Diana (Tríptico Delbran 2) Capítulo XXI Demasiado tarde #2
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Capítulo XXI Demasiado tarde #2

Prieto abrió una vista previa sin descargar nada fuera del entorno aislado. Cabeceras incompletas. Cadenas de mensajes. Nombres que Alicia reconocía de la memoria pública. Investigadores, coordinadores, revisores. Y Pilar Montoya-Prado, no siempre en copia, no siempre como emisora, pero presente.

Uno de los correos apareció con fecha de 2019.

Asunto: Re: selectividad / dependencia intracelular .

El texto era breve, técnico, sin emoción visible.

La estrategia no debería plantearse como selección por exposición hormonal.

La variabilidad endocrina introduce demasiado ruido.

Si se busca una intervención estable, la dependencia debe estar vinculada a una condición celular menos fluctuante.

La llave no puede estar en la conducta que pretendemos modular, sino en el sustrato que permite modularla.

Firma:

P. Montoya-Prado .

Alicia leyó el párrafo tres veces.

Víctor dijo en voz baja:

—Eso no es bueno.

Dalia miraba la pantalla como si hubiera querido que el archivo demostrara menos.

Salcedo preguntó:

—¿Eso prueba algo?

—No —dijo Alicia.

La respuesta salió automática, quizá demasiado rápida.

Cardoso, que había entrado sin que nadie lo oyera, la corrigió desde la puerta.

—Prueba que alguien escribió, o parece haber escrito, una frase que ahora nos molesta. No es poco. Pero no prueba causa, crimen ni autenticidad.

—Gracias por la alegría —dijo Víctor.

Cardoso se acercó a la pantalla. Leyó el correo. Luego pidió abrir otro.

En varios mensajes se repetían términos similares: intervención reversible, perfiles XY, baja persistencia, vectores no replicativos, respuesta de amenaza, barrera ética, desviación de objetivo. Nada decía muerte. Nada decía corazón. Nada decía Lucía, Daniel, Javier.

Pero el idioma estaba allí.

No el hecho.

El idioma.

Alicia se dio cuenta de que eso era lo que la inquietaba. No estaban viendo aún el arma. Estaban viendo la gramática que quizá permitió imaginarla.

—Necesitamos a Néstor —dijo Cardoso.

—Y a Pilar —añadió Salcedo.

Alicia miró al comisario.

—No.

—Su nombre está ahí.

—Precisamente.

—No podemos revisar documentos técnicos donde aparece sin ella.

—Podemos revisarlos primero sin ella.

Salcedo sostuvo su mirada.

—¿Está diciendo que Pilar Montoya-Prado es sospechosa?

La habitación pareció esperar la respuesta.

Dalia no se movió.

Víctor tampoco.

Alicia no apartó los ojos de Salcedo.

—Estoy diciendo que, desde este momento, no debe tener acceso sin control a materiales no validados que la implican en la línea conceptual que estamos investigando.

—Eso es una forma muy larga de decir sí.

—Es una forma exacta de decir todavía no.

Cardoso intervino:

—Estoy de acuerdo.

Salcedo miró al forense.

—Eso me tranquiliza menos de lo que debería.

—Suele pasar.

Prieto levantó la mano sin apartarse de la pantalla.

—Hay otro archivo marcado como borrador ético.

—Ábralo —dijo Alicia.

Era un documento de revisión interna. Tenía comentarios al margen. Algunos estaban firmados con iniciales. Otros, no. El fragmento que Prieto amplió había sido resaltado por alguien antes de que la memoria llegara a Dalia.

El objetivo declarado de reducción de agresividad reactiva en sujetos biológicamente estratificados plantea problemas de consentimiento reforzado, estigmatización y extrapolación.

El diseño debe evitar cualquier formulación que pueda interpretarse como intervención sobre una población definida por sexo cromosómico.

Comentario al margen:

No es un problema de formulación. Es exactamente el valor de la plataforma.

