.
Pilar miró la pared, no a Alicia.
—Mi madre era una mujer inteligente. Eso no la salvó. Mi padre trabajaba, saludaba, ayudaba a cargar bolsas, arreglaba enchufes. Luego entraba en casa y todo tenía que bajar la voz. Yo aprendí muy pronto que la violencia no siempre parece violencia antes de cerrar la puerta.
Víctor bajó la mirada.
Alicia dejó pasar unos segundos.
—Eso explica una herida. No justifica un crimen.
—No he dicho que justifique.
—Pero lo trae aquí.
—Usted me ha preguntado por la tendencia.
—Le he preguntado por sus actos.
Pilar volvió a mirarla.
—Mis actos nacen de algún sitio.
Alicia no aceptó el desplazamiento.
—Después de Mateo cerraron la línea clínica.
Años después aparecen Daniel Robles, Diego Salvatierra, León García, Hugo Sanz, Samir El Amrani, Javier Ochoa y Lucía Merino.
Todos con un patrón compatible con una intervención selectiva ligada al cromosoma Y.
¿Cómo pasamos de una línea cerrada a esos muertos?
—No pasamos.
—Doctora.
—No fue una continuidad lineal. Hubo años de trabajo, errores, callejones sin salida, modelos que no funcionaban, vectores que no expresaban nada útil, secuencias que se degradaban antes de hacer efecto, resultados que no podían repetirse.
No hubo un día en que alguien escribiera “arma” en una pizarra.
Cardoso intervino:
—Pero hubo un día en que dejó de ser prevención.
Pilar lo miró.
Con Cardoso, algo cambiaba.
—Sí —dijo.
La abogada puso una mano sobre la carpeta.
—Recomiendo no continuar por esa vía.
Pilar no pareció oírla.
—No al principio. Al principio yo seguía creyendo que el problema era separar el efecto: modular sin dañar. Después entendí que la selectividad era real. No perfecta. No limpia. Pero real.
Alicia sintió que la sala empezaba a estrecharse.
—¿En quién?
Pilar no contestó.
—¿Quién fue el primero después de Mateo?
Silencio.
Alicia abrió la carpeta de Daniel, pero no la puso aún sobre la mesa.
—¿Daniel Robles?
Pilar cerró los ojos.
Fue un gesto mínimo.
Demasiado humano para tranquilizar.
—Daniel no debía morir —dijo.
La frase entró en la sala sin pedir permiso.
Víctor se enderezó.
Salcedo dejó de escribir.
Alicia mantuvo la voz baja.
—¿Qué debía pasar?
—Nada visible.
—No me sirve.