Iniciales: PMP .

Dalia se llevó una mano a la boca, pero no dijo nada.

Víctor murmuró:

—Joder.

Alicia no lo corrigió.

Cardoso se inclinó hacia la pantalla.

—Eso sí cambia el nivel de preocupación.

—Sigue sin estar validado —dijo Prieto.

—Lo sé.

—Lo digo para que luego nadie diga que no lo dije.

Salcedo sacó el móvil.

—Tengo que llamar a Orduña.

—Espere —dijo Alicia.

—No.

—Salcedo.

El comisario se volvió.

—No me pida que oculte esto al Ministerio.

—No le pido que lo oculte. Le pido que no lo entregue convertido en una bomba sin desactivar.

—¿Y qué propone?

Alicia miró la pantalla, el USB, a Dalia, a Cardoso. Luego a Víctor. Todos parecían estar en el borde de una frase que nadie quería decir primero.

—Propongo interrogar a Pilar sin decirle que tenemos esto.

Dalia abrió los ojos.

—¿Como experta?

—Como experta. Por ahora.

—Eso es peligroso —dijo Salcedo.

—Sí.

—Puede destruir pruebas.

—Ya puede destruir pruebas si sabe que estamos mirando.

—Puede mentir.

—También ahora.

—Puede manipularnos.

Alicia miró el correo firmado por P. Montoya-Prado.

—Eso lleva tiempo haciéndolo, si esto es auténtico.

La frase quedó dicha.

No del todo. Pero dicha.

Prieto hizo una copia forense de la memoria y dejó el original sellado.

Dalia firmó una declaración breve sobre la entrega, cuidadosamente incompleta en lo que afectaba a la identidad de la fuente.

Salcedo no se mostró satisfecho, pero tampoco ordenó forzarla en ese momento.

Había aprendido que algunas puertas cerradas se rompen mejor cuando se sabe qué hay detrás.

Al salir de informática, Dalia se quedó junto a la máquina de café del pasillo.

—Mauricio, Carmen, ahora esto —dijo.

Alicia se detuvo.

—¿Qué?

—Estoy cansada de tener razón de la peor manera.

—No sabes si la tienes.

—Eso no mejora nada.

—A veces sí.

Dalia la miró.

—¿Crees que me han usado?

Alicia pensó en la mujer del abrigo azul, en los archivos demasiado oportunos, en la frase “llave celular”, en las iniciales PMP al margen de un documento que quizá era auténtico o quizá había sido diseñado para parecerlo.

—Sí.

Dalia asintió como si ya lo supiera.

—¿Y crees que eso hace falso lo que traje?

—No.

—Eso es lo peor.

—Sí.

Durante un momento no fueron inspectora y periodista. Fueron dos personas observando una pieza que alguien había puesto sobre la mesa para obligarlas a mover otra.

El teléfono de Dalia vibró.

Miró la pantalla.

Alicia vio cómo le cambiaba la cara.

—¿Tu fuente?

Dalia giró el móvil hacia ella.

Número oculto.

Mensaje:

No busques a la viróloga. Busca el primer resultado adverso que ella pidió no notificar como tal.

Alicia leyó la frase una vez.

Luego otra.

Víctor, detrás de ella, dijo:

—Resultado adverso.

Cardoso apareció al fondo del pasillo, como si la expresión lo hubiera invocado.

Alicia sintió que algo cambiaba de sitio.

Eso no convertía todavía a Pilar en autora. La colocaba, por primera vez, en la frontera exacta donde una línea técnica pudo dejar de ser solo técnica.

Una muerte que quizá no había empezado como crimen. Una mujer que todavía creía que los demás seguían buscando la puerta.

Alicia guardó el móvil de Dalia en una bolsa de evidencias.

—Ahora sí —dijo.

Víctor la miró.

—¿Ahora sí qué?

Alicia no apartó la vista del mensaje.

—Ahora buscamos el primer muerto.